Para que el testimonio salga de Sión

Para que el testimonio salga de Sión

por el élder Bruce R. McConkie
del Consejo de los doce

Aunque este discurso ya fue publicado, volvemos a imprimirlo aquí a pedido espe­cial del presidente Kimball, quien desea que este mensaje llegue a todos los miembros sin excepción. Su autor le ha hecho unos pequeños cambios para aclarar mejor el tema, lo que quizás le de una pequeña diferencia con el que fue anteriormente publica­do.


Estamos más agradecidos de lo que podemos ex­presar por el excelente trabajo que se realiza en la Iglesia en América del Sur. Extendemos nues­tro más sincero elogio a los nobles hombres que sirven como representantes regionales de los Doce, presidentes de estaca, obispos, y a todos aquellos que ocupan cargos en los, barrios, las estacas y las ramas. Sentimos que ya se han colocado los cimientos del desarrollo y el progreso, y vislumbramos el día en que la Iglesia ejercerá una importante influencia en todas estas grandes naciones. Sentimos también una gran satisfac­ción por las estacas de Sión que se han formado en vuestra parte del continente, y esperamos verlas crecer y aumentar en efectividad.

Me gustaría referirme al recogimiento de Israel y a la edificación de Sión en los últimos días. Como sabemos, el Señor dispersó al pueblo de Israel entre todas las naciones de la tierra, porque ésta gente lo había abandonado y desobe­decía sus mandamientos. También sabemos que actualmen­te Él está recogiendo las ovejas perdidas de Israel y depo­sitando en ellas la obligación de edificar su Sión de estos últi­mos días.

Este recogimiento y esta edificación van efectuándose por etapas. La primera parte de la obra, o sea, la congregación de Israel en los Estados Unidos y la edificación de estacas de Sión en Norteamérica, ya se ha llevado a cabo. Ahora nos en­contramos abocados a la tarea de congregar a Israel en todas las naciones de la tierra, y establecer estacas de Sión aun en las partes más remotas. Esta es la obra en la que estamos em­barcados en los países de América del Sur, y sobre la cual de­seo hablaros.

Por boca de un Profeta antiguo el Señor nos envió un mensaje; este hombre santo de antaño, inspirado por el Espíritu del Señor, dijo las siguientes palabras:

“Se escribirá esto para la generación venidera; y el pueblo que está por nacer alabará a Dios.” (Sal, 102:18.)

Nosotros somos ese pueblo, un pueblo que recibe nueva­mente revelación, un pueblo al que el Señor ha dado otra vez la plenitud de su evangelio sempiterno, motivo por el cual alabaremos eternamente su Santo Nombre. El mensaje que hemos recibido es el siguiente: Que Dios tendrá misericordia de Sión, “porque es tiempo de tener misericordia de ella, por­que el plazo ha llegado… Por cuanto Jehová habrá edificado a Sion, y en su gloria será visto…” (Sal. 102:13-16).

Ahora, dejándome guiar por el poder del Espíritu, hablaré de la manera en que el Señor va a edificar a Sión, la manera en que va a tener misericordia de ella, y del aporte que El es­pera que nosotros hagamos a esta gran obra.

La edificación de Sión

Como es muy evidente en las Escrituras, Sión debe edificarse para cuando el Señor venga nuevamente, y debe ser entonces igual a como fue en la antigüedad. Esto sucederá durante el milenio, cuando todas las cosas sean restauradas, o sea, que Sión será perfeccionada después de la segunda veni­da de Jesucristo. Pero mientras tanto, y especialmente ahora, el Señor nos ha dado la responsabilidad de asentar los ci­mientos en preparación para el porvenir. Se nos ha comi­sionado para preparar a la gente para la segunda venida del Hijo del Hombre; se nos ha mandado llevar el evangelio a to­da nación, tribu, lengua y pueblo, establecer los fundamentos de Sión y preparar todo para la venida de Aquél que va a co­ronar la Ciudad Santa con su presencia y con su gloria. Nues­tro llamamiento a todas las personas, en todo lugar es; “A Sión venid, pues, prestos; en sus muros paz gozad” (Himnos de Sión, N°85).

Definición de lo que es Sión

Ahora bien, ¿qué es Sión y dónde debe ser establecida? ¿En qué suelo se levantarán sus muros? ¿Dónde colocaremos sus puertas y sus fuertes torres? ¿Quiénes la habitarán? ¿Qué bendiciones se derramarán sobre sus habitantes? Las Escritu­ras dicen:

“Ama Jehová las puertas de Sión
Más que todas las moradas de Jacob.
Cosas gloriosas se han dicho de ti,
Ciudad de Dios.
Y de Sión se dirá: Este y aquél
han nacido en ella,
Y el Altísimo mismo la establecerá.” (Sal. 87:2-3, 5.)

Sión ha sido establecida muchas veces entre los hombres, desde los días’ de Adán hasta el presente. Siempre que ha ha­bido un pueblo del Señor, un pueblo que obedeciera su voz y guardara sus mandamientos, siempre que los santos han ser­vido al Señor con todo su corazón, ha habido una Sión.

Las primeras Escrituras que se refieren a Sión, se rela­cionan con Enoc y su pueblo. Este Profeta, poseedor de una fe y un poder extraordinarios, fue contemporáneo de Adán. Aquellos eran días de iniquidad, maldad, oscuridad y rebe­lión; de guerra y desolación; días que presagiaban la purifica­ción de la tierra por medio de las aguas. Sin embargo, Enoc era fiel, y vio al Señor y habló con El cara a cara; Él le mandó llamar al mundo al arrepentimiento, y lo comisionó para que bautizara “en el nombre del Padre y del Hijo, lleno de gracia y de verdad, y del Espíritu Santo que da testimonio del Padre y del Hijo”. Enoc hizo convenios y reunió una congregación de creyentes cuya fe llegó a ser tan grande, que “el Señor vino y habitó con su pueblo, y moraron en justicia”, y fueron ben­decidos desde lo alto. “Y el Señor llamó a su pueblo SION, porque eran uno de corazón y voluntad, y vivían en justicia; y no había pobres entre ellos.” (Véase Moisés 7:11-18.)

Quisiera que siempre recordarais lo siguiente: Sión es la gente, los santos de Dios; Sión son aquellos que han sido bau­tizados, que han recibido el Espíritu Santo, que guardan los mandamientos; Sión son los justos o, en otras palabras, como dice la escritura, “los puros de corazón” (D. y C. 97:21).

La ciudad de Enoc

Después que el Señor llamó a su pueblo Sión, las Escritu­ras dicen que Enoc construyó una Ciudad Santa y que “Enoc y todo su pueblo anduvieron con Dios… y aconteció que Sión no fue más, porque Dios la llevó a su propio seno…” (Moisés 7:69).

Después que el pueblo del Señor fue trasladado —porque lo que Dios se llevó fueron personas, y no el conjunto de vi­viendas que componían la ciudad—, después que los santos justos fueron a morar al otro lado del velo, otros también, ha­biéndose convertido y deseando justicia, buscaron una ciudad con iguales cimientos y cuyo arquitecto fuera Dios, “y el Espíritu Santo descendió sobre muchos, y fueron arrebatados hasta Sión por los poderes del .cielo”. (Véase Moisés 7:4-69.)

Esta misma Sión que fue llevada a los ciclos, va a volver durante el milenio, traída nuevamente por el Señor, y sus ha­bitantes se reunirán con los de la Nueva Jerusalén, que será establecida entonces.

El recogimiento de Israel

Por las machas referencias que se encuentran en Isaías, los Salmos y otras escrituras, es evidente que muchas de estas verdades referentes a Sión fueron enseñadas entre el antiguo pueblo de Israel. Isaías hizo mención en particular a las esta­cas de Sión que serían establecidas en el día de la restaura­ción.

Como es bien sabido, el antiguo pueblo de Israel fue dis­persado entre todas las naciones de la tierra porque desechó al Señor y lo substituyó con ídolos de dioses falsos. Como también sabemos, el recogimiento de Israel consiste en recibir la verdad, obtener nuevamente un conocimiento del Reden­tor y regresar al rebaño del Buen Pastor. Según el Libro de Mormón, consiste en “la época de su restauración a la verda­dera Iglesia y al redil de Dios, cuando serán juntados… y esta­blecidos en todas sus tierras de promisión” (2 Nefi 9:2).

Al congregar a Israel se cumplen dos propósitos: en pri­mer lugar, aquellos que han escogido a Cristo como su Pastor, que han tomado sobre sí el nombre del Salvador en las aguas del bautismo, que buscan gozar de su Espíritu en el presente y también ser herederos de la gloria celestial en la vida venide­ra, necesitan reunirse para fortalecerse los unos a los otros y ayudarse mutuamente a perfeccionar su vida; y, segundo, las personas que aspiran al más alto galardón en la eternidad, ne­cesitan estar donde puedan recibir las bendiciones de la Casa del Señor, tanto para sí como para sus antepasados que mu­rieron sin el conocimiento del evangelio, pero que lo hubie­ran recibido con todo su corazón si hubiesen tenido la opor­tunidad de oír las buenas nuevas.

En los primeros días de esta dispensación, esto significaba reunirse donde estaba la Casa del Señor, en las cumbres de las montañas de los Estados Unidos. Solamente allí se encon­traban los santos lo suficientemente fuertes como para forta­lecerse mutuamente; solamente allí existían templos del Altísimo, donde se podían efectuar en su plenitud las or­denanzas del evangelio para la exaltación.

La Iglesia en todo el mundo

Gracias a la providencia de Aquel que sabe todas las co­sas, la providencia del que dispersó a Israel, y que ahora está nuevamente reuniendo a su pueblo bien amado, ha llegado el  día en que el rebaño del Señor está alcanzando todos los rin­cones de la tierra. Aún no estamos establecidos en todas las naciones, pero ciertamente lo estaremos antes de que Cristo venga por segunda vez.

Como dice el Libro de Mormón, en los últimos días “la Iglesia del Cordero se extendía…también sobre toda la faz de la tierra…”, y “el poder del Cordero de Dios descendía sobré los santos… y sobre el pueblo de la alianza del Señor que se hallaba dispersado… y tenían por armas la justicia y el poder de Dios en gran gloria” (1 Nefi 14:12-14).

Estamos viviendo un nuevo día; la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se está convirtiendo rápida­mente en una Iglesia mundial; las congregaciones de los san­tos son, o serán muy pronto, lo suficientemente fuertes como para apoyar y fortalecer a sus miembros doquiera que éstos vivan; se están construyendo templos dondequiera que se ne­cesitan y, con el paso del tiempo, podemos prever la construc­ción de muchos en Latinoamérica.

Las estacas de Sión

En muchas partes de la tierra se están organizando estacas. Con respecto a esto, quisiera que meditáramos sobre lo siguiente: una estaca es parte de Sión. No es posible organizar una estaca que no lo sea. Las estacas tienen límites geo­gráficos y crearlas es crear una Ciudad Santa.

Cada estaca en la tierra es el lugar obligado de reunión pa­ra el rebaño de Israel que viva dentro de sus límites. El lugar de congregación para los peruanos está en las estacas de Sión que hay en Perú, y en las que se formarán en el futuro. El lu­gar de congregación para los chilenos, está en Chile; para los bolivianos, en Bolivia; para los coreanos, en Corea; para cada persona, en su propio país. El pueblo de Israel, dispersado en­tre todas las naciones de la tierra, es llamado a congregarse con el rebaño de Cristo en las estacas de Sión que estén esta­blecidas en esas naciones.

Isaías profetizó:

“Días vendrán cuando Jacob echará raíces, florecerá y echará renuevos Israel, y la faz del mundo llenará de fruto.

…y vosotros, hijos de Israel, seréis reunidos uno a uno.” (Is. 27:6,12.)

Esto significa que Israel será congregado uno por uno, fa­milia por familia, en las estacas de Sión que están establecidas sobre toda la faz de la tierra, para que ésta pueda ser ben- – decida con los frutos del evangelio.

No olvidemos: Sión son los puros de corazón, y obtenemos pureza de corazón por medio del bautismo y la obediencia a los principios del evangelio.

Por lo tanto, éste es el consejo de los líderes de la Iglesia: edifiquemos Sión, pero edifiquémosla en el lugar donde Dios nos ha hecho nacer, donde nos ha dado patria, familia y ami­gos. Sión está en Latinoamérica también, y los santos que la componen son y deben ser una influencia para el bien en to­das estas naciones. Y no olvidéis que Dios bendecirá a toda nación que enderece sus vías y haga un esfuerzo por adelan­tar la obra del Señor.

Sión en los últimos días

Parte de la obra del Señor es la edificación de Sión en los últimos días, y Él nos ha comisionado para que nosotros la llevemos a cabo. Los cimientos ya han sido colocados en toda América, del Norte al Sur, en Europa, en Asia, en las islas del Pacífico, y en todo lugar donde existan estacas. Pero Sión no sé ha perfeccionado en ninguno de esos lugares. Cuando se perfeccione, será como en los días de antaño: el Señor vendrá y morará con su pueblo.

Nuestro décimo Artículo de Fe dice; “Creemos en la con­gregación literal del pueblo de Israel”. Esta congregación ocurre cuando las ovejas perdidas que pertenecen a Israel vienen a la Iglesia; ocurre cuando lavan sus pecados en las aguas del bautismo y obtienen, de esa manera, el poder de ser puros de corazón, o sea, de formar Sión.

Nuestro Artículo de Fe también dice: “Creemos… en la restauración de las Diez Tribus”. Esto ocurrirá más adelante, cuando el Señor venga a morar en Sión, de acuerdo con su promesa. Y continúa: “…que Sión será edificada sobre este continente (de América)”. Esto también sucederá en el futu­ro, después que el pueblo del Señor adquiera fortaleza, poder e influencia en todas las naciones donde Él lo ha dispersado.

Al finalizar, el Artículo de Fe dice: “…que Cristo reinará personalmente sobre la tierra, y que la tierra será renovada y recibirá su gloria paradisíaca”. El cumplimiento de esta pro­mesa es algo que deseamos y procuramos devotamente.

Edifiquemos Sión

Cada uno de nosotros puede edificar una Sión en su pro­pia vida, siendo puro de corazón. Tenemos la promesa: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mat. 5:8). Y cada uno de nosotros puede extender las fronteras de Sión al congregar a sus amigos y conocidos junto con el rebaño de Israel.

Todo esto de lo cual he hablado, es parte del plan y pro­grama del Señor. Él ha sabido el fin desde el principio; Él ha ordenado y establecido el sistema por medio del cual trabaja­mos. Él ha dispersado a su pueblo escogido entre todas las na­ciones de la tierra. Y en nuestros días ha restaurado la pleni­tud del evangelio sempiterno por su bondad y gracia, por me­dio de la revelación, la ministración de ángeles enviados des­de su presencia, su propia voz hablando desde los cielos y el don del Espíritu Santo, llamándonos para que salgamos de las tinieblas a la maravillosa luz de Cristo.

Él nos ha mandado edificar nuevamente a Sión, nos ha mandado vencer al mundo y abandonar toda cosa mala. Nos ha hecho sus agentes y representantes, y nos ha comisionado para que salgamos a buscar las ovejas perdidas de Israel y las invitemos a congregarse con los santos de Dios, en su Iglesia verdadera.

Esta es una obra de gran magnitud e importancia primor­dial, que no tiene igual en todo el mundo, pues no hay nada más grandioso en los cielos ni en la tierra que el evangelio de Jesucristo.

Nos regocijamos en las gloriosas verdades que hemos reci­bido; damos loor al Señor por su bondad y gracia, y tenemos la absoluta certeza de la divinidad de esta obra.

Por revelación del Espíritu Santo a mi alma, yo sé que la obra en la cual estamos empeñando nuestros mayores esfuer­zos, es verdadera; sé que la mano del Señor está en ella, sé que nuestro empeño se verá recompensado y que llegará el día en que el conocimiento de Dios cubra toda la tierra como las aguas llenan los océanos. Somos el pueblo más bendecido y favorecido de la tierra.

Que Dios nos dé la sabiduría, el fervor y la devoción, qué Él nos dé el entusiasmo y el sentido común para cumplir con la misión que nos ha dado, viviendo nosotros el evangelio a fin-de salvar nuestra propia alma, y ofreciendo estos gloriosos principios de salvación a sus otros hijos. Esta es la obra del Señor y así lo testifico en su Nombre.

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