Perdón

Conferencia General Octubre 1966

Perdón

Obispo Robert L. Simpson
Del obispado presidente


Los relatos bíblicos nos dicen que ningún ser humano ha estado sujeto a la humildad, dolor, y sufrimientos, experimentados por el Salvador del mundo durante sus horas finales como ser mortal.

Después de acusaciones falsas, fue traicionado por uno de los que consideraba como amigo íntimo. Fue llevado, entonces, ante un tribunal, que pronunció su sentencia dictada por conveniencias políticas y resentimientos públicos, en vez de estar basada en la justicia.

Después, vino una agonizante y rápida sucesión de hechos: su enorme esfuerzo hacia el Calvario, cargando la pesada cruz; la multitud que se mofaba de Él y lo escupía; el vinagre que se le ofreció, al que se sumaron los clavos; y finalmente, colgó allí, con su cuerpo herido y sangrante, siendo aún insultado por sus enemigos. Fue en medio de todo esto, que Jesús rogó, callada y reverentemente: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. . .” (Lucas 23:24.)

Con esta oración de perdón para sus opresores, Jesús practicó en verdad lo que enseñó, porque durante su inolvidable Sermón del Monte, dijo: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen.” (Mateo 5:44.)

Al pensar en la inclusión del tema del perdón como un posible tema para esta conferencia, fue de lo más ilustrativo el observar la enorme importancia que tiene este principio, tantas veces olvidado, como requisito para la salvación y exaltación del individuo.

En primer lugar, debemos reconocer que el principio del arrepentimiento depende en gran parte del perdón. Quien ha quebrantado una ley y decide arrepentirse, deberá buscar a quienes ha ofendido y solicitar su perdón. Conozco a un hombre que llevó a la tumba un rencor, después de negarse a perdonar, durante cuarenta años. ¡Qué tragedia! Su luz nunca llegó a brillar como debía haberlo hecho. Tal como está registrado en 1 Juan: “Pero el que aborrece a su hermano está en tinieblas, y anda en tinieblas y no sabe a dónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos.” (1 Juan 2:11.) También Pablo escribió a los Santos en Corinto acerca de la importancia de perdonar de inmediato “para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues no ignoramos sus maquinaciones”. (2 Corintios 2: 11.)

Solamente cuando perdonamos es que ganamos el derecho de ser perdonados. Es éste un principio eterno, enseñado por el Salvador cuando dijo: “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre Celestial.” (Mateo 6:14.)

Pablo también entendió claramente la importancia de esta verdad, porque enseñó diciendo: “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.” (Efesios 4:32.)

No solamente debemos perdonar para ser perdonados, sino que además debemos arrepentimos para ganar esta gran bendición. Un profeta de nuestros días declaró que quien se arrepiente “será perdonado, de acuerdo con los convenios y mandamientos de la Iglesia”. (D. y C. 68:24.) A lo que se puede agregar esta dulce seguridad: “Y, yo, el Señor, no más los tengo presente.” (D. y C. 58:42.)

Esta es, hermanos, la esperanza de la humanidad, que se borren nuestros pecados. No hay otro camino; ya que no hay atajos en el reino de Dios. Nos arrepentimos, perdonamos, progresamos y recordamos siempre que todo debe comenzar con nuestra propia buena voluntad para perdonar a nuestros semejantes. Sí, a pesar de todo lo que ha dicho y hecho, la Regla de Oro, aún permanece intacta: “Haz con los demás, lo que deseas que los demás hagan contigo.” (Véase Mateo 7:12.) Comienza por perdonar, y luego estarás elegible ante los ojos de Dios, para ser perdonado. La simplicidad del proceso demuestra su divinidad.

Ahora bien, en caso de que hayáis olvidado la extensión de nuestra obligación al perdonar a nuestros semejantes, recordad que 70 veces 7, equivale a 490; pero nunca deberemos perdonar 490 veces, porque si seguimos los consejos del Señor con sinceridad, algo especial tocará nuestras vidas y las de nuestros semejantes, mucho antes de que necesitemos perdonar 70 veces 7.

El Señor hace otra interesante observación para beneficio de quienes se acercan a Él con los labios, pero cuyos corazones están lejos de Él. Muy frecuentemente adoramos u ofrecemos sin tratar de preparar nuestro corazón con el mismo grado de perfección que logramos cuando nos vestimos o arreglamos.

Mateo aconsejó a tales personas diciéndoles: “Deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.” (Mateo 5:24, cursiva agregada.) Con esto queda claro que una ofrenda generosa de tiempo, talento o medios para edificar el reino, no es aceptada completamente si las ofrecemos sin antes perdonar a nuestros ofensores. Al hacerlo, garantizamos perdón a nuestras debilidades.

Lillian Watson, registró un interesante episodio tomado del ministerio del clérigo norteamericano Phillip Brooks, al dirigirse un domingo por la mañana, a su bien vestida congregación, en Boston, hace casi cien años:

“Miró a los ojos de hombres y mujeres que había conocido por largo tiempo—hombres y mujeres que habían venido a él con sus problemas y que le habían pedido su ayuda y guía. ¡Cuán bien conocía él lo que se escondía detrás de las agradables y sonrientes máscaras de aquella respetable congregación de domingo! ¡Cuán bien conocía los insignificantes rencores que amargaban sus corazones, las animosidades que enfrentaban a un vecino contra otro, las tontas discusiones que se mantenían frescas, los celos y desacuerdos, la obstinación orgullosa!

“Su mensaje de ese día estaba dirigido a los amargados e inflexibles que se negaban a perdonar y olvidar. Debía hacerles comprender que esta vida es demasiado corta para alimentar rencores, abrigar envidias o resentimientos. Debía rogar por tolerancia y comprensión, por amabilidad y bondad y porque existiese entre ellos un amor fraternal.

“‘¡Amigos, mis queridos amigos!’ dijo, y fue como si hablase separadamente a cada uno de ellos:

“‘Vosotros, los que estáis dejando que esos miserables desacuerdos se sucedan de un año a otro, y pensáis aclararlos algún día. . .

“‘Vosotros, quienes estáis manteniendo vivas esas disgustosas peleas, debido a que no os animáis a decidir que hoy sea el día del sacrificio de vuestro orgullo. . .

“‘Vosotros, quienes pasáis calladamente junto a ciertos hombres en la calle, no habiéndoles por algún tonto rencor, y sabiendo sin embargo que si mañana ese hombre muriera, estaríais llenos de vergüenza y remordimientos. . .

“‘Vosotros, los que estáis. . . dejando que el corazón de vuestros amigos, clame por una palabra de aprecio o cariño, que pensáis darles algún día. . .

“‘Si tan siquiera pudierais saber, ver y sentir, repentinamente, que el tiempo se acorta, ¡cómo no romperías esta especie de hechizo y correríais a hacer las cosas que nunca más tendríais oportunidad de hacer!’

“Al salir la congregación de la capilla en aquel domingo de mañana, personas que no se habían hablado en años, repentinamente se sonrieron y se saludaron… y descubrieron así, que eso es lo que tanto habían deseado por años. Vecinos que no se trataban y evitaban encontrarse, caminaron hacia sus hogares todos juntos…. y se sorprendieron mucho al ver cuán felices eran al hacerlo. Muchos que habían sido rudos y groseros, resolvieron firmemente que serían más generosos en el futuro y más considerados con los demás…. y todos repentinamente, se sintieron más felices, más contentos, en paz con ellos mismos y con el mundo.

” ‘Perdonad’, urgió Phillip Brooks a su congregación. ‘Olvidad, y llevad la carga de los demás, para que los demás lleven la vuestra. Sed pacientes y comprensivos; la vida es muy corta para pensar en venganzas o maldades; la vida es demasiado corta para ser rencorosos o groseros. . .'”

Así habló Phillips Brooks hace más de cien años, este gran humanista que compuso la letra del conocido himno navideño, “Oh pueblecito de Belén”.

No necesitamos retroceder cien años para encontrar ejemplos de corazones amargados. Tales sentimientos son muy comunes en estos últimos días. La mala disposición para perdonar en una base de persona a persona, es en verdad una de las enfermedades mayores y crónicas de nuestro mundo actual. “Amarás al Señor tu Dios”; ésta es la base del cristianismo, y la segunda es similar:

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” ¿Cómo puede alguien amar a Dios y odiar a sus semejantes? Es imposible; por lo tanto, perdonad hoy mismo. Es el comienzo del amor, porque el perdón es el primer ingrediente de aquél; es la función del amor.

Todos nosotros somos capaces de pensar en este mismo momento, en una persona que nos haya ofendido en alguna forma; y, si mi comprensión de las Escrituras es correcta, es aconsejable que nos apresuremos a perdonar a tal persona, ya sea que lo pida o no. Aflicción vendrá al hombre que se mantenga inflexiblemente orgulloso ante la solicitud de arrepentimiento y se niegue a perdonarlo “porque el que no perdona las ofensas de su hermano, queda condenado ante el Señor; porque en él permanece el mayor pecado.

“Yo, el Señor, perdonaré al que quisiere perdonar, más a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres.” (D. y C. 64:9-10.)

Sí, el perdón engrandece el alma, porque “el que ama a su hermano, permanece en la luz. . .” (1 Juan 2:10.) Permanecer en la luz, es morar en el camino que conduce a la presencia misma de nuestro Padre Celestial. En el perdón hay además, una satisfacción divina que es sublime. El fruto es dulce, el camino es fácil y el tiempo es corto. El perdón demorado, casi no es perdón.

Sí, mis hermanos, mientras el hombre viva en su estado mortal, estaremos enfrentados a las imperfecciones, y nuestra tarea principal, es tratar de vencerlas. Al perdonar, adquirimos el derecho a ser perdonados. Al perdonar aumentamos nuestra capacidad para lograr luz y comprensión. Al perdonar, vivimos fuera del alcance del poder del adversario. Al perdonar, nuestra capacidad para amar se expande hacia el cielo. Y al perdonar, vamos logrando la capacidad para estar un día en medio de opresores, que cometen sus horribles acciones debido a su ignorancia y falta de dirección, y tendremos la capacidad para decir: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” (Lucas 23:34.) En el nombre de Jesucristo. Amén.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s