El valor de la preparación

El valor de la preparación

Por el presidente Hugh B. Brown
(Discurso pronunciado en el seminario para directores jóvenes del seminario del distrito de Ogden, el 31 de octubre de 1964)

Esta es, me parece, una de las congregaciones que más me han inspirado al pararme frente a ellas. Esta inspiración es debida a la promesa que tienen. Vosotros, los jóvenes congregados aquí, sois quienes me impresionan e inspiran a la vez.

Primeramente me gustaría rendir tributo a los estudiantes cuya fe y devoción los han capacitado para preparar este programa; y felicito a quienes han participado hasta el momento. También me gustaría rendir tributo a vuestros padres: los seres de quienes recibís orientación y ayuda. Ellos han realizado muchos sacrificios en bien de vosotros, y también esperan mucho a cambio. Quiero rendir tributo a los obispos y presidentes de estaca quienes han llevado a cabo esta gran obra de los seminarios. En la actualidad [1964], según un censo reciente, contamos en la Iglesia con 105,000 estudiantes de seminario y 22,000 de instituto. Una de las grandes obras de la Iglesia se relaciona con sus estudiantes de nivel medio y superior, y con los estudiantes de todo el país. También quiero rendir tributo a los maestros y administradores de los seminarios e institutos y felicitarlos por sus espléndidos esfuerzos orientados para hacer de esta gran institución todo un éxito.

Ahora, permitidme sugeriros que tal vez una de las cualidades esenciales en la vida es el sentido del humor. Pienso que debemos cambiar el aspecto de nuestro rostro, dándole una configuración horizontal en vez de vertical mediante una sonrisa. Dad la apariencia de estar contentos. Debemos conservar el sentido del humor; no en el sentido de ser ridículos o chistosos, sino con la intención de mantener una actitud correcta hacia la vida. Debéis estar preparados para apreciar la vida en toda su dimensión; familiarizaos con ella, con sus oportunidades y desafíos.

Como seguramente lo sabéis, viví bastante tiempo en Inglaterra; de hecho estuve allí unos diez años. Llegué a conocer bien a los ingleses y los admiro bastante. Sin embargo, aún me cuesta trabajo comprender algo: su sentido del humor. Pero con todo esto creo que a ellos se les dificulta más comprender nuestro sentido del humor que el suyo propio. Os relataré una anécdota para que comprendáis mejor. Se afirma que en cierta ocasión un inglés destacado se encontraba de visita en Utah. Se alojaba en el hotel que lleva este mismo nombre. Un día, mientras el inglés meditaba, sentado en el vestíbulo, se le acercó el administrador del hotel. Este le hizo plática, y al poco rato decidió contarle un chiste. Le dijo: “¿Sabe?, mi mamá tuvo un niño. Ese niño no es mi hermano ni mi hermana. ¿Quién cree usted que sea?”

El inglés contestó: “Realmente no lo sé.”

El administrador dijo: “¡Pues soy yo!

Ese chiste es realmente bueno”, dijo el inglés, y cuando regresó a Londres decidió contarlo ante un gran público. “Mi mamá tuvo un niño”; dijo, “no es mi hermano; ni mi hermana. ¿Quién creen ustedes que sea?”

“No lo sabemos”, fue la respuesta.

“Pues es el administrador del Hotel Utah.”

Bueno, esto ilustra lo que quiero decir con darle una configuración horizontal en vez de vertical a su rostro: todos vosotros lucen mejor cuando sonríen.

Ahora permitidme deciros algo con la esperanza de que será recordado. Una de las cosas que más frecuentemente se mencionan mientras vamos en el camino de la vida es el llamado hombre común. Me gustaría deciros algo acerca del hombre no común. Os quiero sugerir que imaginéis que el hombre común es el hombre mediocre, y el hombre no común es el que se eleva por encima de su medio y se convierte en un líder. Este aborda la nave del liderazgo y demuestra con su persona y con su actitud lo que significa ser líder. Pienso que para vosotros el ser personas comunes no es suficiente. Cuando se es una persona común, se está tan cerca del fondo como de la superficie. En cierta ocasión, se encontraba en un tren un mozo de servicio. A bordo iba un “nuevo rico” quien no sabía exactamente cómo proceder en cuanto a la propina, así es que llamó al mozo y le preguntó: “Dime, ¿cuál es la propina común en un viaje de Salt Lake City a Nueva York?” El mozo le contestó: “Pues, unos cinco dólares es la propina común.” De modo que el hombre le tendió un billete de cinco dólares, y el mozo le dijo: “Caramba, señor, es usted el primer hombre en dar una propina común.”

Bueno, tenemos que elevarnos por encima de lo común. Tenemos que demostrar con hechos y con nuestro ser que estamos por encima de lo común, y entonces no conformarnos con lo que somos en un determinado momento. Es cierto que Abraham Lincoln nació en una cabaña, pero eso no es lo importante. El hecho importante estriba en que él salió de esa cabaña y continuó hasta alcanzar la grandeza. Y su grandeza era una grandeza de alma, de algo dentro de él que, conforme pasó el tiempo, se desarrolló y lo convirtió en ese gran hombre conocido como Abraham Lincoln.

Por unos momentos, quiero centrar vuestra atención en este grupo que tengo ante mí. Tengo entendido que vosotros sois los oficiales y maestros quienes dirigen vuestras diversas escuelas y seminarios. Sois vosotros quienes marcan el paso: los líderes. Vosotros sois los hombres en quienes tienen puesta la mirada aquellos que buscan y buscarán siempre esa clase de orientación que culmina en el horizonte en una buena conclusión. Quiero hacer una pausa para deciros que nunca debemos llegar a un punto con la actitud de logro final. Existen muchos puntos entre el presente y el futuro que así como constituyen metas también son puntos de partida: puntos de partida hacia más altos horizontes. Para vosotros, jóvenes, nunca llegará el día en que arribáis a un punto más allá del cual os sea imposible proseguir. Nunca llegará el día en que podáis decir: “He llegado, y aquí termina esto.” Por supuesto que todos vosotros sabéis que el llegar significa el fin de la jornada, y el fin de la jornada significa el fin de la vida, el fin de todas aquellas cosas que le dan sentido a la existencia.

Recientemente tuve la oportunidad de extraer de una revista unos cuantos conceptos referentes al significado del liderazgo verdadero. Los jóvenes que terminan su educación media deben continuar estudiando, no sólo durante la vida, sino también después de ella. Este es esencialmente un concepto de la Iglesia, y es verdadero. Quiero deciros esto, jóvenes y señoritas, a vosotros, quienes ya habéis mostrado algunas cualidades de dirección: A cambio de lo que Dios os ha dado, El espera de vosotros la superación, desea que os elevéis por encima de vuestro medio y marquéis la pauta para quienes buscan dirección en vosotros. En este mundo nuestro ya hay demasiados desertores; muchos desertan de la educación media y superior; muchos renuncian a seguir luchando. Mi súplica a vosotros hoy es que intentéis inspirar en los seres con quienes colaboráis un deseo de sobresalir, no para que os hincha el orgullo y la vanidad os haga sentir superiores a otros hombres, sino para aprovechar al máximo los recursos que Dios os ha dado.

Deseo deciros que el Señor, nuestro Dios, conoce individualmente a cada uno de vosotros: Él sabe quién es cada uno, quiénes son vuestros padres; conoce las ventajas que cada uno posee así como las desventajas que afronta; conoce su capacidad, y se atiene a la promesa de que:

“Tú puedes ser lo que quieres ser.
Que los cobardes se conformen
Con el término medio,
Porque el espíritu es libre y lo detesta,
Conquista el tiempo y el espacio;
Somete el destino jactancioso;
Destrona a la tirana circunstancia
Y hóllala con pisadas firmes.
La voluntad del hombre
—Fuerza oculta del eterno espíritu—
Se abre paso hasta cualquier lugar,
No importa qué muros se yergan en la senda.”

Y de este modo os impulso en pos del concepto de que Dios, conociendo la capacidad de cada quién, espera que utilicéis al máximo grado los recursos que os ha dado.

El Educational Journal publicó una lista de diez oportunidades para los jóvenes —diez requisitos para el desarrollo del individuo—, y deseo referirme brevemente a ellos.

Todo joven necesita desarrollar una destreza “comercial” especial: la capacidad para saber “vender” lo mejor que tiene de sí mismo; capacidad para discernir cuáles productos son valiosos y cuáles tienen demanda; capacidad para superar su medio.

Todo joven necesita desarrollar y conservar buena condición física y salud mental. Creo que jamás se puede exagerar la importancia de mantenerse alerta, dinámico y con buena salud mental, física y espiritual.

Todo joven necesita entender los derechos y deberes de la ciudadanía en nuestra estructura social democrática. En estos días son muy discutidas nuestras estructuras políticas, y algunas de las cosas que se dicen de ellas no son muy satisfactorias, pese a todo, cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de la ciudadanía.

Todo joven necesita comprender la importancia que tiene la familia. Me gustaría subrayar esto porque dentro de poco tiempo vosotros seréis los padres de la siguiente generación, y llegaréis a comprender que el núcleo familiar es esencial a todo tipo de desarrollo. La familia constituye la unidad central de nuestra Iglesia y de nuestra civilización. Deseo pediros que os preparáis con sabiduría y cordura para esa gran responsabilidad que representa la vida familiar.

Todo joven necesita saber cómo obtener y utilizar los bienes y servicios materiales. Esto no es sino otra forma de expresar: “conoce tu mundo; familiarízate con él y está preparado para manejar los problemas que presenta.”

Todo joven necesita conocer algo sobre los métodos científicos y el efecto de la ciencia en la vida de la humanidad. Vosotros estáis viviendo en una era científica, en la era atómica. Son tiempos nunca antes conocidos por el hombre, y la única forma de mantenernos al corriente del momento es familiarizándonos con el progreso científico y aprendiendo todo lo que podamos acerca de él.

Todo joven necesita oportunidades que le permitan desarrollar su capacidad para apreciar la belleza del arte, la música y la naturaleza. Cuán extraordinario es observar, mientras viajamos por el mundo, cómo algunas personas se concentran en ciertas cosas mientras que otras toman rumbo distinto.

Recuerdo haber leído acerca de dos hombres que se encontraban en los bosques californianos de gigantescos abetos, donde se ven algunos de los objetos más antiguos de la naturaleza. Uno de estos hombres era un maderero; el otro, un poeta, filósofo y científico. Mientras se internaban en el bosque de inmensos abetos, el chofer del coche se detuvo y ambos hombres salieron a caminar, tomando distintos rumbos. Al poco rato, el chofer regresó a buscar a sus compañeros. Encontró a uno de ellos, el maderero, ante uno de esos gigantes, un árbol cuyas dimensiones casi escapan a toda imaginación. El hombre tenía en la mano una libreta, lápiz y cinta métrica. Había medido la circunferencia del árbol y calculado su altura, y mientras anotaba en la libreta el chofer se acercó y le preguntó: “¿Qué haces?” Repuso el hombre: “Trato de calcular cuánto valdría este árbol si pudiera yo derribarlo y hacerlo leña.” El chofer partió en busca del otro hombre. Pronto encontró al poeta, filósofo y erudito, contemplando, sombrero en mano, el mismo árbol; y se le oyó decir con reverencia: “Creo que nunca veré un poema tan hermoso como un árbol, un árbol que contempla a Dios todo el día y extiende sus brazos en oración.” ¿Cuál de estos hombres estaba realmente viviendo, el que veía en el árbol pies de madera y dinero, o el que percibía la obra de Dios mientras contemplaba y apreciaba su naturaleza?

Continuemos, pues, con los requisitos señalados en el Educational Journal. Todo joven necesita ser capaz de utilizar bien su tiempo libre y programarlo prudentemente. Vosotros jóvenes, vais a gozar de mucho tiempo libre; supongo que con el curso de los años tendrán más del que dispusimos nosotros los mayores. Es el uso de este tiempo libre lo que determina la calidad del individuo. ¿Qué hacéis cuando no estáis obligados a hacer algo? ¿Qué pensáis cuando no tenéis que compartir vuestros pensamientos? ¿Cómo sois cuando estáis solos? ¿Cuáles son vuestras tendencias; cuáles vuestros hábitos? ¿Qué también controláis vuestro medio y a vosotros mismos? Estas son las preguntas que acuden a la mente de quienes hemos vivido más tiempo que vosotros.

Todo joven necesita desarrollar el respeto por los demás, aumentar su conocimiento de los valores y principios éticos y aprender a vivir y trabajar en armonía con sus semejantes. Vosotros estudiáis muchas materias, entre las cuales figura, por supuesto, vuestra religión: vuestras actividades de seminario e instituto. ¿Qué hacéis con lo que aprendéis? ¿Lo estáis aplicando? ¿Aprendéis a colaborar con los demás mientras van en pos de las responsabilidades de esta vida?

Todo joven necesita crecer en su habilidad para pensar con la razón y expresar claramente sus pensamientos. Alguien ha dicho que ciertos hombres expresan sus pensamientos, mientras que otros los envían por correo. Os sugiero aprender a expresar vuestros pensamientos. La capacidad para expresar el pensamiento clara y convincentemente, los llevará a puntos lejanos en el camino del éxito.

Quiero enfatizar nuevamente que tal vez algunos de vosotros, a causa de alguna incapacidad física o alguna experiencia vivida, habéis desviado la actitud correcta hacia la vida. Pero sabed que Dios reconoce en cada uno de vosotros, ciertas facultades únicas, inexistentes en cualquier otra persona. Vuestro desafío consiste en desarrollar esas facultades y después tender la mano a quienes os rodean y ayudar a levantarlos y socorrerlos.

Tengo un artículo de la revista Time, el cual trata de la necesidad que tienen los jóvenes de proseguir su educación. Me gustaría leeros uno o dos pensamientos de este artículo. Aquí se muestran los resultados de una en cuesta en la que se estudió el ingreso total de quienes se gradúan en la universidad, y lo compara con el de la persona común que no adquiere una educación superior. Se indica que el ingreso total de los universitarios graduados es de $6,386 dls. [1964]. El ingreso medio del norte-americano común es de $3,500 dls.; es decir, casi la mitad.

Si vosotros deseáis competir con los jóvenes y señoritas de vuestra misma edad, tendréis que preparaos mediante una cuidadosa educación y negaros a abandonar la lucha y tomar el camino fácil. Este estudio demuestra que los ingresos del graduado en universidad aumentan con su edad. Sé que este concepto no se entiende fácilmente y os daré un ejemplo: Para edades y empleos iguales, el graduado en universidad no sólo aventaja a quien no tiene tal preparación, sino que los universitarios menores de treinta años perciben ingresos mayores en un 60 por ciento al promedio nacional, mientras que sus colegas de treinta a cuarenta años de edad perciben ingresos que sobrepasan en más del 100 por ciento el mismo promedio nacional. Es decir, la posición económica de éstos es más de dos veces mejor que la de quienes no aprovecharon la oportunidad. Los profesionistas de cuarenta a cincuenta años de edad aventajan al hombre común en un 180 por ciento, y sus colegas mayores de cincuenta años aventajan a éste en un 184 por ciento. En otras palabras, la posición económica del último grupo es casi tres veces mejor que la de la persona común.

A los mayores de entre vosotros —los que ya estáis llegando a la edad de las muletas y los bastones— quiero deciros que más os vale recordar, que si adquirís una educación universitaria, si aprovecháis vuestras oportunidades no debéis temer a estos jóvenes quienes os siguen muy de cerca. Esto será garantía de que podréis conservar la delantera, pero os advertimos que de no hacerlo seréis atropellados.

¿Ofrece mejores oportunidades de empleo una preparación universitaria? El estudio de la revista Time indica que el 84 por ciento de los graduados en la universidad se ha convertido en propietarios, administradores, ejecutivos y otros profesionistas, mientras que de los no universitarios sólo el 16 por ciento pudo alcanzar estas posiciones. La comparación es notable.

La encuesta señala que el 64 por ciento de los universitarios graduados se casó antes de cumplir treinta años. Y también dice lo que les pasó después que se casaron. Y ésta es una cuestión importante que vosotros debéis empezar a meditar. Os decía que necesitáis un sentido del humor, y ahora os reitero que cuando os caséis necesitaréis esta actitud o no permaneceréis casados por mucho tiempo. Los varones necesitarán un sentido del humor cuando se casen con las señoritas y descubran lo crédulas que en cierto modo han sido, y a su vez ellas necesitarán el mismo sentido del humor para congeniar con estos jóvenes. Pero el trabajo, el juego y la oración en pareja los capacitarán para una buena vida familiar.

Quiero dirigir vuestra atención al hecho de que, según las estadísticas, las señoritas que aprovechan sus oportunidades en el campo de la educación, aventajan a la mujer común no sólo en su habilidad para las artes y para ganarse la vida, sino también en su capacidad para ser la clase de madres que esperamos que nuestras señoritas lleguen a ser.

La educación universitaria produce una tendencia a lograr que la gente se comprenda; a llevarla a un nivel más alto; a hacer más tolerantes a las personas unas con otras, a entenderse mejor.

Para ilustrar lo que puede suceder a un hombre cuando piensa ser superior a otro, os contaré un caso verídico que yo mismo presencié cuando era joven. Nos preparábamos para ir a Europa, durante la Primera Guerra Mundial. En nuestro regimiento había un hombre de quien se pensaba que era un desalmado. Parecía ser insensible a cuanto ocurría a su alrededor, no se inmutaba por las situaciones a que nos enfrentábamos la mayoría de nosotros. Podía ver caer al compañero de al lado sin siquiera parpadear. Pensábamos que esa era la característica sobresaliente de este pobre compañero, y pronto fue bautizado con el nombre de él “oficial insensible”. Cuando llegamos a Francia, se convirtió en deber de los oficiales la tarea de censurar la correspondencia, tanto de entrada como de salida, por motivos de seguridad. (A propósito, esa fue una experiencia muy interesante. Cuando se leen las cartas de amor de todos esos muchachos y chicas, se encuentra uno con algunas cosas interesantes. Un día, estaba yo censurando y recuerdo haber leído la carta de un muchacho a su novia. Le decía cuánto la amaba y cómo anhelaba verla pronto, y entonces le escribía: “Me encuentro bien pero estoy gordo, y piojoso como un mapache.” Y luego, como si súbitamente lo hubiera llamado el deber, finalizó apresurado con esto: “Espero que tú te encuentres igual.”)

Un día, el “oficial insensible” de quien hablábamos se encontraba censurando la correspondencia. Llegó a sus manos una carta de la señora Anderson, de London, Canadá. Escribía a su amado Jock, quien prestaba servicio en el ejército canadiense: “Mi amor: estamos orgullosos de ti y estamos tratando de hacer todo lo mejor posible. Nos está yendo bien a mí y a los diez “ositos” que dejaste. Debido al trabajo adicional que ahora tengo, tuve que destetar al niño, pero no hay problema. Jock, estamos orgullosos de ti y queremos que te vaya bien.” Y entonces agregó esto: “Amado Jock, la vecina, la señora Johnson, recibió noticias la semana pasada de que su esposo había desaparecido. Jock, ora a Dios conmigo pidiendo que, suceda lo que suceda, nunca tenga yo que sufrir la angustia que ella sufre con la incertidumbre de dónde estará su marido. Ora a Dios pidiendo que nunca reciba yo noticias de que te cuentan entre los desaparecidos.”

Después de haber leído este oficial la carta, se reportaron con él un sargento y seis hombres más: partían a una misión peligrosa atrás de las líneas enemigas. El oficial les pasó lista y el nombre de Jock Anderson figuró en ella. Partieron, y al día siguiente el sargento y tres hombres se reportaron nuevamente con el “oficial insensible”, y éste les pasó lista. El nombre de Jock Anderson no figuró. El oficial preguntó al sargento: “¿Sabe usted dónde cayó Jock?” Repuso el otro: “Sí, señor; cayó en una loma dominada por una ametralladora alemana.” El oficial preguntó: “¿Sería posible llegar hasta su cuerpo para obtener la placa de identificación?” Como ustedes recordarán, es necesario mostrar la placa de identificación de un soldado o su cuerpo; de lo contrario se le contará como desaparecido, no importa cuántos lo hayan visto caer.

Cuando el oficial preguntó al sargento si sería posible ir hasta el cuerpo y obtener la placa de identificación, el sargento dijo: “Señor, sería un suicidio absoluto intentarlo; pero si usted lo ordena iré.” El oficial le contestó: “No. No estoy ordenando eso.” Y entonces despidió a los hombres.

Esa noche desapareció el “oficial insensible”, aquel hombre de quien había yo pensado en mi corazón, como el fariseo de antaño: “Doy gracias a Dios que no soy como éste.” Admito ante vosotros que así pensaba yo; no lo expresaba en voz alta, pero lo sentía en mi corazón; creía ser mejor que él. Y esa noche, al pasar lista, su nombre no figuró.

A la mañana siguiente, desde atrás de las líneas, llegó un sobre militar grande. Al abrirlo leímos esto: “Querido Mayor: Adjunto la placa de identificación de Jock Anderson. Escriba por favor a la señora Anderson de London, Canadá, y dígale que Dios escuchó su oración. En cuanto a mí, me envían a Blighty por la mañana. El doctor dice que mi caso requerirá de amputación y que puede ser fatal. Saludos”, terminó diciendo, como si no fuera nada serio.

Cuando escuché eso, resolví que, con la ayuda de Dios, nunca jamás me volvería a creer superior a mis semejantes. Aquel hombre tuvo más valor del que jamás tuve yo; lo suficiente para arrastrarse hasta el cuerpo de un compañero y obtener su placa de identificación, a fin de poder comprobar que había muerto, para que su esposa quien se encontraba a 10,000 kilómetros no tuviera que sufrir en incertidumbre, según lo había pedido ella en oración.

Pienso que es importante, mientras vamos por la vida, tratar de disponer la nuestra de tal forma que podamos convivir con nuestros semejantes, congeniar con sus idiosincrasias y recordar que también nosotros tenemos nuestra propia idiosincrasia y que muchas veces la nuestra es más problemática que la de los demás.

Y ahora, con respecto a nuestra labor de enseñar religión a los jóvenes miembros de la Iglesia, quiero centrar vuestra atención en uno de los Artículos de Fe. “Si hay algo virtuoso, bello, de buena reputación o digno de alabanza, a esto aspiramos.” En una revelación al Profeta, el Señor da instrucciones expresas concernientes al conocimiento y la preparación. Y vosotros, los directores de los jóvenes, los señaladores de las pautas; vosotros, quienes vais a la cabeza, debéis leer de vez en cuando esto que el Señor ha dicho acerca del estudio y su mandamiento de prepararos.

“Enseñaos diligentemente, y mi gracia os acompañará, para que seáis más perfectamente instruidos en teoría, en principio, en doctrina, en la ley del evangelio, en todas las cosas que pertenecen al reino de Dios, que os es conveniente comprender;

“De cosas tanto en el cielo [tal vez astronomía], como en la tierra [agricultura, botánica, zootecnia, etc.], y debajo de la tierra [geología, quizás, junto con toda la historia plasmada en ella respecto a los adelantos, organización y desarrollo humanos y la obra inconclusa de Dios en este mundo]; cosas que han sido [historia], que son [acontecimientos actuales], y que pronto han de acontecer [profecía]; cosas que existen en el país, cosas que existen en el extranjero [asuntos y relaciones internacionales y humanas ] ; las guerras y perplejidades de las naciones, y los juicios que se ciernen sobre el país; y también, el conocimiento de los países y los reinos [obtenido éste del mejor modo: mediante los viajes].” (Véase D. y C. 88:78-79.)

Lo anterior constituye un desafío que nos hace aspirar a un plano más elevado y nos alienta a prepararnos para esa clase de dirección que conducirá a nuestras familias, amigos y conocidos a la presencia de Dios. José Smith dijo, refiriéndose al estudio de este mandamiento del Señor: “El hombre fue creado para andar por todo el mundo, cultivar su mente y glorificar a Dios.” Instaba a los discípulos del Señor a estudiar y mejorarse en todo sentido. Porque cuando un discípulo, educado como en antaño lo fue Pablo a los pies de Gamaliel, es corregido y guiado por el Espíritu Santo, no sólo edifica aquel a sus semejantes sino que mejora sus propias facultades en armonía con la voluntad de Dios.

Os pido, jóvenes, que os familiaricéis con las palabras de los profetas de épocas pasadas y os preparéis para continuar desde donde se detengan quienes os preceden en la vida. Estas personas se despedirán de este mundo un poco mejor preparados que cuando llegaron, pero no tan preparados como tienen que estar vosotros si habéis de continuar con esta obra. Es norma del Consejo de Educación de la Iglesia el que todos sus estudiantes cursen la educación media y la superior y nunca abandonen la búsqueda de la verdad, el conocimiento, las destrezas y la capacidad para crear y para ser o llegar a ser alguien en la vida. Ningún conocimiento ni remuneración económica pueden sustituir el testimonio del evangelio y las bendiciones que vienen por el apego a sus principios.

Quiero contaros una anécdota que ilustra el valor del testimonio, el valor de conocer a Dios y sus designios, y el poder de colaborar con El en su obra. Esta historia ilustra cómo un hombre se puede desviar bastante del camino y repentinamente volver a la realidad y comprender que un testimonio del evangelio —de la realidad de Dios y la relación del hombre con El— puede ser el aspecto más importante en su educación.

Lo que voy a relatar sucedió en Inglaterra. En ese entonces era oficial en el ejército canadiense; tenía experiencia en algunas áreas. Estaba acostumbrado a que los hombres se pusieran en posición de firmes cuando venían a yerme, y que me llamaran señor e hicieran el saludo militar. Y como yo era joven, esas cosas me envanecían un poco y me alagaban. Una noche, me encontraba en el hotel Regent Palace, en Londres, cuando un mensajero vino y me dijo: “Señor, un joven quiere verlo; se encuentra en un hospital de la ciudad. Un taxi espera afuera para llevarlo, si me hace el favor.” Estaba yo acostumbrado a que solicitaran favores de mí; a que los hombres, por causa de mi posición y autoridad, me pidieran aligerar sus cargas mediante un permiso o una licencia o alguna otra concesión. De manera que cuando llegó tal solicitud del hospital, tomé más bien con cierta indiferencia mi montera y mi bastón, abordé el taxi, y partimos rumbo al hospital. Llegamos y cuando caminábamos por el pasillo, los doctores y enfermeras se ponían en posición de firme por respeto a mi autoridad y la insignia que portaba en mi hombro. Y yo me sentía todavía más orgulloso al pensar que era un oficial del rey y que esas personas me respetaban por ello. Continué hasta el cuarto donde yacía el joven que quería yerme. Abrí la puerta y encontré a un muchacho pálido, macilento y agotado que parecía estar muy cerca de la muerte. Lo reconocí como un ex alumno mío de la Escuela Dominical de Cardston, Canadá.

Cuando me saludó, no aludió a mi rango, sino que dijo simplemente: “Hermano Brown, lo mandé buscar para pedirle que emplee su autoridad en bien mío.” Pensé: “Bueno, es lo que yo esperaba; ¿qué querrá?”

“Hermano Brown”, dijo, “usted sabe que mi madre es viuda y yo soy su único hijo. Los doctores dicen que no viviré. ¿Puede usted restaurarme la vida?”

Pensé: “Caramba, el rey de Inglaterra no le puede dar la vida; ¿a qué se estará refiriendo?

Y entonces me sorprendió con esta petición:

“¿Puede usted ungirme?”

En ese momento, jóvenes amigos, mi uniforme y la insignia prendida en él parecieron esfumarse; y allí estaba yo, parado ante aquel joven, con un uniforme y una insignia que indicaban autoridad. No podría haber vestido yo aquel uniforme que se encontraba en contacto con mi piel, de no haber tenido alguna autoridad. Parado allí, meditaba en esa autoridad, y me sentí humillado pero a la vez inspirado.

Me acerqué a la cama y me puse de rodillas junto al muchacho. Puse mis manos sobre su cabeza y le dije: “En el nombre de Jesucristo y por la autoridad del sagrado sacerdocio, te bendigo y prometo que recuperarás la salud y regresarás a tu madre.” Dios hizo válida aquella promesa.

Entré a ese hospital como orgulloso oficial inglés y salí como humilde élder mormón. Desde aquel día he tratado sinceramente de recordar siempre, que hay un poder y una autoridad dados al hombre, no por el rey o el presidente, sino por el Rey de reyes; y si vivimos correctamente y jamás olvidamos esa investidura, podremos ejercer esa autoridad en bien de quienes necesiten nuestra intervención.

Que Dios os bendiga, mis jóvenes amigos. Os doy mi testimonio: Sé con todo mi ser que Dios vive; que es una realidad; que cuida de nosotros, sus hijos. Sé que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, nuestro Salvador; y digo, al igual que el apóstol Pedro, y con la misma autoridad con que él hablaba: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” Y lo sé por el mismo medio que lo supo Pedro, no por revelación de carne ni sangre, sino por revelación de Dios, nuestro Padre.

Que Dios os bendiga; que la paz esté con vosotros. Lo pido en el nombre de Jesucristo. Amén.

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