El Hombre “Entero”

El Hombre “Entero”

Por el presidente David O. McKay
Un editorial del Improvement Era, de abril 1951


En el drama “Ótelo”, por Shakespeare, estas palabras fueron expresadas por lago:

“El que mi bolsa roba basura toma; es algo, es nada
fué mía, fué suya, y ha sido esclavo de miles;
sino el que me roba mi nombre bueno
me quita algo que no le aprovecha,
y me hace pobre en verdad”. (Ótelo, acto 3, escena 3).

Esto indica en algunos respectos la importancia relativa de los palpables exteriores y los méritos genuinos interiores. Si somos verdaderos adentro, si quedamos firmes en la integridad, somos ricos en la vista de Dios, quien ve el corazón y juzga de allí. La vida verdadera de adentro es mayormente la medida de lo que somos. Pero somos compuestos de dos partes ; nuestro cuerpo, la parte exterior, es el templo, si les gusta llamarlo así, y el espíritu adentro, la vida verdadera. No podemos pasar por alto la importancia del cuadro completo, como indicado por el apóstol Pablo (al hablar de la Iglesia) en el capítulo doce de los Corintios:

“Pues ni tampoco el cuerpo es un miembro, sino muchos”
“Ni el ojo puede decir a la mano: No te he menester. Ni asimismo la cabeza a los pies : No tengo necesidad de vosotros”. (1 Cor. 12: 14,21).

Me gusta esta comparación, porque indica la importancia de la entereza tanto de lo interior como de lo exterior. El hombre sano, quien guarda su existencia física, tiene salud y vitalidad; su templo es un lugar capaz en que su espíritu puede residir.

Hay muchas cosas que atacan la vitalidad del cuerpo. Estamos expuestos a enfermedades que pueden encaminarse a un órgano, el cual, siendo debilitado, enflaquece y empeora a otros órganos, resultando en que el cuerpo sucumbe al ataque. Así que enfermedades del cuerpo nos impiden el ejercicio entero de nuestras facultades y privilegios y a veces la vida misma. Es menester, entonces, que cuidemos de nuestros cuerpos físicos, y de observar las leyes de salud física y de felicidad.

Aquí está una selección de Edward Everett Hale, reflejando algunas de sus ideas tocante unos factores físicos de la vida, y escrito hace como un medio siglo.

“El peligro de este siglo es la decaída física. Este peligro es muy grave en respecto a todos los que viven en nuestras grandes ciudades. Todas las condiciones de la vida en la ciudad moderna americana tienen el apoyo de esto; la riqueza o la acumulación del medio para gratificar el deseo es el gran incentivo de nuestra vida contemporánea, y abajo de su estimulación pasionada, vasto número de hombres y mujeres, totalmente negligentes de la necesidad y las exigencias del cuerpo luchan en el gran conflicto, y con el tiempo caen víctimas de la inmutable ley de la naturaleza. . . Hay una gran verdad natural, demostrada universalmente en respecto a las varias formas de organismos vivientes, y eso es cuando todas las funciones del cuerpo trabajan armoniosamente. . . se halla un organismo sano, fuerte y normal, capaz de existir bajo condiciones que significarían la ardiente disolución de uno en que había un desarreglo de las funciones naturales”.

Pero, tan grande como es el peligro de la decaída física, más grande es el peligro de la decaída espiritual. El peligro de este siglo es la indiferencia espiritual. Como el cuerpo requiere luz del sol, buen alimento, ejercicio debido y descanso, así requiere el espíritu del hombre la luz del sol del Espíritu Santo; Ejercicio debido de funciones espirituales; evitando los males que afectan la salud espiritual, que son más dañosos en sus efectos que las horribles enfermedades que atacan el cuerpo. Las enfermedades físicas pueden quitar las manifestaciones de vida en el cuerpo, pero el espíritu vive todavía. Pero cuando conquista la enfermedad del espíritu, decae la vida eternamente.

Cuantos hombres se enferman espiritualmente y no quieren mucho a la religión. Piensan que no es necesario que atiendan a sus necesidades espirituales. Insatisfechos consigo mismos, hallan defecto en todos los que gozan de la verdadera vida de la espiritualidad. ¿Por qué? porque no saben lo que es la verdadera vida espiritual. Se enferman de las enfermedades que atacan al espíritu.

Tengo en mente jóvenes que llegan a ser asociados con malos compañeros, y quienes gastan su tiempo en maneras lascivas y sin razón, retirándose de las cosas del espíritu, y al hacerlo invitan a sus almas una maldad que es más inevitable que una fiebre destructiva. Se infectan con ponzoñosos microbios de la enfermedad espiritual. Esta condición les retiene alejados de sus cultos de quorum, de la Escuela Dominical, y de otras asociaciones de la Iglesia. Pierden su fuerza moral que se requiere para ir a estos lugares por luz del sol del espíritu, y por el saludable ejercicio del espíritu.

Hay también otras manifestaciones de envenenamiento espiritual: el hombre que odia a su vecino (aunque nadie más lo sepa) está destruyendo su espiritualidad. El no ser honrados es una enfermedad espiritual. El hombre que roba está invitando a su alma a lo que le retendrá en crecer a una estatura perfecta de Cristo. El hombre que falla en vivir según lo que Dios y su conciencia le dicen que es la verdad, está destruyendo su espiritualidad, en otras palabras, está privándose de la luz del sol en la cual su naturaleza espiritual crecerá.

Si somos verdaderos interiormente, si somos puros, si somos sinceros, Dios es nuestro sostén y nuestro inspirador, y los ataques exteriores y tentaciones no nos pueden dañar aun como los leones no pudieron dañar a Daniel en la fosa cuando Dios le protegió. No pueden dañarnos más que el fuego dañó a los tres hijos hebreos que fueron arrojados a la lumbre. Pero estamos exteriormente fuertes solamente al grado que seamos individuos puros y verdaderos, por buscar la verdad y vivir en armonía con ella, y por resistir cada influencia, cada poder que trata de destruir o empequeñecer de cualquier manera la vida espiritual.

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