Perfección por Medio de la Obediencia

Perfección por Medio de la Obediencia

Élder Delbert L. Stapley
Del concilio de los doce
Discurso dado en la conferencia general, el 5 de abril de 1952.


Mis hermanos y hermanas, sinceramente pido un interés en la fe y oraciones de ustedes, y espero que pueda yo gozar de la parte de la oración de dedicatoria del tabernáculo, correspondiente a los predicadores.

Una obligación importante de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, es ayudar a sus miembros a alcanzar la medida completa de sus posibilidades y poderes. Esto ha de darle gran fuerza a la Iglesia y de traer gozo y felicidad a sus miembros. Como hijos e hijas de Dios, creados a su imagen y semejanza, poseyendo, aunque imperfectamente, sus características y atributos, hemos de ser inspirados a perfeccionarnos y llegar a ser como él. Por lo tanto, el deber de cada uno de nosotros es desarrollarnos y prepararnos para llegar a ser dignos de un Padre Eterno. La Iglesia provee toda clase de oportunidades para que usemos nuestros talentos, dones y poderes, dados a nosotros por Dios. Sin embargo, tenemos que aprender a obedecer a las autoridades y a guardar todos los mandamientos de Dios.

El profeta José Smith dijo del Salvador que sufrió tentaciones, pero no les puso atención. Y Pablo escribiendo a los santos de los Hebreos dijo que en todos sentidos había sido tentado, como lo somos nosotros, y sin embargo sin pecado. El Salvador se perfeccionó por la obediencia y por la obediencia llegó a ser el autor de la salvación eterna.

Debe haber de nuestra parte una voluntad de aceptar la responsabilidad con gran fe y devoción; esto hace posible que alcancemos nuestra herencia y nuestras bendiciones divinas.

El Señor le dijo al profeta José Smith:

. . .Los hombres debieran estar anhelosamente consagrados a una causa justa, haciendo muchas cosas de su propia voluntad y efectuando mucha justicia, porque el poder está en ellos por lo que son sus propios agentes. Y mientras que los hombres hagan lo bueno, de ninguna manera perderán su recompensa” (D. y C. 58:27-29).

El derecho de libre albedrío y elección nos pertenece a todos, pero Dios nos hace responsables por nuestros actos individuales. El Señor ha puesto profetas, apóstoles y maestros en su Iglesia para interpretar e indicar el camino a su gente y a todo el mundo en asuntos espirituales y temporales. La seguridad está en seguir los consejos de los guías que han sido divinamente inspirados. Los derechos y poderes de estos guías provienen directamente del Salvador y cada uno de los guías puede remontarse al origen de su sacerdocio y autoridad, siguiendo una cadena inquebrantable hasta llegar a esa fuente divina. Las llaves de este poder y esta autoridad residen en el alto presidente del Alto Sacerdocio de la Iglesia. No es dado a ningún otro hombre el representar así a Dios aquí sobre la tierra.

El Señor espera que su gente se una y siga bajo esta guía y que no permitan el ser agitados por aquellos que encuentran defectos o que reclaman tener revelación y enseñan lo contrario de lo que Dios ha revelado a sus profetas escogidos.

Los Santos de los Últimos Días necesitan ser muy cuidadosos para no ser persuadidos hacia falsas ideas y maestros. Hay algunos entre nosotros que se aferran a uno o más principios apelables, verdad o ley, y lo amoldan a sus propios deseos o provechos hasta que se convierten en obsesiones consumidoras. No satisfechos o contentos con tener estas ideas para ellos mismos, con el estímulo de Satanás, desean atraer a otros hacia su manera de pensar, buscan seguidores y persuaden no sólo a aquellos que son débiles y faltos de fe, sino también muchos de los fieles son engañados. De algún modo se olvidan o no comprenden que esta Iglesia no está edificada sobre un principio, o una ley, o una verdad, sino que el evangelio verdadero está edificado sobre muchos principios, leyes y verdades. Una aceptación y obediencia completas al mismo, son necesarias para darnos gozo, felicidad, satisfacción y gloria eterna. Muchas de estas personas se comprometen a ser fieles a la Iglesia y sin embargo, se alejan de las sesiones de la Iglesia y animan o inducen a otros a hacer lo mismo. Aquellos que los siguen se convierten en hijos del mal, pierden su fe y testimonio y la historia de tales seguidores es que, si no se arrepienten, son excomulgados de la Iglesia.

Satanás está empleando todos los métodos para engañar, no sólo a los no miembros de la Iglesia, sino particularmente a aquellos que son miembros. Cada uno de nosotros debe ser cuidadoso de no estar en desarmonía y de gozar de la guía diaria del Espíritu Santo de Dios en nuestras vidas.

El Señor ha dicho:

. . . y viene el día en que aquellos que no oyeron la voz del Señor, ni la voz de sus siervos, ni hicieron caso de las palabras de los profetas y apóstoles, serán desarraigados de entre el pueblo, porque se han desviado de mis ordenanzas y han violado mi convenio sempiterno. No buscan al Señor para establecer su justicia, sino que cada hombre anda por su propio camino y conforme a la imagen de su propio Dios, cuya imagen es a semejanza del mundo y cuya substancia es la de un ídolo que se envejece y que perecerá en Babilonia, aun la grande Babilonia que caerá“. (D. y C. 1:14-16).

Toda persona que vaya contra la Iglesia y diga que los hermanos están caídos o fuera del camino o que están enseñando falsas doctrinas, a menos que se arrepienta, jamás llegará ni en esta vida ni en la eternidad, a la medida completa de sus posibilidades y poderes. Dios no soportará que su Iglesia establecida por la última vez en esta dispensación del cumplimiento de los tiempos, cuando la restitución de todas las cosas está por cumplirse, sea guiada por un profeta caído o por alguien que no sea de su agrado. El profeta José Smith en una carta a William Phelps, copió la sección 85 de Doctrinas y Convenios y comentando sobre la misión del “poderoso y fuerte” dijo: “Ahora hermano William, si lo que yo he dicho es verdad, cuan cuidadosos deben ser los hombres de lo que hagan en los últimos días, o serán cortados en sus esperanzas y aquellos que piensen que resistirán, serán los que caerán porque no guardan los mandamientos del Señor”.

En el Deseret News del 13 de noviembre de 1905, el presidente J. F. Smith y sus consejeros, comentando esta, declaración dijeron: “Tal vez ningún otro pasaje en las revelaciones del Señor en esta dispensación ha dado tanto motivo de especulación como éste. . . La Iglesia de Cristo y de los Santos está completamente organizada y cuando el hombre que será llamado para dividir entre los Santos sus herencias, venga, será designado por inspiración del Señor a las propias autoridades de la Iglesia, electo y sostenido de acuerdo con la orden estipulada para el gobierno de la Iglesia. Mientras esa Iglesia permanezca en la tierra —y tenemos la aseveración del Señor de que permanecerá en la tierra para siempre— los Santos no deben buscar nada que sea erróneo o irregular entre lo decretado por Dios, ni nada que suene a empezar de nuevo, o que ignore o trastome el orden establecido de las cosas. Los Santos deben recordar que están viviendo en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, cuando la Iglesia se halla establecida en la tierra por los últimos días y que no hay lugar en ella para la anarquía”.

Y luego en Doctrinas del Evangelio, el presidente J. F. Smith dijo: “Si algún hombre en esa posición (hablando de aquel que tiene las llaves del alto Sacerdocio de la Iglesia), se volviera infiel, Dios lo removería de su puesto. Yo testifico en el nombre de Dios de Israel que él no soportará que la cabeza de la Iglesia, a quien él ha escogido para estar a la cabeza, transgreda sus leyes y apostate; en el momento en que él tome un camino que habrá de acabar llevándolo a eso, Dios lo quitará. ¿Por qué? porque sufrir que un hombre débil ocupe esa posición, sería como permitir que la fuente se corrompiera, lo que es algo que él nunca permitiría (Doctrinas del Evangelio, págs. 44-45).

El profeta José Smith hizo la siguiente aseveración: “Yo te daré una de las llaves de los misterios del reino. Es un eterno principio que ha existido con Dios por toda la eternidad: Cuando un hombre se levante para condenar a otros, encontrando faltas en la Iglesia, diciendo que ellos están fuera del camino mientras que él sí es justo, entonces sepan con seguridad que aquel hombre se encuentra en camino de la apostasía y que si no se arrepiente, apostatará, tan seguro como que vive Dios”.

En le sección 121 de Doctrinas y Convenios, el Señor dijo al Profeta: “Malditos sean todos los que alcen el calcañar contra mis ungidos diciendo que han pecado, cuando no ha sido así delante de mí, sino más bien han hecho lo que convenía en mis ojos y lo que les mandé, dice el Señor. Más los que gritan transgresión lo hacen porque son siervos del pecado y ellos mismos son hijos de la desobediencia” (D. y C. 121:16-17).

Yo testifico ante ustedes mis hermanos, que sus guías están haciendo aquello que es justo a los ojos de Dios. Pueden tener sus faltas y errores, pero en lo que se refiere a devoción a su alto llamamiento en esta Iglesia y reino, no hay lugar a duda de que están haciendo todo lo que puedan para llevar adelante los intereses de la Iglesia y de su gente. Y estos guías, mis hermanos, deben estar firmes y enseñar todas las verdades y principios y todas las leyes que Dios ha revelado. Dios no le ha dado al hombre autoridad para cambiar las verdades, los principios o las leyes eternas. Si la gente es honrada, y seguramente nadie puede ser honrado a menos que guarde los mandamientos de Dios, esperará que sus dirigentes sin equivocación defiendan y enseñen los mandamientos de Dios como han sido revelados: de no ser así, no los aceptarán como dirigentes, no los seguirán, no los respetarán porque tal dirección vacilante no sería aceptable en el cuerpo de la Iglesia.

Habrá quienes puedan decir: “Comed, bebed y divertíos; no obstante temed a Dios, que él justificará la comisión de leves pecados; sí, mentid un poco, tomad la ventaja por las palabras que uno dijere; tended trampa a vuestro prójimo; en esto no hay mal. Haced todo esto porque mañana moriremos; y, si nos halláramos culpables, Dios nos dará algunos correazos, pero al cabo, nos veremos salvos en el reino de Dios”. (2 Nefi 28:8).

¿Queremos nosotros, hermanos, pertenecer a esa clase de Iglesia, o aceptar a quienes enseñan esa clase de doctrina? ¿Hay alguna esperanza o satisfacción en seguir tales enseñanzas?

Seguramente, Dios no escatimará su justicia. Aquellos que quiebran sus leyes, deben sufrir el castigo por la ley quebrada. Se nos ha dicho, que el Señor no puede considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia. Si Dios no puede, ¿podemos nosotros? y ¿justificarnos o justificar a otros por tales hechos?

El Señor dijo al profeta en la sección 132 de Doctrinas y Convenios: “Porque todos los que quisieren recibir una bendición de mi mano, han de cumplir con la ley que rige esa bendición, así como con sus condiciones cual quedaron instituida desde antes de la fundación del mundo“. (D. y C. 132:5).

Y aquellos que faltan a la obediencia, se exponen a la tentación y al mal. Satanás está siempre alerta a todas las oportunidades de engañar y desviar a la gente de la Iglesia, su destino y propósito en la tierra, y él hará todo lo que pueda por lograr que la obra no prospere.

Así es, mis hermanos, que necesitamos ser fieles, necesitamos sostener a nuestros dirigentes. Y cuando vayamos a nuestros obispos y presidentes de nuestra estaca pidiendo consejo, aceptémoslo porque Dios nos hará prosperar si seguimos la dirección de aquellos señalados para presidir sobre nosotros. Si nosotros queremos obtener la medida completa de nuestras posibilidades y poderes, debemos obedecer y seguir a nuestros dirigentes y cumplir los mandamientos de Dios. Si podemos mantener en nosotros el espíritu del evangelio, que es luz y verdad, entonces no nos será muy difícil obedecer y seguir a los directores que Dios ha llamado y nombrado para guiar a su gente.

Que nuestro Padre Celestial nos bendiga y nos dé la fuerza que requerimos; que nos guarde firmes en la fe y fieles a nuestras responsabilidades, ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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