La tolerancia: “Lo que Dios limpió”

Conferencia General Abril 1954

La tolerancia
“Lo que Dios limpió”

Presidente Spencer W. Kimball
del Consejo de los Doce Apóstoles


Hace algún tiempo llegó a mis manos una carta anónima. Por lo general, este tipo de mensajes, escritos por personas que no tienen el valor de firmar sus propias declaraciones, termina en el cesto de los papeles. Sin embargo, esa vez decidí guardar dicha carta y a continuación transcribo una parte de ella, que dice:

Jamás imaginé que vería el día en que la Iglesia invitara a un indio a hablar en el Tabernáculo de Salt Lake City —o llamara a un indio como obispo—, a una india a hablar en el Tabernáculo de Ogden; ni tampoco que ellos entraran al Templo de Salt Lake. . . .

Tal parece que los lugares sagrados se están viendo profanados por la invasión de todo lo que se le quiere imponer a la fuerza a la raza blanca. . . .

¡Ojalá que la Sra. “Anónima” fuera la única en sentirse de esa manera! Pero no es así, desde muchos lugares y desde diferentes ángulos constantemente oigo esas expresiones de intolerancia. Mientras que el número de miembros amables y deseosos de aceptar a personas de otras razas que se unen a la Iglesia se mantiene en continuo aumento, todavía hay muchos que se refieren a éstas en términos despectivos y que, como los sacerdotes y los levitas de tiempos antiguos, cruzan al otro lado de la calle para evitar y desdeñar así a aquellos que más necesitan de su ayuda.

Con una velocidad jamás vista antes, la piedra que Daniel vio ser cortada de un monte no por obra de manos humanas, está rodando incesantemente para cubrir toda la tierra. De una iglesia cuyo número de miembros durante los primeros cien años estuvo más bien confinado a las naciones blancas de Norteamérica y Europa, hemos pasado a ser una fuerza mundial, incluyendo a hombres de toda raza y color. Debemos aprender la lección de que nuestra hermandad es tan universal como el amor de Dios hacia todos sus hijos.

En la carta citada figura la sugerencia de una raza superior. Desde los albores de la historia hemos visto a las denominadas “razas superiores” descender de las más elevadas alturas a las más hondas profundidades, en un largo desfile de desapariciones. Recordemos a los asirios, los egipcios, los babilonios, los persas, los griegos y los romanos. Tanto ellos como otras naciones más modernas han sido derrotados en el campo de batalla, humillados y aplastados en su condición económica. ¿Se puede justificar la implicación de la Sra. “Anónima” en cuanto a que la raza blanca o los norteamericanos son superiores? En términos enérgicos, Juan el Bautista reprendió a uno de los que se autodenominaban grupos superiores:

Al ver él que muchos de los fariseos y de los saduceos venían a su bautismo, les decía: ¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?

Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. (Mateo 3:7-9.)

El Señor quería eliminar la intolerancia y la distinción social. El le habló a la mujer samaritana en el pozo, sanó a los parientes del centurión y bendijo al hijo de la mujer cananea, de quienes se habla en el Nuevo Testamento. No obstante el hecho de que El se dirigió personalmente a “las ovejas perdidas de la Casa de Israel” y envió a sus Apóstoles primero a esas ovejas antes que a los samaritanos y a los otros gentiles, envió aún más tarde a Pablo a predicarles el evangelio a estos últimos y le reveló a Pedro que el evangelio era para todos. Pedro era un hombre de prejuicios arraigados, por lo que fue necesaria una visión de los cielos para ayudarlo a desecharlos. La voz le había ordenado: “Levántate, Pedro, mata y come”, cuando el lienzo descendió del cielo conteniendo toda clase de bestias, reptiles y aves. El escrupuloso Pedro, preso de prejuicios y hábitos de toda una vida, dijo: “Señor, no; porque ninguna cosa inmunda he comido jamás”. Entonces la voz celestial le aclaró que el evangelio era para todos. “Lo que Dios limpió”, le dijo, “no lo llames tú común”. Llamado a la reflexión por el poder de aquel mandamiento reiterado tres veces, Pedro decidió hacer a un lado los arraigados prejuicios que por tanto tiempo había sostenido. Cuando el piadoso gentil Cornelio recurrió inmediatamente a él para que le predicara el evangelio, se desplegó delante de Pedro el significado total de la visión que había tenido, por lo que exclamó: “. . .a mi me ha mostrado Dios que a ningún hombre llame común o inmundo”. (Hechos 10:13-15, 28.)

Y cuando los que eran partidarios de la circuncisión disputaron con él, Pedro —entonces totalmente convencido— les relató en orden todo lo sucedido y concluyó con estas memorables palabras:

Varones hermanos, vosotros sabéis cómo ya hace algún tiempo que Dios escogió que los gentiles oyesen por mi boca la palabra del evangelio y creyesen.

Y Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo lo mismo que a nosotros;

Y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos. . . . (Hechos 15:7-9.)

Y para mayor fundamento de su declaración, agregó: “… ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios?” (Hechos 11:17.)

El evangelio había sido llevado a los judíos o Israel, y había de hacerse llegar también a los gentiles. El evangelio era para todos.

El Salvador instruyó a sus Apóstoles de esta manera:

Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. (Mateo 28:19.)

Charlotte Gilman escribió: “Caí presa de un prejuicio que asaz me nubló la vista”. (“An Obstacle,” [Un obstáculo], primera estrofa)

Fue a un grupo de hipócritas e intolerantes “que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros”, a quienes el Señor dirigió esta parábola clásica:

Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano.
El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano;
ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano.
Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador.
Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido. (Lucas 18:9-14.)

Si fuera erróneo ofrecer fraternidad y hermandad a las personas de otras razas, y la oportunidad de ocupar diferentes puestos, bancas* y púlpitos en la Iglesia del Señor, entonces el apóstol Pedro no habría sostenido tan vehementemente su declaración de que Dios “ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos …” (Hechos 15:9.) Y, “Lo que Dios limpió, no lo llames tú común”. (Hechos 11:9.) Y, “En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia”. (Hechos 10:34.)

¿Acaso no sabía el Señor que en estos tiempos existirían muchos duplicados del Sr. y la Sra. “Anónimos” que podrían necesitar la misma amonestación que una vez dio por medio del profeta Moroni?, la cual dice:

. . . ¿Quién despreciará las obras del Señor? ¿Quién despreciará a los hijos de Cristo? Considerad, todos vosotros que sois despreciadores de las obras del Señor, porque os asombraréis y pereceréis. (Mormdn 9:26.)

El profeta Mormón escribió:

Sí, ¡ay de aquél que niegue las revelaciones del Señor. . . .
Sí, y ya no tenéis necesidad de escarnecer ni menospreciar a los judíos, ni hacer burla de ellos, ni de ninguno del resto de la casa de Israel; porque he aquí, el Señor se acuerda de su convenio con ellos, y hará con ellos según lo que ha jurado. (3 Nefi 29:6, 8.)

Es completamente evidente que cada uno de los muchos que viven llenos de prejuicios fallan en captar el espíritu del evangelio y las enseñanzas de Cristo al escarnecer, menospreciar, mortificar y criticar a su prójimo.

El Señor ha señalado:

No juzguéis, para que no seáis juzgados.
Porque con el juicio con que juzguéis, seréis juzgados . . .
¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?
¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano. (Mateo 7:1-3, 5.)

Y de nuevo, el Señor dijo a través de Pablo:

Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo. . . .
¿Y piensas esto, oh hombre . . . que tú escaparás del juicio de Dios? (Romanos 2:1, 3.)

Y nuevamente, por medio de Moroni:

Porque he aquí, el que violentamente juzgue, con violencia será también juzgado . . . aquel que hiera será, a su vez, herido del Señor. (Mormón 8:19.)

Rercordemos que el Señor fue muy paciente con el antiguo pueblo de Israel. Por mucho tiempo les soportó sus trivialidades, escuchó sus eternas quejas, se indignó por sus inmundicias, gimió ante sus idolatrías y sus adulterios y lloró por su incredulidad, pero finalmente, y a pesar de todo, los perdonó y dirigió a la nueva generación de aquel pueblo hacia la tierra prometida. Estos habían sido víctimas de cuatro siglos de destrucción y esclavitud, mas debido a su entonces continua fidelidad, se les abrió toda puerta hacia la inmortalidad y la vida eterna.

Y aquí tiene el Señor al indio o lamanita con un pasado de veinticinco siglos de superstición,  degradación,  idolatría e indolencia. Ha aborrecido su iniquidad, los ha castigado, les ha enviado a los gentiles para nutrirlos como sus ayos y —tal como parece— los ha perdonado finalmente. Sus sufrimientos han sido amargos, su humillación total, su castigo severo y largo, sus angustias muchas y sus oportunidades pocas. ¿No los ha perdonado y aceptado ya el Señor? Al antiguo Israel se le dieron cuarenta años. ¿Es que no podemos concederles nosotros también por lo menos cuarenta años de paciencia y de proselitismo intenso e incorporación al Israel moderno antes de juzgarlos severamente?

Lo mismo podría decirse de cada persona o grupo que llega a la Iglesia con un indeseable equipaje de debilidades personales y de tradiciones culturales anticristianas.

¡Qué monstruo más horrible es el prejuicio! Sólo nos incita a prejuzgar a otros. ¿Cuántos somos culpables del mismo? A menudo nos creemos libres de su poder destructivo, pero no necesitamos más que examinarnos personalmente para darnos cuenta de sus efectos. Nuestras expresiones, nuestro tono de voz y nuestros movimientos nos traicionan. No pocas veces nos mostramos tan interesados en dejar que otros hagan los contactos necesarios, que otros se encarguen de hacer el proselitismo y de establecer las relaciones pertinentes. Mientras no nos veamos directamente involucrados en las situaciones propiamente dichas, no nos daremos cuenta de nuestros favoritismos y prejuicios.

¿Por qué habremos de poner en ridículo a otros, nosotros, los prósperos, los bendecidos? ¿Cuándo será el día en que, nosotros, los que nos creemos libres de prejuicios, desechare­mos de nuestras almas los prejuicios que inconscientemente nos asaltan algunas veces? ¿Cuándo dejaremos de hacer mofa de los que son diferentes de nosotros? ¿Cuándo cesaremos de tratarlos como mendigos? ¿Cuándo nos dispondremos a seguir el ejemplo del Salvador?

Nosotros, los que nos enorgullecemos de nuestros antepasados, nos olvidamos algunas veces del gran linaje que poseen esos hombres y grupos a los que menospreciamos. Uno de los mejores ejemplos es la larga lista de héroes de quienes descienden los indios. El Libro de Mormón nos ofrece su historia.

Oh, vosotros que escarnecéis y despreciáis, que desdeñáis y os mofáis, que condenáis y desecháis, y que en vuestro orgullo altanero os colocáis en una posición superior a estos nefitas y lamanitas: Os suplico que no los menospreciéis hasta que seáis capaces de igualaros a sus antepasados, cuya fe, resistencia y fortaleza fueron grandes; hasta que tengáis la fe suficiente para ser quemados en la hoguera junto con el profeta Abinadí. Es posible que entre nosotros tengamos a sus propios descendientes. Algunos de ellos podrían ser los que hoy se llaman lagunas o shoshones*.

Os imploro que no subestiméis a los lamanitas y nefitas, a menos que también vosotros tengáis, como los cuatro hijos de Mosíah, la misma devoción y valor de abandonar vuestros oficios públicos para hacer, sin recibir ninguna compensación, obra misional entre un pueblo despreciado; hasta que vosotros también seáis capaces de abandonar la comodidad y el lujo y de renunciar a los emolumentos y poder del trono, para sufrir a cambio hambre y sed, persecución, prisión y abatimiento por catorce años de esfuerzo proselitista, tal como lo hicieron sus antepasados, Amón y sus hermanos y el gran Nefi. Algunos de sus descendientes podrían encontrarse entre nosotros. Su simiente muy bien podría llamarse samoanos o maories.

Os pido que no rebajéis ni ignoréis a estos nefitas y lamanitas, a menos que podáis igualaros en grandeza a sus progenitores y hasta que podáis arrodillaros con esos miles de santos amonitas en el campo de batalla y entonar himnos de alabanza en el momento de entregar la vida al enemigo. ¿Creéis que podríais mirar hacia el cielo con una sonrisa y un canto en los labios, mientras los sanguinarios demonios atravesaran vuestros cuerpos con espadas y cimitarras? Tal vez los descen­dientes de los amonitas se encuentren hoy entre nosotros. Muy bien podrían ser los zunis o hopis**.

No os excedáis en vuestro hablar o en vuestra intrepidez, a menos que también podáis pararos junto al profeta Samuel en la muralla de la ciudad y esquivar las piedras, lanzas y flechas que se os arrojen mientras tratáis de predicar el evangelio de salvación. Los verdaderos descendientes de este gran profeta se hallan entre nosotros. Bien pueden ser los navajos o los cherokees.

Os pregunto a los que los despreciáis, ¿hay entre vosotros mejores madres que las de los amonitas? Aquellas mujeres lamanitas educaron a sus hijos en la fe de tal manera, que éstos libraron muchas batallas regresando a sus hogares limpios, ilesos y llenos de fe. ¿Estáis vosotras instruyendo así también a vuestros hijos? ¿Están resistiendo vuestros hijos el pecado, cre­ciendo en grandeza y recibiendo manifestaciones del Señor? ‘¿Honran vuestros hijos su nombre? La posteridad de estas madres inigualables y de estos fieles hijos puede encontrarse entre nosotros y ser identificadas como los mayas o pimas.

Os insto a que no los avergoncéis con vuestras mofas, hasta que (o a menos que) vosotros también tengáis hijos amados y contemplados por el Señor de la Creación, hijos que sean rodeados de fuego y atendidos por ángeles, hijos que profeticen cosas indecibles. Sus descendientes podrían muy bien ser los piutes o mohicanos** que viven entre nosotros.

No los condenéis y os moféis de estos buenos lamanitas y nefitas cuyos antepasados vivieron en paz y rectitud por un período aproximado de trescientos años. ¿Acaso nuestra propia nación ha sobrepasado alguna vez un cuarto de siglo sin tener una guerra o conmoción?

No desdeñemos a estos nefitas y lamanitas, hasta que nos cercioremos de que nosotros también contamos con el amor del Salvador en aquella manera en que lo tuvieron sus antepasados, tal como cuando El se puso en medio de ellos y los ordenó con sus propias manos, los bendijo con su propia voz, los perdonó con su propio noble corazón, partió el pan, virtió el vino y repartió por sí mismo el sacramento a estas honradas tribus; y hasta que tengamos el mismo privilegio de tocar las marcas de los clavos en sus manos y en sus pies y la herida de la lanza en su costado.

Y en estos descendientes que hoy existen es en quienes se encuentran las semillas de la fe, del crecimiento y desarrollo, del honor, la integridad y la grandeza.

Lo que ellos esperan de nosotros no es más que oportu­nidades, aliento y hermandad. De esta manera serán redimidos, se levantarán y se convertirán en un pueblo bendito. Dios lo ha dicho.

De modo que, Sr. y Sra. “Anónimos,” os presento a un pueblo que, de acuerdo con las profecías, ha sido esparcido y abatido, defraudado y despojado, que es una rama del árbol de Israel —desprendida de su tronco, errante en tierra extraña, su propia tierra. Os entrego naciones que han navegado por las profundas aguas de los ríos del dolor, angustia y pena; un pueblo que ha sido afligido por los pecados de sus padres no únicamente hasta la tercera y cuarta generaciones, sino a través de cien. Traigo entre vosotros a una multitud que ha pedido pan y a cambio ha recibido una piedra, y que ha pedido un pez y ha recibido una serpiente. (Ver 3 Nefi 14:9-10.) Este pueblo no os pide una solidaridad distante y lejana, ni vuestro arrogante desdén, denigrante desprecio, altivo desaire, gestos engreídos, mordaz vanidad, arrogantes burlas, ni tampoco vuestra fría y calculada caridad.

Este es un pueblo que, no teniendo los medios para valerse por sí mismo, recurre a los que tienen posibilidades para empujar, levantar y abrir puertas. Es un pueblo que suplica misericordia, pide perdón, implora su incorporación al reino, con sus oportunidades de aprender y obrar. Es una nación buena que solicita fraternidad, una mano amiga, una palabra de aliento; es un grupo de naciones que claman por una aceptación afable y una sincera hermandad. Os ofrezco una raza afectuosa y cariñosa, una gente receptiva, pero a la vez tímida y temerosa, un grupo sencillo caracterizado por la fe de un niño. Os señalo a una nación por cuyas venas corre la sangre de profetas y de mártires, una gente poseedora de la inteligencia y capacidad necesarias para elevarse hasta las mismas alturas anteriores, pero que para ello necesita la visión, la oportunidad y la ayuda de ayos que los nutran.

Este pueblo podrá elevarse hasta la excelsitud de sus padres cuando la oportunidad haya tocado a sus puertas por algunas generaciones. Si los ayudamos plenamente, podrán finalmente elevarse hasta la magnificencia. Las semillas que están por germinar al amparo de las lluvias de bondad y oportunidad, de la luz brillante de la verdad del evangelio y del cultivo a través del programa de capacitación y actividades de la Iglesia brotarán entonces y habrá una cosecha fabulosa. ¡Así lo ha prometido el Señor!

Oh vosotros, que silbáis y despreciáis, despreciáis y os burláis, que condenáis y rechazáis, y que en vuestro altivo orgullo os colocáis por encima y por encima de estos nefito-lamanitas: os ruego que no los despreciéis hasta que seáis capaces de igualar a su gente lejana que tenía tal fe y fortaleza y fuerza, hasta que tengáis esa fe para quemar en la hoguera con el profeta Abinadi Mosíah 17:20 Es posible que los hijos del profeta estén entre nosotros. Algunos de ellos podrían llamarse ahora Lagunas o Shoshones.

Os ruego que no menospreciéis a los lamanitas-nefitas a menos que vosotros también tengáis la devoción y la fuerza de abandonar el cargo público para hacer un trabajo misionero entre un pueblo despreciado y esto sin compensación, como hicieron los cuatro hijos de Mosíah; hasta que vosotros también podáis abandonar la facilidad y el lujo y los emolumentos y el poder de la realeza para pasar hambre y sed, para ser perseguidos, encarcelados y golpeados durante catorce años de labor proselitista como lo hicieron su pueblo, Amón y sus hermanos, y como lo hizo el gran Nefi que renunció a la judicatura para hacer proselitismo. Algunos de sus descendientes también podrían estar entre nosotros. Su descendencia podría llamarse Samoanos o Maoríes.

Te lo pido: No te burles ni ignores a estos nefito-lamanitas a menos que puedas igualar a sus antepasados en grandeza y hasta que puedas arrodillarte con esos miles de santos amonitas en la arena del campo de batalla mientras cantaban canciones de alabanza mientras sus mismas vidas eran sofocadas por sus enemigos Alma 24:21-26 ¿Podrías mirar hacia el cielo, sonriendo y cantando, mientras los demonios sedientos de sangre te cortaban el cuerpo con la espada y la cimitarra? Tal vez los hijos de los amonitas estén con nosotros. Podrían llamarse Zunis o Hopis.

No alabéis vuestro poder de palabra o vuestra intrepidez a menos que también podáis estar con el profeta Samuel en la muralla de la ciudad, esquivando piedras y lanzas y flechas mientras tratáis de predicar el evangelio de la salvación. Los descendientes de este gran profeta están con nosotros. Pueden ser Navajos o Cherokees.

Te pregunto quién se burla: ¿Sois mejores madres que las de los amonitas? Esas mujeres lamanitas entrenaron a sus hijos en la fe hasta el punto de que pelearon muchas batallas y volvieron a casa limpios, llenos de fe. ¿Estás entrenando a tus hijos como ellos? ¿Sus hijos resisten el mal, crecen hasta la grandeza, reciben manifestaciones del Señor? ¿Sus hijos alaban sus nombres y dicen: “Sabíamos que nuestras madres lo sabían”. Somos bendecidos por el Señor porque vivimos sus mandamientos como nuestras madres nos enseñaron” Alma 56:48 La posteridad de estas madres sin igual y estos hijos fieles pueden estar entre nosotros y pueden ser llamados Mayas o Pimas.

Le insto: No os burléis hasta y a menos que tengáis hijos amados y acariciados por el Señor de la creación, niños rodeados de fuego y atendidos por ángeles, niños que profetizan cosas indecibles 3 Ne. 17:24 Sus hijos podrían ser los Piutes o los Mohicanos entre nosotros.

No condenéis y hagáis juego a estos buenos lamanitas-nefitas hasta que hayáis producido un pueblo superior que se compare con sus antepasados que vivieron durante casi tres siglos en paz y con rectitud. ¿Nuestra propia nación ha superado alguna vez un cuarto de siglo sin guerras ni conmociones?

No despreciemos a estos nefito-lamanitas hasta que estemos seguros de que nosotros también tenemos el amor del Salvador como lo tenía su pueblo cuando el Señor se puso en medio de ellos y los ordenó con sus propias manos, los bendijo con su propia voz, los perdonó con su gran corazón, partió el pan, derramó el vino y dio el sacramento él mismo a estas personas rectas; hasta que tengamos el privilegio de sentir las huellas de los clavos en sus manos y pies, y la herida de la lanza en su costado.

Y en estos descendientes vivos están todas las semillas de la fe y el crecimiento y desarrollo, del honor, la integridad y la grandeza. Sólo esperan la oportunidad, el estímulo y la fraternidad; y éstos serán redimidos, se levantarán y se convertirán en un pueblo bendecido. Dios lo ha dicho.

Amo a los lamanitas, a los indios y a todos sus primos. Espero verlos levantarse y cumplir su destino. Sé que las profecías que les conciernen se cumplirán.

Que Dios bendiga a los pueblos lamanita-nefitas, despierte sus corazones, bendiga a los misioneros que les son enviados y nos ayude a nosotros, sus padres lactantes. Y que Dios acelere el día de su liberación total. Rezo esto en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Una respuesta a La tolerancia: “Lo que Dios limpió”

  1. TARCILA RENEE QUISPE RIVAS dijo:

    Gracias padre celestial por la fuerza de tus leyes y principios!!

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