Verdades sobre la pureza moral

Verdades sobre la pureza moral

por Terrance D. Olson

Satanás ha desatado un ataque en plena forma contra la castidad y la fidelidad en estos últimos días. No obstante, podemos resistir las tentaciones al ponernos del lado de las enseñanzas del señor y las verdades del evangelio.


Fue la mirada en los ojos de su hijo lo que forzó a Blaine a reconocer la verdad. De pronto vio en el dolor y la confusión de su hijo el desastre que su adulterio había causado en su matrimonio. Se sintió consciente de su culpa.

Unos años atrás, Blaine había empezado a quejarse de que su esposa dedicaba demasiado tiempo a sus hijos y a prestar servicio en la Iglesia. “Me sentía abandonado”, insistió Blaine, quien había empezado a considerar como una carga el amor que su esposa tenía por sus hijos y el Evangelio.

Con el tiempo, él adoptó las ideas del mundo y se convenció de que la castidad no era una obligación moral imprescindible. “Un amorío no tiene importancia”, decía para disculparse a sí mismo. “Todos cambiamos al pasar por las diferentes etapas de la vida”. Al tratar de justificarse a sí mismo, culpaba a su esposa por su comportamiento. Pero después de haber pasado por un consejo disciplinario, y ante la perspectiva de un futuro divorcio, Blaine vio que sus excusas realmente eran maneras de justificarse y engañarse a sí mismo. A lo malo él había llamado bueno, y a lo bueno malo; estaba por perder su condición de miembro de la Iglesia y tal vez a su familia. Al mirar a los ojos de su hijo, la culpabilidad lo envolvió y vio la angustia que les había causado a otros.

La sexualidad humana no es sólo un asunto físico. De hecho, la castidad y la fidelidad empiezan en el espíritu, no en el cuerpo; son expresiones de la condición de nuestro espíritu. Cuando nuestro espíritu está en armonía con las verdades del Evangelio, deseamos cumplir normas elevadas y nuestros hechos reflejan ese deseo. Por lo tanto, la castidad y la fidelidad son algo más que la abstinencia sexual antes del matrimonio y fidelidad sexual después del matrimonio; éstas expresan la calidad de nuestra vida espiritual.

Igualmente, la inmoralidad y la infidelidad son algo más que solamente acciones físicas. Éstas también son expresiones de la condición de nuestro espíritu; son el destino final de una senda en la cual nuestro espíritu se embarcó muchísimo tiempo antes. El cuerpo simplemente responde conforme le dirige un espíritu lleno de lujuria. Cuando rechazamos la luz y la verdad, las mentiras mundanales nos parecen atractivas. Caminamos en obscuridad espiritual y tal vez en realidad creamos que nuestras concupiscencias sean normales y en cierta forma justificables, y que no debemos refrenarlas.

Por lo tanto, la amenaza a la castidad de los solteros o a la fidelidad de los casados la determina la condición o el estado de nuestro espíritu. Esta condición es lo que comprueba si estamos, en un momento dado, escogiendo luz y vida en lugar de obscuridad y muerte, y si estamos honrando la verdad que hay dentro de nosotros o si la estamos rechazando.

LA VERDAD

La verdad es que la castidad y la fidelidad son grandes bendiciones. Son esenciales para nuestra felicidad; son principios realistas y prácticos.

Susan se bautizó en la Iglesia a la edad de 28 años y siempre había vivido la ley de castidad. “Mis padres poseían integridad y esperaban que yo tuviera elevados principios morales, que fuera honrada y casta; por tanto, eso es lo que hice”, cuenta Susan, quien fue criada en la región central de Estados Unidos. “Ahora me doy cuenta de que estaba respondiendo a la luz de Cristo. Nunca había salido con ningún Santo de los Últimos Días hasta que conocí a Tom. Cuando escuché el Evangelio, me sentí contenta de que nunca había cedido a la tentación sexual. Más tarde, Tom y yo nos casamos en el Templo de Salt Lake. Un año después, nuestra hijita murió al nacer. Aunque nos sentíamos destrozados, estábamos agradecidos por haber sido dignos de ser sellados en el templo cuando nos casamos. El saber que nuestra hijita había nacido bajo el convenio nos trajo entendimiento y paz”.

Susan y Tom todavía viven en la parte central de Estados Unidos después de 24 años de matrimonio y cinco hijos.  “Varios de nuestros amigos y primos se han divorciado”, dice Tom. “Nosotros hemos tenido bastantes desafíos financieros y familiares; no obstante, ambos queremos ser fieles a nuestros convenios del templo, de manera que simplemente resolvemos nuestros problemas”.

“La familia: Una proclamación para el mundo” afirma “que el matrimonio entre el hombre y la mujer es ordenado por Dios y que la familia es la parte central del plan del Creador para el destino eterno de Sus hijos” y “que Dios ha mandado que los sagrados poderes de la procreación se deben utilizar sólo entre el hombre y la mujer legítimamente casados, como esposo y esposa” (Liahona, octubre de 1998, pág. 24).

Tal consejo inspirado es esencial para el bienestar de cualquier individuo. El matrimonio requiere que entreguemos nuestro corazón —nuestro corazón quebrantado, nuestro corazón enternecido— sin condiciones a nuestra pareja. Debemos tener “…entrelazados [nuestros] corazones con unidad y amor el uno para con el otro” (Mosíah 18:21). Ni los esposos ni las esposas pueden sentirse realizados sin esa voluntaria y mutua promesa de amor.

Hoy en día, sin embargo, el ridiculizar la castidad y el justificar el adulterio constituyen algunos de los ataques más frecuentes y devastadores contra la familia. Esta parece estar asediada como nunca antes, y al deshacerse las familias, la estructura de nuestras comunidades se debilita. Cualesquiera que sean las fuerzas externas que puedan acabar con los lazos familiares, la impureza sexual es todavía más destructora. Ésta ataca a las familias desde su interior. Como consecuencia del adulterio, se pierden la confianza, la unidad, el espíritu de sacrificio, la honradez, la humildad y la fuerza espiritual que resulta cuando se guardan los convenios. Como consecuencia de la inmoralidad, se pierden la fe, la fortaleza emocional, la dignidad y la paz de la conciencia.

La impureza sexual arruina la vida de las personas; sin embargo, sus consecuencias siempre continúan más allá del momento presente, más allá de la relación ilícita afectan generaciones. Las madres se lamentan; los padres lloran; los hermanos y las hermanas se horrorizan; los hijos son visitados con las nefastas consecuencias de pecados que ellos no cometieron. Los matrimonios son sacudidos o destruidos.

La pureza sexual es una característica imprescindible para preservar a la familia a través de las generaciones. Cuando honramos los convenios que hemos hecho unos con otros, como padres, madres, hijos e hijas, estamos manteniendo sagrado el poder para crear vida, considerándolo como un don de Dios. Aquellos que han vivido de esta manera testifican de las bendiciones del llevar tal clase de vida; testifican que es el modo que trae la mayor felicidad y la mayor satisfacción, el modo más productivo, el más seguro, el más glorioso y el más honorable de actuar en relación con aquellos a quienes amamos.

LA FALSIFICACIÓN

La respuesta del mundo a la exhortación del Señor a la castidad y a la fidelidad es ofrecer una falsificación de la verdad. Esa falsedad enseña que la castidad y la fidelidad no son necesarias para la felicidad, que son expectativas poco realistas. Esta filosofía trata de justificar la vida inmoral y trata de hacerla atractiva y defendible.

Así como es difícil discernir un billete falso cuando está muy bien elaborado, las seductoras invitaciones a la impureza sexual están disfrazadas para hacer que la inmoralidad parezca aceptable, valiosa y quizás hasta inevitable. El presidente Spencer W. Kimball dijo: “Satanás… hará uso de su lógica para confundirlos y de sus razonamientos para destruirlos. Él siempre empañará el significado de las cosas, abrirá sus puertas centímetro por centímetro y en su afán de pervertir empezará por el tono de blanco más puro para avanzar poco a poco por las diferentes tonalidades de gris hasta llegar al tono más intenso del negro” (La fe precede al milagro, pág. 155).

Al caminar dentro de esas zonas grises es cuando nuestros pensamientos y nuestras acciones nos ponen en peligro, “…cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”, dijo el Señor (Mateo 5:28). Hacemos nacer el peligro por medio de lo que buscamos y de lo que invitamos a permanecer en nuestros pensamientos.

De esta forma y de otras, las seductoras invitaciones para llevar una vida contraria a los mandamientos de Dios son invitaciones para llevar una vida contraria a nuestros mejores intereses. Lo mundano cumple muy poco de lo que nos promete. Lo único que ofrece es una versión falsa de la realidad. Tres mentiras específicas desafían las enseñanzas del Señor sobre la castidad:

Primero, el individualismo: la falsa idea de que la identidad, los derechos, el desarrollo y el bienestar de una persona pueden existir sólo en oposición a las exigencias de las relaciones y responsabilidades familiares. Esa mentira nos dice que nuestra vida y los sentimientos sexuales sólo son nuestros asuntos privados, que nosotros sabemos lo que es mejor para nosotros y que nadie puede decirnos qué hacer.

Segundo, el relativismo: la falsa idea de que todas las actitudes en cuanto a la moralidad tienen el mismo valor. La mentira en esto es la idea de que uno tiene prejuicios si piensa que una manera es mejor que otra. Los principios morales se consideran como una forma de imponer nuestros puntos de vista sobre otras personas, los cuales perjudicarán a los demás. El resultado es que la moralidad se convierte en algo relativo al entendimiento personal, y tal vez único, de cada persona.

Tercero, la idea de que somos víctimas: la falsa idea de que somos primordialmente producto de nuestros instintos, deseos, imperfecciones y de nuestro entorno pasado. Esta mentira nos enseña que no somos agentes libres para escoger moralmente, que no podemos remediar nuestro comportamiento o sentimientos sexuales y que no deberíamos sentirnos culpables por algo que no es culpa nuestra. De acuerdo con ese punto de vista, el “descontrolarse” es una reacción humana normal y no es algo por lo que tengamos que ser responsables.

Estas tres mentiras son falsificaciones que corresponden a las siguientes verdades del Evangelio:

Primero, el dedicarse a la familia y a otras personas es la mejor manera de fomentar la identidad y el desarrollo personal. Venimos a la tierra para servir a los demás; como consecuencia de perdernos en el servicio a los demás, nos encontramos a nosotros mismos (véase Lucas 9:23-26; Mosíah 2:17).

Segundo: al adherirnos a la moralidad, reconocemos la naturaleza de Dios y Sus normas inmutables en un mundo de valores relativos (véase Alma 7:20-21).

Tercero: tenemos nuestro albedrío. Podemos actuar en lugar de dejar que nuestros instintos sexuales actúen sobre nosotros. Podemos controlar nuestros deseos y ser libres, o dejar que ellos nos controlen y que nos convirtamos en esclavos (véase 2 Nefi 2:26-27).

Al tentarnos para que rechacemos la verdad y escojamos sus mentiras, Satanás utiliza las tácticas que usó contra Jesús en el desierto. Insinúa que si realmente somos lo que decimos que somos —los hijos de Dios— entonces no hay nada malo en ceder a los apetitos o en buscar poder y gloria mundana (véase Mateo 4:1-11). Nos pide constantemente que hagamos mal uso de nuestros deseos sexuales, los cuales son fundamentales para el cumplimiento de nuestra misión aquí en la tierra. Mientras que el Señor nos advierte de peligro en el sendero recto y angosto de la vida, la señal falsa de Satanás da a entender que nada hay que temer. Mientras que la misión que el Señor nos ha dado tiene como parte central el matrimonio y la familia, la falsa imitación de Satanás consiste en decir que el tener relaciones sexuales antes de casarse o fuera de los lazos del matrimonio es algo demasiado atractivo para que uno lo resista, y después de todo, que no tiene mayores consecuencias. El ataque de Satanás comienza con nosotros tal como lo hizo con Jesús: como una tentación dirigida al espíritu para que éste le diga al cuerpo que haga cosas indebidas. Sin duda, es una engañadora invitación del demonio.

NUESTRO ALBEDRÍO

Cuando José fue vendido a Egipto, pronto se convirtió en el deseo de la esposa de Potifar.

“Aconteció… que la mujer de su amo puso sus ojos en José, y dijo: Duerme conmigo.

“Y él no quiso, y dijo a la mujer de su amo: … ¿cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?

“Hablando ella a José cada día, y no escuchándola él para acostarse al lado de ella, para estar con ella, “aconteció que entró él un día en casa para hacer su oficio, y no había nadie de los de casa allí.

“Y ella lo asió por su ropa, diciendo: Duerme conmigo. Entonces él dejó su ropa en las manos de ella, y huyó y salió” (Génesis 39:7-12).

Al igual que José, nosotros podemos escoger. El albedrío reside en el espíritu, no en el cuerpo. Por lo tanto, el cuerpo actúa según lo que el espíritu le mande hacer. No somos víctimas de instintos ni de apetitos que sean ajenos a nuestra voluntad (véase 1 Corintios 10:13). Somos agentes morales en lo que concierne a la moralidad, capaces de tomar la iniciativa. Refiriéndose a nuestro albedrío, el Señor le dijo al profeta José Smith:

“porque el poder está en ellos, y en esto vienen a ser sus propios agentes” (D. y C. 58:28).

En contraste a lo que diría Satanás, la pureza sexual es práctica, esencial y liberadora. Al rechazar la participación caprichosa y egoísta en las relaciones sexuales, no solamente evitamos las consecuencias físicas —las que más le preocupan al mundo—, sino que también evitamos una larga ristra de consecuencias espirituales, emocionales, sociales y familiares. Tales consecuencias a menudo alcanzan proporciones que van más allá de lo que podemos anticipar o controlar.

Las consecuencias físicas, por ejemplo, no sólo son los problemas de un embarazo fuera del matrimonio. Se considera que, entre los que son inmorales, hay una epidemia de enfermedades venéreas, las que son prácticamente incurables y algunas de las cuales terminan por causar esterilidad permanente. El SIDA es una amenaza constante. De igual manera, las consecuencias de tipo no físico, tales como la angustia emocional, el remordimiento, la culpabilidad y la congoja, no se pueden controlar ni olvidarse de una manera conveniente. Según nos lo ha indicado el élder Boyd K. Packer, del Quórum de los Doce Apóstoles: “Una persona no puede degradar al matrimonio sin ensuciar al mismo tiempo otros símbolos sumamente importantes como: niño, joven, hombre, mujer, esposos, padres, bebé, hijos, familia, hogar” (“El valor del matrimonio”, Liahona, agosto de 1981, pág. 17).

Sin embargo, a pesar de las enseñanzas del Señor, algunas personas no escogen la castidad y la fidelidad. A diferencia de José, el rey David hizo caso omiso de los límites que el Señor había delineado. Pese a todo lo que el Señor le había dado, codició a Betsabé, la esposa de Urías. Después de cometer adulterio y después de que Betsabé le anunció que estaba encinta, David puso a Urías en una situación en la que sería aniquilado. Más tarde, cuando el profeta Natán le presentó la parábola de la corderita, David no vio lo que era obvio. El pecado lo había cegado a la verdad (véase 2 Samuel 12).

Lamentablemente, existen muchas personas en el mundo que son como el rey David, que son cegados por sus propios pecados y se ciegan a las consecuencias de sus propios hechos. No es sino hasta que salen de la obscuridad de su pecado que pueden ver la realidad de sus circunstancias. No he hablado con ninguna persona que haya violado la ley de castidad que haya admitido que sus actos estuvieran errados hasta que no se encontrara en el proceso del arrepentimiento. En el momento de cometer actos inmorales o infieles, las personas creían sus propias excusas y justificaciones, es decir, declaraciones como las siguientes: No pude evitarlo. No le estábamos haciendo daño a nadie. Todos somos humanos. Estas cosas pasan. Simplemente perdí el control. ¿Qué más podía yo hacer, en vista de lo que siento? Es que somos jóvenes. Ustedes no tienen idea de cómo se siente uno. Es mejor descubrir ahora si somos compatibles o no. Las personas se desenamoran. Mi cónyuge ya no es la misma persona. Las personas cambian. No sé qué me sucedió. Sólo caímos una vez- No es la gran cosa. Me arrepentiré después. Somos diferentes. Por lo menos esto nos abrió los ojos a los dos. Ya hemos aprendido a valoramos el uno al otro. No puede ser malo si me hace sentir tan bien.

Cada una de estas excusas es increíblemente falsa y niega que las acciones cometidas hayan sido completamente erradas y que la persona sea totalmente responsable. Estas justificaciones son intenciones para negar que la maldad es maldad. El Evangelio nos enseña que “la maldad nunca fue felicidad” (Alma 41:10). Pero por otro lado, el mundo nos enseña que la felicidad se encuentra en la maldad.

Esto sencillamente no es así. Aquellos que han decidido arrepentirse de sus pecados sexuales dan testimonio de que su inmoralidad fue la circunstancia más dolorosa, la más llena de remordimiento y desesperación, la más falsa, corrupta y destructiva que jamás hayan permitido entrar en sus vidas. Mientras se siga excusando o justificando el mal uso del poder para crear vida, ésta es la expresión de un alma impenitente que se engaña a sí misma. Como el apóstol Juan ha declarado: “Si decimos [cuando estamos en pecado] que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (1 Juan 1:8). El Salvador mismo nos enseñó cómo discernir la verdad: “Por sus frutos los conoceréis…” (Mateo 7:16).

CAMINEN RECTAMENTE

Vivimos en una época en la que la inmoralidad no sólo se promueve de forma alegre y despreocupada, sino que también comúnmente se permite como si fuera algo que no tuviera mayores consecuencias. A menudo se considera que la pureza moral está pasada de moda o que es sólo para los ingenuos. Se nos enseña por medios muy sutiles y otros no tan sutiles que aunque la castidad puede ser algo admirable en ciertos aspectos, no es algo posible ni es algo que se espera o que sea necesario.

Sin embargo, cualquier persona que tome la idea de la familia en serio, que valore las relaciones de máxima calidad que continúan de generación en generación y que entienda cómo los padres crean hogares amorosos y seguros, también entiende la amenaza tan insidiosa para el bienestar individual, familiar y de la sociedad que surge de las relaciones prematrimoniales y de la infidelidad en el matrimonio.

Si nuestro corazón y nuestra mente están en error, no podemos vivir correctamente. De acuerdo con nuestros convenios como Santos de los Últimos Días, nuestra meta es poner a tono nuestro espíritu con el Espíritu del Señor, y entregarle a Él nuestro corazón de forma total. Cuando hacemos esto, cambiamos la condición de nuestro espíritu; a todo ello le siguen la castidad y la fidelidad, acompañadas de una vida de innumerables bendiciones.

El consejo de ser virtuoso es la forma en la que el Señor nos protege del mal y nos ayuda a sacar el máximo provecho de nuestra experiencia terrenal. Cuando “[andamos] en la rectitud y [recordamos] el convenio que [hemos] hecho el uno con el otro”, entonces “todas las cosas obrarán juntamente para [nuestro] bien…” (D. y C. 90:24). Si somos fieles, recibiremos “gloria… y continuación de las simientes para siempre jamás” (D.yC. 132:19).

LA LUZ DISIPA LA OBSCURIDAD

Las falsas ideas del mundo y las verdades del Evangelio son absolutamente incompatibles. En demasiados casos , el razonamiento del mundo —desde sus filosofías hasta sus costumbres— se caracteriza por llamar a lo malo bueno, y a lo bueno malo (véase Isaías 5:20). A continuación se dan las respuestas del Evangelio a algunas de estas falsas ideas del mundo:

FALSAS IDEAS DEL MUNDO LAS VERDADES DEL EVANGELIO
1. Es m¡ vida y yo puedo hacer con ella lo que yo quiera 1. Soy un hijo de Dios. Pertenezco a Dios. De hecho, “por precio [fui] comprado” por Su Hijo Unigénito (véase 1 Corintios 7:23).
2. El evitar películas, literatura o programas de televisión que sean explícitamente sexuales es algo puritano. Nada de eso nos afecta en realidad. Nosotros estamos muy por encima de ello 2. Ya sea en grandes o pequeñas dosis, el veneno sigue siendo veneno. Los pensamientos lujuriosos llevan al pecado (Santiago 1:14-15). Es más, no solamente seremos juzgados por nuestras obras, sino también por nuestros pensamientos y palabras (Mosíah 4:30; Alma 12:14).
3. Tenemos que ser realistas en cuanto a nosotros mismos; sólo somos humanos. 3. Cada uno de nosotros tiene el poder de escoger el bien (2 Nefi 2:27; Helamán 14:30). No seremos tentados más allá de lo que podamos resistir (1 Corintios 10:13; 3 Nefi 18:15)
4. Los instintos sexuales son normales y deben ser expresados sin restricción alguna. No es saludable reprimir esos instintos ni negarlos. 4. Los instintos sexuales son normales y saludables, pero se deben expresar únicamente dentro de los vínculos del matrimonio. El controlarlos es normal y saludable. Jesús enseñó que si en verdad hemos de encontrarnos a nosotros mismos, debemos venir a Él, tomar nuestra cruz y seguirle, absteniéndonos de impiedad y de los deseos mundanos, y guardando Sus mandamientos (véase Guía para el Estudio de las Escrituras, TJS, Mateo 16:25-26).
5. No debemos avergonzarnos de nuestro cuerpo. No existe razón alguna para que se convierta en asunto de contención nuestra manera de vestir. 5. No debemos utilizar nuestro cuerpo para tentar a otros ni para inducirlos al pecado (1 Timoteo 2:9-10; 1 Corintios 3:16-17; 6:19-20).
6. No tiene nada de malo el tener relaciones sexuales antes del matrimonio si es entre adultos que participan por su propia voluntad. 6. El tener relaciones sexuales antes del matrimonio está prohibido por Dios y es un gran abuso de los poderes de procreación (1 Corintios 6:13, 18; Jacob 3:12).
7. Es fácil arrepentirse. 7. El arrepentimiento es un tormento imprevisto por aquellos que desobedecen a Dios. La idea de que cualquier persona puede tomar a la ligera el arrepentimiento sincero y el proceso de transformar el carácter de un individuo menosprecia al Salvador y a Su expiación (Alma 39:3-9; D. y C. 18:11; 19:4, 16-18; 82:7).
8. El hecho de que estemos viviendo juntos sin estar casados no quiere decir que no tengamos ningún compromiso el uno para con el otro. No es necesario casarse; eso es sólo una formalidad. 8. Un compromiso que rechaza el convenio del matrimonio en realidad constituye una negativa a comprometerse. De hecho, “…el matrimonio lo decretó Dios…” (D. y C. 49:15). Es un convenio que no debe ser burlado, una obligación para con Dios y para con todos los miembros presentes y futuros de la familia (“La familia: Una proclamación para el mundo”).
9. Primero debemos vivir juntos para saber si somos sexualmente compatibles. 9. La compatibilidad sexual es una manifestación de la compatibilidad social, emocional y espiritual de una pareja. De hecho, si los cónyuges tienen problemas, es a causa de la condición de sus espíritus. Al fin y al cabo, la unión espiritual que todos los matrimonios procuran alcanzar proviene de contraer los convenios del Evangelio y guardarlos.

 

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