“El espíritu vivifica”

“El espíritu vivifica”

por el presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de lo Primera Presidencia

Hay un idioma que todos los misioneros entienden: es el lenguaje del Espíritu. Lo aprende aquel que procura con todo su corazón conocer a Dios y obedecer Sus mandamientos.


Recientemente visité el Centro de Capacitación Misional en Provo, Utah, donde los misioneros llamados a prestar servicio por todo el mundo se esfuerzan con gran dedicación para aprender los rudimentos de los idiomas de aquellos a quienes enseñarán y testificarán.

Las conversaciones en español, francés, alemán y sueco tenían un eco vagamente familiar para mí; no así las palabras en japonés, chino y finlandés, que me eran totalmente extrañas, como creo que lo eran para la mayoría de los misioneros. Al verlos luchar con lo que les es foráneo y aprender lo difícil, uno se maravilla ante la devoción y concentración absoluta de esos jóvenes.

Me he enterado de que, a veces, cuando un misionero opina que el español que debe aprender es demasiado difícil para él, a la hora del almuerzo lo hacen sentarse junto a los que están estudiando los complejos idiomas orientales. Allí los escucha; y, de pronto, el español ya no le parece tan incomprensible, y vuelve a estudiarlo con afán.

Sin embargo, hay un idioma que todos los misioneros entienden: es el lenguaje del Espíritu. Es un idioma que no se aprende en libros escritos por hombres de letras ni por medio de la memorización o la lectura. El lenguaje del Espíritu lo aprende aquel que procura con todo su corazón conocer a Dios y obedecer Sus mandamientos. La capacidad para hablar ese idioma permite que se derriben barreras, se superen obstáculos y se llegue al corazón humano.

En su segunda epístola a los corintios, el apóstol Pablo nos exhorta a salir del estrecho confinamiento de la letra de la ley y buscar la amplia visión de oportunidades que el Espíritu nos ofrece. Tengo en alta estima las palabras de Pablo: “La letra mata, más el Espíritu vivifica” (2 Corintios 3:6).

En un momento de peligro o de prueba, ese conocimiento, esa esperanza, esa comprensión proveen de consuelo a la mente preocupada y al corazón atribulado. De todo el Nuevo Testamento transciende un espíritu vivificante para el alma humana. Las sombras del desaliento se ven desvanecidas por rayos de esperanza, el pesar da paso al gozo, y la sensación de encontrarse perdido en la vida desaparece ante la segundad de que nuestro Padre Celestial se interesa por cada uno de nosotros.

El Salvador confirmó esta verdad al enseñar que ni un pajarito caerá a tierra sin que nuestro Padre lo sepa. Y concluyó ese hermoso pensamiento diciendo:

“Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos.

“A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos” (véase Mateo 10:29-32).

Vivimos en un mundo complejo y lleno de problemas. Tenemos la tendencia a sentimos separados, y hasta aislados, del Dador de toda buena dádiva; y nos preocupamos pensando que estamos solos.

Pero, del lecho del dolor, de la almohada mojada con lágrimas de desolación, nos levanta esta divina confirmación y preciada promesa: “No te dejaré, ni te desampararé”(Josué 1:5).

Ese consuelo es invalorable en nuestra jornada por el sendero de la mortalidad, con tantos recodos y bifurcaciones. Muy raramente se nos comunica esa confirmación con una señal refulgente o con una voz fuerte; el lenguaje del Espíritu es más bien suave y apacible, alentador para el corazón y balsámico para el alma.

A veces recibimos la respuesta a nuestras preguntas y a nuestras oraciones diarias por medio de la silenciosa inspiración del Espíritu. Como lo escribió William Cowper:

Con maravillas obra Dios
en la profundidad;
calma la fiera tempestad
y pasa por la mar.
Pues no debéis a Dios juzgar,
más sí, confiad en Él;
tras sombras de oscuridad,
sonríe con amor.
(Véase Himnos, N9. 191.)

Velamos y esperamos. Escuchamos para oír esa voz suave y apacible; cuando esa voz habla, toda persona sabia obedece. No debemos postergar la inspiración del Espíritu.

Para hablar de tan sagrado tema quisiera referirme, no a los escritos de otras personas, sino a las experiencias de mi propia vida. Atestiguo su veracidad, porque yo las he vivido. Compartiré hoy tres ejemplos especiales de lo que el presidente David O. McKay llamaba “los pétalos del corazón”, que es el idioma del Espíritu, la inspiración de origen divino.

Primero, la inspiración inherente a un llamamiento para servir.

Cualquier obispo puede testificar de la inspiración que acompaña a un llamamiento en la Iglesia. A menudo, el llamamiento parece ser de mayor beneficio para la persona que lo recibe que para aquellos a quienes enseña o dirige.

Cuando yo era obispo, me preocupaba por los miembros inactivos, los que no asistían ni tenían cargos. Pensaba en ello el día en que pasaba por la casa donde vivían Ben y Emily. Eran personas de edad, ya en el ocaso de su vida. Las molestias de su avanzada edad les habían hecho retirarse de la actividad al refugio de su hogar, aislados, apartados, separados de la corriente del diario vivir y de toda relación.

A pesar de encontrarme en camino a una reunión, sentí la inconfundible inspiración de ir a visitarlos. Era una tarde soleada. Me acerqué y llamé a la puerta. Emily salió entonces y, al reconocerme, exclamó:

— ¡Todo el día he esperado oír sonar el teléfono! Pero no ha sonado. Esperaba que el cartero me trajera una carta; pero sólo trajo cuentas. Obispo, ¿cómo sabía usted que hoy es mi cumpleaños? Le respondí:

—Dios lo sabe, Emily, porque Él la ama. Ya sentados en la sala, dije a los ancianos:

—No sé por qué fui conducido a su casa hoy, pero nuestro Padre Celestial lo sabe. Arrodillémonos a orar, y preguntémosle por qué.

Oramos y recibimos la respuesta. A Emily se le pidió que cantara en el coro e incluso que presentara un solo en la próxima conferencia del barrio. A Ben se le pidió que dirigiera la palabra a los jóvenes del Sacerdocio Aarónico y les relatara una experiencia que había tenido en la que, al responder a la inspiración del Espíritu, se salvó de cierto peligro. Ella cantó y él habló. Muchos se alegraron con su regreso a la actividad. Desde aquel día hasta que se fueron de esta vida, raramente faltaron a una reunión sacramental. El Espíritu había hablado en su idioma especial; se le había escuchado; se le había comprendido. Se tocó el corazón de muchos y se salvaron muchas vidas.

Segundo, la gratitud de Dios por una vida de rectitud.

El segundo ejemplo tiene que ver con el relevo de un presidente de estaca en Star Valley, Wyoming: E. Francis Winters, ya fallecido. Había desempeñado fielmente ese cargo durante veintitrés años. Aunque de carácter y circunstancias modestos, había sido un constante pilar de fortaleza para todos los que lo rodeaban. El día de la conferencia de estaca, el edificio estaba atestado de gente. Todos parecían querer decir un silencioso “gracias” al noble líder que tan generosamente había dedicado su vida al beneficio de los demás.

Al ponerme de pie después de la reorganización de la presidencia de la estaca, me sentí inspirado a hacer algo que nunca había hecho. Mencioné el número de años que Francis Winters había presidido la estaca; luego, pedí que todos aquellos a quienes él hubiera bendecido o confirmado de niños se pusieran de pie y permanecieran así. Después, pedí que todas las personas a las que el presidente Winters hubiera ordenado, apartado, aconsejado en forma personal o bendecido se pusieran también de pie. El resultado fue electrizante: Todos los presentes se pusieron de pie. Había muchas lágrimas, lágrimas que comunicaban mejor que las palabras la gratitud de corazones conmovidos. Me volví hacia el presidente Winters y su esposa y les dije: “Hoy somos testigos de la inspiración del Espíritu. Esta gran multitud no sólo refleja sus sentimientos personales, sino también la gratitud de Dios por su vida de rectitud”.

Tercero, la certeza de que no estamos solos.

Un buen amigo, de nombre Stan, enfermó de cáncer. Había tenido excelente salud, buen físico y era muy dinámico. Pero ya estaba imposibilitado para caminar o estar de pie. Sólo andaba en una silla de ruedas. Lo atendían los mejores médicos, y sus familiares y amigos ofrecían oraciones por él con fe y esperanza. Sin embargo, Stan seguía limitado a su cama en el hospital.

Un atardecer, estaba yo nadando de espaldas en el gimnasio, con la mirada perdida en el techo mientras avanzaba, brazada tras brazada. Sin palabras, pero con asombrosa claridad, me vino a la mente un pensamiento: “Ahí estás, nadando sin problemas, mientras tu amigo Stan languidece en su cama, sin poder moverse”. Y luego, la inspiración: “Vete al hospital y dale una bendición”.

Dejé de nadar, me vestí y me apresuré a dirigirme al hospital. La cama estaba vacía; una enfermera me dijo que Stan estaba en su silla de ruedas preparándose para la terapia en la piscina. Lo encontré solo, al borde de la piscina de natación, junto a la parte más profunda. Nos saludamos, y después volvimos a su cuarto, donde le di una bendición del sacerdocio.

Poco a poco, Stan recuperó la fuerza y el movimiento en las piernas. Al principio, los pies apenas lo sostenían; luego, aprendió de nuevo a caminar, paso a paso. Nadie se imaginaría que hubo una época en que estuvo tan cerca de la muerte y sin esperanza de recuperación.

Después, Stan a menudo hablaba en reuniones de la iglesia y testificaba de la bondad del Señor para con él. A algunos les confesó las negras ideas depresivas que lo envolvían aquella tarde mientras esperaba en la silla de ruedas, junto a la piscina, aparentemente condenado a una vida desgraciada; y habló de la alternativa que contemplaba: sería tan fácil mover la odiada silla de ruedas hasta hacerla caer en las aguas silenciosas de la piscina; entonces, todo se terminaría. Pero en ese preciso momento me vio a mí, su amigo. Aquel día, Stan aprendió literalmente que no estamos solos. Yo también aprendí una lección: nunca, nunca, nunca dejemos pasar una inspiración.

Posteriormente, cuando la familia de Stan se encontraba reunida en el sagrado templo del Señor en ocasión del casamiento de su hijo menor, hicimos una pausa para recordar el milagro que habíamos presenciado. Era difícil articular palabras con corazones llenos de emoción, pero un silencioso coro de gratitud dio expresión a los sentimientos que las palabras no podían exteriorizar.

Aprendamos el idioma del Espíritu mientras recorremos el camino de la vida. Recordemos siempre la dulce invitación del Maestro y respondamos a ella: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él” (Apocalipsis 3:20). Ése es el idioma del Espíritu. El lo habló, lo enseñó, lo vivió. Ruego que nosotros podamos hacer lo mismo. •

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