La importancia de dar testimonio

La importancia de dar testimonio

por el presidente James E. Faust
Segundo Consejero de lo Primera Presidencia
Liahona Marzo 1997

“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego” (Romanos 1:16).


En el próximo mes de octubre, se cumplirán veinticinco años desde que fui llamado a ser Autoridad General, y diecinueve años desde que fui llamado al Quórum de los Doce Apóstoles. He estado reflexionando mucho sobre lo que ha ocurrido en esos años; además, he pensado mucho acerca de lo que debo hacer en los años que restan de mi ministerio en la tierra. En este año he tratado de esforzarme por dar mi testimonio como parte de lo que enseño; en otras palabras, he tratado de que éste sea un año especial para dar testimonio. Espero hacer de cada año que reste de mi vida una ocasión especial para dar testimonio.

Con esa actitud, deseo analizar la importancia de que cada uno de nosotros dé su testimonio. Damos testimonio no sólo por medio de nuestras palabras, sino también a través de la forma en que vivimos. Tomo, como si fuera mi texto, el mensaje de Pablo a los Romanos:

Mi bisabuelo, Henry Jacob Faust, nació en una pequeña villa llamada Heddesheim, en Rheinland, Prusia [antiguo imperio alemán]. Su familia se dirigió hacia los Estados Unidos y mi abuelo fue hacia el Oeste, pasando por Salt Lake City, para buscar fortuna en los yacimientos de oro de California. Mientras se dirigía hacia el Sur, al pasar por Utah, se detuvo en un pozo de agua que existía en un pequeño pueblo llamado Fillmore. Allí conoció a una jovencita que se llamaba Elsie Ann Akerley; mi bisabuelo no era miembro de nuestra iglesia. La jovencita que conoció era miembro de la Iglesia y había cruzado las planicies con los pioneros. Muy pronto se enamoraron. Mi abuelo fue a California y permaneció sólo lo necesario como para obtener suficiente oro con qué pagar el anillo de boda; luego volvió a Fillmore, en donde se casaron.

El abuelo no se convirtió a la Iglesia por medio de los misioneros. Pienso que él se convirtió fundamentalmente debido al testimonio de esta jovencita que conoció junto al pozo de agua en Fillmore. Más tarde, el presidente Brigham Young lo llamó a mi abuelo para ser el primer obispo de Corinne, Utah. En aquella época el abuelo estaba ayudando a establecer el ferrocarril en Utah. Me siento agradecido por mi abuela, Elsie Ann Akerley, quien siendo jovencita le dio su testimonio a este joven desconocido, Henry Jacob Faust, de Alemania, y lo ayudó a convertirse a la Iglesia.

He dicho que también damos testimonio a través de la forma en que vivimos. En la Segunda Guerra Mundial fui apostado en Pensilvania, en un campo del ejército. Vivíamos en un barrio pequeño en el que también vivía el patriarca de nuestra estaca; se llamaba Williams G. Stoops. El hermano Stoops trabajaba en un taller de maquinaria en el pequeño poblado de Waynesboro, Pensilvania. Todo el mundo le llamaba “Pappy”; él era una persona maravillosa, bondadosa, gentil, y un miembro ejemplar de la Iglesia. Todos los que lo conocían lo honraban y lo admiraban. Una vez, una persona con quien él trabajaba, que no era miembro de la Iglesia, dijo algo así: “No sé mucho acerca de la Iglesia Mormona. Nunca me he reunido con los misioneros ni he estudiado su doctrina. Tampoco he asistido a ninguno de sus servicios; pero conozco a Pappy Stoops, y si la Iglesia produce hombres tales como Pappy Stoops, entonces tiene que haber mucho de bueno en ella”. Nunca sabemos el poder que tiene nuestro propio ejemplo, ya sea para bien o para mal.

Antes de unirse a la Iglesia, el élder Helio da Rocha Camargo, de Brasil, era ministro de otra religión. Mientras investigaba seriamente nuestra Iglesia, visitó una reunión de jóvenes un sábado por la mañana; tenía interés en saber lo que la gente joven de nuestra Iglesia tenía para decir. Una señorita dio su testimonio acerca de ser moralmente limpios y de la fortaleza que había recibido como consecuencia de haber vivido la ley de castidad. Su testimonio y el testimonio de otros impresionaron grandemente a Helio Camargo. Él y su esposa se unieron a la Iglesia. El testimonio y el cometido del hermano Camargo fueron grandes y el Señor lo llamó para ser obispo, presidente de estaca, presidente de misión, Representante Regional, miembro de los Setenta y presidente de templo.

Algunos de nosotros somos reservados y tímidos por naturaleza en lo que respecta a dar nuestro testimonio con palabras. Tal vez no deberíamos ser tan tímidos. En Doctrina y Convenios se nos dice: “más con algunos no estoy muy complacido, porque no quieren abrir su boca, sino que esconden el talento que les he dado, a causa del temor de los hombres” (D. y C. 60:2). Cuando damos testimonio, debemos testificar con espíritu de humildad. En la sección 38 de Doctrina y Convenios se nos recuerda: “Y sea vuestra predicación la voz de amonestación, cada hombre a su vecino, con mansedumbre y humildad” (versículo 41).

Quizá no siempre recordemos que es el poder del Espíritu el que lleva nuestro testimonio al corazón de los demás. Nuestro testimonio es nuestro; no puede ser cuestionado por los demás. Para nosotros es algo personal y real. Sin embargo, el Espíritu Santo es el que da testimonio similar a otra persona.

Robert L. Marchant contó lo que le sucedió cuando era un joven misionero en la Misión Mexicana; él y su compañero eran nuevos en el campo misional y no todos los misioneros los conocían. Un día, las misioneras, que estaban buscando gente para enseñar, golpearon a la puerta del lugar donde ellos se hospedaban. Los jóvenes misione’ ros, sin descubrir su identidad, invitaron a las misioneras a pasar y comenzaron a conversar sobre el Evangelio con ellas; las hermanas no reconocieron a los élderes. Siendo que éstas no eran bien versadas en la doctrina, los dos élderes, que escondían su identidad, pronto lograron confundirlas en ciertos puntos de doctrina. Con un sentimiento de frustración, una de la hermanas comenzó a llorar y, mientras así ocurría, dio su testimonio de manera sencilla, hermosa y poderosa. El élder Marchant y su corrí’ pañero se conmovieron profundamente y se sintieron avergonzados porque el sencillo testimonio de estas misioneras era evidente y penetró en su corazón.

Durante toda mi vida, he tratado de no ocultar quién soy y en lo que creo. No recuerdo ninguna instancia en la que haya dañado mi carrera o haya perdido amigos de real valía por haber reconocido con humildad que era miembro de esta Iglesia.

Existen cuatro verdades acerca de las cuales siempre es apropiado que testifiquemos:

La primera es que Jesús es el Cristo, el Salvador, el Mediador y el Redentor del mundo.

La segunda es que José Smith fue un Profeta de Dios, y que restableció la Iglesia de Cristo sobre la tierra con sus llaves y autoridad.

La tercera es que, desde José Smith, todos los Presidentes de la Iglesia han tenido el mismo poder y la misma autoridad.

La cuarta es que el presidente Gordon B. Hinckley es el único Profeta de Dios que tiene todas las llaves, todos los poderes y toda la autoridad de la Iglesia en la tierra hoy en día.

Como uno de los testigos especiales del Señor, deseo declarar mi testimonio a ustedes. Me siento agradecido de haber tenido siempre un testimonio del Evangelio. No recuerdo el no haber creído. No he entendido siempre todo y no reclamo hacerlo ahora, pero a través de miles y miles de confirmaciones espirituales que he tenido durante mi vida, incluso la de mi llamamiento al santo apostolado, puedo declararles a ustedes mi testimonio de que Jesús es el Cristo. Sé, con todas las fibras y células de mí ser, que Él es nuestro Salvador y Redentor. Testifico que José Smith fue el profeta más grande que ha vivido en esta tierra y que él fue de gran importancia para el Salvador en la obra de Dios en la tierra. Sé que esto es verdad.

Me gustaría testificar en las palabras de Pedro:

“Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él.

“Dijo entonces Jesús a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros?

“Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.

“Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Juan 6:66-69).

Le pido al Señor que bendiga a nuestros maravillosos santos. Le pido al Señor que bendiga a los niños, para que se les enseñe debidamente en nuestros hogares las verdades grandes y sencillas y los valores del Evangelio. Oro para que Él bendiga a nuestros jóvenes adultos, para que permanezcan firmes y leales, y para que reciban las grandes bendiciones que el Señor tiene para los fieles.

Le pido al Señor que bendiga a nuestros miembros que no estén casados para que lleguen a saber que ellos son especiales y maravillosos ante Su vista.

Le pido al Señor que bendiga a nuestras parejas casadas que enfrentan desafíos en la vida al tener la responsabilidad de proporcionar casa y comida a sus hijos, y oro para que Él los sostenga y esté con ellos.

Le pido al Señor que bendiga a los miembros ancianos de la Iglesia, quienes tienen los cabellos canosos y han perseverado a través de las dificultades de la vida. Oro para que los demás sepan apreciar el ejemplo de fidelidad y devoción que han demarcado en el correr de su vida.

Le pido al Señor que nos bendiga a todos para “no [avergonzarnos] del Evangelio” de Cristo y para dar nuestro testimonio con humildad, y testificar del gozo y de las bendiciones y de la fortaleza que recibimos mientras vivimos sus enseñanzas y seguimos sus preceptos. •

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