Criar a los niños sabiamente

Conferencia General Octubre 1966

Criar a los niños sabiamente

Obispo Victor L. Brown
Del obispado presidente


Las leyes de Utah prohíben el uso de cohetes, mientras que en el estado vecino son permitidos. Este verano, cuando andábamos de paseo en dicho estado nuestro hijo de doce años y sus amigos, se divirtieron bastante con los cohetes. Le dijimos que sería necesario deshacerse de todos ellos antes de irnos para casa. Esto le pareció algo tonto, ¿si eran legales en un pueblo, por qué no lo iban a ser en el siguiente, estando solamente separados por unos kilómetros? Finalmente se conformó.

Cuando llegamos a casa, encontró a un vecino que todavía tenía algunos. La tentación fue tan grande que compró unos pocos de los que tenía su amigo. ¿Qué daño podría hacer? Uno no puede divertirse con los cohetes a menos que se haga algo con ellos, lo cual hicieron los muchachos.

Esto ocurrió mientras su madre y yo salimos en la noche. Como una extraña coincidencia un policía supo del asunto, recogió a los muchachos y los llevó a sus casas.

¿Se imaginan tener doce años y que un policía los lleve a casa por violar la ley? particularmente después de haber acabado de graduarse en la Primaria, donde se ha aprendido el duodécimo Artículo de Fe, “Creemos… en obedecer, honrar y sostener la ley”, y habiendo sido ordenado diácono en el Sacerdocio Aarónico, momento en el cual se promete al obispo que se honrará el sacerdocio, y también habiendo llegado a ser un Boy Scout.

Esta fue realmente una experiencia traumática y estoy seguro de que nunca la olvidaremos.

Mientras se sentó en la sala para esperar a que nosotros regresáramos, el pensamiento de haber desilusionado al obispo, sus padres, y más que nada a su Padre Celestial, pesaban grandemente sobre él. Quería decírnoslo por sí mismo, no deseaba que nosotros lo supiéramos por ninguna otra persona.

No obstante la desilusión por su desobediencia, mi corazón se llenó de orgullo al ver que tuvo valor para decirnos voluntariamente el problema en el cual había estado. No había deseo de defraudarnos o engañarnos.

Durante la seria discusión que siguió después de su declaración, quedó aclarado que se había dejado conducir por otros y que no había sido lo suficientemente fuerte para tomar sus propias decisiones. Entonces dijo: “Es mi responsabilidad. No hay que culpar a nadie.”

No fue sino hasta después que le aseguré que el único propósito por el que relataría esta experiencia era para ayudar a alguien a aprender de su error, que me concedió permiso para relatarla hoy.

Me parece que hay por lo menos dos lecciones que deben aprenderse de esta triste experiencia. La primera es bastante evidente-—la necesidad de obedecer la ley, no importa lo pequeña o lo innecesaria que parezca. En la sociedad actual hay muchos que, enseñan la filosofía de que nosotros tenemos el derecho de violar aquellas leyes con las que no estamos de acuerdo. Si cada segmento de nuestra sociedad adoptara esta actitud, la anarquía correría desenfrenada y el caos reinaría.

Uno de los dogmas básicos de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se encuentra en el duodécimo Artículo de Fe, escrito por el profeta José Smith el 1º de marzo de 1842: “Creemos en estar sujetos a los reyes, presidentes, gobernantes y magistrados; en obedecer, honrar y sostener la ley.” Esto, entonces, no deja lugar para preferencias personales sobre cuáles leyes obedeceremos.

La segunda lección quizá no será tan evidente, pero es de todas maneras, de importancia vital, y es que: como padres, nos corresponde parte de la responsabilidad por las acciones de nuestros hijos, ya sea que sus acciones sean buenas o malas. Supongo que no hay ninguno de nosotros que no reconozca el éxito de sus hijos y quizá sienta algún orgullo al haber tenido algo que ver con sus logros, pero, ¿qué pasa cuando cometen errores? Tiene lugar una reacción muy diferente. Muchas veces damos salida a sentimientos de enojo y a pesar de que pensamos que contribuimos con su éxito, negamos por medio de nuestras acciones que tuvimos algo que ver con su fracaso.

¿Qué es lo que generalmente sucede cuando un niño o una persona joven confiesan una maldad a sus padres? Muchas veces resulta un regaño serio o quizá hasta un castigo físico. Esto, naturalmente, es una de las mejores maneras en el mundo de asegurar que en el futuro el niño no confiará más en sus padres. Muy raras veces pensamos en los sentimientos del niño, y la manera en que el problema afecta su vida, más bien sentimos que nuestro orgullo es herido o que nuestra reputación se ha dañado. Me pregunto cuántas madres y padres han dicho: “¿Cómo puedo enfrentarme a mis amigos después de esto?” ¿Son nuestros sentimientos y acciones para el beneficio del niño o el nuestro?

Ser padre es una de las bendiciones y oportunidades más grandes en la vida. Pero con esta bendición vienen graves responsabilidades. El hogar es la unidad más importante en toda la sociedad, y los padres, en gran parte, establecen el espíritu del hogar. Ninguna responsabilidad es tan grande como la de criar a nuestros hijos, y algunas veces ninguna es tan difícil. Cuando ellos hacen lo que nosotros deseamos, entonces no hay problema, pero cuando son rebeldes y desobedientes, entonces sí lo hay. A veces este problema requiere toda la paciencia y comprensión de los padres, y muchas veces, incluso sufrimiento. Esto no quiere decir que la disciplina no sea necesaria, por el contrario, es absolutamente indispensable.

Hay padres que en realidad abandonan a un hijo cuando está en problemas. Quizá ellos mismos han sido rebeldes e ingobernables y han causado muchos dolores de cabeza, pero, ¿cuándo es que los hijos necesitan un amor más grande y una seguridad de que no todo está perdido? Cuando están en problemas, y principalmente si son serios.

Nosotros como padres debemos examinar nuestra reacción hacia estos niños que se meten en problemas. Si vamos a extender verdadero amor, pensemos primero en las necesidades del niño y después en las nuestras.

A veces pienso sobre el juicio por el cual seremos juzgados. Se acordarán de la lección que el Señor nos enseñó sobre el hijo pródigo, quien, después de haber desperdiciado su vida con una manera de vivir desenfrenada, decidió volver a la casa de su padre.

“Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.

“Y el hijo dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo.

“Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies.

“Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta;

“Porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.” (Lucas 15:20-24.)

En un editorial reciente del Church News, había una carta dirigida al editor y que para mí tiene gran importancia en las relaciones de los padres y los hijos. Dice:

“La otra noche tuve una experiencia la cual creo que debo contarles.

“Habíamos pasado la noche en la cabaña de unos amigos en el cañón de Ogden y cuando regresábamos a casa, creímos prudente llamar a nuestros amigos por teléfono.

“En efecto, pasamos media hora o más buscando un teléfono. Mientras yo hacía la llamada, una atractiva jovencita se acercó a mi esposa que estaba sentada en el coche en un lugar de estacionamiento y le preguntó si podríamos llevarla hasta Ogden.

“Nos contó que su novio la había ofendido y asustado en un campo de excursión cerca del cañón. Ella abandonó el coche y caminó sola en la oscuridad buscando un teléfono para llamar a alguno de sus amigos para que la fuera a buscar.

“No habiendo tenido éxito, más asustada a cada momento, en medio de su desesperación se acercó a una extraña, mi esposa, y le pidió ayuda.

“En el curso de la conversación dijo que tenía miedo de llamar a sus padres ya que si sabían de la situación en que se encontraba se ‘morirían’.

“Ella dijo, ‘Somos muy religiosos; y me supongo que ustedes no son mormones, ¿o sí?’

“Cuando mi esposa le dijo que yo era obispo, exclamó con alivio: ‘Por suerte vine al coche indicado, ¿verdad?’

“Dos o tres cosas nos impresionaron de esta experiencia:

“Primero, la coincidencia de que un obispo se detuviera en un teléfono público a medianoche y encontrara a una hermosa jovencita mormona buscando ayuda.

“Segundo, y más al caso, me impresionó el hecho de que ella tenía miedo de llamar a sus padres.

“He aquí una muchacha de valor evidente, que se arriesgó a salir del coche de su novio, caminar en la oscuridad y acercarse a un extraño para pedir ayuda, pero sin el valor suficiente para llamar a sus padres y hacerlos saber del peligro y su necesidad.

“Me hizo recordar de cuando un amigo me dijo hace algunos años, que él había hablado con sus hijas y les había dicho: ‘A cualquier hora que me necesiten, dondequiera y bajo cualquier circunstancia, todo lo que tienen que hacer es llamarme e iré a ustedes.’

“Dije esto a mi propia hija y el resultado ha sido que he tenido que llevarla a ella y sus amigos aquí y allá, pero he gozado de cada minuto.

“Me pregunto si podría escribirse un editorial especial en el cual se exhortara a los padres a que hicieran saber a sus hijos que ellos los aman y que están listos para ayudarlos bajo cualquier circunstancia, y exhortar a los hijos a que confíen en sus padres, y los llamen cuando se encuentren en problemas.

“También en primer lugar, naturalmente, los jóvenes deberían evitar meterse en tales situaciones.” (Church News, 10 de septiembre de 1966, pág. 16.) El doctor Dana L. Farnsworth, en un artículo titulado “Seis reglas para los padres que quieren que sus hijos crezcan seguros y confiados en sí mismos”, dice:

“Cada vez que hablo ante un grupo de padres sobre sus jóvenes adolescentes, una queja que invariablemente ocupa la mayor parte del tiempo de la discusión es: ‘¡Nuestros hijos nunca nos dicen nada!’ Cuando las líneas de comunicación se rompen entre los padres y los hijos, resulta la infelicidad, y muchas veces hasta la tragedia. Por su parte, los padres pueden pensar y hacer todas las cosas malas y de este modo edificar una pared entre ellos y sus hijos que quizá nunca podrá quitarse. Los adolescentes podrán desarrollar un antagonismo hacia sus padres del que resultarán toda clase de cosas, como un casamiento a temprana edad para escaparse de la infelicidad en el hogar. Cuando sean adultos, los jóvenes mirarán siempre a las personas con autoridad, como los jefes, con miedo o desconfianza.

“En estos casos de comunicación interrumpida, el problema empezó muchos años antes de la adolescencia del niño. Inconscientemente, los mismos padres habían empezado a estirar los cables cuando los hijos eran jóvenes. Se pueden conservar las líneas intactas, para que de esa manera el mensaje (y el entendimiento) pueda pasar libremente entre las generaciones, de estas maneras (mencionaré dos de ellas):

“2. Refrenando su temperamento. Las exhibiciones frecuentes de enojo pueden aterrorizar tanto a un niño que hacen que se separe emocionalmente de usted. La irritación justificada por algo que hace mal es aceptable y a veces hasta de beneficio, pero la ira irrefrenada es otra cosa.

“6. Disciplinarlo propia y justamente cuando sea necesario. No conozco mejor manera de mostrar a un niño que se le quiere verdaderamente que por medio de una disciplina firme. Y a un niño que sabe que se le ama no le gusta alejarse mucho de su familia.” (This Week Magazine, 19 de junio de 1966.)

Para concluir mi historia: Unos días después del incidente con la policía, mi hijo y yo discutimos algunos problemas sociales que tendría que afrontar en su primer año de secundaria.

Después de discutir algunos de estos problemas, expresé mi fe en que él tendría el valor suficiente para resistir esas tentaciones. Me dijo: “¿De veras tienes fe en mí, aun después que me metí en problemas con la ley?”

Que el Señor bendiga a cada padre con visión e inteligencia en sus tempranos años de paternidad para que de esta manera no tengan que experimentar en cuatro o cinco hijos antes de llegar al entendimiento de cómo criar a los hijos sabiamente.

Sé que Dios vive, que ésta es su Iglesia y que Él es el Padre de los espíritus de estos niños escogidos que han venido a bendecir nuestros hogares. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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