El verdadero camino a la felicidad

El verdadero camino a la felicidad

Por el élder Quentin L. Cook
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Tomado de un discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young–Hawai,
el 10 de abril de 2010. 

Al buscar el verdadero camino a la felicidad en nuestras familias y profesiones, ruego que utilicemos nuestro conocimiento e influencia para llevar mayor rectitud, paz, comprensión y libertad a la gente de todo el mundo.


Por siglos, la receta para una “buena vida” ha sido tema de discusión. Cuando el apóstol Pablo estaba en Atenas, en el Areópago, encontró “filósofos de los epicúreos y de los estoicos” (Hechos 17:18). Los estoicos creían que el mayor bien era la virtud, mientras que los epicúreos creían que el mayor bien era el placer. Muchos estoicos se habían vuelto orgullosos y utilizaban la filosofía como “una cubierta para… la ambición y la iniquidad”. Muchos epicúreos se habían convertido en hedonistas que adoptaron como lema: “Comamos y bebamos, porque mañana moriremos”1.

En el mundo académico, muchos han señalado la propuesta de Aristóteles de la “contemplación intelectual” como el modelo para “la buena vida”. Un editor que escribió en el New York Times Book Review afirmó que los filósofos modernos “han concluido que no hay un solo equilibrio apropiado de elementos que constituya ‘la buena vida para el hombre’ ”2.

Un artículo del New York Times afirmó lo siguiente: “La felicidad matrimonial es mucho más importante que cualquier otro factor para establecer el bienestar personal”. El autor desafió a las universidades a que dedicaran menos tiempo a “preparar a los estudiantes para profesiones” y más tiempo a “prepararlos para tomar decisiones sociales”3.

Al leer esas declaraciones, reflexioné en lo que el profeta José Smith enseñó: “La felicidad es el objeto y propósito de nuestra existencia; y también será el fin de ella si seguimos el camino que nos conduce a la felicidad; y este camino es virtud, justicia, fidelidad, santidad y obediencia a todos los mandamientos de Dios”4.

En armonía con la afirmación del New York Times en cuanto al matrimonio y con la declaración optimista del Profeta, confío en que podemos lograr la felicidad que deseamos y que Dios quiere para nosotros. ¿Qué debemos hacer para obtenerla?

Estén agradecidos por su legado

Siempre estén agradecidos por sus bendiciones, en especial por su legado. Al ser bendecidos con buenos padres, debemos estar agradecidos; ésa es la deuda que cada uno de nosotros tiene respecto a nuestro legado.

Un antiguo adagio chino dice: “Cuando bebas agua, no olvides la fuente de donde brotó”. Queda claro en las Escrituras que debemos honrar a nuestros padres. Uno de los proverbios dice: “Guarda, hijo mío, el mandamiento de tu padre, y no abandones la enseñanza de tu madre” (Proverbios 6:20). El gran filósofo alemán Goethe lo expresó de esta manera:

El legado prestado que de tus padres recibas,
¡vuélvelo a ganar para que realmente lo poseas!5.

Queda claro que tenemos que estar agradecidos por nuestros padres y tomar acción positiva para adquirir lo que ellos esperarían concedernos.

Comprométanse a la familia

Segundo, comprométanse a la institución eterna de la familia como base de la felicidad. En el mundo en general, muchos están decidiendo no casarse o están postergando el matrimonio. La familia es una institución eterna ordenada por Dios desde antes de la fundación del mundo. La mayoría de las personas se casan y son bendecidas con hijos. No hay bendición más grande en esta vida que el tener hijos. Algunos de los pasajes más conmovedores de todas las Escrituras captan la sublime importancia de los hijos en el plan de nuestro Padre Celestial. Ellos verdaderamente son “herencia de Jehová” (Salmos 127:3).

Cuando yo tenía unos veintitantos años, el presidente David O. McKay (1873–1970) dio un mensaje profético acerca del matrimonio y de los hijos. Tenía 95 años y fue su último año de vida; enseñó que el amor puro entre un hombre y una mujer es “uno de los elementos más nobles que existen, y que traer hijos al mundo y criarlos es el más elevado de todos los deberes humanos”6.

El presidente McKay luego expresó su preocupación por la creciente aceptación del divorcio. En 1969, California fue el primer estado de los Estados Unidos que permitió lo que se ha llamado el “divorcio de mutuo acuerdo”. Antes de eso, tenía que haber un motivo para la disolución de un matrimonio, como el caso de la infidelidad u otras condiciones extremas. El presidente McKay obviamente estaba preocupado de que la institución del matrimonio corriera peligro. Él dijo: “El porcentaje en aumento de divorcios en los Estados Unidos hoy en día amenaza la grandeza de esta nación”7.

Al mirar atrás y considerar lo que el presidente McKay enseñó, fue algo verdaderamente profético. El actual jefe de redacción del U.S. News and World Report escribió una crónica de la historia y las consecuencias de lo que ha ocurrido desde entonces. Él informa que “el porcentaje de divorcios se ha más que duplicado desde la década de 1960”, y que los partos de madres solteras “han aumentado de un 5 por ciento en 1960 a alrededor de un 35 por ciento en la actualidad”. Él explica los resultados y el efecto negativo que ha tenido sobre los niños, y pone en claro que “la familia estable con dos padres biológicos… resulta ser el medio ideal para moldear el carácter de un niño, criarlo, inculcarle valores y planear su futuro”8.

El artículo del New York Times concluye: “Las sociedades modernas… tienen una afinidad por las preocupaciones materiales y un temor radical hacia los asuntos morales y sociales” y, como resultado, son “ciegos al aspecto espiritual”9. ¿No es eso lo que profetizó el presidente McKay?

Les aseguro que la gran mayoría de los matrimonios entre miembros fieles de la Iglesia son felices y prósperos. Para quienes aún no estén casados, deben seguir adelante con fe y confianza hacia la meta fundamental del matrimonio y de la familia. Les aconsejaría que buscaran un cónyuge recto a quien admiren y quien será su mejor amigo. Les aseguro que el gozo, el amor y la realización que se experimentan en una familia amorosa y justa producen la felicidad más grande que podamos lograr. Esa felicidad es la base de una sociedad floreciente. Aquellos que son justos y que no pueden alcanzar esta meta tienen derecho a todas las bendiciones que nuestro Padre Celestial tiene para Sus hijos.

Participen en forma positiva

Tercero, participen en el mundo de manera positiva y sean una poderosa influencia para bien. Un desafío importante es el de adherirse al mandato de las Escrituras de vivir en el mundo pero no ser del mundo (véase Juan 17). El presidente Joseph Fielding Smith (1876–1972), cuando era miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, enseñó que a pesar de que estamos en el mundo, “no somos del mundo en el sentido de que tengamos que participar en… malas costumbres… modas… insensatez, doctrinas y teorías falsas”10. Además, la contribución que brinden al lugar donde vivan es parte del desafío de ser un ejemplo, de compartir el Evangelio y de vivir de acuerdo con las verdades que les han enseñado sus padres y los profetas.

Para cumplir con ese desafío, querrán y tendrán que participar en el mundo de manera positiva. Debemos ser probados y ser hallados dignos de un reino mayor. Como el presidente Thomas S. Monson ha enseñado: “Las decisiones… determinan el destino”11.

Ésta no es una vida fácil; no se suponía que lo fuera. Sin embargo, sabemos que el Señor hará que nuestras pruebas nos bendigan y sean para nuestro bien. Él nos dará la fortaleza para mantenernos firmes a pesar de la oposición. La rectitud es una recompensa en sí misma, y en las Escrituras se nos promete que la recompensa de la rectitud es “paz en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero” (D. y C. 59:23). Les aconsejo que participen en el mundo de manera positiva.

Vivan sus normas y exprésenlas

Cuarto, vivan y expresen sus normas a las personas con quienes se relacionen. Muchos de ustedes tendrán desafíos al buscar trabajo; tendrán que ser prudentes. Mi recomendación sería que les hicieran saber a los probables empleadores que ustedes tienen altas normas éticas y morales, incluso que están dedicados a su familia.

Aprendí la importancia de esto en los inicios de mi carrera. Después de terminar mis estudios en la Facultad de Leyes de Stanford, me propuse que trabajaría para cierto bufete de abogados. No había miembros de la Iglesia asociados con la empresa, pero los abogados eran personas de carácter y competentes. Después de una mañana de entrevistas, el socio principal y dos socios más me llevaron a almorzar. El socio principal me preguntó si quería una bebida alcohólica como aperitivo y, más tarde, si quería vino. En ambas ocasiones dije que no, y la segunda vez le expliqué que era un Santo de los Últimos Días activo y que no tomaba bebidas alcohólicas.

El bufete me ofreció un trabajo y unos meses más tarde el socio principal me dijo que el ofrecerme bebidas alcohólicas había sido una prueba. Notó que en mi currículum vitae se indicaba claramente que yo había prestado servicio en una misión Santo de los Últimos Días. Él había decidido que me daría empleo únicamente si yo era fiel a las enseñanzas de mi propia iglesia. Lo consideraba un importante asunto de carácter e integridad.

Durante los años que estuve en San Francisco, California, EE. UU., conocí a algunos miembros que evitaban decirles a sus compañeros que eran Santos de los Últimos Días. Invariablemente, esas personas se veían envueltas en situaciones comprometedoras que se podrían haber evitado si hubiesen expresado francamente lo que creían.

Sean una luz

Por último, sean una luz para las personas en donde vivan. Cuando mi esposa y yo comenzamos nuestra vida como recién casados en la región de la Bahía de San Francisco a mediados de los años 60, había muy pocos Santos de los Últimos Días. Además, la zona de la Bahía de San Francisco era un lugar que atraía el abuso de drogas y toda clase de conducta promiscua y pecaminosa. Un presidente de estaca preocupado preguntó en aquel entonces a los dirigentes de la Iglesia si los líderes debían alentar a los miembros a que se quedaran en la zona de la Bahía de San Francisco.

Al presidente Harold B. Lee (1899–1973), que en aquel entonces era el miembro de más antigüedad del Quórum de los Doce Apóstoles, se le asignó tratar ese asunto. Se reunió con un grupo de líderes del sacerdocio y les dijo que el Señor no había inspirado la construcción de un templo en nuestra región sólo para que los miembros se fueran a otro lado. Su consejo fue que:

  1. Estableciéramos Sión en nuestros corazones y en nuestros hogares.
  2. Fuésemos una luz entre las personas con quienes vivíamos.
  3. Nos centráramos en las ordenanzas y los principios que se enseñan en el templo.

Si seguimos el consejo del presidente Lee hoy en día, podemos lograr estar en el mundo sin ser del mundo. Sin embargo, cada uno de nosotros debe decidir si dirigiremos la vista al mundo o si nos centraremos en el templo.

A lo largo de nuestra vida enfrentaremos muchos desafíos mundanos. Uno de ellos es que nos daremos cuenta de que la gente no entiende la Iglesia y sus enseñanzas, y a veces las distorsionan. Hace unos años, el élder M. Russell Ballard, del Quórum de los Doce Apóstoles, animó a los miembros de la Iglesia a que levantaran sus voces en defensa de la fe y para corregir información falsa. Señaló que es de particular importancia que participemos en los “‘nuevos medios de comunicación’ que internet ha hecho posible”12. En un mundo con diversos medios de comunicación y con miembros diseminados por todo el mundo, existe la necesidad de que los Santos de los Últimos Días respondan y defiendan la Iglesia ante descripciones irresponsables e incorrectas cuando éstas ocurran. Estamos agradecidos por lo que ha sucedido desde que se publicó el artículo del élder Ballard, y reitero su desafío.

Confío en que podemos lograr la felicidad que deseamos y que Dios quiere para nosotros. Es mi oración que al buscar el verdadero camino a la felicidad en nuestras familias y profesiones, utilizaremos nuestro conocimiento e influencia para llevar más rectitud, paz, comprensión y libertad a la gente de todo el mundo.


  1. Frederic W. Farrar, The Life and Work of St. Paul, 1902, tomo I, págs. 535–536.
  2. Jim Holt, “A Word about the Wise”, New York Times Book Review, 14 de marzo de 2010, pág. 12.
  3. David Brooks, “The Sandra Bullock Trade”, New York Times,30 de marzo de 2010, pág. A23.
  4. José Smith, en Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 312.
  5. Johann Wolfgang von Goethe, Faust,trad. Bayard Taylor, 1912, tomo I, pág. 28.
  6. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: David O. McKay, págs. 149–150.
  7. David O. McKay, en Conference Report, abril de 1969, pág. 8.
  8. Mortimer B. Zuckerman, “Family-Unfriendly Policies”, U.S. News and World Report,5 de octubre de 2007, pág. 72.
  9. David Brooks, “The Sandra Bullock Trade”, pág. A23.
  10. Joseph Fielding Smith, en Conference Report, octubre de 1916, pág. 70.
  11. Véase Thomas S. Monson, “El Señor nos invita a la Exaltación”, Liahona, septiembre de 1993, pág. 4.
  12. M. Russell Ballard, “Compartamos el Evangelio por medio de internet”, Liahona, junio de 2008
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