Hermano, ya está decidido

Hermano, ya está decidido

Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia


Dos jóvenes hermanos se encontraban en la cima de un pequeño acantilado desde el que se divisaban las aguas cristalinas de un lago azul. Era un lugar popular desde donde lanzarse al agua, y los hermanos a menudo habían hablado de zambullirse desde allí; algo que habían visto a otras personas hacer.

A pesar de que ambos querían lanzarse al agua, ninguno quería ser el primero. El acantilado no era tan alto, pero a los dos jovencitos les parecía que la distancia aumentaba cada vez que se asomaban, y su valentía disminuía rápidamente.

Por fin, uno de los hermanos asentó el pie al borde del acantilado y resueltamente se preparó para lanzarse. En ese momento el hermano le susurró: “Tal vez deberíamos esperar hasta el verano próximo”.

Sin embargo, el ímpetu del primer hermano ya lo estaba empujando hacia adelante. “Hermano”, respondió, “¡ya está decidido!”.

Se zambulló ruidosamente en el agua y no tardó en reaparecer con un grito victorioso. El segundo hermano lo siguió al instante. Después, los dos se reían de las últimas palabras que había dicho el primero de ellos antes de tirarse al agua: “Hermano, ¡ya está decidido!”.

El comprometerse a hacer algo es como lanzarse al agua; una persona está comprometida o no lo está, o se avanza o se permanece inmóvil; no hay punto medio. Todos enfrentamos momentos de decisión que cambian el resto de nuestra vida. Como miembros de la Iglesia, debemos preguntarnos: “¿Me lanzaré o permaneceré en el borde? ¿Daré un paso al frente o simplemente meteré los dedos del pie para probar la temperatura del agua?”.

Algunos pecados se cometen por hacer lo incorrecto; otros se cometen porque no hacemos nada. El estar comprometidos sólo a medias al Evangelio puede llevar a la frustración, a la desdicha y al sentimiento de culpa. Eso no debería aplicarse a nosotros, ya que somos un pueblo de convenios; hacemos convenios con el Señor cuando nos bautizamos y cuando entramos en la casa del Señor. Los hombres hacen convenios con el Señor cuando son ordenados al sacerdocio. Nada es más importante que cumplir con un compromiso que hayamos hecho con el Señor. Recordemos la respuesta que Raquel y Lea dieron a Jacob en el Antiguo Testamento, fue sencilla y franca, y demostró su dedicación: “…ahora pues, haz todo lo que Dios te ha dicho” (Génesis 31:16).

Aquellos que están comprometidos sólo a medias pueden esperar recibir sólo a medias las bendiciones del testimonio, del gozo y de la paz. Es posible que las ventanas de los cielos sólo se les abran a medias. ¿No sería una tontería pensar: “Por ahora me comprometeré un 50 por ciento, pero cuando Cristo aparezca en Su Segunda Venida me comprometeré el 100 por ciento”?

El compromiso hacia nuestros convenios con el Señor es uno de los frutos de nuestra conversión. La dedicación a nuestro Salvador y a Su Iglesia edifica nuestro carácter y fortalece nuestro espíritu a fin de que cuando estemos ante Cristo, Él nos abrace y diga: “Bien, buen siervo y fiel” (Mateo 25:21).

Existe una diferencia entre la intención y la acción; aquellos que únicamente tienen la intención de comprometerse encontrarán excusas para todo. Aquellos que verdaderamente se comprometen, afrontan sus problemas directamente y se dicen a sí mismos: “Sí, ésa sería una razón muy buena para dejarlo para después, pero hice convenios, de modo que haré lo que me he comprometido a hacer”. Esas personas escudriñan las Escrituras y procuran la guía de su Padre Celestial con diligencia, aceptan los llamamientos de la Iglesia y los magnifican, asisten a sus reuniones y llevan a cabo sus visitas de orientación familiar y de maestras visitantes.

Un refrán alemán dice: “Las promesas son como la luna llena; si no se guardan de inmediato, se esfuman día tras día”. En calidad de miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días nos hemos comprometido a andar por el sendero del discipulado; nos hemos comprometido a seguir el ejemplo de nuestro Salvador. Imaginen la forma en que el mundo será bendecido y cambiará para bien cuando todos los miembros de la Iglesia del Señor vivan a la altura de su verdadero potencial: convertidos en lo profundo del alma y comprometidos a edificar el reino de Dios.

En cierta manera, cada uno de nosotros se encuentra en un punto decisivo frente al agua. Ruego que tengamos fe, que avancemos, que con valor hagamos frente a nuestros temores y dudas, y que nos digamos a nosotros mismos: “¡Ya está decidido!”.

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