El orden y la voluntad de Dios

“El orden y la voluntad de Dios”

por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Doctrina y Convenios es un libro glorioso, lleno de sabiduría divina, y contiene la palabra de Dios para esta generación.


Durante este año, todos los miembros de la Iglesia estudian Doctrina y Convenios. Los inspirados y notables mensajes de este libro se enseñan y se estudian en muchos idiomas y en cien países del mundo. Es un libro glorioso, lleno de sabiduría divina, y contiene la palabra de Dios para esta generación.

Para comprender las cosas de Dios, necesitamos de todos los libros canónicos. La Biblia nos da la base de nuestra fe: El Antiguo Testamento nos hace llegar la palabra de Jehová por medio de los antiguos profetas; el Nuevo Testamento expone, de una manera hermosa, la incomparable vida y el sacrificio del Salvador del mundo.

Por otro lado, el Libro de Mormón es otro testa­mento de Jesucristo, y en sus páginas leemos los testi­monios de los profetas del Nuevo Mundo. Es majes­tuoso desde el punto de vista histórico, y sus páginas están repletas de tragedias de la guerra, de las adver­tencias divinas y de las promesas que Dios hace a sus hijos. Habla como la voz del que clama desde el polvo para un mundo que necesita escuchar.

La Perla de Gran Precio proporciona de­talles fascinantes que no se encuentran en el libro de Génesis, del Antiguo Testamento, ni en el capítulo 24 de Mateo, del Nuevo Tes­tamento. También con­tiene notables y con­movedores relatos de los primeros aconteci­mientos de la vida del profeta José Smith.

La constitución de la Iglesia

El libro de Doctrina y Convenios es único entre los libros canónicos, ya que es la constitución de la Iglesia. Si bien incluye escritos y declaraciones de diferentes orígenes, es más que nada un libro de revelaciones que se recibieron por medio del Profeta de esta dispensación.

Este libro de revelaciones comienza con una pode­rosa declaración que encierra los propósitos de Dios al restaurar su gran obra de los últimos días: “Escu­chad, oh pueblo de mi iglesia, dice la voz de aquel que mora en las alturas, y cuyos ojos están sobre to­dos los hombres; sí, de cierto digo: Escuchad, pueblos lejanos; y vosotros los que estáis sobre las islas del mar, oíd juntamente. Porque, en verdad, la voz del Señor se dirige a todo hombre, y no hay quien es­cape; ni habrá ojo que no vea, ni oído que no oiga, ni corazón que no sea penetrado” (D. y C. 1:1 — 2).

Esa majestuosa introducción da paso a un pano­rama doctrinal proveniente de la fuente de la verdad eterna. Algunas partes son revelaciones directas que el Señor dictaba a Su profeta; otras son las palabras de José Smith, escritas o habladas, de acuerdo con la inspiración del Espíritu Santo. También contiene relatos acerca de sucesos que ocurrieron en diferentes circunstancias. Todo junto, constituyen una cuan­tiosa dimensión de la doctrina y las prácticas de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Me maravilla la vida de José Smith, un jovencito granjero de Palmyra, estado de Nueva York. Él tenía muy poca educación escolar; no había asistido mucho a la escuela, ni tenía acceso a libros de lectura. Sin embargo, como instrumento en las manos del Todo­poderoso, habló palabras que han llegado a ser la ley y el testimonio de esta obra grandiosa y vital. Doc­trina y Convenios es la vía por medio de la cual el Señor se dirige a su pueblo.

Un lenguaje claro para todos

Es verdaderamente asombrosa la variedad de temas que trata este libro. Contiene principios y procedi­mientos concernientes a la manera de gobernar la Iglesia. Establece normas de salud con sus respectivas promesas, tanto físicas como espirituales. Describe el convenio del sacerdocio eterno de una forma que no se encuentra en ningún otro libro de las Escrituras. Anuncia los privilegios y las bendiciones, al igual que las limitaciones y las oportunidades, que nos brindan los tres grados de gloria, ampliando la breve mención que Pablo hizo acerca de una gloria del sol, una de la luna y una de las estrellas. Proclama el arrepentimiento en un lenguaje claro y preciso. Ex­plica la manera correcta de bautizar. Con un vocabu­lario que es comprensible para todos, describe la na­turaleza de la Trinidad, tema que, durante siglos, ha sido un interrogante para los teólogos. Enuncia las normas de Dios que deben regir en cuanto al aspecto económico de la Iglesia, e indica la manera de recau­dar fondos para su funcionamiento y la forma de uti­lizarlos. Revela la obra por los muertos con el fin de bendecir a los hijos de Dios de todas las generaciones.

Al leer Doctrina y Convenios, es evidente que José Smith tenía una comprensión casi total de los propósitos eternos de Dios.

La Biblia es maravillosa y valiosísima; deleitaos en la fuerza y belleza de sus escritos. Del mismo modo, adquirid fortaleza y resolución, inspiración y determi­nación del Libro de Mormón. Y luego, recibid ins­trucción y entendimiento, promesas de esperanza, consuelo y fortaleza de las revelaciones que Dios ha dado para esta generación, que aparecen registradas en Doctrina y Convenios.

Personalmente me deleito en el lenguaje de ese li­bro; me deslumbran los matices de sus palabras; me maravilla la claridad y la precisión de sus declaracio­nes, de sus explicaciones doctrinales y de sus prome­sas proféticas.

Mis pasajes favoritos

Como expresión de agradecimiento a Dios y mues­tra de mi testimonio, voy a citar algunos de mis pasa­jes favoritos de este gran libro de revelación, conjun­tamente con ciertos breves comentarios. Estoy seguro de que vosotros tendréis los vuestros. Las siguientes son palabras que me han llegado a lo más profundo de mi corazón, que me han conmovido, palabras que me han hecho sentir humilde, palabras que me han reconfortado. Os ruego que reflexionéis en cuanto a estas declaraciones de Dios:

“Lo que yo, el Señor, he dicho, yo lo he dicho, y no me disculpo; y aunque pasaren los cielos y la tie­rra, mi palabra no pasará, sino que toda será cum­plida, sea por mi propia voz o por la voz de mis sier­vos, es lo mismo.

“Porque he aquí, el Señor es Dios, y el Espíritu da testimonio, y el testimonio es verdadero, y la verdad permanece para siempre jamás.” (D. y C. 1:38-39.)

Cuando los críticos se burlan de esta obra, cuando los enemigos se mofan de ella, y cuando los incrédu­los la menosprecian, estas formidables palabras del Todopoderoso recobran vida en mi mente. El Señor no se justifica por lo que ha dicho o hecho. Toda promesa se guardará, toda profecía se cumplirá y la verdad permanecerá para siempre jamás.

Lo mismo nos dice la siguiente declaración con respecto a los planes diabólicos de los enemigos de la Iglesia:

“No permitiré que destruyan mi obra; sí, les mos­traré que mi sabiduría es más potente que la astucia del diablo.” (D. y C. 10:43.)

He visto mucha de la malicia de los que se delei­tan en menospreciar esta obra, y que harían todo lo que estuviera a su alcance por destruirla. Pero las pa­labras del Señor que dan apertura a la Sección 3 de

Doctrina y Convenios, que se dieron por revelación, me han dado consuelo y seguridad:

“Las obras, los designios y propósitos de Dios no se pueden frustrar ni tampoco pueden reducirse a la nada.” (D. y C. 3:1.)

He tenido la oportunidad de estar con los misione­ros en muchos países y de citarles la Sección 4 de Doctrina y Convenios. Cada vez que lo hago, las pa­labras del versículo 2 renuevan en mí un profundo sentido de resolución:

“Por lo tanto, oh vosotros que os embarcáis en el servicio de Dios, mirad que le sirváis con todo vues­tro corazón, alma, mente y fuerza, para que aparez­cáis sin culpa ante Dios en el último día.”

Llegará el día en que tendremos que contestar y dar cuentas de nuestros hechos. Todos los días de nuestra vida mortal escribimos el texto del informe que ha­bremos de dar.

“No juegues con las cosas sagradas”

“No juegues con las cosas sagradas.” (D. y C. 6:12.) Este es otro de mis versículos favoritos, el cual considero que va empalmado con el versículo 64 del capítulo 63 que dice:

“Recordad que lo que viene de arriba es sagrado, y debe expresarse con cuidado y por constreñimiento del Espíritu.”

Sufro cuando se usa el nombre del Señor en vano; me aflige cuando oigo a la gente hablar de las cosas sagradas con frivolidad y en tren de broma.

Cuando veo que muchos están luchando tratando de pagar las deudas en que han incurrido! lo que en muchos casos lleva a la bancarrota y a la incapacidad de hacer frente a dichas obligaciones, pienso en las palabras que el Señor dirigió a Martin Harris:

“Paga la deuda que has contraído. . . Líbrate de la servidumbre.” (D. y C. 19:35.)

Todo aquel que se ha visto abrumado por las deudas tiene una idea de lo que es esa esclavitud oprimente. “Si estáis preparados, no temeréis.” (D. y C. 38:30.) Esta breve declaración encierra una firme y maravillosa promesa. Encierra un mensaje para todos nosotros, para los jóvenes que tienen dudas con respecto a cómo obtener una educación académica, para los cabezas de familia que tienen la responsabilidad de mantener a una familia, para los hombres de negocios o para los que tienen una profesión, para los maestros u oradores, para los oficiales de la Iglesia.

“Lo que es de Dios es luz; y el que recibe luz y persevera en Dios, recibe más luz, y esa luz aumenta más y más en resplandor hasta el día perfecto.” (D. y C. 50:24.)

Para mí, esa es una declaración notable, porque reconoce el verdadero sentido del progreso eterno, expresando, en pocas palabras, la oportunidad y la promesa que tenemos de progresar, que nos guiará hacia la perfección. Nos dice que mientras aprenda­mos las cosas divinas, iremos aumentando nuestro caudal de comprensión y llegaremos a ser glorificados en esa luz que proviene de Dios.

“He aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y, yo, el Señor, no los recuerdo más.” (D. y C. 58:42.)

Muchos de nosotros tenemos la tendencia a decir que perdonamos, cuando en realidad no estamos dis­puestos a olvidar. Pero si el Señor no recuerda los pecados del que se arrepiente, ¿por qué muchos de nosotros tenemos la tendencia a sacar a colación el pasado una y otra vez? He aquí una gran lección que todos debemos aprender: Sin olvido no hay perdón.

La declaración gloriosa

Y ahora termino este breve análisis de algunos ver­sículos de Doctrina y Convenios con las gloriosas pa­labras de José Smith y Sidney Rigdon, que se en­cuentran en la sección 76, versículos 22 al 24:

“Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!

“Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre; que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hi­jos e hijas para Dios.”

Ese es el testimonio claro y simple de un profeta y su compañero. José Smith dio la vida para testi­ficar la verdad de esa declaración, tal como se registra en la sección 135. A él, al igual que a su hermano Hyrum, lo balearon y mataron el 27 de ju­nio de 1844 en Carthage, Illinois, Estados Unidos. John Taylor, quien estaba con ellos, escribió luego al respecto:

“Su sangre inocente… es un embajador de la religión de Jesucristo que tocará el corazón de los hombres honrados en todas las naciones.” (D. y C. 135:7.)

Cuando John Taylor escribió esas inspiradas pala­bras, estaba expresándose como un profeta; y el cre­cimiento de la Iglesia en todo el mundo es el cumpli­miento de esa profecía, así como el de otras que se registran en este libro sagrado.

Solemnemente testifico que este libro extraordina­rio que trata varios temas que son de interés para nosotros declara a esta generación “el orden y la vo­luntad de Dios” (D. y C. 89:1). Tenemos a nuestro alcance la oportunidad de leerlo, meditar sobre él y deleitarnos con sus palabras de consuelo y con las promesas que encierra. □

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