Guardaos de los falsos profetas

Guardaos de los falsos profetas

Por el presidente J. Ruben Clark, hijo

Discurso pronunciado en la Conferencia General Anual 119, el 6 de abril 1949

Mis hermanos y hermanas, os rue­go que tengáis la bondad de ayudar­me con vuestras oraciones a fin de que lo que vaya a decir hoy sea de acuerdo con la disposición del Señor, y así será de beneficio y bendición a todos nosotros.

Quisiera referirme a las buenas instrucciones que anoche nos dió el presidente McKay en las que nos di­jo que el deber del élder es enseñar y amonestar. Y si el Señor me ayuda en lo que he pensado expresar, quie­ro decir algo por vía de advertencia.

Deseo seguir las ideas que expresó el hermano Stephen L. Richards esta mañana, cuando llamó nuestra aten­ción a ciertas influencias que están obrando entre nosotros.

Uno de nuestros Artículos de Fe dice: “Nosotros reclamamos el dere­cho de adorar a Dios Todopoderoso conforme a los dictados de nuestra propia conciencia, y concedemos a to­dos los hombres el mismo privilegio: adoran cómo, dónde o lo que desean”.

Esto expresa un gran principio, un principio que ha obrado entre los hi­jos de Dios de los tiempos más re­motos de que tenemos conocimiento. Fue de acuerdo con este principio, y el ejercicio de los derechos que ga­rantiza, que la tercera parte de las huestes del cielo se rebelaron para intentar vencer el plan que Dios adoptó.

Personalmente, de ninguna manera o en el grado más mínimo estorbaría yo el libre albedrío de nadie. Literal­mente, siento y creo que los hombres deben adorar cómo, dónde o lo que les parezca. Ese es el espíritu del sa­cerdocio, el Sacerdocio que poseemos. El sacerdocio jamás obliga. Dios mis­mo no obliga el intelecto ni trata de dominarlo.

Hablando más expresamente, qui­siera decir cuán diferente es este prin­cipio del que tiene cierta gran iglesia que dice, o hace que sus oficiales di­gan en el juramento que prestan, que atacarán y perseguirán a todos los herejes; y a través de los siglos han obedecido ese juramento.

El Señor nos ha dicho en las escri­turas que en los últimos días habrá dos iglesias. Juan el Revelador habló de la gran iglesia que tendría poder sobre todo el mundo, que tendría ba­jo su dominio a los reyes de la tie­rra. La llamó Babilonia, la madre de las rameras; Nefi la designó la gran­de y abominable iglesia. No voy a de­cir lo que esa iglesia es, aunque ten­go una idea muy definitiva y clara. Pero sí quiero decir que esas escritu­ras también nos dicen que la otra iglesia débil, una iglesia a la que Dios tiene que prestar auxilio a fin de preservarla. Ciertamente nosotros no somos la grande iglesia, porque ningún rey es dominado por nuestra iglesia. Nosotros somos la otra igle­sia.

Ahora, nuestros enemigos están tratando de atacar y están atacando nuestra iglesia. El tiempo no me per­mite leer todas las escrituras que tengo aquí, las cuales hablan de las cosas que han de venir en los últimos días. Pero podría llamar vuestra aten­ción al hecho de que el Salvador dijo en el Sermón del Monte:

“Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, mas de dentro son lobos ra­paces.” (Mateo 7:15).

A la gente de este continente de­claró las mismas palabras. También llamo vuestra atención a las palabras de Pablo cuando se despidió de los élderes de Efesio. Dijo entonces:

“Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros iodos rapaces, que no perdonarán al ganado; y de vosotros mismos se le­vantarán hombres que hablen cosas perversas, para llevar discípulos tras sí”. (Hechos 20:20-30).

Quisiera leer lo que Pablo escribió a Timoteo, mas el tiempo no me lo permite. Pero sí leeré lo que Moroni dijo. Leeré solamente un pasaje. Es el versículo 32 del octavo capítulo de Mormón:

“Sí, porque llegará el día en que se habrán establecido iglesias que di­rán: Venid a mí, que por vuestro di­nero os perdonaré vuestros pecados”.

Los lobos rapaces se encuentran en­tre nosotros, de entre nuestros pro­pios miembros, y ellos más que cual­quier otro, están disfrazados con ves­tidos de ovejas, porque llevan puesta la vestidura del sacerdocio; son ellos a quienes el hermano Widtsoe se re­firió, los falsificadores de la verdad. Debemos cuidarnos de ellos, y ratifi­co cada una de las palabras que el hermano Widtsoe pronunció respecto de las obligaciones de aquellos que enseñan a la juventud.

Ahora quiero decir una o dos pa­labras acerca de las organizaciones eclesiásticas y seculares que hay en­tre nosotros, las cuales están hacien­do cuanto pueden para desviar a nuestros jóvenes. Digo que hay tanto organizaciones eclesiásticas como or­ganizaciones seculares. Su método de introducirse es claro.

Empiezan haciéndose amigos de nuestros jóvenes y también de los miembros de ese grupo de sacerdocio, acerca del cual tanto nos preocupa­mos, los hermanos adultos del Sacer­docio Aarónico. Cultivan la amistad de estos hermanos nuestros, entonces Tos invitan a sus casas, de allí los lle­van a sus fiestas sociales, luego a sus clases de instrucción y antes que los miembros se den cuenta, antes que nosotros nos demos cuenta, estos her­manos del sacerdocio y estos jóvenes se nos han perdido.

¿Qué es lo que les dicen? Lo que voy a repetir no es simplemente su­posición. Estoy citando o narrando hechos reales. Les dicen: “¿No se ha fijado usted que cuando va a su igle­sia lo apenan o avergüenzan a veces porque usted fuma o porque bebe cer­veza?” “Oh, sí”, francamente confie­sa el hombre. “Pues en nuestra igle­sia, no nos fijamos en eso. Esas cosas nada tienen que ver con la religión. Venga usted con nosotros”.

Así es que llevan nuestros miem­bros a. sus fiestas sociales; nuestros miembros beben un poco y fuman cuanto quieren. Por último, dan el paso, y se nos pierden estos miembros. Estas organizaciones de propaganda están edificando, en algunos lugares, salones de diversión. En una de nues­tras misiones han edificado uno a la siguiente puerta de una de nuestras iglesias, donde llevan a cabo estas diversiones que no van de acuerdo con nuestras normas a la misma hora en que estamos verificando nuestros ser­vicios. Este es un caso extraor­dinario, pero la situación existe, y hay muchos otros lugares donde es­tán proveyendo diversiones en las mismas condiciones y con el mismo fin.

Aseguran a nuestros miembros que la Palabra de Sabiduría nada tiene que ver con la religión verdadera, ab­solutamente nada. Entonces les dicen que si uno peca, va y se confiesa, pa­ga o hace cierta penitencia y el peca­do es perdonado.

Atacan entre otras cosas el bautis­mo por los muertos, y por último es­tán colocándose en la misma posición que los eruditos ateísticos que han dicho que ese bello pasaje en el ca­pítulo 15 de Primera Corintios, “De otro modo, ¿qué harán los que se bautizan por los muertos, si en nin­guna manera los muertos resucitan?” (15:29) fué dirigido a los paganos, y no a los primeros santos; que la prác­tica de referencia era una práctica pagana. Bien, pues léase cómo se in­troduce la epístola a los corintios, y cómo se introduce el capítulo 15, y ninguna duda se abrigará en cuanto a que la epístola fué dirigida a los santos y que los primeros santos bau­tizaban por los muertos.

Sobre el principio de que el deseo engendra el pensamiento, dicen que nuestra religión no puede durar por­que es muy difícil que el individuo cumpla con ella, y por consiguiente nuestra religión disminuirá y se ex­tinguirá. Por supuesto, sus presentes actividades afanosas desmienten ese concepto. Pero pensando en esa de­claración, me parece que entre las muchas respuestas que se le pueden dar, una de ellas es que se ha esta­blecido nuestra iglesia para jamás ser derribada, y que este evangelio no será dado a otro pueblo. Otra es que el Evangelio Restaurado es más de lo que ellos entienden por reli­gión. Cuando ellos hablan de reli­gión, se refieren solamente a una re­lación entre Dios y el hombre; todo asunto de la relación entre hombre y hombre ha pasado de su religión. Pe­ro nuestro plan es un plan de vida y salvación que abarca no solamente la relación del hombre a Dios, sino como yo he dicho, la relación de hom­bre a hombre por todas las eternida­des, y el divino destino que Dios ha proyectado para sus hijos justos.

Hay una herejía que hoy existe en­tre nosotros hasta cierto punto, y que ha existido desde los primeros días cristianos, la cual declara que el Dios del Antiguo Testamento no es el Dios del Nuevo, que el Dios del Antiguo Testamento ha desaparecido. Jamás he podido comprender en qué mane­ra pueden conciliar este concepto, aquellos que lo proponen, con las pa­labras que el Salvador con frecuencia repitió, de que él hacía únicamente lo que había visto a su Padre hacer y enseñaba solamente lo que su Padre le había enseñado. De manera que aquellos que quieren descartar al Dios del Antiguo Testamento tienen que negar a Cristo para hacerlo. Es­tas otras iglesias parecen estimar a Dios como un Dios de venganza que trata de destruir a sus hijos. Nosotros creemos que nuestro Dios es un Dios de amor, porque era el Padre, y co­mo he dicho, Jesús dijo que él ense­ñaba lo que su Padre había enseñado y que hacía lo que había visto a su Padre hacer.

Mis hermanos y hermanas, si jamás ha habido una época en nuestra his­toria cuando debemos guardarnos de las insidiosas influencias y propagan­da de las iglesias del mundo y los ateos del mundo, esa época es hoy. No debemos estar dormidos. Tenemos la verdad; debemos preservarla y preservarnos en ella.

Cuando Jesús volvió del desierto después de su bautismo, llegó al río Jordán donde Juan aún estaba bau­tizando. Cuando Juan vió al Salva­dor, declaró:

“He aquí el cordero de Dios”, y aparentemente contestando a alguien que quería adularlo y decirle cuán grande era él, añadió: “. . .del cual yo no soy digno de desatar la correa del zapato.” (Juan 1:27).

Al día siguiente Jesús se acercó otra vez al grupo que se hallaba dónde Juan estaba bautizando, y Juan de nuevo dijo: “He aquí el Cordero de Dios”. Andrés y otros que eran dis­cípulos de Juan siguieron a Jesús, quien los llevó a su cuarto y allí ha­bló con ellos. Entonces Andrés salió y encontrando a Pedro dijo con go­zo: “Hemos hallado al Mesías, el Cristo.”

Nosotros, los de la Iglesia, hemos hallado al Mesías, el Cristo. El auto­rizó y estableció la edificación de es­ta Iglesia. No debemos permitir que el error y la maldad que están lla­mando a nuestras puertas, pisen el umbral y entren a robarnos de las cosas más grandes, que Dios tiene pa­ra darnos—nuestros hijos.

Que podamos ser sabios como la serpiente y sencillos como palomas; que podamos proteger a nuestros jó­venes y aquellos de nuestras familias que no ven tan claramente cómo de­bían ver estos peligros que nos ame­nazan, y contra los cuales os estoy amonestando, ruego humildemente en el nombre de Jesús. Amén.

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