El evangelio da solución a los problemas de la vida

El evangelio da solución a los problemas de la vida

por el élder Neal A. Maxwell
(Discurso pronunciado ante el personal de seminarios e institutos en la Universidad Brigham Young, verano de 1970)

Como vosotros podréis imaginaros, me embarga cierta ansiedad de expectación debido a la tarea que los Doce y la Primera Presidencia me han asignado. Tal vez mi reacción sea diferente de la de los demás, pero si habéis tenido esta misma experiencia sabréis que uno no sale inmutable de una entrevista con tres miembros de la Primera Presidencia. Me trataron con gentileza y amabilidad, pero simplemente no pude permanecer inmutable; me sentí excitado y algo atemorizado, y estas dos emociones han producido gran revuelo en mi interior desde ese momento. Sin embargo, aunque mis responsabilidades oficiales no comienzan sino hasta dentro de un mes, no lo considero prematuro expresaros el aprecio que os tengo como hermano, y como padre en el reino, a causa del servicio que brindéis y seguiréis brindando en bien de los jóvenes miembros de esta Iglesia. No creo que sea posible poder expresaros todo el agradecimiento que merecéis; estoy seguro que en ocasiones dedicáis a vuestras asignaciones incontables horas a causa de vuestra dedicación a los asuntos del reino. Lo que os voy a decir hoy por vía de sugerencia se basa en la suposición encomiable de que estáis logrando mucho, pero podéis lograr aún más. Y estoy dispuesto a poner mi hombro a la lid con vosotros para ayudaros en todo lo que pueda, pues tengo conciencia del alcance y magnitud de la obra.

Es obvio que, hablando en términos de las horas del día durante las cuales vosotros ejercéis control o influencia, disponéis de más después del hogar, que cualquier otra organización eclesiástica. Las horas dedicadas a las reuniones sacramentales y la Escuela Dominical jamás podrán igualaros. Sé que el control de las horas y la labor de enseñar no son la misma cosa, pero sí me parece que el destino de los jóvenes de esta Iglesia se forja, después del hogar, en los salones de clases donde vosotros enseñáis. Y ésta es una responsabilidad muy seria.

Habiendo servido hace algunos años como maestro suplente de seminario matutino, comprendo que algunos de vuestros alumnos llegan a clase restregándose los ojos soñolientos. Sé que otros llegan a las clases de seminario e instituto envueltos calladamente en una crisis vital, esperando que vosotros de alguna forma os percatéis de ello y encontréis la manera de abordarlos y brindarles la solución a su problema. Entiendo que a vuestras clases concurren los entusiastas, los renuentes, los incrédulos sinceros quienes realmente luchan con sus problemas; y también los incrédulos hipócritas, quienes más bien acarician la duda por el provecho que obtienen de ella; y, finalmente, una multitud de mormones apacibles de quienes conocemos muy poco. Y, en verdad, las Escrituras se refieren a vosotros, donde dicen que la “red… recoge de toda clase de peces…” (Mateo 13:47). Estoy consciente de eso, y reconozco el alcance y la calidad del desafío que vosotros afrontáis.

Me gustaría dibujar ante vosotros, en unas cuantas pinceladas rápidas, mi concepto del cuadro que presenta la juventud de la Iglesia. Debéis comprender que esta muestra, debido a mis experiencias particulares, no reflejará ese ambiente pastoril en el cual algunos de vosotros trabajáis. No estoy seguro de que sea exacto mi cuadro. Esto me hace recordar una frasecita: “Todos los indios caminan en fila; por lo menos así caminaba el que vi.” Pero conozco lo que veo, y, si vosotros me permitís, compartiré mis pensamientos y después haré algunas sugerencias.

Creo que hoy tenemos en la Iglesia a lo más selecto, la mejor generación de jóvenes, tanto cuantitativa como cualitativamente, que jamás haya existido en esta dispensación. Por lo más selecto me refiero no a los arrogantes y presunciosos, sino al conjunto de jóvenes dedicados, aquellos que desean servir, saben que el evangelio es verdadero y desean vivirlo, y se enfrentan a decisiones difíciles. Su ser vibra con conocimiento y dedicación. No todos, sin embargo, entran en esta categoría. En el centro de la imagen se percibe una amplia banda de jóvenes mormones activos y preparados quienes impresionan bastante pero aún no se hallan tan versados como lo más selecto en la erudición del evangelio. Y en el otro extremo encontramos a nuestro rebeldes, disidentes y desertores. Afortunadamente algunos de éstos no han salido todavía del círculo de nuestro cuidado. Creo que los rebeldes están más distantes de nosotros que nunca; están más decididos, y su rebelión no siempre se basa en la inquietud provocada por el hastío: gran parte de esa rebelión es de tipo ideológico. Estos jóvenes presentan un inmenso desafío para nosotros. Aunque no son muchos, ahí están. Y es con estos jóvenes de la Iglesia, desde lo más selecto hasta los rebeldes, que vosotros trabajáis.

Vuestro papel resulta vital por el hecho de convivir con ellos durante los años de formación en que todavía son moldeables y responden a la influencia. Vosotros sois sus compañeros durante estos años difíciles en que ya prescinden de sus padres y empiezan a buscar orientación en terceras personas, sin embargo, existen muy pocas terceras personas que atiendan a sus necesidades como vosotros lo hacéis.

Ahora acomodemos esta muestra en un contexto nacional. Me parece, por ejemplo, que la ola de rebeldía de los jóvenes norteamericanos en contra de lo establecido, y su forma de expresarla, no minará del todo a la juventud de la Iglesia, pero en algo influirá. Esto quiere decir que debemos aplicar generosamente el lubricante del amor en esta superficie de fricción que se presenta entre la juventud y la Iglesia; pues en esta época, con el creciente recelo de los jóvenes hacia las instituciones, también es cada día mayor el abrumamiento por los requisitos institucionales. El lubricante del amor tiene que ser aplicado más que nunca. Los jóvenes lo necesitan, y lo necesitan ahora.

Paradójicamente, veo desarrollarse entre muchos jóvenes mormones una ola de incipiente adhesión que los impulsa a aliarse decididamente con la Iglesia, sin importarles el precio que tengan que pagar. Aparentemente algunos de ellos están pasando por la misma experiencia que vivieron los discípulos del Maestro cuando Él les preguntó si lo abandonarían también. Pedro respondió: “Señor, ¿a quién iremos?” (Juan 6:68). Como consecuencia de su decepción por la inestabilidad en las tendencias, modas e instituciones humanas, muchos de nuestros jóvenes recurrirán a nosotros en esa actitud de estricta y literal adhesión a un conjunto de valores básicos, lo cual nos brindará algunas grandes oportunidades para la enseñanza.

El sistema comunal en el cual participan muchos de los jóvenes norteamericanos, ahora cuenta con quinientas comunas donde viven diez mil muchachos. No creo que las doctrinas expresadas allí nos afecten demasiado. Sin embargo, existe en esta tendencia, un ingrediente que nos brinda grandes oportunidades para la enseñanza: el antimaterialismo que expresa. La juventud no se entusiasma mucho por las cosas materiales. Tal vez la causa estribe solamente en la hecho de haberse criado en una sociedad abundante donde no tuvieron que preocuparse mucho por estas cosas; pero de todas formas creo que son menos materialistas que mi generación. Y cuando esa postura encuentra una expresión apropiada y cuidadosa, la califico como saludable. Aunque los jóvenes muestren sólo tácitamente esa actitud y ese sentir, encontrarán en el evangelio apoyo y el lugar donde expresarse. Ni siquiera saben que existe en ellos esa tendencia, pero allí está de todos modos. En su forma más sutil representa una postura muy saludable que será el antídoto necesario para lo que acostumbro llamar “el plácido *hedonismo suburbano” [*Hedonismo: Doctrina que considera el placer como el fin de la vida], en el cual muchos de nuestros miembros se limitan a la convivencia social y dejan que el mundo ruede, siendo la medida de su satisfacción la cantidad de objetos materiales que pueden adquirir. Por lo tanto, una de las fuerzas que posee la generación actual consiste en su negación a medir a sus congéneres por los aspectos materiales. Y ese sentir necesita vincularse a las enseñanzas correctas del evangelio y las Escrituras adecuadas, lo cual constituye la labor de los que tenemos la oportunidad de enseñarles.

Otro posible beneficio de este antimaterialismo radica en su contribución a expresar la necesidad que los jóvenes tienen de unas relaciones más profundas con los demás. Como vosotros sabéis, nunca antes se había requerido de los mormones que se desenvolvieran en las grandes urbes, y la vida agitada que ello representa nos presiona y nos abruma. Esto produce en los miembros de la Iglesia una mayor necesidad de relaciones humanas profundas, las cuales se pueden encontrar solamente en la Iglesia y en el reino. Esta es una legítima necesidad por parte de la juventud, y es nuestro deber dirigirla y orientarla.

Nuestros jóvenes requerirán constantemente de mayor orientación debido a la clase de sitios donde habitarán. En unos cuantos años, aproximadamente el 30 por ciento de la población de la Iglesia vivirá en ciudades con un millón o más de habitantes, y sólo el 12 por ciento vivirá en poblados de diez mil personas o menos. Esto viene a invertir completamente el esquema para la población de la Iglesia que se trazó hace apenas unos años. Atrapados en estas grandes urbes, nuestros jóvenes van a requerir cierta ayuda especial que tal vez nunca se hizo necesaria en el medio rural pastoril donde se criaron sus padres. La autoridad paterna y materna será puesta a prueba más que nunca. Vosotros os habéis percatado de esto y lo entendéis mejor que yo. Los jóvenes podrán detectar más fácilmente las áreas débiles de los adultos incluyendo a sus padres, y frecuentemente nos atacarán e interrogarán sobre aquellos aspectos en los cuales hayamos mostrado un desempeño deficiente. Esta actitud surgirá en ellos a veces por una necesidad de investigar y comprender plenamente; y en otras ocasiones su intención será franca, con el fin de herirnos. Afrontar este tipo de preguntas respecto a nuestro mal desempeño constituirá uno de nuestros grandes desafíos. Y el cariño que les mostremos con nuestras reacciones y respuestas tendrá un tremendo significado.

Veo que demasiados adultos (si me permitís el uso de metáforas) quieren llevar a los jóvenes a una gira por la Línea Maginot* [*André Maginot, 1877-1932; ministro francés de Defensa: potente línea fortificada que Francia construyó en su frontera oriental antes de la Segunda Guerra Mundial, pero que los alemanes flanquearon con facilidad], para mostrarles orgullosamente lo que hemos hecho, pero lo que hemos hecho son cosas impertinentes para ellos. Lo que quieren ver en nosotros es esa vitalidad que debe emanar del evangelio y nos permite convivir con la gente y la naturaleza, y ver si sabemos apreciar la belleza del mundo que Dios nos ha dado. Y en nuestros enfrentamientos, no importa cuán suaves o ligeros sean, de nada nos servirá llevarlos en gira por la Línea Maginot cuando ellos saben que las fuerzas malignas pueden rodear por Bélgica y caer sorpresivamente sobre nosotros.

Creo que en esta subcultura que presenciamos en América existe una característica ominosa y desafiante a la vez. Dicha subcultura tiene, como vosotros sabéis, su propia música, su propia jerga y, en cierto modo, sus propios héroes populares y su propia “escritura.” Esta subcultura juvenil es como una erupción solar: ese intenso calor, esa inmensa llamarada que percibimos por nuestro telescopio nos indica que experimentaremos en la tierra ciertas condiciones magnéticas y meteorológicas. La vida en el planeta va a cambiar por causa del surgimiento de esta nueva subcultura. El desafío especial que presenta para nosotros, los miembros de la Iglesia, estriba en que nuestros jóvenes ahora habrán de convertirse en idealistas sin ilusiones. Casi todas las fachadas de nuestra sociedad van a ser derrumbadas cruel y enajenadamente o por motivos erróneos en esa especie de celebración en la que tantos jóvenes están participando y que es provocada por una sensación de desesperación fatídica. Esto significa que la juventud de la Iglesia, presenciando esto y tal vez aun experimentándolo, tendrá que convertirse en personas idealistas sin ilusiones. Deberán aceptar el mundo tal como es, para que los ideales del evangelio puedan comenzar a surtir efecto en su vida; pues los demás jóvenes del mundo tratarán de acabar con las ilusiones de los nuestros, y, si no tenemos cuidado, el idealismo de éstos se puede convertir en escepticismo. No debemos permitir que esto suceda entre nosotros. Debemos nutrir y mantener vivo ese idealismo para que sirva como una infusión de adrenalina en la Iglesia, pues mucho la necesitamos hoy en día. No pretendo que mis comentarios de diagnóstico sean profundos; sólo quería compartirlos con vosotros para que sirvan de introducción a lo que quiero sugeriros con respecto a nuestra labor dentro del sistema.

Primeramente, todos nosotros —yo como padre y maestro, y vosotros en las aulas— tendremos que mejorar nuestro trabajo para poder hacerles ver a los jóvenes la relación que existe entre el evangelio y los problemas del mundo real, y mostrarles que el evangelio sí contiene la solución a los problemas humanos. El mormonismo nunca ha sido ni será monástico. No es una religión que huye de la vida sino que permanece, soporta los embates y trata de mejorar la situación. Se habla mucho de la palabra pertinente, y este concepto forma parte del problema que estamos tratando, ya que los jóvenes han de concebir el evangelio como tema de acción, no como simple tema de discusión. Esto significa que el evangelio sí es pertinente por cuanto resuelve los problemas humanos, y es materia que debe darse a conocer más insistente, inteligente y espiritualmente que nunca.

Ese sencillo himno tan conocido por todos nosotros, “Cuando hay amor”, contiene la solución a muchísimos problemas humanos. Claro que los jóvenes frecuentemente lo cantan y tal vez les parezca muy usado, como ocurre a menudo con los principios, pero su mensaje y los pasajes en los cuales se basa sí son pertinentes, y ciertamente contienen la solución a muchos de nuestros problemas. En este país hemos pagado caro el precio de algunos asesinos quienes no gozaron de un hogar o un matrimonio donde encontraran el amor necesario. El hombre seguirá pagando un alto precio social y político en toda nación cuyos hogares no ofrezcan ese amor. Y este principio, en vez de justificaciones necesita ser pregonado desde lo alto y llevado al corazón de vuestros jóvenes alumnos.

Quizás el tema del alcoholismo deba ser tratado desde el punto de vista de las consecuencias humanas y sociales, y no exclusivamente como parte de la Palabra de Sabiduría. Esta generación, tan preocupada por la guerra vietnamita que ha privado de la vida a cuarenta mil norteamericanos en nueve años, debe también hacer conciencia de que en el mismo período han muerto un cuarto de millón de personas en nuestras carreteras, en accidentes donde hizo acto de presencia el alcohol. Ni contamos el número de niños apaleados en casa por padres alcohólicos. Ese principio, pues, tiene hoy la misma aplicación de siempre, si no es que más marcada, pero necesita aplicarse inteligentemente a problemas humanos que la juventud pueda comprender e identificar. Mi hermana es maestra en cierto distrito donde, hace un año o dos, conoció casos de niños que con frecuencia llegaban a clases golpeados y lastimados por sus padres alcohólicos; y ella comenzó a dudar si habría en el mundo suficiente amor como para llegar hasta el corazón de aquellos niños. ¡Es tan profundo el principio del amor en el hogar! Estos son principios que se aplican a cuestiones cotidianas, como el alcoholismo, pero se tienen que asociar a problemas humanos actuales para que nuestros jóvenes los comprendan. El evangelio no es tan sólo un conjunto de temas abstractos que nos entretienen; al contrario, es materia de acción así como de discusión.

Según me han dicho, existen en Japón actualmente miles de jóvenes y señoritas huérfanos de unos veinte años de edad, quienes fueron engendrados por soldados norteamericanos y dejados a la deriva entre dos culturas, sufriendo profundamente una sensación de rabia y privación de la vida. Esos seres y los individuos con quienes tengan contacto en la vida pagarán un terrible precio porque aquellos soldados violaron la ley de castidad. Todos estos problemas, pues, son reales y cada uno de ellos está vinculado a un principio básico del evangelio que es pertinente en la solución.

Considerad la tarea encomendada a la juventud de la Iglesia. Una de las contradicciones que afrontan es que las Escrituras y los profetas modernos les hablan —verazmente, por cierto— de que dentro de poco tiempo no habrá paz en la tierra (y esto debemos saberlo; no seamos ingenuos). Sin embargo, estos mismos profetas y Escrituras les imponen la tarea de proclamar la paz, de convertirse en pacifistas. Esa doble visión ha de ser soportada y conciliada en el corazón de estos muchachos, adoptando un estilo de vida que les permita estar alertas en un mundo donde no habrá ya más paz y sin embargo, en el que deben convertirse en hacedores de paz. Claro, tienen la alternativa que muchos adultos eligen y que yo desapruebo, la cual consiste en convertirse en modernos jonases: profetizan sobre el desastre de Nínive y luego se refugian en lo alto a esperar que esto ocurra. Es significativo, para mí, el que Dios haya reprendido a Jonás, amorosa pero firmemente, por esa clase de actitud más inclinada al desastre que a la salvación. Nuestra juventud tendrá que obrar en las nínives de nuestros días haciendo todo lo que puedan, aunque los acose una sensación de desastre inminente. Nadie debe abandonar su puesto sino hasta cuando llegue el relevo. No podemos darnos el lujo de ser como Jonás, poniendo nuestro interés en el desastre y casi deseando que éste llegue para poder ser liberados.

Mucho mejor modelo encontramos en nuestro padre Lehi. Este hombre conocía lo suficiente a sus hijos como para saber que fracasaría con dos de ellos; sin embargo, lo vemos amándolos, bendiciéndolos, exhortándolos y sirviéndoles hasta el final. Esta debe ser nuestra actitud hacia la vida y la actitud de nuestros jóvenes que viven en las modernas nínives. No podemos hacer lo que hizo Jonás: tratar de huir a Tarsis y eludir nuestras responsabilidades. No podemos correr hacia lo alto y esperar a que llegue el desastre; tendremos que permanecer en nuestros puestos y hacer nuestras labores durante el tiempo que el Señor así nos lo ordene. Si algunos de nosotros ponemos el ejemplo, ello facilitará la tarea a nuestros jóvenes. Con esto no quiero decir que seamos ingenuos respecto a las profecías o lo que puede ocurrir, pero no huyamos prematuramente hacia el refugio.

Anoche, mientras preparaba este discurso, hablé con mi hijo —recostados ambos en el césped—, y él compartió conmigo algunos pensamientos en forma franca y clara. Por ejemplo, este: “Ayúdennos a los jóvenes a comprender que la actividad en la Iglesia y la dedicación al reino no hacen que uno pierda su individualidad.” Vosotros y yo sabemos que esta inquietud no tiene razón de ser, pero en ocasiones ellos no lo saben. A veces creen vernos sugerirles una especie de enajenación, cuando de hecho vosotros y yo sabemos que realmente el evangelio es pródigo por la forma insólita en que nos permite contribuir, cada quien con lo suyo propio, al beneficio de los demás. Lejos de suprimir la individualidad de la persona, el evangelio abre puertas que nosotros no podríamos abrir en el campo de la originalidad y la individualidad humanas.

La dedicación al reino tampoco pide que dejemos de usar nuestra mente. Esa sublime aventura que representa la dedicación al reino, tal como vosotros la experimentáis y cómo debemos ayudar a que otros la comprendan, es tan intensa, exigente y vigorosa que, lejos de producir alguna clase de hastío, más a menudo puede producir una especie de fatiga mental porque siempre nos mantiene al frente, donde está la acción intensa. Pero es preferible la fatiga mental al hastío. Este es una especie de mal nacional entre los jóvenes; viven en tedio demasiado tiempo, y parte de esa influencia llega a los jóvenes de la Iglesia. Pero no debemos permitir que esto ocurra en las clases de seminario e instituto (ni en nuestro propio hogar, si podemos evitarlo).

Creo que debemos hacer un mejor trabajo por cuanto se refiere a ayudar a los jóvenes a apreciar la gran aventura que representa la ortodoxia; ayudémosles a comprender que la ortodoxia no es sólo un tema del que bisbisean los viejos en un quórum de sumos sacerdotes, sino que de hecho es el sistema mediante el cual son urdidos los principios del evangelio en un telar que garantiza el equilibrio y buen gusto. Debéis comprender que los principios de Jesucristo son peligrosos aislados por sí solos. Cualquier principio del evangelio, si se aísla y practica de modo exclusivo, se desvirtúa y deforma. Lo único que mantiene íntegro el evangelio es su ortodoxia, pues los principios de aquel son poderosos y se necesitan el uno al otro. Tal como los miembros de la Iglesia dependen unos de otros, así los principios precisan uno del otro. Me parece que una de nuestras responsabilidades consiste en ayudar a estos jóvenes a comprender que algunas de las subculturas norteamericanas basadas en el principio del amor sin castidad, disciplina y justicia, están enfermas; y que, por igual motivo, la obstinación por un principio del evangelio, con la exclusión de los demás, produce la misma clase de enfermedad y locura. Preservar la ortodoxia representa un gran acto de equilibrio. En ello estriba la misión, la emoción y el llamamiento supremo en la institución de la Iglesia; pues la suma del gozo humano será más grande e intenso gracias a la función de la ortodoxia, que si cada quien adopta sus propias posturas, como algunos lo hacen.

En adición a lo anterior, permitidme sugeriros que el lubricante del amor tendrá que estar presente en ese punto de contacto de los jóvenes con la Iglesia. Todos nosotros recordamos las reuniones sacramentales de ayuno de nuestra juventud, cuando nos mostrábamos algo intolerantes con las personas que se ponían de pie cada mes y repetían siempre lo mismo; y casi siempre eran individuos viejos, o por lo menos así nos parecían: hombres y mujeres de más de treinta años. Creo que esa situación no ha cambiado mucho. Conozco algunos barrios donde, después de haber repartido la Santa Cena, los diáconos y maestros inclinan su cabeza en una especie de protesta callada, y dan la impresión de ser unos jóvenes muy reverentes. Y sólo unas dos veces al año esas mismas cabezas se yerguen, y sus dueños responden vibrantemente a lo que se está diciendo desde el púlpito. Vosotros y yo somos lo suficientemente realistas como para saber que no siempre se puede cantar victoria; que la vida dentro de la Iglesia representa una situación perfecta, con doctrina y dirección perfectas, pero allí estamos los humanos. Esa es la imperfección que los jóvenes perciben en su rededor. Escuchan a la gente decir que el evangelio trae gozo y felicidad, pero en ocasiones contemplan rostros adustos. La clase de la Escuela Dominical no siempre es lo mejor, y el orador de la reunión sacramental no está preparado siempre. En esta clase de contexto, mientras los jóvenes aprenden la disciplina de convivir en el reino, creo que tendremos que ayudarles de modo más explícito y específico a comprender las múltiples misiones que tiene la Iglesia como institución. Deben comprender que la Iglesia no simplemente sirve para administrar las ordenanzas del evangelio necesarias para la salvación —lo cual por sí solo sería suficiente—, sino que también la Iglesia ha de ser el preparador y promulgador de la doctrina del reino en un sistema de ortodoxia que tiene una singular importancia, pues da al hombre la respuesta a sus problemas.

Nuestra juventud también ha de comprender que la Iglesia representa el amor y la solidaridad social organizados. El otro día, mientras hablaba con ciertos muchachos que apenas si se pueden mantener dentro de la Iglesia, les pedí que respondieran para sí mismos con honestidad si hubiéramos sido capaces los ahí reunidos de enviar suministros de auxilio al pueblo de Perú, recién sacudido por un terremoto. Claro, cuando nos llegó la noticia nos mostramos angustiados y meneamos la cabeza. La institución de la Iglesia estaba preparada, y los suministros fueron enviados. Una de las grandes cosas que hace la Iglesia es organizar nuestra solidaridad social, a fin de actuar con rapidez. De tal manera, no estamos a merced de esa irregular y a veces nula acción cristiana que nos caracteriza como individuos. Y este aspecto de la Iglesia, si los jóvenes lo pueden ver, compensa muchísimo por las reuniones sacramentales mediocres. Esa organización de nuestra solidaridad social es lo que nos impulsa a actuar, nos estimula, y garantiza esa acción tan vital. C. S. Lewis dice: “Cuanto más caso omiso haga el hombre de sus sentimientos y reprima su acción, tanto menos será capaz de actuar con frecuencia, y en la misma medida, a la larga, perderá la capacidad para sentir.” Uno de los grandes beneficios que nos otorga la Iglesia como institución, es el mantenernos alertas y en acción, así como administrar las ordenanzas indispensables para la salvación y promulgar la doctrina esencial del cristianismo, de las cuales el mundo tiene tanta hambre sin saber exactamente qué quiere.

Espero que en nuestras aulas podamos ayudar a la juventud a comprender las diferencias cualitativas entre la expresión mormona de hermandad y la frase equivalente en el mundo secular. Para el mundo, la hermandad con harta frecuencia no es sino una función derivada de la angustia colectiva, al ver los hombres cómo están a punto de perecer y no hay de dónde asirse. La hermandad en este enlace nace pues del pánico y la necesidad; es perecedera. Hasta se podría admirar el heroísmo cósmico de la gente que cree en esa clase de hermandad. Pero eso no es lo que enseña el evangelio de Cristo, el cual nos dice eternamente que somos hijos e hijas espirituales de Dios, y que nuestras relaciones humanas se han de fundar en la certeza de que trascenderán en el tiempo, y que tenemos responsabilidades sociales que trascienden el velo. El evangelio enseña la necesidad de amar y servir más en vez de menos.

Hace algunos meses, un buen amigo mío que vive en Washington llegó a su casa para descubrir que la estaban robando. Cometió el error de forcejear con el ladrón y éste lo hirió con una pistola y le produjo una parálisis irreparable en los miembros inferiores. La vida de aquel hombre atlético, fuerte y vigoroso fue trágicamente truncada en un instante. Poco después del incidente, fui a visitar a mi amigo. Llevaba la intención que nos caracteriza a los miembros de la Iglesia: dar consuelo. Pero, a la inversa, yo fui quien recibió consuelo. Ese hombre, después de haber luchado con el problema del perdón, pudo decirme, a través de lágrimas, que había perdonado al asaltante y no le guardaba rencor ni mal sentir, ni estaba amargado. Sólo había amor. Y esto no puede ocurrir sino en un enlace de hermandad eterna. Cuando empleamos estos términos, debemos especificar más a menudo a qué nos referimos, no sea que los jóvenes crean que hablamos el mismo lenguaje del mundo. Cuando hablamos de la paternidad de Dios, no nos referimos a una fuerza vital inaccesible ni a un padre bondadoso que permite a la humanidad hacer lo que guste, sin preocuparse ni juzgar. El nuestro es un Padre bondadoso quien permite, si es necesario, que sus hijos sufran algunas experiencias duras y así comprendan que su amor por nosotros es tan grande y profundo que nos dejará sufrir, aun como lo hizo con su Unigénito, para que nuestro conocimiento y victoria sean completos y plenos. Es de vital importancia que los jóvenes comprendan el significado de esta clase de amor a diferencia del concepto de quienes los rodean.

Me parece que aprendemos y enseñamos en un enlace de cuatro estilos y modos distintos, todos los cuales son necesarios y adecuados pero a la vez requieren de equilibrio. Yo les llamo las cuatro Es del aprendizaje. La primera E es la exhortación. Esto lo hacemos bastante bien en la Iglesia; la practicamos con frecuencia, y es necesaria. La segunda es la explicación. También esto lo hacemos bastante bien, y es necesaria. La tercera es el ejemplo. Todos sabemos que el mejor modo de enseñar es por ejemplo, y un escritor dice: “La única autoridad moral que respetan los jóvenes en la actualidad es el ejemplo.” La cuarta es la experiencia. Quiero sugeriros que en nuestros hogares, en las clases de Escuela Dominical, y tal vez también en seminario e instituto, hay insuficiencia de los dos últimos. Enfatizamos con la exhortación y la explicación, y lo hacemos justificadamente, pero lo que se necesita poner en contrapeso en el aprendizaje es el ejemplo y la experiencia. Francamente, me preocupa cómo los miembros del Sacerdocio Aarónico piensan que su único servicio consiste en bendecir y repartir la Santa Cena los domingos. Me gustaría verlos con más frecuencia auxiliando a las viudas en sus quehaceres físicos, a fin de que pudieran experimentar lo que es realmente la plenitud del evangelio y sus frutos y conocieran la veracidad de él. Así nadie tendrá que explicárselo: lo habrán experimentado en carne propia. Si volvéis a leer en 3 Nefi el relato sobre la visita de Cristo a este continente, veréis cómo la multitud se le acercó, vio, palpó y atestiguó por sí misma. Experimentó el evangelio y supo que era verídico. En esto consiste la fuerza del capítulo treinta y dos de Alma: expone el valor de la experimentación que produce conocimiento puro. Sé que no podemos vaciar las aulas para salir a experimentar, pero las experiencias vividas fuera del aula tienen que incluir la aplicación de los principios del evangelio. Estas vivencias brindarán a cada uno de nuestros jóvenes una fuente de experiencia espiritual a la que pueden acudir de la misma manera como recurrimos a nuestro almacén de alimentos y ropa.

En la vida de cada quién hay etapas en las que necesitamos recurrir a nuestro almacén de experiencias espirituales. Algunos de nuestros almacenes están vacíos y otros jamás han tenido suministros. Necesitamos tenerlos llenos, a fin de ayudar a nuestros jóvenes durante su época de necesidad intelectual. De este modo ellos sabrán que el evangelio es verídico, pues lo habrán visto en acción.

Permitidme sugeriros también que parte de vuestra labor como maestros no es con los jóvenes sino con los padres de éstos —esto lo he tenido que aprender de una manera difícil—. Si tuviera yo que dejar claro un solo punto sobre el tema, sería el siguiente: He tenido que aprender que los jóvenes son aún más renuentes que las generaciones anteriores a denunciar el mal comportamiento de sus congéneres. Esto no necesariamente significa que aprueban tal comportamiento. Este es un punto delicado pero profundo. Los muchachos son más tolerantes y tienen menos inclinación a criticar a sus semejantes cuando éstos se comportan mal. Algunos de nosotros, al ver esto, pensamos que es una aprobación tácita de tales actos, pero no lo es. Con mucha frecuencia los muchachos desaprueban esa conducta pero no intervienen. Yo admito que, como padre, hay ocasiones en las que me gustaría que mis hijos denunciaran algunas de las cosas que ocurren en su rededor. Pero, al platicar tierna y amorosamente con ellos, me doy cuenta que a pesar de su desacuerdo estos jóvenes no van a criticar a sus congéneres, pues no les gusta hacerlo. Los adultos han de comprender que los jóvenes no se inclinan tanto como nosotros a manifestarse indignados por la conducta de sus congéneres, como a nosotros nos gustaría que lo hicieran; pero cometemos un terrible error si interpretamos eso como aprobación de dicho proceder.

Como penúltimo punto, quiero deciros que toda generación de jóvenes necesariamente tiene ideas que rebasan su experiencia; y la actual generación no se aparta de la regla. Sus jóvenes están sordos a la historia porque no han vivido mucho tiempo. Y por estar sordos a la historia, se les escapan algunas de las grandes lecciones de las Escrituras y de la crónica secular, y se meten en una situación en la cual sufren lo que yo llamo consecuencias de una indigestión ideológica: es decir, toman un bocado más grande del que pudieran masticar y digerir. Todo lo cual significa que tendremos que ser más amorosos y pacientes con ellos durante esa época de indigestión ideológica. No es tiempo de retirarles nuestro amor ni de negarnos a discutir sus ideas. Es el momento para amarlos hasta que la experiencia les confirme la validez del evangelio, como seguramente ocurrirá, y ayudarles a adquirir esas experiencias durante el tiempo en que estén expuestos intelectualmente. Vosotros y yo estamos tan cerca del sistema, que a menudo no comprendemos nosotros mismos lo que queremos o esperamos que nuestros jóvenes crean. Hablamos con reverencia no sólo de aquella maravillosa manifestación divina ocurrida en la primavera de 1820, en la cual José Smith vio al Padre y al Hijo, sino de otros acontecimientos en los cuales recibió la visita de profetas del Antiguo Testamento. Eso es demasiado para ser creído, en un mundo donde ni siquiera se cree que existe Dios. Para poder comulgar con aquella clase de creencias e ideas, nuestros jóvenes necesitan con desesperación el amor y la experiencia que les podemos brindar, a fin de poder confirmar por ellos mismos esas creencias durante su época de indigestión ideológica.

Por último, espero que vosotros encontréis nuevas formas de estimular a la juventud para que lean las Escrituras en forma individual. La mejor analogía que se me ocurre al respecto consiste en asemejar las Escrituras a un himnario donde se hallan todas las canciones útiles y comprobadas; pero a los adultos quizás nos guste oír una y otra vez ciertas canciones favoritas. Probablemente éstas no sean las predilectas de los jóvenes. En cierto modo, las Escrituras son como un himnario. Hay muchas melodías que necesitan ser cantadas y escuchadas, y tal vez mis favoritas y las vuestras no sean las que atraen a los muchachos ni les parezcan pertinentes. Sólo mediante el contacto personal con las Escrituras podrán ellos encontrar esa canción que encierra la solución a sus problemas particulares. No podéis contar con que el plan de estudios —ningún plan de estudios— resolverá con tal precisión y propiedad las necesidades particulares del muchacho. Este tiene que abrir el himnario y escuchar la música. Allí está. Le hablará; le cantará el mensaje. Pero en ocasiones sólo surtirá efecto si los jóvenes la disfrutan en la soledad de su propio estudio. No hay modo de que vosotros y yo podamos prever todas sus necesidades con precisión.

Para finalizar, permitidme testificar sencillamente que mi experiencia es como la de muchos de vosotros en el sentido de haber adquirido mi testimonio en una secuencia de tres etapas distintas: Primero, supe a temprana edad, a través del testimonio del Espíritu, que el evangelio es verdadero, cuando presencié cómo operó el poder del sacerdocio en mi hogar en circunstancias insólitas y notables. A través del buen ejemplo de mi padre y de quienes se relacionaban con él, supe que el evangelio es verdadero porque vi sus efectos. Experimenté esa sensación de frescura espiritual, y el Espíritu me dio testimonio de la veracidad. Después vino el testimonio intelectual, pero no lo conseguí sin primero poner en práctica lo que se requiere para que el corazón y la mente se identifiquen: leí y devoré todo lo que encontré acerca del evangelio, a fin de que mi mente y mi corazón pudieran concordar sobre su veracidad. Enseguida vino el testimonio de la experiencia, la cual, con el paso del tiempo, claramente va afirmando la validez del evangelio para resolver los problemas humanos y lo señala como el único camino. No digo esto con aire de superioridad ni con la arrogancia cultural del hombre que cree conocer todas las respuestas, sino con una clase especial de humildad, con la certeza de que el evangelio de Jesucristo es la única respuesta a los problemas humanos. Esto coloca una carga tremenda sobre mí y sobre vosotros, pues existen por ahí millones de hombres que necesitan el evangelio, y lo ansían y van en pos de él sin saber realmente qué persiguen. Pero para mí, estos tres testimonios —el Espíritu, la mente y la experiencia— fluyen juntos y van cantando y gritando en coro que el evangelio es verdadero. Ese testimonio es el que quiero dejar con vosotros hoy, como compañero y colega en una obra común.

Terminaré con una frase del Libro de Mormón, creo que es el único lugar en las Escrituras donde ocurre, que habla del “hombre de Cristo”. Y por la perspectiva especial que nos da el evangelio, parafraseando una canción popular, en un día claro el “hombre de Cristo” puede ver hasta la eternidad. De esta perspectiva y el conjunto de conocimientos proporcionados por el evangelio viene el gozo que ciertamente vosotros y yo disfrutamos, pero también emana de allí la sensación de una gran responsabilidad.

De modo es que, al dedicarnos a las tareas del reino —y ciertamente nos parecen tareas en ciertos días—, hemos de hacerlo con una gratitud especial porque Dios nos ha llamado a este puesto en este preciso momento de la historia. Que Él os ayude a este fin, lo pido en el nombre de quien gobierna esta Iglesia, Jesucristo. Amén.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s