Quienes somos y lo que Dios espera de nosotros

Quienes somos y lo que Dios
espera de nosotros

por Jeffrey R. Holland

El fin de la educación es ayudarnos a saber quiénes somos en realidad y a descubrir lo que Dios espera que hagamos. Una de las cosas que espera es que recordemos que somos herederos de una dispensación del Evangelio que ha tenido entre sus primeros mandamientos el siguiente desafío: “Buscad diligentemente y enseñaos el uno al otro palabras de sabiduría; sí, buscad…[en] los mejores libros… conocimiento, tanto por el estudio como por la fe”. La gloria de Dios es la inteligencia, y ésa será también nuestra gloria.


Por lo menos hay un escritor que cree que gran parte de lo que necesitamos saber nos ha sido indicado hace más de una docena de años. Dado lo que cuesta una educación universitaria, tal afirmación merece la pena ser investigada. Consideremos su postura:

“Gran parte de lo que realmente necesito saber sobre cómo vivir, qué hacer y cómo ser, lo aprendí en el jardín de infantes. La sabiduría no se encuentra en lo alto de la montaña de la universidad, sino en la arenera del jardín.

“Éstas son los cosas que aprendí: Compartirlo todo. Jugar limpio. No pegar a la gente. Poner las cosas en el sitio en que las encontré. Limpiar aquello que he ensuciado. No tomar lo que no es mío. Disculparme cuando hago daño a alguien. Lavarme las manos antes de comer. Vivir una vida equilibrada. Aprender un poco y pensar un poco; dibujar, cantar, bailar, jugar y trabajar un poco cada día.

“Echar una siesta por la tarde. Cuando salgo al mundo exterior, observar el tráfico, darnos la mano y estar juntos. No perder la capacidad de asombrarme. Recordar la pequeña semilla en el germinador. Las raíces van hacia abajo y la planta hacia arriba; nadie sabe el porqué, pero todos seguimos el mismo camino.

“Tanto los peces de colores como los ratoncitos blancos, e incluso la pequeña semilla del germinador, se mueren. Y nosotros también.

“Recordar el libro sobre Dick y Jane, y la primera palabra que aprendí, la mayor de todas: grande. Todo lo que uno necesita saber se encuentra ahí. La regla de oro, el amor y la higiene básica, la ecología, la política y una vida sana.

“Piensa en cuánto mejor sería este mundo si a todos nos dieran galletas y leche cada tarde a eso de las tres, y luego nos arropasen para dormir una siesta. Imagina que hubiese una norma básica en nuestro país y en todos los demás referente a volver a poner las cosas donde las encontramos y a limpiar aquello que ensuciamos. Y todavía sigue siendo verdad, no importa la edad que uno tenga, que cuando se sale al mundo es mejor darse la mano y estar juntos” (Robert Fulghum, “We Learned It All in Kindergarten”, Reader’s Digest, octubre de 1987, pág. 115).

Admito que es una lista bastante buena, tanto si uno tiene cinco años o cincuenta. De hecho, quizás la mayoría de los cosas importantes que necesitamos oír en la vida hace tiempo que nos han sido dichas, y probablemente en repetidas ocasiones. El inestimable Samuel Johnson dijo una vez que las personas necesitaban más que se les recordase las cosas de lo que necesitaban que se las enseñasen, así que me permito compartir con ustedes algunos recordatorios tomados en su mayoría del pasado.

Preservar el pasado sin comprometer el presente no es con frecuencia una cuestión sencilla, pudiendo llegar a colocarnos en una situación precaria, algo parecido a un violinista en el tejado. De hecho, deseo pedir la ayuda de Tevye, el personaje de la obra musical Un violinista en el tejado, para relatarnos y recordarnos las verdades que a la mayoría de nosotros nos han sido enseñadas desde el jardín de infantes o incluso antes. Éste es Tevye hablando sobre “la tradición”:

“Un violinista en el tejado. Parece una locura, ¿no? Pero en nuestro pequeño pueblo de Anatevka podría decirse que cada uno de nosotros es un violinista en el tejado, intentando extraer una melodía agradable y sencilla sin rompernos el cuello. No es fácil. Usted puede preguntarse por qué estamos ahí arriba si es tan peligroso. Lo hacemos porque Anatevka es nuestro hogar. ¿Y cómo mantenemos el equilibrio? Se lo puedo decir en una palabra: ¡Tradición!

“Gracias a nuestras tradiciones, hemos mantenido el equilibrio durante muchos, muchos años. En Anatevka tenemos tradiciones para todo: cómo comer, dormir o qué ropa vestir. Por ejemplo, siempre tenemos la cabeza cubierta y utilizamos una pequeña mantilla para orar. De este modo mostramos nuestra devoción constante a Dios. Quizás se pregunte cómo empezó esta tradición. Se lo diré: ¡No lo sé! Pero es una tradición. Gracias a nuestras tradiciones, cada cual sabe quién es y lo que Dios espera que haga” (“Fiddler on the Roof”, en Great Musicals of the American Theatre, ed. Stanley Richards, vol. 1 [Radnor, Pensilvania: Chilton Book Company, 1873], pág. 393).

Entonces, ¿quiénes somos nosotros? ¿Qué espera Dios que hagamos? Por un lado espera que recordemos que somos herederos de una dispensación del Evangelio que ha tenido entre sus primeros mandamientos el siguiente desafío: “Buscad diligentemente y enseñaos el uno al otro palabras de sabiduría; sí, buscad… [en] los mejores libros… conocimiento, tanto por el estudio como por la fe” (D&C 88:118; véase también D&C 88:78). Este mandamiento crucial está inseparablemente unido a la profunda verdad restaurada que nos enseña que somos hijos e hijas literales de Dios, y que algún día podemos llegar a ser como Él. La verdad restaurada nos enseña que la gloria de Dios es Su inteligencia, y que también será nuestra gloria.

Esta doctrina inestimable, restaurada a un mundo en tinieblas hace más de siglo y medio, se ha convertido en ese período de tiempo en una fuerte tradición para los Santos de los Últimos Días, el primero de los cuales trabajaba de día y leía libros de noche en su esfuerzo por llegar a ser más como Dios “tanto por el estudio como por la fe”.

No es algo insignificante que el símbolo central y el único folleto de aquella fe naciente de los Santos fuese un libro, un registro que daría sentido a todo lo que hacían y creían. Nadie tenía que recordarles la importancia de leer, pues se trataba de un “acto del corazón”. Más adelante se reunían en el cuarto superior del templo, en Ohio, para estudiar no sólo teología, sino también matemáticas, filosofía, gramática inglesa, geografía y hebreo. En las orillas del Misisipí planificaron Nauvoo, la Ciudad Hermosa, su ciudad/estado de Sión, apoyada en dos grandes pilares de enseñanza: un templo y una universidad. Aún cuando fueron expulsados de sus hogares, los Santos mantuvieron vivo su sueño. Se daban clases en cuevas excavadas en la roca, en cabañas, en los carros de mano y en los carromatos. No era fácil, mas era la doctrina. “Es imposible [salvarse] en la ignorancia”, había dicho su profeta y maestro, y “cualquier principio de inteligencia que logremos en esta vida se levantará con nosotros en la resurrección” (D&C 131:6; D&C 130:18). Ellos le creyeron. Tenían tanta hambre como Erasmo, un filósofo del siglo XVI que escribió: “Cuando consigo un poco de dinero compro libros, y si me [sobra] algo, compro [pan]”.

“Por doquier que hubiera asentamientos mormones, la escuela de la ciudad era una de las primeras cosas en las que se pensaba y por las que se trabajaba”, dijo el futuro presidente de la Iglesia, Lorenzo Snow. En aquellas partes del nuevo territorio mormón donde no había edificios disponibles, los maestros de escuela intentaban desempeñarse lo mejor posible. El élder George A. Smith dijo de su experiencia en el sur de Utah: “Mi tienda india es un establecimiento muy importante, compuesto por ramas, unas pocas tablas y tres carromatos. [Tiene un] fogón en el centro así como muchos taburetes de ordeñar, bancos y troncos colocados alrededor, dos de los cuales están cubiertos de piel de búfalo… [Sin embargo, resultaba molesto] contemplar mi escuela durante algunas de las noches de febrero, con los alumnos alrededor de mi gran hoguera, con el viento entrando por entre la maleza y toda la bóveda celeste por techo. ¡El termómetro marcaba bajo cero!… Yo estaba de pie con mi libro de gramática, el único en toda la escuela, leía una frase a la vez en voz alta y lo hacía pasar de un alumno a otro” (Ernest L. Wilkinson y W. Cleon Skousen, Brigham Young University: A School of Destiny [Provo, Utah: Brigham Young University Press, 1976], pág. 15).

De esa tradición de aprender, de esa casi insaciable sed por el conocimiento, ha surgido la Universidad Brigham Young, la cual tiene muy poco que ver con taburetes de ordeñar, pieles de búfalo y un único libro de texto; nada que ver con aquello por lo que lucharon y con lo que soñaron nuestros antepasados pioneros de hace más de un siglo, y gran parte de los cuales no vivió lo suficiente para verlo.

Les debemos algo. Nosotros, que somos los beneficiarios de su sacrificio y de su fe, les debemos el mejor esfuerzo que podamos realizar para la obtención de una verdadera educación edificante, liberadora y motivadora del espíritu. Necesitamos trabajar fuerte, sacar partido de cada oportunidad, jugar mucho menos y estudiar bastante más. Necesitamos aprender a escribir y a hablar bien, hacer una inversión en nosotros mismos del mismo modo que los que pagan el diezmo en la Iglesia han hecho una en nosotros, y ver que las semillas plantadas en el campo de la educación vuelvan a nosotros y a nuestra posteridad multiplicadas por cien. Llenemos nuestros carros de mano con libros y emprendamos el rumbo a Sión, avancemos igual que lo hicieron nuestros antepasados, quienes con frecuencia no tenían nada más tangible para su sustento que sus sueños y sus tradiciones.

“La gloria de Dios”. “Luz y verdad”. La mayoría de nosotros ha oído todo esto desde el jardín de infantes o puede que antes. La pregunta que debemos hacernos es: “¿Qué haremos con este ideal?”. Recuerden Anatevka. “Cada cual sabe quién es y lo que Dios espera que haga”. ¡Tradición!

Hay otra tradición importante estrechamente relacionada con la búsqueda del conocimiento en estos últimos días. Durante mi primer año como presidente de la universidad acuñé la frase latina virtus et ventas, para definir una misión doble. Añadí a la búsqueda de ventas (la verdad) una segunda tarea, virtus (la virtud), creyendo de todo corazón que la manera en que vivimos era la prueba final de la educación, que si la verdad permanecía indefensa o sin ser ejercida no merecía la pena la inversión realizada en su descubrimiento.

Al hacerlo sabía que tenía de mi lado no sólo a los filósofos, sino también a los profetas de Dios, pasados y presentes. De hecho, una Primera Presidencia de la Iglesia de esta dispensación dijo esto mucho mejor de lo que lo harían jamás los educadores profesionales. Brigham Young, Heber C. Kimball y Willard Richards declararon:

“Si los hombres [e incluimos a las mujeres] quieren ser grandes en bondad, deben ser inteligentes, pues nadie puede hacer el bien a menos que sepa cómo. Por tanto, busquen el conocimiento, todo tipo de conocimiento, especialmente aquel que viene de lo alto, aquel que es sabiduría para aplicar a todas las cosas; y si encuentran cualquier cosa que Dios desconoce, no tienen por qué aprenderla. Mas esfuércense por saber lo que Dios sabe y empleen ese conocimiento como lo emplea Dios, y entonces serán como Él;… tendrán caridad, amor el uno por el otro, y harán lo bueno continuamente y para siempre… Pero si un hombre tiene todo conocimiento y no lo utiliza para lo bueno, llegará a serle por maldición en vez de bendición, como le aconteció a Lucifer, el Hijo de la Mañana” (Milenial Star 14 [15 de enero de 1852]:22).

¡Qué filosofía educativa tan demoledora! Parece simple:  aprenda y amen, esfuércense por saber lo que Dios sabe, utilicen ese conocimiento como Dios lo utiliza, y serán como El. Luchen por obtener una mayor educación para que cada uno haga el bien continuamente y para siempre. Por supuesto que eso fue lo que se nos enseñó en los años de jardín de infantes: Jugar limpio, no pegar, limpiar lo que ensuciamos, darnos la mano y permanecer juntos. Nuestra educación siempre ha llevado implícitas estas obligaciones morales ineludibles.

¿Cuán importante es todo esto mientras intentamos mantener un precario equilibrio en el tejado? Creo que muy importante. Parece que como país estamos atrapados por el remolino del caos ético, cultural y político, y parecemos sobrecogidos por ello. Las implicaciones morales de nuestra sociedad son las más severas a las que se hayan enfrentado los Estados Unidos, son serias en parte porque amenazan directamente la idea misma de sociedad. Estas violaciones de la república dañan nuestros esfuerzos por vivir juntos en confianza y reciprocidad.

“Estados Unidos necesita recuperar cierto idealismo”, decía el titular de un periódico reciente. “Las universidades generan bárbaros altamente capacitados”, exclama una revista nacional. Somos una “nación sin honor”, declara otra publicación mensual; una “nación de mentirosos”, grita otra. Hasta el Papa viaja a los Estados Unidos para recordarnos nuestras virtudes perdidas. Y nada menos que un árbitro de la virtud nacional como la revista Time publica todo un artículo sobre “la mala fama, los escándalos y la hipocresía”, documentando la frenética búsqueda que la nación hace de sus valores, una búsqueda desesperada del comportamiento en una época pasmosa de desorden moral.

Los estudiantes universitarios han contribuido a esta ciénaga moral. Consideren el siguiente fragmento extraído recientemente de una publicación educativa trimestral:

“La literatura popular ha dibujado a la generación actual de estudiantes universitarios como a un puñado cínico de buscadores de dinero, deseosos de inclinarse hacia cualquier lado con tal de ‘llegar arriba’… Desgraciadamente, … los estudiantes [de hoy no] acarician, ni siquiera entienden los principios básicos de la honestidad académica. La evidencia, basada casi por completo en informes de los estudiantes mismos, muestra claramente que los niveles de hacer trampas en los exámenes [de la universidad] son elevados… La imagen… es la de una generación de alumnos centrada en sí mismos, competitiva, insegura y cínica, cuyo cometido es obtener lo máximo del presente [sin importar el precio que suponga para los demás]. En este contexto, no es de extrañar que las universidades comiencen a preocuparse por las normas éticas de sus alumnos” (Richard A. Fass, “Brigham Young Honor Bound: Encouraging Academic Honesty”, Educational Record, otoño de 1986, pág. 32).

¿Comenzando a preocuparse? “Las normas éticas de sus alumnos” no es un asunto de moda en la Iglesia. Es nuestra herencia, nuestra tradición; y debiera ser una tradición en cada universidad. Pero para serles francos, las universidades que sólo existen como tales no pueden hacerlo. Cuando Hitler subió al poder, Alemania tenía la tradición universitaria más elegante de toda la Europa continental. Gran parte de los problemas verdaderamente desesperados y severos a los que me he referido en Estados Unidos, tanto moral, como política y culturalmente, han venido de manos de hombres y mujeres entrenados en la universidad. (Aquí utilizo intencionadamente la palabra entrenados, en vez de educados). No, “una encuesta intelectual justa y completa” tampoco puede lograrlo por sí misma. La instrucción académica desmedida y carente de integridad, la instrucción desprovista de luz por las fuerzas civilizadoras y las obligaciones morales que acompañan a la verdad, simplemente producirán todavía más “bárbaros altamente capacitados”. Seguro que casi cada periódico o boletín nocturno de noticias puede ser una muestra bien representativa de este hecho.

Recuerden: “Si un hombre tiene todo conocimiento y no lo utiliza para lo bueno, llegará a serle por maldición en vez de bendición, como le aconteció a Lucifer, el Hijo de la Mañana”.

Para mí el elemento más triste en todo esto no es que el mundo no entienda los valores civilizadores o, peor todavía, que no lo hagan los educadores. Lo más triste de todo ello es que algunos Santos de los Últimos Días tampoco parecen entenderlos, aún cuando tenemos tradiciones por largo tiempo establecidas y repetidas con regularidad con el propósito de guiarnos. Las infracciones de esos pocos con frecuencia dañan la experiencia y la oportunidad de otras personas.

No hace falta decir que los Santos de los Últimos Días llevamos una carga especial porque declaramos que somos diferentes, porque decimos que defendemos algo tradicional y espiritualmente valioso. Claramente, desde el momento en que decimos esto, nos convertimos en mujeres y en hombres marcados; hay multitudes de personas a las que les gustaría derribarnos. Está bien, pues tras la hora de las galletas y la leche, la siguiente razón importante para nosotros es darnos la mano y permanecer juntos.

Para cuando llegamos a la universidad hemos tenido tiempo de sobra para considerar este sentimiento compartido de responsabilidad que tenemos por una vida vivida con otros. La Declaración de Independencia de los Estados Unidos expresa que la democracia puesta en práctica correctamente requiere el compromiso de “nuestra vida, nuestra fortuna y nuestro honor sagrado”, como lo expresó Thomas Jefferson en su frase culminante. Me gustaría creer que en cierta forma modesta, nuestro “juego” del siglo XX con la virtud, la moralidad y la integridad de hombres y mujeres jóvenes no es diferente del juego de la América del XVIII. Ben Franklin apeló a todos nosotros en aquel día decisivo de la firma de dicha declaración, el 4 de julio de 1776: “Debemos estar todos unidos, o de seguro que estaremos separados”.

Llegado a este punto, no hace falta citar a John Donne para recordar que ningún hombre es una isla. Todo aquel que ingresa a una universidad de la Iglesia, ha entrado de forma bastante literal en una sociedad de convenios. Tomamos nuestra posición en el tejado, con el violín en la mano, y declaramos al resto del mundo: “Tradición”.

¿Tradición? ¡Tradición! Mucha, preciosamente ganada y aún de manera más preciada defendida. Resulta difícil mantener los pies en un tejado resbaladizo, pero ahí estamos, con la determinación de quedarnos. La única forma de poder tener éxito es mediante la integridad y el comportamiento disciplinado de nuestros ciudadanos, los cuales escogen voluntariamente vivir en una sociedad rigurosamente disciplinada. Cada uno de nosotros debe ser fiel a Cristo y a nuestros convenios. En una época en que la cultura tiene cerca de cinco kilómetros de ancho y un par de milímetros de profundidad, yo pido algo más profundo. Deseo un pasado, un presente y un futuro inspirador, es decir, una tradición que dé profundidad, altura e infinidad de sentido a las personas; todo lo cual sólo puede proceder de nuestro entendimiento de la gloria de Dios y de nuestra determinación para disfrutar plenamente de las bendiciones que Él tiene para nosotros.

¿Recuerdan la semilla y el vaso de la historia del jardín de infantes? “Las raíces van hacia abajo y la planta hacia arriba, y nadie sabe realmente el porqué”. Quiero que nuestras raíces vayan hacia abajo y nuestras plantas hacia arriba, y cuanto más visibles sean los tallos, las ramas y los retoños, tanto más profundas tendrán que ser las raíces que los sostengan. No caigamos en tierra intelectual ni espiritualmente poco profunda. El Salvador enseñó parábolas poderosas acerca de semillas que necesitan ser plantadas profundamente y de casas que tenían que ser construidas sobre cimientos firmes.

Permítanme concluir con un relato sobre la tradición. Karl G. Maeser fue con seguridad uno de los hombres más refinados y educados que se unieron a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días durante los primeros cincuenta años de su existencia restaurada. Instruido en la gran tradición clásica y distinguido en Sajonia por su deseo de aprender, dio literalmente todo lo que tenía para entrar en las aguas del bautismo. Condenado al ostracismo por su comunidad y sin manera alguna de poder trabajar, llevó a su esposa y dos hijos a América, sirviendo misiones mientras iban de camino, para finalmente unirse a los Santos en los valles de las Montañas Rocosas. Allí dedicó el resto de su vida a los esfuerzos educativos de la Iglesia, entre los que se incluyen quince años de absoluta pobreza como el primer y más grande director de la por entonces nueva y poco reconocida Academia Brigham Young, en Provo, Utah.

En diciembre de 1900, dos meses antes de su muerte, el hermano Maeser fue llevado de regreso para ver una vez más el modesto campus con su único edificio en la University Avenue, el cual él había construido, amado y defendido. Le ayudaron a subir las escaleras y a ir a una de las aulas, donde los estudiantes se pusieron de pie de manera instintiva al él entrar. No se habló ni una palabra. Él los miró y luego se dirigió lentamente hacia la pizarra. Con su caligrafía clásica escribió allí cuatro frases para luego salir para siempre del edificio, cerrando así una de las vidas más distinguidas que la universidad haya conocido jamás.  Varios años después de la muerte del hermano Maeser, se realizó la propuesta de construir un edificio en su nombre, no en el centro sobre la University Avenue, sino en lo alto de la Colina del Templo, donde un día se iba a construir un predio universitario nuevo que tendría tres o quizás cuatro edificios. El coste sería de la astronómica cifra de 100.000 dólares, pero el edificio iba a ser un símbolo del pasado, una muestra de una tradición ambiciosa, un ancla para el futuro de la universidad.

A pesar de la difícil crisis financiera que oscurecía el futuro mismo de la universidad en aquella época, el profesorado y los alumnos decidieron que el edificio estuviera por lo menos parcialmente completado hacia 1912, para que la universidad pudiera entregar los diplomas a la primera clase que se graduaba tras un curso de cuatro años. Pero aunque se estaba elaborando el programa de la graduación, igualmente urgentes eran los planes que estaban en camino para vender el resto de la Colina del Templo, con el propósito de construir un nuevo barrio residencial en Provo. La universidad necesitaba el dinero para sobrevivir. Dieciocho miembros se graduaron en esa primera clase de cuatro años, pero aún si el cuerpo estudiantil triplicaba su número en los años posteriores, de seguro que habría más que sitio suficiente para acomodarlos en el espacio disponible en los edificios Maeser, Brimhall y Grant de nuestro campus actual. Sí, el resto del terreno de la colina tenía que ser vendido, motivo por el cual los servicios de la graduación iban a finalizar con una especie de subasta entre los líderes de la comunidad que iban a asistir.

Cuando esa mañana se presentó a Alfred Kelly como el orador de la graduación de los estudiantes, éste se levantó y permaneció en absoluto silencio por varios momentos. Algunas personas de entre el público pensaron que había perdido el habla. Comenzó sus palabras lentamente, explicando que había estado tan preocupado por su discurso que había escrito numerosas versiones del mismo, pero que las había descartado todas y cada una de ellas. Entonces, una mañana temprano, dijo, con un sentimiento de desesperación relacionado con su asignación inminente, caminó en dirección norte desde su apartamento en el centro de la ciudad, hacia donde estaba el parcialmente completado Edificio Maeser, al cual Horace Cummings describiría más tarde como un “castillo de aire” que descendiera sobre la tierra en la Colina del Templo. Quería recibir inspiración de esta esperanza de un nuevo campus, pero tan sólo sintió una profunda decepción. El cielo comenzaba a iluminarse con la luz de la mañana, mas la oscura silueta del Edificio Maeser parecía un símbolo de penumbra.

Entonces volvió la mirada para contemplar el valle a sus pies, el cual todavía estaba oscuro. La luz del sol naciente comenzaba a iluminar las colinas occidentales situadas detrás del Lago Utah con un fulgor de un dorado inusual. A medida que se aproximaba la mañana, la luz iba descendiendo gradualmente por las colinas, cruzó el valle y avanzó lentamente hacia donde se encontraba Kelly.

Dijo que cerró los ojos casi por completo mientras la luz se acercaba y quedó sobrecogido por lo que pudo ver. Se quedó absorto. Bajo la luz del sol que se aproximaba, todo lo que vio cobró la apariencia de personas, jóvenes de su edad que avanzaban hacia la Colina del Templo. Vio a cientos de ellos, a miles de jóvenes ante sus ojos. Dijo que sabía que eran estudiantes porque todos llevaban libros en las manos.

Entonces, la Colina del Templo fue bañada por la luz del sol, y todo el campus actual quedó iluminado no con un edificio parcialmente completado, no con casas ni con una subdivisión moderna, sino con lo que Kelly describió a esa clase de graduados como “templos de conocimiento”, cientos de enormes y hermosos edificios que cubrían la cima de aquella colina y que se extendían hasta la entrada del Cañón Rock.  Entonces los estudiantes entraron en esos templos del saber con libros en mano y al salir, Kelly dijo que en sus rostros había sonrisas de esperanza y de fe. Observó que parecían más animados y muy confiados. Sus pasos eran ligeros, pero firmes, mientras volvían a formar parte de la luz del sol que avanzaba hacia lo alto de la Montaña “Y”, e iban desapareciendo gradualmente de la vista.

Kelly se sentó ante lo que era un absoluto y profundo silencio. Nadie dijo una palabra. ¿Qué había de la subasta? Nadie se movió ni susurró. Entonces, el por largo tiempo benefactor de la Universidad Brigham Young, Jesse Knight, se puso de pie de un salto y gritó: “No venderemos ni una hectárea, ni una parcela”. Se volvió al rector George Brimhall y se comprometió a donar varios miles de dólares al futuro de la universidad. Al poco rato, otras personas se pusieron de pie y se sumaron a él, algunos ofreciendo solamente la dádiva de la viuda, pero todos creyendo en el sueño de un joven alumno de Provo, creyendo en el destino de una gran universidad, el cual apenas acababa de comenzar aquel día”. (B. F. Larsen, discurso dado al alumnado de la Universidad Brigham Young, 25 de mayo 1962).

Consideren ahora el campus que se extiende desde el recién renovado Edificio Maeser hasta la entrada misma del Cañón Rock, donde un especial templo del saber, edificado en terreno propiedad de la Universidad Brigham Young, vigila noche y día el valle de Utah. Piensen en los edificios, en las vidas y en la tradición.

Ah sí, supongo que se estarán preguntando acerca de esas cuatro frases que Karl G. Maeser escribió aquel día en la pizarra, las cuales son también parte de la tradición:

  1. [Amar a] Dios es el principio de toda sabiduría.
  2. Esta vida es una gran tarea escolar… sobre los principios de la mortalidad y de la vida eterna.
  3. El hombre sólo crece con sus metas más elevadas.
  4. Nunca permitan que nada impuro entre aquí.

¿Un violinista en el tejado? Es una tarea difícil, pero estamos juntos en ello, defendiendo esta herencia. Es mi deseo que descubramos en nuestra tradición del saber, del amor y de la pureza, quiénes somos en realidad y lo que Dios espera que hagamos.

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