El obispo y el bienestar espiritual y temporal de los santos

El obispo y el bienestar espiritual y
temporal de los santos

Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia
Capacitación de Líderes 19 de Junio de 2004


La labor del obispo

Hermanos, estoy agradecido por la oportunidad de hablar del tema “El obispo y el bienestar espiritual y temporal de los santos”.

Nací en la mañana del domingo 21 de agosto de 1927. Me han dicho que, en aquel día, mi padre visitó a mi madre después de haber nacido yo, y le comunicó que un nuevo obis­po, Richard D. Andrew, había sido sostenido en nuestro barrio, el Barrio Sexto-Séptimo de la Estaca Pioneer. Mamá le dijo a papá, poniéndome en los brazos de mi progenitor: “¡Y bien, aquí tengo un nuevo obispo para ti!”. Lejos estaba ella de imaginar que, veintidós años después, se cumpliría su predicción cuando me llamaron a ser el obispo del mismo Barrio Sexto- Séptimo, el 7 de mayo de 1950.

Muchos años después, el presiden­te Harold B. Lee describió mi servicio de obispo. El presidente Lee era miembro de la mesa directiva de la Corporación “Union Pacific”. En una ocasión, durante una reunión de esa mesa directiva en Salt Lake City; los integrantes de ella indicaron que de­seaban conocer a los miembros de la Primera Presidencia y del Quórum de los Doce. El hermano Lee fue su portavoz en la sala de consejo de la Primera Presidencia, y tras haber explicado las funciones de la Primera Presidencia y de los Doce, les pre­guntó si deseaban hacer alguna pre­gunta. Uno de ellos dijo: “Dígame, ¿qué hace un hombre para llegar a ser apóstol?”.

Todos nos preguntamos cómo contestaría el hermano Lee a esa pregunta. Pensó un momento y en seguida respondió: “Y bien, tenemos aquí al élder Monson, que es nuestro apóstol más nuevo. Hermano Monson, ¿qué edad tenía usted cuan­do lo llamaron a ser obispo?

Le contesté: “Veintidós años”.

El hermano Lee preguntó:

“¿Cuánto tiempo fue obispo?”.

Respondí: “Cinco años”.

Luego, me preguntó: “¿Cuántos miembros había en su barrio?”.

Le dije: “Mil ochenta”.

Por último, me preguntó:

“¿Cuántas viudas había en su barrio?”.

Le dije: “Ochenta y siete, y tenía­mos las más grandes necesidades de bienestar de la Iglesia”.

Entonces, él dijo: “Conozco ese barrio, puesto que de muy joven pre­sidí la Estaca Pioneer. En ese barrio en particular, el obispo gana en un año la experiencia equivalente a cinco años en otro barrio. Por tanto, el her­mano Monson ha tenido veinticinco años de experiencia como obispo”.

El que había hecho la pregunta dijo: ‘Ah, comprendo”. No sé si él com­prendió o no, pero, permítanme de­cir, que yo sí lo había entendido.

No mucho después de que fui lla­mado a ser obispo, el élder Harold B. Lee, que entonces era miembro del Quórum de los Doce, asistió a nues­tra conferencia de estaca. En la sesión de líderes del sacerdocio, dijo al pre­sidente de estaca: “Veo aquí a algunos obispos jóvenes y quisiera hablar en esta ocasión sobre los deberes del obispo. ¿Podría conseguirme una pi­zarra?”. Entonces dio comienzo a un discurso magistral sobre las responsa­bilidades del obispo y nos dio ins­trucciones referentes a cada una de esas responsabilidades.

Escribió en la pizarra el encabeza­miento: “Obispo”. Dibujó cinco círculos para representar las respon­sabilidades del obispo. Con la partici­pación del auditorio, anotó en cada círculo el encabezamiento correspon­diente. Escribió en el primer círculo “Sumo Sacerdote Presidente” y “Padre del Barrio”. En el segundo círculo, “Sacerdocio Aarónico” y en el tercer círculo “Cuidado de los necesitados”. El siguiente círculo era “Finanzas” y el último círculo “Juez Común”.

Años después, cuando yo era miembro del Quórum de los Doce, la Primera Presidencia me pidió que fuese el presidente del Comité de Capacitación de Líderes. Entonces, busqué mis apuntes de la presenta­ción que había hecho el hermano Lee trece años antes referentes a los de­beres del obispo, le mostré los apun­tes al hermano Lee y, a su debido tiempo, las Autoridades Generales lle­varon la presentación a todas las esta­cas de la Iglesia cuando visitaron las conferencias de estaca aquel año.

Me gustaría en esta ocasión hablar con mayores detalles sobre cada una de esas cinco responsabilidades.

Sumo Sacerdote Presidente

Primero, el sumo sacerdote presi­dente y padre del barrio. Del apóstol Pablo, en su epístola a Timoteo, tenemos una descripción de los requisitos del obispo: “…es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar; no dado al vino, no pendenciero… sino amable, apacible, no avaro; que gobierne bien su casa… También es necesario que tenga buen testimonio de los de afuera…” (1 Timoteo 3:2-4, 7).

En su carta a Tito, Pablo dice: “Porque es necesario que el obispo sea irreprensible, como administra­dor de Dios; no soberbio, no iracun­do… retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contra­dicen” (Tito 1:7, 9).

Al 31 de mayo de 2004, había 18.641 obispos en la Iglesia. Uno de los títulos de esos obispos es “Sumo Sacerdote Presidente”. Como tal, él preside la reunión sacramental, la reunión del sacerdocio, las reuniones de consejo del barrio y todos los demás servicios y actividades del barrio.

Tanto por esos como por otros medios, él vigila los asuntos espiritua­les y temporales del barrio. También vela por la doctrina que se enseña en el barrio.

El obispo debe conocer a su gente, cómo se llaman, sus circunstancias, sus desafíos y sus metas y sus habilida­des. El obispo sabio también sabe el nombre de los niños del barrio y los recuerda el día de su cumpleaños. También tiene presente a las viudas y a los que, por cualquier razón, no asis­ten con regularidad a las reuniones. Dirige con amabilidad, con paciencia y con amor sincero. Al hacerlo, el Señor lo magnifica ante los ojos de su gente y brinda oportunidades para que los menos activos se reintegren a la activi­dad de la Iglesia y a la hermandad de la familia del barrio. Con frecuencia, los niños llevan de nuevo a sus padres a la actividad y al servicio en la Iglesia.

Al tender una mano de ayuda a los miembros, el obispo descubre que se requiere la virtud celestial de la pa­ciencia. Cuando era obispo, un día me sentí inspirado a visitar a un hermano cuya esposa era bastante activa al igual que sus hijos. Ese hermano, sin em­bargo, nunca había reaccionado.

Era un caluroso día de verano cuando llamé a la puerta de malla me­tálica de Harold G. Gallacher. Vi desde fuera al hermano Gallacher sentado, leyendo un periódico. “¿Quién es?”, preguntó, sin levantar la vista.

“Su obispo”, le contesté. “He veni­do a conocerle y a instarle a asistir a las reuniones con su familia”.

“No, estoy muy ocupado”, me res­pondió con tono despectivo; nunca levantó la cabeza. Le di las gracias por haberme escuchado y me marché.

La familia Gallacher se mudó a California poco después y pasaron los años. Posteriormente, como miem­bro del Quórum de los Doce, me hallaba un día trabajando en mi oficina cuando ese mismo hermano Gallacher fue a verme. Tuvimos una agradable conversación con respecto a su familia y me dijo: “He venido a pedirle disculpas por no haberme le­vantado de mi asiento ni haberle invi­tado a entrar aquel día veraniego de hace ya muchos años”. Durante la conversación, le pregunté si era acti­vo en la Iglesia. Sonriendo, me dijo: “Soy segundo consejero del obispado de mi barrio. Su invitación a ir a la Iglesia y mi respuesta negativa me han perseguido de tal forma que re­solví hacer algo al respecto”.

Harold y yo conversamos en nu­merosas ocasiones antes de que él falleciera. Los Gallacher y sus hijos han cumplido con muchos llama­mientos en la Iglesia.

Con frecuencia, las semillas del tes­timonio no germinan ni florecen de inmediato. El pan que se echa sobre las aguas regresa, a veces, sólo des­pués de muchos días. Pero sí regresa.

Líder del Sacerdocio Aarónico

Segundo, el obispo es responsable del Sacerdocio Aarónico. Él, natural­mente, es el presidente del Sacerdocio Aarónico del barrio y, por lo tanto, su deber es velar por que cada muchacho sea ordenado diácono a la edad indicada, así como maestro, presbítero y élder. El obispo no puede permitir que esos valiosos jóvenes se le vayan por entre los de­dos. Las dos palabras: “trabajo” y “amor” obrarán maravillas para alcan­zar ese objetivo. A los que vayan atra­sados en este respecto, los desafío: “Tiendan la mano para rescatar”.

Nombren como asesores de los quórumes del Sacerdocio Aarónico a hermanos que se identifiquen con esos jóvenes, que puedan alentarlos a cumplir con sus responsabilidades y prepararlos para servir ante la mesa de la Santa Cena, como maestros orientadores, en el caso de los maes­tros y de los presbíteros, y a hacerse merecedores de ir al campo misional.

En esos años de formación es cuando se determina el rumbo de toda una vida. Es la etapa para incul­car en esos hombres jóvenes el deseo de “permanecer del lado del Señor”, como solía decir el presidente George Albert Smith1. El obispo mis­mo debe permanecer del lado del Señor junto con ellos, siendo un ejemplo al guardar los mandamientos de Dios y presidiendo con rectitud su propia familia.

El obispo prudente ayudará y guia­rá a todo poseedor del Sacerdocio Aarónico hasta que adquiera una conciencia espiritual de la naturaleza sagrada de su llamamiento y ordena­ción. En nuestro barrio, cuando fui obispo, esa lección se enseñó con eficacia con respecto a recoger las ofrendas de ayuno.

Los días de ayuno, los diáconos y los maestros visitaban a los miembros a fin de que cada familia hiciese una aportación. Observé que los jóvenes del Sacerdocio Aarónico se sentían un tanto contrariados por tener que levantarse más temprano que de cos­tumbre para cumplir con esa asigna­ción matutina del domingo.

Entonces, recibí la inspiración de llevar a esos jóvenes diáconos y maestros en autobús para visitar la Manzana de Bienestar. Allí vieron a niños necesitados recibir zapatos nuevos y otras prendas de vestir. También presenciaron que canastos vacíos se llenaban de provisiones y que no había dinero de por medio.

Se hizo un breve comentario: “Jóvenes, esto es lo que se consigue con el dinero que ustedes recaban el día de ayuno; entre otras cosas, ali­mentos, ropa y alojamiento para los que no tienen nada”.

Los muchachos del Sacerdocio Aarónico sonrieron más, mostraron más determinación y estuvieron más dispuestos a servir en el cumplimiento de sus asignaciones. Pensé en la Escritura: “He aquí, el Señor requiere el corazón y una mente bien dispues­ta; y los de buena voluntad y los obe­dientes comerán de la abundancia de la tierra de Sión en estos postreros días” (D. y C. 64:34).

En la labor de salvar a los hombres jóvenes, recordemos también el deber de llevar al Sacerdocio de Melquisedec a ese inmenso grupo de los que llamamos futuros élderes. Si se despliega el esfuerzo específico con el espíritu de aliento y de invita­ción, el resultado puede ser asombro­samente satisfactorio.

El cuidado de los necesitados

La siguiente de las responsabilida­des del obispo es el cuidado de los necesitados.

En el barrio en el que serví como joven obispo, las calles no tenían nin­gún nombre distinguido como Villa Colonial, Avenida de las Flores o Paseo Hermoso. Más bien eran cono­cidas por nombres que denotaban su condición modesta.

El barrio no se hallaba al este de las vías del ferrocarril en Salt Lake City, ni tampoco al oeste de los rieles. Ese barrio incluía los rieles del ferrocarril. Muchas de las viudas y de los que tenían necesidades económicas vivían como escondidos en apartamentos de sótanos, en cuartos pequeños en las plantas superiores de edificios antiguos o en casas desmanteladas al fondo de calles poco conocidas. Me convertí en el pastor. Ése iba a ser mi rebaño. Acudió a mi memoria la amonestación de Dios dada por me­dio de Ezequiel: “¡Ay de los pastores de Israel, que… [no] apacientan [mis] rebaños!” (Ezequiel 34:2-8).

Todos los años, en diciembre, to­maba una semana de mis vacaciones para visitar a las viudas del barrio. Lo disfrutaba muchísimo. De hecho, se­guí haciendo esas visitas cada diciem­bre durante cincuenta años, hasta hace sólo cuatro años cuando las dos últimas de las viudas fallecieron. Creo que yo fui más bendecido incluso que ellas con mis visitas, pues soy un hombre mejor por haberlas conocido y haberme relacionado con ellas.

El presidente J. Reuben Clark, hijo, que durante largo tiempo fue miem­bro de la Primera Presidencia, hizo un resumen de la función del obispo en lo que respecta al cuidado de los necesitados. Dijo:

“El obispo debe ‘administrar… a los pobres y a los necesitados’; debe buscar ‘a los pobres para satisfacer sus necesidades’ (42:34; 84:112; véase también D. y C. 107:68).

“De ese modo, al obispo se le con­fieren todos los poderes y las respon­sabilidades que el Señor ha señalado específicamente en Doctrina y Convenios para el cuidado de los po­bres… A ningún otro se encargan este deber y esta responsabilidad, ningún otro es facultado con el poder y las funciones necesarias para esta obra.

“De ese modo, de acuerdo con la palabra del Señor, el exclusivo man­dato de velar por los pobres de la Iglesia y el exclusivo criterio relacio­nado con el cuidado de los pobres de la Iglesia reposa en el obispo… Es su deber, y de él sólo, determinar a quién, cuándo, cómo y cuánto se ha de dar a cualquier miembro de su barrio de los fondos de la Iglesia y como ayuda del barrio.

“Ésa es su elevada y solemne obli­gación, que el Señor mismo le ha im­puesto. El obispo no puede eludir ese deber; no puede esquivarlo; no puede dejarlo a algún otro y de ese modo relevarse a sí mismo. Sea cual sea la ayuda que solicite a los demás, él aún sigue siendo responsable”2.

Eso, desde luego, se hace de acuerdo con los procedimientos aprobados.

En una ocasión, un obispo de lo que entonces era la República Democrática Alemana se hallaba visi­tando Salt Lake City en lo que sería una experiencia única en su vida. Ese hombre excelente, que era bajo de estatura, me preguntó si podía cono­cer en persona al presidente Spencer W Kimball. Pudimos reunirnos con el presidente Kimball, quien hizo al obispo tan sólo una pregunta: “¿Tiene su gente suficiente para comer?”. La respuesta fue afirmativa. Entonces el obispo le dijo: “presidente Kimball, ¿puedo darle un abrazo?”.

El presidente Kimball respondió con una sonrisa: “¡Es un placer abra­zar a alguien de mi misma estatura!”. Y le dio un abrazo.

La responsabilidad de las finanzas

La siguiente de las responsabilida­des del obispo es la de las finanzas.

El obispo es el que está a cargo de las finanzas de la unidad. Él recibe los diezmos y las ofrendas, y él supervisa el presupuesto y los gastos de la uni­dad. También se asegura de que los registros se lleven debida y apropia­damente. El obispo es el que debe determinar cómo se han de utilizar las mercancías y los fondos de la Iglesia para satisfacer las necesidades temporales de los miembros.

Desde luego, el obispo se vale del secretario de finanzas para que le ayude en este respecto, así como de sus consejeros. Pero él es responsable de ver que los diezmos y las ofrendas de la gente se registren en la debida forma, para que haya orden en todas las cosas.

Al hacerlo, el obispo no debe pasar por alto a los niños, puesto que ellos también desean contribuir. Después de que se anunció el Templo de Toronto y de que se hubieron recau­dado los fondos para construirlo, me contaron acerca de un niño de diez años llamado Jacob Fortin. Cuán con­tento se puso el pequeño Jacob cuan­do supo que ese templo se edificaría. En su aportación mensual del diez­mo, pequeña como era, ese niñito de­signaba para el templo diez o quince centavos o la cantidad que tuviese. Su abuela, así como su padre y su madre lo felicitaban por sus pensamientos espirituales y sus deseos altruistas, pero no estaban preparados para un acontecimiento posterior.

El día que Jacob cumplió diez años, su abuela le regaló un billete de veinte dólares. Se le dijo que podía hacer lo que quisiera con ese regalo y que él decidiera. El niño no les dijo nada; pero el domingo de ayuno, cuando su padre, que era miembro del obispado, repasaba los donativos de ese día, notó el donativo de su propio hijo de diez años. Allí figuraba que Jacob, además de su diezmo, ha­bía dado los veinte dólares para el nuevo templo. Había dado todo lo que tenía para la casa del Señor. El padre le preguntó: “Jacob, ¿por qué pusiste los veinte dólares en el so­bre?”. El niño le contestó: “Ésa será la casa del Señor y yo quiero que Su casa sea hermosa”.

Muy similar a las responsabilidades de las finanzas está la de que se lle­ven registros exactos. Es esencial que sepamos cómo nos va yendo y en qué aspecto necesitamos mejorar.

Ese conocimiento sólo se obtiene si llevamos registros de la asistencia y de las demás cosas. Creo firmemente que, cuando el rendimiento se mide, dicho rendimiento mejora. Cuando el rendimiento se mide y se da un informe, el ritmo de mejoramiento se acelera.

Juez común

Nuestra quinta y última responsa­bilidad de obispos es la de ser juez común. Leemos en Doctrina y Convenios, sección 107:

“El oficio de obispo consiste en administrar todas las cosas tempora­les, ser juez en Israel, para tramitar los asuntos de la iglesia y juzgar a los transgresores, según el testimonio que fuere presentado ante él de con­formidad con las leyes, con la ayuda de sus consejeros que haya escogido o que escogiere de entre los élderes de la iglesia…

“Así que, será un juez, sí, un juez común entre los habitantes de Sión, o en una estaca de Sión, o cualquier rama de la iglesia donde sea apartado para este ministerio” (D. y C. 107:68, 72, 74).

En un mensaje que dio en la reu­nión general del sacerdocio en octu­bre del año pasado, el presidente Hinckley dio esta instrucción a los obispos: “No pueden tener cualida­des dudosas si van a ser jueces comu­nes en Israel. Es una responsabilidad muy grande y muy difícil actuar como juez de las personas. Algunas veces se les pedirá que juzguen si alguien es digno de ser miembro de la Iglesia; otras, si una persona es digna de en­trar en la casa del Señor, si es digna de bautizarse, si es digna de recibir el sacerdocio, si es digna de servir en una misión o si es digna de enseñar o de ser oficial de una de las organiza­ciones. Deben juzgar si en momentos de necesidad la gente es digna de re­cibir ayuda del fondo de ofrendas de ayuno o de recibir mercancías del al­macén del Señor”3.

Cuando yo era adolescente, mi presidente de estaca era Paul C. Child. Cuando me llamaron a ser obispo, hablé con él y le dije: “Presidente Child, como ex obispo y presidente de estaca, ¿qué consejo puede darme?”.

Tras meditar un momento, me dijo: “Le sugiero tres cosas: Primero, cuide de los pobres; segundo, no tenga personas preferidas y, tercero, no tolere ninguna iniquidad”.

El presidente Spencer W Kimball nos dio este sabio consejo: Cuando disciplinen a miembros de la Iglesia por alguna transgresión, hagan un vendaje del tamaño suficiente para cubrir la herida: ni más grande ni más pequeño4.

Permítanme resumir los deberes del obispo: Él es el “Sumo Sacerdote Presidente” y el “Padre del Barrio”; es el presidente del “Sacerdocio Aarónico”. Tiene la responsabilidad del “Cuidado de los necesitados”; administra las “Finanzas”; él es el “Juez Común”.

Para que el obispo no se sienta abrumado con sus responsabilidades, permítanme hacer hincapié en que el Señor le ha proporcionado la ayuda de los consejeros, de los secretarios, de los líderes de las organizaciones auxiliares, de los maestros orientado­res y de las maestras visitantes. Otras de las Autoridades Generales habla­rán de esos aspectos con mayores detalles.

Ruego a nuestro Padre Celestial que siempre bendiga a los obispos de la Iglesia en sus sagradas y divinas responsabilidades, las cuales se insti­tuyeron en el cielo para bendecir en nuestra época a todos los miembros de la Iglesia.

En el nombre de Jesucristo. Amén.


Notas

  1. En Conference Report, octubre de 1945, pág. 118.
  2. ‘As to the Office of Bishop”, 9 de julio de 1941, Archivos de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (MS 926), págs. 3-4.
  3. Liahona, noviembre de 2003, pág. 61.
  4. Véase La fe precede al milagro, 1975, pág. 178.
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