El Salvador el Maestro de maestros

El Salvador el Maestro de maestros

Por el élder Jay E. Jensen
De la Presidencia de los Setenta

Debemos deleitarnos en las palabras de Cristo —las Escrituras— y, así como Él lo hizo, utilizarlas para enseñar y fortalecer a los demás.


Bajo la dirección de Su padre, Jesucristo creó incontables mundos. Él era el gran Jehová, el Dios del Antiguo Testamento. Él nació de una madre mortal, María, y de Dios el Padre Eterno. Él fue el Ser más extraordinario que haya vivido sobre la tierra. Él dijo que vino para “[hacer] la voluntad del que me envió y [acabar] su obra” (Juan 4:34).

Su mensaje y Su ministerio fueron, sin duda alguna, declaraciones de que Él es Jesucristo, el Hijo de Dios, el Mesías prometido.

En Sus enseñanzas con frecuencia citaba pasajes del Antiguo Testamento. Utilizó las Escrituras para prepararse para Su ministerio, para resistir el mal y la tentación, para honrar y confirmar la veracidad de antiguos profetas y para fortalecer a los demás. De Su ejemplo podemos aprender a utilizar las Escrituras de manera más eficaz en nuestras responsabilidades como padres, líderes y maestros, habiendo Él establecido el ejemplo perfecto en todas las cosas, entre ellas, el ser el Maestro de maestros.

Preparación para Su ministerio

Cuando el Señor vino a la tierra, se le colocó en la mente un velo de olvido, al igual que a nosotros, y Él, como nosotros, progresó de gracia en gracia (véase D. y C. 93:11–17). Su Padre Celestial (véase Juan 8:2812:49) y maestros mortales le enseñaron. Como lo señaló el élder James E. Talmage (1862–1933), del Quórum de los Doce Apóstoles: “Nuestro conocimiento de la vida judía de aquella época justifica la conclusión de que el Niño recibió amplia instrucción sobre la ley y las Escrituras, porque así era la regla. Acumuló conocimiento por medio del estudio y logró sabiduría por medio de la oración, la meditación y el empeño”1.

Desde su infancia hasta que comenzó Su ministerio público, el único relato que tenemos de Él es en Su función de enseñar en el templo a los 12 años de edad, cuando demostró un dominio excepcional de la sabiduría y del conocimiento: “…tres días después [José y María] le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores [o maestros] de la ley, oyéndolos y preguntándoles” (Lucas 2:46). La traducción de José Smith aclara este versículo e indica que los maestros escuchaban a Jesús y que le hacían preguntas.

El hecho de que crecía en conocimiento antes de que empezara Su ministerio ilustra el consejo que dio a Hyrum Smitth en 1829: “No intentes declarar mi palabra, sino primero procura obtenerla, y entonces será desatada tu lengua; luego, si lo deseas, tendrás mi Espíritu y mi palabra, sí, el poder de Dios para convencer a los hombres” (D. y C. 11:21).

Nosotros también podemos escudriñar las Escrituras para obtener instrucción e inspiración al comenzar nuestros ministerios, ya sea que ese ministerio sea un nuevo llamamiento, una nueva responsabilidad, (tal como la paternidad), o simplemente preparar una lección para la noche de hogar.

Resistir el mal y la tentación

Al comienzo de Su ministerio, el diablo tentó a Jesús. Dos de las tres tentaciones comenzaron con un insulto de duda: “Si eres el Hijo de Dios” (Mateo 4:3, 6). Para resistir a Satanás, el Salvador citó tres pasajes del Antiguo Testamento, diciendo: “Escrito está…” (versículos 4, 7 y 10).

El Salvador también enseñó a Sus seguidores la manera de vencer el mal mediante ejemplos de las Escrituras. Para enseñar a la gente a resistir la maldad o enfrentar terribles consecuencias, el Maestro de maestros citó un relato del Antiguo Testamento: “En el día del juicio el castigo será más tolerable para la tierra de Sodoma y de Gomorra que para aquella ciudad [aquellos que rechacen Su Evangelio]” (Mateo 10:15).

Si obedecemos la palabra de Dios, ésta tiene un poder protector inherente: “…quienes escucharan la palabra de Dios y se aferraran a ella, no perecerían jamás; ni los vencerían las tentaciones, ni los ardientes dardos del adversario” (1 Nefi 15:24).

Uno de mis pasajes preferidos de las Escrituras para resistir hoy a Satanás es este versículo: “…mis ojos están sobre vosotros. Estoy en medio de vosotros” (D. y C. 38:7). Eso disipa para siempre la mentira: “Nadie lo sabrá”.

Honremos a los profetas antiguos

El Salvador reconoció a los antiguos profetas y citó lo que ellos dijeron. En esta dispensación, Él le mandó a Sidney Rigdon “[citar] a los santos profetas para comprobar las palabras de [José Smith]” ( D. y C. 35:23).

Como muestra de respeto y para testificar de los profetas del Antiguo Testamento, el Salvador se refirió a Noé (véase Mateo 24:37–38); Abraham (véase Lucas 16:22–31Juan 8:56–58); Abraham, Isaac y Jacob (véase Mateo 8:11); Moisés (véase Juan 5:46); David (véase Lucas 6:3); Elías (véase Lucas 4:25–26); e Isaías (véase Lucas 4:16–21Juan 1:23). Él también honró y sostuvo a su contemporáneo, Juan el Bautista (véase Mateo 11:7–11).

En el Sermón del Monte, el Salvador hizo importantes referencias a los profetas del Antiguo Testamento y a sus enseñanzas con respecto a Él. Esto se manifiesta en las estrechas correlaciones que figuran entre las frases de las Bienaventuranzas (véase Mateo 5:3–11) e Isaías 61:1–32.

Nosotros también podemos honrar a los profetas antiguos y actuales teniendo en cuenta sus enseñanzas por lo que son: la palabra y la voluntad del Señor (véase D. y C. 68:4). Al prepararnos para enseñar las Escrituras, debemos buscar en oración principios que podamos relacionar con las personas a las que enseñamos.

Fortalecer a los demás

Un mensaje particularmente excepcional en la vida del Maestro es el sermón “el pan de vida” (véase Juan 6), en el que se demuestra Su dominio y uso de las Escrituras, así como la importancia que han de tener para nosotros.

El día antes de dar ese mensaje, el Señor había llevado a cabo el milagro de alimentar a los 5.000, y consiguió más adeptos (véase Juan 6:5–14). Y si éste y otros milagros no fueron suficientes para llevar a los demás a creer en Él, en el sermón del pan de vida manifestó claramente quién era Él. Ese sermón sirvió para capacitar a Sus apóstoles, especialmente a Pedro, cuyo testimonio fue fortalecido (véanse los versículos 63–71).

El Maestro de maestros mencionó un acontecimiento del Antiguo Testamento para presentar el sermón del pan de vida:

“…No os dio Moisés el pan del cielo, sino mi Padre os da el verdadero pan del cielo.

“Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo” (Juan 6:32–33; véase también Éxodo 16).

A lo que ellos dijeron: “…danos siempre este pan” (Juan 6:34).

Su respuesta reveló a las personas espiritualmente dotadas Su divina identidad como el Hijo de Dios, el prometido Mesías y Salvador: “…Yo soy el pan de vida; el que a mí viene nunca tendrá hambre; y el que en mí cree no tendrá sed jamás” (Juan 6:35).

El Salvador entonces declaró la divina doctrina que unía la Expiación y los emblemas del pan y del agua en la Santa Cena: “Si no coméis la carne del Hijo del Hombre ni bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros” (Juan 6:53).

Sabemos que este sermón fortaleció a Pedro, ya que él testificó: “Nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Juan 6:69). El sermón del pan de vida es pertinente para nosotros porque nosotros también creeremos y tendremos la certeza de que Jesús es el Cristo cuando leamos, estudiemos y citemos —y no parafraseemos— las Santas Escrituras, para fortalecernos a nosotros mismos y a los demás.

El cumplimiento de la Escritura: La entrada triunfal

La entrada triunfal del Señor a Jerusalén fue una implícita afirmación de Su conocimiento y uso de las Escrituras: “¡Bendito el que viene en nombre de Jehová!” (Salmos 118:26; véase también Marcos 11:9–10). Él entró en Jerusalén montado en un asno y cumplió la profecía: “Alégrate mucho, oh hija de Sión… tu rey viene a ti… montado sobre un asno” (Zacarías 9:9; véase también Mateo 21:4–5).

Desde el comienzo de Su ministerio mortal hasta el Jardín de Getsemaní, la cruz y la tumba vacía, Jesús el Cristo había establecido —mediante Escrituras antiguas y Su ministerio, milagros y mensajes— que Él era el Mesías prometido.

En el Jardín de Getsemaní, Jesús oró: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42). Esta declaración de Su sumisión y del cumplimiento del infinito sacrificio expiatorio atestigua que Él es el Hijo de Dios, el Maestro más grandioso que haya existido o que existirá jamás.

Las Escrituras testifican y enseñan de Jesucristo. Cuando nos enfrasquemos en ellas, llegaremos a conocerlo a Él y Su voz: “Estas palabras no son de hombres, ni de hombre, sino mías; por tanto, testificaréis que son de mí, y no del hombre” (D. y C. 18:34). He descubierto que cuando me enfrasco en las Escrituras primeramente en casa con mi esposa y familia, soy más eficaz en el servicio en la Iglesia.

Amo las Escrituras; testifico que son la palabra de Dios. Que podamos enseñar basándonos en ellas, así como lo hizo el Salvador, en nuestros hogares y en nuestros llamamientos, y que “la virtud de la palabra de Dios” surta un “poderoso efecto” en aquellos a quienes enseñamos (Alma 31:5).


  1. James E. Talmage, Jesús El Cristo,pág.112.
  2. Véase Thomas A. Wayment, “Jesus’ Uses of the Psalms in Matthew”, editores Frank F. Judd y Gaye Strathearn, Sperry Symposium Classics: The New Testament,2006, págs.137–149.
 
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Una respuesta a El Salvador el Maestro de maestros

  1. Marisol Balcazar. dijo:

    Muchas gracias por tan maravilloso mensaje,me fortalece mucho y me anima a continuar en el Evangelio de Cristo y seguir su ejemplo.

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