Como el Padre el Hijo

Conferencia General octubre 1950

Como el Padre el Hijo

Por el Élder Mark E. Petersen
del Concilio de los Doce.


Fervientemente oro, mis hermanas y hermanos que mientras estoy aquí parado, el Espíritu del Señor me ayude porque me es algo temeroso estar parado ante tanta gente y reconozco mis debilidades y sé que necesito ayuda.

He echado de menos en esta conferencia la gentil presencia del presidente George F. Richards. Quiero que vosotros sepáis que yo, como un miembro de su concilio, estuve muy agradecido por el privilegio que tuve de servir bajo su dirección. Lo estimo como un verdadero hombre — una gran alma y un gran director. Estoy seguro que nadie tiene un testimonio y una fe tan firme en el ser Supremo como la que tenía el presidente Richards. Estoy seguro que él era un hombre inspirado de Dios, y quisiera decirles que yo, juntamente con los demás del Concilio, lo amábamos profundamente; y hoy, juntamente con los demás de vosotros, lo echamos de menos aquí en nuestra presencia.

Quisiera contarles un cuento de un amigo mío que se llama Memo. Durante el último año de su escuela, Memo fué presentado a cierta señorita llamada Elena. Al pasar el tiempo se hicieron buenos amigos, y no dilató mucho tiempo cuando empezaron a hablar acerca de las posibilidades de casarse.

Durante ese mismo año Memo se juntó con un grupo de jóvenes que eran conocidos como los más populares de la universidad. Ellos le enseñaron unos hábitos malos.

Cuando Elena vió por primera vez a Memo con un cigarro en su boca, casi se le rompió su corazón. Ella hablaba con él y le rogaba que dejara ese mal hábito, pero él creía que fumar era una de las cosas necesarias para ser uno de los más populares en la universidad. Por esa razón por más que le rogaba no tenía resultados. Elena empezaba a pensar, ¿dejaré de juntarme con Memo o me casaré con él? Ella se quería casar en el Templo, pero sabía que si Memo seguía fumando no lo podrían hacer.

Pronto llegó el día de la graduación, Memo le dijo formalmente que se casaran y que ella fijara la fecha de la boda. Elena lo pensó seriamente. Ella amaba mucho a Memo y no lo quería perder, pero tampoco le gustaba la idea de casarse con un hombre fumador, que no la podría llevar al Templo donde ella tenía tantos deseos de ir.

Después de algunos días de considerarlo, Elena llegó a la conclusión de que al salir de la escuela, Memo estaría separado de ese grupo de amigos y que posiblemente, si ella se casara con él, bajo su influencia él dejaría sus malos hábitos y volvería a ser activo en la Iglesia. Entonces, quizás en un año o más, podrían ir al Templo juntos; ella consintió y fueron casados, por el obispo, en la sala de su casa.

Al pasar más de un año, nació un bello niñito. Le pusieron el nombre de Juan. En su debido tiempo nació otro, lo llamaron Santiago, pero pronto lo conocieron más bien como Jaime.

Memo quería mucho a sus dos hijitos, y al regresar en la tarde de su trabajo, jugaba con ellos y gozaba mucho. Él los tomaba en sus brazos y los sostenía arriba de su cabeza, hablaba y se reía con ellos y sus hijitos se reían con él, entonces los abrazaba amorosamente.

Con esta muestra de cariño Elena se alegraba mucho, pero Memo jugaba con ellos con un cigarro en su boca, y cuando Elena vió que esas manitas se tendían para alcanzar a esa cosa que humeaba en los labios de Memo, casi se rompía su corazón porque empezó a pensar, ¿qué vida futura tenían sus hijos con tal ejemplo?

Pasaron los años. Juan llegó a la edad de veinte años y fué llamado a la Misión. Él estaba muy emocionado con su llamamiento y también lo estaba su madre. ¿Memo? —bueno, en la noche de la despedida de Juan, Memo se sentó en la plataforma con su esposa e hijo, y él estaba tan orgulloso como cualquier padre podría estarlo, porque Juan en verdad era un joven extraordinario.

Unas tres semanas después de la salida de Juan para la Misión, Memo estaba sentado una tarde enfrente del fuego en la chimenea, leyendo el periódico y fumando un cigarro. Mientras estuvo haciendo esto, entró Jaime, quien ahora es un joven. Jaime dijo, “Hola, papá.”

Sin quitar la vista del periódico, Memo contestó, “Hola, hijo, ¿cómo estás?”

“Estoy bien, papá. Quiero hacerte una pregunta.”

“Muy bien hijo, ¿qué es?”

“¿Cuál es la mejor marca de cigarros?”

Memo se endureció en su silla. Por un rato parecía que estaba congelada. Entonces se aflojaron sus manos, y el periódico se resbaló de sus dedos y cayó al piso. Tiró su cigarro al fuego, se paró y mirando a la cara de su hijo, le dijo, “Jaime, tú no puedes empezar a fumar.”

“Pero ya empecé y quiero saber cuál es la mejor marca de cigarros.”

“Hijo, te estoy diciendo, que no puedes empezar a fumar.”

“Pero, ¿Por qué no, Papá? Tú has fumado desde que me acuerdo y no te ha hecho daño. “Yo te he estado mirando.”

Esas últimas palabras que dijo Jaime llegaron hasta el corazón de Memo. “Yo te he estado mirando”. “Yo te he estado mirando.” Memo pensó, Elena tenía razón. Todos estos años Elena le había dicho que su vicio de cigarros —el ejemplo que le está dando a sus hijos— resultaría así, y él nunca la había creído. Ahora Elena tenía razón. Aquí estaba Jaime diciendo, “Yo te he estado mirando.” “Yo te he estado mirando.”

Entonces Memo sentía que su conciencia le remordía, y se sentía culpable de una carga que estaba sobre él, y habían palabras pasando por su mente que decían, “Yo lo enseñé. Yo lo enseñé. Yo lo enseñé.”

Memo se sacudió, y pasó a donde estaba su hijo y lo tomó de los hombros, mirándole en los ojos le dijo, “Hijo, tú dices que estos cigarros no me hicieron daño. Y dices que me has estado mirando. Quiero que sepas que estos cigarros me han hecho más daño que cualesquier otra cosa en mi vida. Nada me ha dañado, ni nada me ha impedido tanto como estos cigarros. Pues, yo daría todo lo que tengo si yo nunca hubiera empezado a usarlos, y no quiero ver que el mismo impedimento venga sobre ti. Jaime, estos cigarros han hecho un gran obstáculo entre mi felicidad y yo, aquí en mi propia casa, y han causado muchas horas de llanto para tu madre. Reconozco y no quiero que tú emprendas esta clase de hábito.”

Él le habló tan sinceramente y extraordinariamente que al principio Jaime creía que su Papá estaba fingiendo, y se lo dijo. Otra vez Memo empezó hablándole y rogándole a su hijo que nunca fumara otra vez, pero que dejara este hábito que apenas había empezado.

Entonces Jaime, dándose cuenta que su padre realmente estaba serio, dijo, “¿Bueno, Papá, si este viejo del cigarro es tan malo, porque no lo has dejado tú?”

Memo le dijo, “Yo he tratado de dejarlo. He tratado muchas veces pero nunca he podido — el hábito es demasiado fuerte. Soy como un esclavo a este cigarro, y no quiero que tú seas un esclavo. Ahora, Hijo, no lo hagas.”

Jaime contestó, “Pero, Papá, ¿Qué no ves que todos los muchachos con qué me junto fuman? Ellos creerán que soy un soso y no puedo enfrentarme y decirles que yo no voy a fumar. Son los más populares que yo conozco.”

Memo le dijo, “Populares o no, deja este hábito y si es necesario, busca otros amigos nuevos. Busca otros amigos que no fumen, pero no sigas fumando.”

“Pues, no estoy seguro si lo podré hacer o no. Tendré que pensarlo” le respondió Jaime.

Entonces su Papá, le dijo, “Jaime, haremos una cosa, si tú dejas de fumar yo también lo dejaré.”

Jaime, con bastante sorpresa le dijo, “Pero, Papá me acabas de decir que no lo podías dejar. ¿Me estás tratando de engañar?”

La contestación que Memo dió a esto fué, irse al fuego en la chimenea, sacar los cigarros y cerillos de su bolsa y tirarlos al fuego. Volteando, viendo a su hijo le dijo, “Hijo ya terminé. No vuelvo a fumar. Ahora “Harás tú lo mismo?”

“Pues, no sé, Papá, tengo que pensarlo,” le dijo Jaime. “Te lo diré en la mañana.”

Esa noche Memo no podía dormir. Estaba muy agitado y no podía estar acostado, se levantó y se fué a la sala y cerró la puerta. No prendió la luz. Estuvo andando por allá y por acá en la oscuridad. Las palabras de Jaime pasaban por su mente, “Te he estado viendo. Te he estado viendo;” y se sentía culpable cuando pensaba, “Yo le enseñé. Yo le enseñé. Yo le enseñé.”

Hacía mucho tiempo que Memo había hecho una oración. Eso lo había dejado para Elena. Pero en esta noche su deseo más grande era que Jaime dejara de fumar; allí en la obscuridad y la quietud de su casa cayó de rodillas y empezó a orar. Le vació su corazón al Señor, diciéndole todas sus faltas y flaquezas confesando todos sus pecados al Señor — por primera vez. Entonces le dijo lo que había pasado con Jaime y su conversación con él esa tarde.

El no oró con mucha fe. Los cigarros habían debilitado la fe que tenía, pero sí oró con temor —temor de la vida futura de su hijo, y con amor— amor para un hijo, que si fuera necesario daría su vida por él. Pero era mucho rogarle al Señor que borrara en una noche un ejemplo que le había dado a su hijo desde su infancia.

Al fin amaneció. Memo lentamente subió los escalones al cuarto de Jaime, entró y se sentó en la orilla de la cama. Puso su mano en el hombro de Jaime. Jaime volteó, y Memo le preguntó, “Hijo, ¿cuál es tu respuesta?”

Jaime viendo su cara fatigada y sus ojos desvelados, le dijo, “Papá, no te quiero ofender, pero mis amigos — no podría verles. Creo que no dejaré de fumar, voy a esperar otro poco.”

Sumamente desanimado, pero sin decir otra palabra, Memo se levantó y lentamente salió del cuarto. Se sentía derrotado, pero más determinado para sostener su resolución. Nunca volvería, a fumar.

Al domingo siguiente Memo fué al iglesia, por primera vez en muchos años. Fué el próximo domingo y el otro y el otro, continuó yendo y gozaba mucho.

Como un año después, el obispo le preguntó, “Memo, ¿cómo le gustaría ser ordenado al oficio de élder?”

Memo con un nudo en la garganta y los ojos llenos de lágrimas estrechó la mano del obispo y le dijo: al fin, ¿puedo llevar a Elena al Templo?

Contestándole con gusto el obispo le dijo, “Sí, Memo, al fin puedes llevar a Elena al Templo.”

Otro año pasó, y Juan regresó de su Misión. Un día cuando estaban solos Juan y su Papá, Juan le dió un abrazo y le dijo, “Papá, quiero que sepas cuán sinceramente agradecido estoy por la maravillosa cosa que has hecho. Sabes que, cuando yo era joven creía que mi Padre era perfecto, y creo que eso creen todos los niños. Pero cada vez que fumabas un cigarro me lastimaba profundamente. Yo sabía que tenías una debilidad que no podías controlar. Pero ahora, Papá todo eso ha terminado, y quiero que sepas cuán agradecido estoy.”

¿Pero qué ha pasado con Jaime? Pues, Jaime ya está casado y tiene un hijito, él también regresa a su casa del trabajo y juega con su hijo como Memo jugaba con Jaime. Cuando Jaime sostiene a su hijito en sus brazos, ese niñito hace lo que hacía su padre, extiende sus manitas para alcanzar ese cigarro que está entre los labios de su Padre.

El otro día estuve viajando con Memo en el autobús y me contaba lo contento que está con su vida nueva. Entonces me contó de Jaime, y dijo que si veinte años de mal ejemplo lo pusieron donde está ahora, quizás otros veinte años de buen ejemplo lo pueden regresar a donde debe de estar. Y pensé: “Que Dios te bendiga, Memo.”

Y que Dios bendiga a todos los demás hombres como él en el maravilloso esfuerzo que están haciendo para el bien.

Y que Dios bendiga a Jaime y todos los demás jóvenes como él, que reconozcan el tabaco por lo que es — un narcotico que esclaviza a la humanidad y ayuda a destruir su fe en el Señor. Esta es mi oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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