Jesucristo expió nuestros pecados

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Jesucristo expió nuestros pecados


Una de las razones por las que estamos aquí en la tierra es para aprender a obedecer los mandamientos de Dios. Con la excepción de Jesucristo, que vivió una vida perfecta, todo aquel que ha vivido sobre la tierra ha pecado (véase Romanos 3:231 Juan 1:8). Pecar es quebrantar deliberadamente los mandamientos de Dios, y todos los pecados conllevan un castigo. Cuando pecamos, la justicia requiere que suframos el castigo (véase Alma 42:16–22).

En última instancia, la consecuencia de cualquier pecado es el estar separados de Dios (véase 1 Nefi 10:21). Esta separación es tan grave que no podemos repararla por nosotros mismos.

Para superar esta separación, nuestro Padre Celestial proporcionó una manera para que Su Hijo Unigénito, Jesucristo, tomara sobre Sí las cargas de nuestros pecados, haciendo posible que seamos espiritualmente limpios y nos reunamos con Él; éste es el plan de misericordia.

El Salvador enseñó: “Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten; mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo” (D. y C. 19:16–17).

Como parte de Su expiación, Jesús padeció por nuestros pecados en el Jardín de Getsemaní y en la cruz del Calvario. Al arrepentirnos de nuestros pecados, podemos traer el poder de Su expiación a nuestra vida.

Jesucristo, quien voluntariamente expió nuestros pecados, dijo:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”.

“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas;

“porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:28–30).

La Expiación también proporciona las siguientes bendiciones:

  1. La resurrección a todos los que nazcan en la tierra (véase Alma 11:42–45).
  2. La vida eterna en la presencia de Dios para todos los niños que murieron antes de llegar a la edad de responsabilidad, los ocho años (véase Mosíah 3:1615:24–25Moroni 8:8–12).
  3. La habilidad de hallar paz en tiempos de pruebas gracias a que Jesucristo tomó sobre Sí nuestros dolores y enfermedades (véase Juan 14:27Alma 7:11–12).
  4. Compensación para los justos por las injusticias de esta vida (véase Predicad Mi Evangelio, 2004, pág. 52).

Para más información, véase

Principios del Evangelio 2009, págs. 65–72;

Leales a la fe, 2004, págs. 49–53.

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