El Señor nos invita a la Exaltación

El Señor nos invita a la Exaltación

por el presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Testifico que Él es el Salvador literal del mundo, el Hijo de Dios, el Príncipe de Paz, el Santo de Israel, el Señor resucitado.


En rodas parres la gente anda apresurada. Los rápidos aviones modernos llevan su preciosa carga humana a través de anchos continentes y vastos océanos. Hay que llevar a cabo reuniones, las atracciones llaman al turista, y amigos y familiares esperan la llegada de los vuelos. Por las autopistas modernas de varias vías pasan millones de automóviles, ocupados por millones de personas, todos en una corriente interminable.

¿Es que alguna vez se detiene esa masa humana? ¿Se hace algún alto en ese andar vertiginoso y confuso para meditar por un momento o dedicar siquiera un pensamiento a las verdades eternas?

Cuando los comparamos con esas verdades, los asuntos de la vida cotidiana nos parecen bastantes triviales. ¿Qué comeremos hoy? ¿Pasarán una linda película esta noche? ¿A dónde iremos de paseo el sábado? Estas preguntas son totalmente insignificantes cuando se presentan momentos de crisis, cuando nuestros seres queridos sufren, cuando el dolor irrumpe en el hogar donde se gozaba de salud o cuando la vida misma parece llegar a su fin, quizás prematuramente; entonces, inmediatamente se separan la verdad de las trivialidades terrenales, y el alma del hombre se dirige hacia el cielo buscando una respuesta divina a las preguntas más importantes de la vida: ¿De dónde vinimos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Hacia dónde vamos después de la muerte? Las respuestas no se encuentran en ningún libro de texto, ni se consiguen llamando por teléfono a ningún servicio de información, ni tratando de adivinarlas, ni tampoco en ningún examen académico. Esas preguntas transcienden lo mortal y abarcan la eternidad.

¿De dónde vinimos? Esta interrogante, aunque no se exprese con palabras, se forma inevitablemente en la mente de todo padre o abuelo al oír el primer llanto del recién nacido. No podemos menos que maravillarnos ante la perfección del cuerpecito. Los pequeños pies, los delicados deditos de las manos, la hermosa cabeza y, ni qué hablar de los sistemas circulatorio, digestivo y nervioso; ocultos pero igualmente asombrosos, todo ello da testimonio de un Creador divino.

El apóstol Pablo les dijo a los ateneos en el Areópago que somos “linaje de Dios” (Hechos 17:29). Al saber que nuestro cuerpo físico es linaje de nuestros padres terrenales, debemos tratar de encontrar el significado de las palabras de Pablo. El Señor ha declarado que “el espíritu y el cuerpo son el alma del hombre” (D. y C. 88:15). El espíritu es el linaje de Dios. El autor de la Epístola a los Hebreos se refiere a Dios diciendo que es el “Padre de los Espíritus” (Hebreos 12:9). Los espíritus de los humanos son literalmente “engendrados hijos e hijas” de Dios (D. y C. 76:24).

Con el fin de hacernos meditar más sobre este tema, vemos que ha habido poetas inspirados que han escrito mensajes conmovedores y pensamientos trascendentales. Un escritor describió a una criatura recién nacida como “un nuevo y delicado capullo de flor humana, recién salido del hogar de Dios para abrirse maravillosamente en todo su esplendor aquí en la tierra” (Gerald Massey).

El poeta inglés William Wordsworth encerró esta gran verdad en las siguientes palabras:

Tan sólo un sueño y un olvido es el nacimiento;
el alma nuestra, la estrella de la vida,
en otra esfera ha sido constituida
y procede de un lejano firmamento.
No viene el alma en completo olvido
ni de todas las cosas despojada,
pues al salir de Dios, que fue nuestra morada,
con destellos celestiales se ha vestido
(“Ode on Intimations of Immortality”).

Los padres, al contemplar a un tierno bebé o tomar de la mano a un niño en pleno crecimiento, reflexionan sobre la responsabilidad que tienen de enseñarle, inspirarlo y darle guía, dirección y ejemplos. Y mientras los adultos reflexionan, los niños, y particularmente los adolescentes, se hacen esta perspicaz pregunta: “¿‘Por qué estamos aquí?” Generalmente, la formulan en silencio a su misma alma y con una pequeña diferencia de palabras: “¿Por qué estoy yo aquí?”

Cuán agradecidos debemos estar a nuestro sabio Creador que formó una tierra y nos colocó en ella, poniendo un velo de olvido sobre nuestra existencia anterior, a fin de que pasemos por una época de probación y rengamos la oportunidad de demostrar nuestra eficacia individual y nos hagamos merecedores de recibir todo lo que Dios tiene reservado para nosotros.

Es evidente que uno de los propósitos principales de nuestra vida en la tierra es el de obtener un cuerpo de carne y huesos. Estamos aquí para adquirir una experiencia que sólo se puede obtener separándonos de nuestros Padres Celestiales. De diversas maneras, aquí tenemos el privilegio de tomar nuestras propias decisiones; de aprender por medio de difíciles experiencias; de discernir el bien del mal; de llegar a reconocer la diferencia entre lo dulce y lo amargo, y aprender que las decisiones que tomaremos serán las que determinarán nuestro destino.

Pablo enseñó a los filipenses que la gente debe ocuparse de su “salvación con temor y temblor” (Filipenses 2:12), y el Maestro a la vez nos dio una guía que conocemos como la “Regla de oro”: “Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Mateo 7:12).

Si obedecemos los mandamientos de Dios, podremos ser merecedores de morar en esa “casa” a la cual se refirió Jesús cuando dijo: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay… voy, pues, a preparar lugar para vosotros… pata que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:2-3).

La vida sigue su curso. La juventud sigue a la infancia, y la vejez desciende sobre nosotros tan lentamente que apenas la notamos. Por experiencia propia, aprendemos que nos hace falta la ayuda divina para recorrer el largo camino de nuestra jornada terrenal. Apreciamos en todo su valor este inspirado pensamiento: “Dios es un Padre; el hombre, un hermano. La vida una misión y no una profesión” (presidente Stephen L. Richards).

Dios, nuestro Padre, y Jesucristo, nuestro Señor, nos han marcado el camino hacia la perfección; y nos alientan para que nos decidamos a seguir las verdades eternas y lleguemos a ser tan perfectos como Ellos. (Véase Mateo 5:48; 3 Nefi 12:48.) El apóstol Pablo comparó la vida con una carrera cuya meta está claramente definida. Luego, exhortó a los santos de

Corinto, diciéndoles: “¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno sólo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis” (1 Corintios 9:24).

En nuestro celo por llegar, no pasemos por alto este sabio consejo: “…ni es de los ligeros la catrera, ni la guerra de los fuertes…” (Eclesiastés 9:11). En realidad, la recompensa prometida será de quien persevere hasta el fin.

Nuestro Padre Celestial no nos embarca en nuestro viaje eterno sin darnos los medios para que recibamos de Él, por medio de la oración, la guía que nos asegure un retorno sin riesgos.

Al pensar en la carrera de la vida, recuerdo otra carrera en la cual participé muchas veces durante mi niñez. Tenía aproximadamente diez años, cuando para entretenernos hacíamos con mis amigos botecitos de madera de sauce, a los cuales les dábamos forma con un cortaplumas y les colocábamos velas hechas de tela de algodón. Luego, llevando cada uno de nosotros su propio bote, nos dirigíamos a jugar a las “regatas” en las aguas relativamente turbulentas del río Provo. Corriendo por la orilla, para no perder de vista los botecitos, a veces los veíamos girar locamente movidos por la fuerte corriente, mientras que en otras ocasiones flotaban serenos al llegar a los remansos.

Durante una de esas carreras, notamos que uno de los botes llevaba la delantera, y que todos los demás lo seguían hacia la meta. Sin embargo, súbitamente la corriente lo llevó muy cerca de un remolino y fue arrastrado por las aguas que giraban en círculos cada vez más pequeños. El pequeño botecito, incapaz de volver por sí solo a la corriente principal del río, se inclinó hacia un lado y zozobró; finalmente, terminó por hundirse hasta el fondo donde quedó atrapado entre los restos de otros, que como él habían naufragado y estaban allí para siempre.

Nuestros botecitos de juguete no tenían quilla que les diera estabilidad, ni timón que los guiara, ni energía alguna que los impulsara; su destino inevitable era corriente abajo, o sea, el camino que ofrecía menor resistencia.

A diferencia de los botes de juguete, a nosotros se nos han dado atributos divinos con el fin de que nos guíen en nuestra jornada. No venimos a esta vida terrenal para flotar sin rumbo en las turbulentas corrientes del mundo, sino que lo hacemos dotados de la capacidad de pensar, razonar y lograr las metas que nos hayamos propuesto.

Salimos de nuestro hogar celestial y llegamos a la tierra con la pureza e inocencia de la infancia. Pero nuestro Padre Celestial no nos embarca en nuestro viaje eterno sin darnos los medios para que recibamos de El la guía que nos asegure un retorno sin riesgos. Sí, me refiero a la oración; y además, a la inspiración de esa vocecilla apacible y delicada que murmura dentro de nosotros; y a las Santas Escrituras, preparadas por marinos que navegaron con éxito por este mar de la vida, cuyas aguas nosotros también debemos atravesar.

Hay momentos, durante nuestra misión terrenal, en que nuestro paso flaquea, en que nuestra sonrisa se apaga, en que las enfermedades nos causan sufrimiento; momentos en que se esfuma el verano, en que se acerca el otoño, en el que se siente el frío del invierno y se culmina en eso que llamamos “muerte”.

Toda persona que se disponga a meditar llega finalmente a hacerse la misma pregunta que se hizo Job en la antigüedad: “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?” (Job 14:14) Por mucho que tratemos de borrarla de nuestra mente, siempre vuelve. La muerte es algo que llega a todo ser humano; tanto alcanza al anciano que camina con pies vacilantes como a quienes apenas han llegado a la flor de la vida y, a menudo, también silencia la alegre risa de los niños.

Sin embargo, es nuestro deber preguntarnos: ¿Qué hay de la existencia más allá de esta vida? ¿Es la muerte el fin de todo? Un hombre joven, casado y con hijos me hizo una pregunta similar en su lecho de muerte. Por respuesta, yo abrí el Libro de Mormón, en el libro de Alma, y le leí las siguientes palabras:

“Ahora bien, respecto al estado del alma entre la muerte y la resurrección, he aquí, un ángel me ha hecho saber que los espíritus de todos los hombres, en cuanto se separan He este cuerpo mortal, sí, los espíritus de todos los hombres, sean buenos o malos, son llevados de regreso a ese Dios que les dio la vida.

“Y sucederá que los espíritus de los que son justos serán recibidos en tur estado de felicidad que se llama paraíso: un estado de descanso, un estado de paz, donde descansarán de todas sus aflicciones, y de todo cuidado y pena” (Alma 40:11-12).

Mi joven amigo, con los ojos llenos de lágrimas y con una expresión de profunda gratitud en su rostro, en apenas un susurro, me dio las gracias en forma silenciosa pero elocuente.

Después que el cuerpo de Jesús descansó durante tres días en la rumba, el espíritu volvió al cuerpo. La gran piedra que cerraba el sepulcro fue quitada y el Redentor resucitado salió de él revestido con un cuerpo inmortal de carne y huesos. La respuesta a la pregunta de Job, “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?”, surgió cuando María y otras mujeres se acercaron al sepulcro y vieron allí a “dos varones con vestiduras resplandecientes, los cuales les hablaron diciéndoles: “¿Por qué buscáis éntre­los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado” (Lucas 24:5-6).

Los testimonios del Señor resucitado no sólo nos dan consuelo sino que también aumentan nuestra comprensión.

Primero, el del apóstol Pablo:

“Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras;
“y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día…
“y que apareció a Cefas, y después a los doce, “…apareció a más de quinientos hermanos a la vez… “Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles;
“y al último de todos, como a un abortivo, me aparecida mí”. (1 Corintios 15:3-8.)

Segundo, el testimonio combinado de dos mil quinientas de sus “otras ovejas”, que está registrado en el Libro de Mormón, otro testamento de Jesucristo. El Señor resucitado “les habló… diciendo:

“Levantaos y venid a mí, para que metáis vuestras manos en mi costado, y para que también palpéis las marcas de los clavos en mis manos y en mis pies, a fin de que sepáis que soy el Dios de Israel, y el Dios de toda la tierra, y que he sido muerto por los pecados del mundo…

“Y cuando todos hubieron ido y comprobado por sí mismos, clamaron a una voz, diciendo:
“¡Hosanna! ¡Bendito sea el nombre del Más Alto Dios! Y cayeron a los pies de Jesús, y lo adoraron” (3 Nefi 11:13-14, 16-17).

Tercero, el testimonio de José Smith y Sidncy Rigdon: “Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de lardos, que nosotros damos de él: ¡Qué vive!

“Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre;
“que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios” (D. y C. 76:22-24).
(Armo resultado de la victoria de Cristo sobre la muerte, todos seremos resucitados. Esta es la redención del alma. Pablo escribió lo siguiente:
“Y hay cuerpos celestiales, y cuerpos terrenales; pero una es la gloria de los celestiales, y otra la de los terrenales.
“Una es la gloria del sol, otra la gloria de la luna, y otra la gloria de las estrellas, pues una estrella es diferente de otra en gloria.
“Así también es la resurrección de los muertos” (1 Corintios 15:40-42).

Lo que buscamos alcanzar es la gloria celestial; nuestra meta es de vivir para siempre en la presencia de Dios y nuestro deseo de formar parte de una familia eterna. Estas son las bendiciones que debemos ganarnos. {Véase 2 Nefi 25:23.)

¿De dónde vinimos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Hacia dónde vamos después de esta vida? Estas preguntas universales ya no tienen por qué quedar sin respuesta. Nuestro Padre Celestial se siente feliz por quienes obedecen Sus mandamientos; pero también se entristece y se preocupa por el hijo perdido, por el adolescente que le cuesta obedecer, por el joven extraviado, por el padre negligente. Con gran ternura, el Maestro les habla a ellos y, en realidad, también a todos, diciendo: “Volved. Venid. Entrad. Regresad al hogar. Venid a mí”. ¡Qué gozo eterno es el que nos espera cuando aceptamos su divina invitación de lograr la exaltación!

Testifico que Él es un gran maestro de la verdad, pero que es mucho más que un maestro. Jesucristo es el ejemplo de una vicia perfecta, pero, en realidad, es aún mucho más que eso. Él es el gran médico, sin embargo, es aún mucho más que un simple galeno. Él es el Salvador literal del mundo, el Elijo de Dios, el Príncipe de Paz, el Santo de Israel, el Señor resucitado que declaró:

“…yo soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo.
“…soy la luz y Ja vida del mundo” (3 Nefi J 1:10-11).

“Soy el primero y el último; soy el que vive, soy el que fue muerto; soy vuestro abogado ante el padre” (D. y C. 110:4).

Como Su testigo, os declaro que ¡Él vive! □

Para quienes hacen eco de la pregunta de Job, “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?” (Job 14:14), los testimonios del Señor resucitado proporcionan consuelo y comprensión.

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