La expiación Infinita en amor

La Expiación Infinita
La expiación Infinita en amor

Tad R. Callister
La Expiación Infinita


El sacrificio: el amor más elevado

Si el sacrificio por el prójimo es la máxima expresión de amor, entonces la Expiación de Jesucristo es la demostración de amor más extraordinaria que este mundo haya conocido jamás. La fuerza motriz e irresistible de su sacrificio fue el amor. No lo im­pulsaban ni el deber, ni la gloria, ni el honor, ni ninguna otra re­compensa temporal. Fue el amor en sentido más puro, profundo y duradero del término.

A la visión que tuvo el presidente Joseph F. Smith del mundo de los espíritus la precedió —y motivó—, su reflexión acerca de «el grande y maravilloso amor manifestado por el Padre y el Hijo en la venida del Redentor al mundo» (DyC 138:3). Con un te­nor similar, Ammón se refirió a «la incomparable munificencia [del] amor [del Salvador]» (Alma 26:15).

Fue este amor lo que dio lugar al don expiatorio del Salvador. Emerson nos ayuda a ver en su justa perspectiva el valor de dicho don: «El único don es una parte de ti».1 En esta línea, el sacrifi­cio del Salvador fue el don más noble de todos, ya que el que lo tenía todo lo dio todo. Sus poderes espirituales, emocionales, psi­cológicos y vivificantes se depositaron totalmente en el altar del sacrificio sin restricciones. El dio hasta que no quedó nada más que dar, nada más que hacer: hasta que hubo agotado esa reser­va de virtudes que poseía a fin de elaborar un sacrificio infinito. Brigham Young afirmó: «No hay nada que el Señor no haría por la salvación de la familia humana y que haya dejado de hacer por descuido; (…) todo lo que es posible lograr por su salvación, in­dependiente de ellos, el Salvador lo ha llevado a cabo».2

El sacrificio expiatorio excede y transciende con mucho todos los sacrificios de amor. Nadie más ha dado tanto a tantos y de tan buena gana. La letra del himno es un recordatorio conmovedor:

Su santa sangre aceptad,
preciosas gotas de virtud.
¡Cuán grande sacrificio fue! 3

El amor del Hijo

Desde el concilio preterrenal hasta que expiró en el Calvario, al Salvador lo impulsó un amor sincero puesto que «en su amor y en su clemencia los redimió» (DyC 133:53). A Nefi le fue dado comprender la vejación a la que el Salvador se vería expuesto por parte de un mundo insensible e ingrato: «lo azotan, y él lo sopor­ta; lo hieren y él lo soporta. Sí, escupen sobre él, y él lo soporta» (1 Nefi 19:9). ¿A qué se debía tal sumisión? Nefi nos ofrece una respuesta sencilla a la vez que profunda: «por motivo de su amo­rosa bondad y su longanimidad para con los hijos de los hom­bres» (1 Nefi 19:9). No hubo segundas intenciones ni designios ocultos en el ministerio del Salvador; solamente hubo un amor que Él brindó sin trabas y pródigamente.

Juan el Amado, quien anduvo junto al Salvador, quien com­partió con él las vivencias del Monte de la Transfiguración, quien estuvo tan cerca y vio el sacrificio expiatorio del Salvador más ní­tidamente que cualquier otro ser humano, se refirió al Santo con tono reverencial: «[el] que nos ama, y nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre» (Apocalipsis 1:5). Pablo afirmó acertada­mente que «difícilmente alguien muere por un justo (…). Mas Dios demuestra su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros». (Romanos 5:7-8).

El amor del Salvador no era un amor para los justos exclusi­vamente; no era un amor abstracto; ni se demostraba mediante un acto sacrificial únicamente. Al contrario, ¡era un amor diario, dispensado casi hora tras hora, incluso a cada instante! Era un amor que se extendía desde la esfera premortal a la eternidad. Era un amor que llevó a preparar con detalle un fuego para coci­nar pescado y pan para unos discípulos hambrientos y exhaustos cuando regresaron de una larga y agotadora noche de pesca en el mar de Galilea. Era un amor que bendecía a los niños pequeños, sanaba a los enfermos y ofrecía esperanza a los desesperados. Era un amor que llegaba a todas las personas y los elevaba a alturas superiores. Se dieron muestras de amor en todos los momentos conscientes, de cada instante de vigilia de su vida mortal. El amor fluyó de cada poro, de cada pensamiento, de cada acto. De forma tan natural y habitual como nosotros procuramos inhalar el aire que respiramos, él procuró bendecir a los demás. Una y otra vez, en esos momentos de agotamiento físico e interés encontrados que pesaban sobre él, el Salvador estuvo ahí, al alcance del indi­viduo: para escuchar, para amar y para bendecir. Toda su vida fue una acumulación de actos de amor, culminados por el más importante de todos: su sacrificio expiatorio. Pedro resumió la vida del Señor con esta frase, sencilla, pero tan expresiva: «andu­vo haciendo bienes» (Hechos 10:38).

Pensemos unos instantes en el amor de una madre por su hijo recién nacido. Supongamos ahora que se arrancara a ese niño de los brazos de su madre. Aunque esa madre viviera hasta cumplir los cien años, no cabe duda de que jamás olvidaría a ese bebé venido del cielo que estrechó con fuerza contra su pecho amo­roso. Algunos recuerdos no pueden borrarse jamás, los vínculos de algunas relaciones nunca se destruyen, algunos pensamien­tos nunca caen en el olvido, algunas cosas permanecen más allá del tiempo y la muerte. Sabiendo todo esto, el Señor preguntó: «¿puede una mujer olvidar a su niño de pecho al grado de no compadecerse del hijo de sus entrañas?» (1 Nefi 21:15). Entonces el Señor afirma lo siguiente: «¡Pues aun cuando ella se olvidare, yo nunca, me olvidaré de ti, oh casa de Israel!» (1 Nefi 21:15; énfasis añadido). Si hubiera alguna duda con respecto al compromiso y al amor del Señor por la casa de Israel, él mismo la ha despejado. La magnitud de sus desvelos se ha apreciado en su correcta pers­pectiva y sobrepasa a todo lo que el hombres capaz de brindar, incluso el amor de una madre por su hijo. Y entonces nos ofrece este recordatorio a todos: «Pues he aquí, te tengo grabada en las palmas de mis manos» (1 Nefi 21:16). Las heridas en las manos son su testimonio, su prueba tangible e irrefutable de su sacrificio y de su amor.

Supongamos que fuéramos capaces de pasar hacia atrás las páginas de la historia hasta llegar al meridiano de los tiempos. Supongamos que hubiéramos podido estar presentes aquella noche en que el Salvador declaró desde su morada celestial: «he aquí, (…) mañana vengo al mundo para mostrar al mundo» (3 Nefi 1:13). Supongamos que tuviéramos el poder de contem­plar el pequeño pueblecito de Belén, en marcado contraste con el hogar celestial del Salvador. ¿Quién de entre nosotros podría imaginar la profundidad del amor que le llevó aquella noche a dejar atrás la divinidad para hacerse hombre? Así el Salvador, el omnipotente, el creador de mundos sin fin, entró en el mundo como un bebé desvalido.

¿Y por qué? ¿Por qué todo esto… por nosotros? ¿Por qué en­tregar su poder y honor a cambio de vejaciones, burlas, condenas y, finalmente, la crucifixión? Pablo enseñó que Cristo se hizo «en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote» (Hebreos 2:17). Y Alma escribió que el Señor tomó sobre sí las debilidades del hombre «para que sus entrañas sean llenas de misericordia» (Alma 7:12). Sin embargo, el Salvador respondió mejor que nadie a nuestro interrogante: «Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos» (Juan 15:13). Y era cierto, «de tal manera amó al mundo que dio su propia vida» (DyC 34:3; véase también 1 Juan 3:16; Éter 12:33). El presidente Ezra Taft Benson se refirió a este amor inagotable: «Tal vez nunca lleguemos a entender en nuestra vida mortal cómo logró hacerlo; pero sí tenemos el deber de com­prender por qué lo hizo. Todo lo que Él hizo fue motivado por el infinito y generoso amor que siente por nosotros».4 Este era el humilde reconocimiento de Nefi, quien replicó, en respuesta a la pregunta formulada por el ángel acerca de la condescendencia de Dios: «Sé que ama a sus hijos; sin embargo, no sé el significado de todas las cosas» (1 Nefi 11:17).

El amor del Padre

¿Acaso el sufrimiento y el amor del Hijo —tan inmensos—, no hacen sino magnificar el amor del Padre todavía más si cabe? ¿Qué Padre amoroso, si se le presentara la ocasión, no intentaría anhelosamente —desesperadamente, incluso— un intercambio de lugar con su hijo atormentado? El rey David, por ejemplo, cuando recibió la noticia de la muerte de un hijo rebelde, alzó la voz diciendo: «¡Hijo mío Absalón, hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Quién me diera haber muerto yo en tu lugar, Absalón, hijo mío, hijo mío!» (2 Samuel 18:33; énfasis añadido; véase también Alma 53:15). David supo por experiencia propia que podía haber un sacrificio mayor que el sufrimiento por uno mismo. ¿Y qué sufri­miento podría ser mayor que tener que contemplar del tormento incomparable de un hijo cuando se posee el poder necesario para aliviarlo?

Supongamos que fuera nuestra la capacidad de liberar a un hijo de un dolor inmenso con una orden, un dolor que le hu­biera empujado a gritar: «Padre, si quieres, pasa de mí esta copa» (Lucas 22:42). ¿Quién podría resistir una solicitud como esa de un hijo que nunca ha errado, que nunca se ha quejado, que nunca ha pedido nada para sí mismo; en definitiva, que toda su vida nos ha honrado y servido, y cuyo único pensamiento ha sido para los demás, y ahora en este momento de agonía suprema im­ploró pidiendo socorro, solo esta vez, para sí? ¿Acaso nuestros corazones no habrían ardido de compasión? ¿Acaso ese alarido de pathos, «Mi Dios, mi Dios, ¿por qué me has abandonado?», viniendo del más puro de los seres, el más obediente de los hijos, no nos sobrepasaría hasta romper nuestros corazones y quebrar nuestra determinación? ¿Cuánto más podría soportar este padre, el más amoroso entre los padres? Pero las palabras del salmo me­siánico traspasarían en lo más profundo incluso el tierno corazón del mas amoroso de los padres: «¿Por qué estás tan lejos de mi salvación y de las palabras de mi clamor?» (Salmos 22:1). ¿Habría la emoción del momento inundado de tal manera nuestros pode­res de raciocinio que habríamos cedido y acabado por liberarlo? ¿Habríamos, en nuestra sapiencia, enviado a legiones de ángeles para sanar los poros sangrantes y extraer los clavos de su carne desgarrada? Afortunadamente, incluso teniendo un amor incom­parable por su Hijo, nuestro Padre Celestial no cedió un ápice.

Pablo rindió tributo a nuestro Padre, quien optó por no ejer­cer su poder salvífico en favor de su Hijo Unigénito para que no­sotros pudiéramos salvarnos: «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que le entregó por todos nosotros» (Romanos 8:32). Ciertamente, «de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito» (Juan 3:16), o como observó Juan más tarde, «En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros: en que Dios envió a su Hijo Unigénito al mundo para que vivamos por medio de él» (1 Juan 4:9). ¿Por qué no liberó Dios a su Hijo? Porque sabía que no había otra forma de salvar al resto de sus hijos. Cristo era nuestra única esperanza, nuestro único medio de obtener la salvación.

El élder Melvin J. Ballard, con una tierna mirada que parecía penetrar el velo, comentó la elección del Padre de no rescatar a su hijo:

«Dios oyó la llamada de Su Hijo en ese momento de dolor y agonía, en el jardín, cuando se nos dice que los poros de su cuer­po se abrieron y gotas de sangre corrieron por su piel y clamó en alta voz: ‘Padre, si quieres, aparta esta copa de mí’.

»Les pregunto, ¿qué padre y madre estaría ahí escuchando el grito de dolor de sus hijos atormentados, en este mundo, sin so­correrlos y darles ayuda? (…)

»No podemos estar ahí quietos escuchando esos gritos sin que toquen nuestros corazones. El Señor no nos ha dado el poder de salvar a los nuestros. Nos ha dado fe y nos sometemos a lo inevi­table, pero él tenía el poder de salvar, y amaba a su Hijo, y podría haberlo salvado (…). Finalmente, vio al Hijo en el Calvario; vio su cuerpo estirado en la cruz de madera; vio los crueles clavos atravesando sus manos y sus pies; los golpes que rasgaron la piel, desgarraron la carne e hicieron brotar la sangre vivificante de su Hijo. Lo vio todo desde arriba.

»En el caso de nuestro Padre, el cuchillo no fue frenado, sino que cayó y la sangre que daba la vida a su Amado Hijo se derra­mó. Su Padre lo vio todo con gran dolor y agonía por su Hijo Amado, hasta que parece haber llegado el momento en que in­cluso nuestro Salvador exclamó desesperadamente: ‘Mi Dios, mi Dios, ¿por qué me has desamparado?’.

»En este instante creo que puedo ver a nuestro querido Padre detrás del velo, observando estos esfuerzos mortales hasta que in­cluso El tal vez ya no pudo soportarlo más; y, como la madre que despide a un hijo agonizante y tienen que sacarla de la habita­ción, a fin de que no presencie los últimos estertores, El también, cabizbajo, se escondió en algún rincón de Su universo, Su cora­zón prácticamente roto por el amor que sentía por Su Hijo. Oh, en este momento cuando podría haber salvado a Su Hijo, le doy gracias y lo alabo por no habernos fallado, ya que no solamen­te tenía presente el amor que tenía por Su Hijo; también sentía amor por nosotros».5

Las palabras de Eliza R. Snow confirman esta verdad eterna:

Jesús, en la corte celestial,
mostró Su gran amor
al ofrecerse a venir
y ser el Salvador .6

Un acto de amor conjunto

¿De qué forma comunica un Dios un amor de esta natura­leza a los mortales? Quizá en nuestro estado temporal somos incapaces, pero en el relato de Abraham e Isaac tenemos nuestro paralelo más cercano. Jacob habla del sacrificio de Isaac como «una semejanza de Dios y de su Hijo Unigénito» (Jacob 4:5). Abraham había alcanzado el siglo de vida sin tener un hijo varón que recibiera la primogenitura. Este hijo era todo lo que había esperado. Entonces llegó aquel día ominoso en que la voz divina decretó: Toma ahora a tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas (…) y ofrécelo (…) en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré» (Génesis 22:2). ¿Cómo podía ser posible? Este hijo iba a ser receptor de la primogenitura, ser padre de numerosas naciones. Este era el hijo prometido. Abraham entregaría de buen grado sus tierras, su dinero, toda la riqueza que el mundo le había dado, pero, «por favor», pueden haber sido sus pensamientos, «mi hijo no». Sin embargo, y ahí radica su mérito eterno, Abraham no se resistió; se sometió humildemente a la voluntad de Dios.7

Temprano a la mañana siguiente, Abraham se levantó y em­prendió la marcha con Isaac en dirección al lugar establecido. Mientras ascendían la ladera del monte, Abraham «tomó (…) la leña del holocausto y la puso sobre Isaac, su hijo» (Génesis 22:6), puede que para simbolizar la cruz que se cargaría sobre la espalda del Salvador. Isaac preguntó inocentemente: «¿dónde está el cordero para el holocausto?» (Génesis 22:7). Abraham apenas pudo responder, «Dios se proveerá de cordero para el holocausto» (Génesis 22:8). El libro del Génesis guarda silencio en cuanto al tenor de la conversación que se desarrolló entre padre e hijo en la cima de aquel monte sagrado. Sin duda fue uno de esos mo­mentos sagrados en los que el silencio dice más que mil palabras.

El Libro de Jaser incluye la primera respuesta de Isaac a la no­ticia: «Haré todo lo que el Señor te ha dicho con gozo y corazón alegre».8 Aunque se ha puesto en tela de juicio la autenticidad de dicho libro, el principio que se enseña aquí parece ser correcto. Abraham quería confirmar que los sentimientos de su hijo no contradecían sus palabras. En consecuencia, le preguntó a Isaac si albergaba alguna reserva. Isaac replicó como se halla registra­do en Jaser: «Nada hay en mi corazón que me haga desviarme a mi derecha o a mi izquierda de la palabra que él te ha dado

(…), pero tengo el corazón alegre y contento en este asunto, y digo: bendito sea el Señor que este día me ha elegido para ser el holocausto ante El».9 Josefo puso de relieve ese mismo espíritu obediente: «Ahora Isaac era de naturaleza generosa, digno hijo de un padre como el suyo, (…) y dijo: ‘Que no era digno de nacer primeramente, si rechazara el designio de Dios y de su propio padre (…)’, de modo que se dirigió inmediatamente al altar para ser sacrificado».10

¡Cómo se parecía Isaac al Salvador! Su sacrificio no se haría a regañadientes, ni se basaría en un sentido del deber. No ha­bría fuerza, ni coacción, ni siquiera persuasión amable. Todos los detalles serían voluntarios. Cualquier representación pictórica, cualquier relato, cualquier inferencia que sugiriera que Abraham tomó a Isaac por la fuerza menoscabaría el paralelismo con el sacrificio del Salvador con la consiguiente destrucción del fon­do y la sustancia de cualquier similitud significativa. El principio subyacente y primordial de la Expiación estribó en la respuesta voluntaria del Salvador, «Heme aquí; envíame» (Abraham 3:27). Y otro tanto debe haber sido el caso de Isaac: un prototipo del Salvador.

El Libro de Jaser capta la ternura de esta última conversación entre padre e hijo: «Abraham escuchó las palabras de Isaac, y alzó la voz y lloró cuando Isaac pronunció estas palabras; y las lágri­mas de Abraham se derramaron sobre Isaac, su hijo».11 Abraham ató a Isaac sobre el altar, quizá a petición del mismo Isaac, a fin de evitar que obstaculizara el acto sacrificial.

Entonces Abraham alzó el cuchillo para arrancar la sangre vital de su amado hijo… En ese instante un ángel de misericordia, alzó la voz: «No extiendas tu mano sobre el muchacho ni le hagas nada, porque ya sé que temes a Dios, pues no me rehusaste a tu hijo, tu único» (Génesis 22:12). Abraham encontró acto seguido un carnero enganchado en unos matorrales y lo ofreció como ho­locausto en lugar de su hijo. Sin embargo, en el caso de nuestro Padre Celestial no hubo un ángel que frenara el golpe de gra­cia de la muerte, ni carnero alguno enredado en los matorrales. Todos los elementos de su sacrificio se habrían de completar. No habría sustitutos, alternativas, caminos más sencillos que reco­rrer. Esta era la única manera de salvar a la humanidad.

Abraham comprendía ahora —más profundamente que an­tes—, el sentido del sacrificio expiatorio. Con el corazón a pun­to de estallarle en este breve instante en que se alzó el puñal, Abraham sintió un dolor semejante al sufrimiento del Padre, y un amor homólogo al suyo.

La bendición de la resurrección →


NOTAS

1. Emerson, «Gifts», 5:220.
2. Journal of Discourses, 13:59.
3. Isaac Watts, «¡Murió! El Redentor murió», Himnos, núm. 192.
4. Benson, Sermones y escritos, 4.
5. Hinckley, Sermons and Missionary Services of Melvin J. Ballard, 153-54.
6. Snow, «Jesús, en la corte celestial», Himnos, núm. 116.
7. Las Escrituras sugieren que Abraham no esperaba la aparición de un ángel de misericordia que lo librara del mandato que había recibido. Más bien, parece que creyó que la vida de Isaac acabaría arrebatándose según lo establecido, pensando a la vez «que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos» (Hebreos 11:19). Puede que Abraham creyera que Isaac sería levantado de los muertos para perpetuar su estirpe, en cumpli¬miento de la promesa divina.
8. Libro de Jaser, 61.
9. Ibid., 62.
10. Josephus, Complete Works, 37.
11. Libro de Jaser, 62.

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