El trayecto personal de un hijo de Dios

El trayecto personal de un hijo de Dios

Por el élder Neil L. Andersen
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
Conferencia General Abril 2021

Como hijos de Dios que guardan los convenios, amamos, honramos, nutrimos, protegemos y recibimos con alegría a esos espíritus que llegan del mundo preterrenal.

Cada uno de nosotros se ha visto afectado por la pandemia mundial cuando familiares y amigos han partido inesperadamente de la vida terrenal. Permítanme reconocer a tres personas a quienes extrañamos profundamente y que representan a todos a los que tanto amamos.

Ellos son, el hermano Philippe y la hermana Germaine Nsondi. El hermano Nsondi estaba sirviendo como patriarca de la Estaca Brazzaville, República del Congo, cuando falleció. Era médico y compartía generosamente sus talentos con los demás1.

Ella es la hermana Clara Elisa Ruano de Villareal, de Tulcán, Ecuador. Aceptó el Evangelio restaurado a los treinta y cuatro años y fue una líder querida. Su familia se despidió de ella cantando su himno favorito: “Yo sé que vive mi Señor”2.

Él es el hermano Ray Tuineau, de Utah, con su hermosa familia. Su esposa Juliet dijo: “Quiero que [mis hijos recuerden que su papá] siempre trató de poner a Dios en primer lugar”3.

El Señor ha dicho: “Viviréis juntos en amor, al grado de que lloraréis por los que mueran”4.

Aunque lloramos, también nos regocijamos en la gloriosa resurrección de nuestro Salvador. Gracias a Él, nuestros seres queridos y amigos continuarán su trayecto eterno. Tal y como lo explicó el presidente Joseph F. Smith: “No podemos olvidarlos; no cesamos de amarlos […]. Ellos han progresado; nosotros estamos progresando; estamos creciendo como ellos han crecido”5. El presidente Russell M. Nelson dijo: “Nuestras lágrimas de dolor se conv[ierten] en lágrimas de expectativa”6.

Sabemos acerca de la vida antes del nacimiento

Nuestra perspectiva eterna no solo aumenta nuestro entendimiento sobre quienes continúan su trayecto más allá de la vida terrenal, sino que también abre nuestro entendimiento sobre quienes están al inicio de su trayecto y comienzan ahora la vida terrenal.

Toda persona que viene a la tierra es un hijo o una hija de Dios únicos7. Nuestro trayecto personal no comenzó al nacer. Antes de nacer estábamos juntos en un mundo de preparación donde “recibi[mos] [nuestras] primeras lecciones en el mundo de los espíritus”8. Jehová dijo a Jeremías: “Antes que te formase en el vientre, te conocí; y antes que nacieses, te santifiqué”9.

Algunas personas podrían preguntarse si la vida comienza con la formación de un embrión, cuando el corazón comienza a latir o cuando un bebé es capaz de vivir fuera del útero, pero para nosotros no hay duda alguna de que las hijas y los hijos de Dios procreados como espíritus se encuentran en su trayecto personal viniendo a la tierra para recibir un cuerpo y para experimentar la vida terrenal.

Como hijos de Dios que guardan los convenios, amamos, honramos, cuidamos, protegemos y recibimos con alegría a esos espíritus que llegan del mundo preterrenal.

La asombrosa contribución de la mujer

Tener un hijo puede ser un gran sacrificio físico, emocional y económico para una mujer. Amamos y honramos a las asombrosas mujeres de esta Iglesia; con inteligencia y sabiduría llevan las cargas de su familia, aman, sirven, se sacrifican, fortalecen la fe, ministran a los necesitados y contribuyen a la sociedad en gran manera.

La sagrada responsabilidad de proteger la vida

Hace años, el presidente Gordon B. Hinckley sintiendo una profunda preocupación por el número de abortos en el mundo se dirigió a las mujeres de la Iglesia con palabras que son relevantes para nosotros en la actualidad. Él dijo: “Ustedes, que son esposas y madres, son el fundamento de la familia. Ustedes dan a luz a los hijos. Qué responsabilidad tan enorme y sagrada […]. ¿Qué le está sucediendo a nuestro aprecio por la santidad de la vida humana? El aborto es una maldad cruda, real y repugnante que está arrasando la tierra. Ruego a las mujeres de esta Iglesia que lo rechacen, que lo resistan y que se mantengan alejadas de aquellas situaciones comprometedoras que lo hacen parecer deseable. Quizás existan algunas circunstancias bajo las cuales pueda ocurrir, pero son sumamente limitadas10 […]. Ustedes son las madres de los hijos y de las hijas de Dios, cuyas vidas son sagradas. El protegerlas es una responsabilidad divina que no se puede descartar a la ligera”11.

El élder Marcus B. Nash compartió conmigo la historia de una mujer de ochenta y cuatro años quien, durante su entrevista bautismal, “reconoció haberse practicado un aborto [hacía muchos años]”. Conmovida y sincera, dijo: “He llevado la carga de haber abortado un hijo cada día de mi vida durante cuarenta y seis años […]. Nada de lo que hacía me quitaba el dolor y la culpa. No tenía esperanzas hasta que se me enseñó el verdadero evangelio de Jesucristo. Aprendí cómo arrepentirme […] y, de repente, me colmé de esperanza. Al fin había llegado a saber que se me podía perdonar si en verdad me arrepentía de mis pecados”12.

Cuán agradecidos estamos por los dones divinos del arrepentimiento y del perdón.

¿Qué podemos hacer nosotros?

¿Cuál es nuestra responsabilidad como discípulos pacíficos de Jesucristo? Vivamos los mandamientos de Dios, enseñemos acerca de ellos a nuestros hijos y compartámoslos con otras personas que estén dispuestas a escuchar13. Compartamos nuestros sentimientos profundos sobre la santidad de la vida con quienes toman decisiones en la sociedad. Quizás no valoren plenamente lo que creemos, sin embargo, oramos para que comprendan más plenamente por qué, para nosotros, estas decisiones van más allá de lo que una persona quiera para su propia vida.

Si hay un embarazo imprevisto, tendamos una mano para ofrecer amor, aliento y, cuando sea necesario, ayuda financiera, fortaleciendo a una madre al permitirle que su hijo nazca y continúe su trayecto en la vida terrenal14.

La belleza de la adopción

En nuestra familia, hemos sido infinitamente bendecidos, ya que hace dos décadas, una joven de dieciséis años se enteró de que estaba embarazada. Ella y el padre del bebé no estaban casados y no podían ver la manera de seguir juntos como pareja. La joven creía que la vida que llevaba era preciada. Dio a luz a una niña y permitió que una familia justa la adoptara y la convirtiera en su hija. Para Bryce y Jolinne, la niña fue una respuesta a sus oraciones; la llamaron Emily y le enseñaron a confiar en su Padre Celestial y en Su Hijo Jesucristo.

Emily creció y estamos muy agradecidos de que ella y nuestro nieto, Christian, se enamoraran y se casaran en la Casa del Señor. Emily y Christian ahora tienen a su propia pequeñita.

Emily escribió recientemente: “Durante estos últimos nueve meses de embarazo, tuve tiempo de reflexionar sobre los acontecimientos [de] mi propio nacimiento. Pensé en mi madre biológica, quien solo tenía dieciséis años. Al sufrir los dolores y los cambios que causa el embarazo, no pude evitar imaginar lo difícil que este habrá sido a la temprana edad de dieciséis años […]. Lloro cuando pienso en mi madre biológica, quien sabía que no podía darme la vida [que deseaba para mí y, desinteresadamente, me dio] en adopción. No puedo llegar a comprender lo que pudo vivir durante esos nueve meses, al ser observada con miradas que la juzgaban conforme su cuerpo cambiaba, las experiencias de adolescente que se perdió, sabiendo que al final de esa labor de amor materno, pondría a su hija en los brazos de otra persona. Estoy muy agradecida por su abnegada elección, porque no decidió usar su albedrío de una manera que me quitara el mío”. Emily concluye: “Estoy tan agradecida por el plan divino del Padre Celestial, por mis increíbles padres que [me amaron y cuidaron] y por los templos donde podemos ser sellados a nuestra familia por la eternidad”15.

El Salvador “tomó a un niño y lo puso en medio de ellos; y tomándole en sus brazos, les dijo: El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe”16.

Cuando los deseos justos aún no se cumplen

Expreso mi amor y compasión por las parejas justas que se casan y que no pueden tener los hijos que tan anhelosamente esperan, y por aquellas mujeres y hombres que no han tenido la oportunidad de casarse de acuerdo con la ley de Dios. Resulta difícil entender los sueños que no se cumplen en la vida si se ven solamente desde la perspectiva de la vida terrenal. Como siervo del Señor, les prometo que conforme sean fieles a Jesucristo y a sus convenios, recibirán bendiciones compensatorias en esta vida y sus deseos justos se cumplirán en el tiempo eterno del Señor17. Puede haber felicidad en el trayecto de la vida terrenal aun cuando no se cumplan todas nuestras esperanzas justas18.

Después de nacer, los niños siguen necesitando nuestra ayuda; algunos la necesitan desesperadamente. Cada año, mediante el cuidado de los obispos y la generosa contribución de las ofrendas de ayuno y los fondos humanitarios de ustedes, se bendice la vida de millones y millones de niños. La Primera Presidencia anunció recientemente otra donación de veinte millones de dólares para ayudar a UNICEF en su labor mundial de administrar dos mil millones de vacunas19. Dios ama a los niños.

La sagrada decisión de tener un hijo

Es preocupante que incluso en algunos de los países más prósperos del mundo, nazcan menos niños20. “[E]l mandamiento de Dios para Sus hijos de multiplicarse y henchir la tierra permanece en vigor”21. Cuándo tener un hijo o cuántos hijos tener son decisiones privadas entre el esposo, la esposa y el Señor. Con fe y oración, estas decisiones sagradas pueden ser experiencias hermosas y reveladoras22.

Comparto la historia de la familia Laing, del sur de California. La hermana Rebecca Laing escribe:

“En el verano de 2011, la vida de nuestra familia era aparentemente perfecta. Estábamos felizmente casados con cuatro hijos, de nueve, siete, cinco y tres años […].

“Mis embarazos y partos [habían sido] de alto riesgo […] [y] nos sentimos [muy] bendecidos de tener cuatro hijos, [creyendo] que nuestra familia estaba completa. En octubre, mientras escuchaba la conferencia general, sentí una sensación inconfundible de que íbamos a tener otro bebé. Mientras LeGrand y yo meditábamos y orábamos […], supimos que Dios tenía un plan diferente para nosotros del que teníamos para nosotros mismos.

“Después de otro embarazo y parto difíciles, fuimos bendecidos con una hermosa niña, a quien llamamos Brielle. Ella fue un milagro. Momentos después de su nacimiento, mientras todavía estaba en [la sala de partos], escuché la voz inconfundible del Espíritu: ‘Hay uno más’.

“Tres años más tarde, otro milagro: Mia. Brielle y Mia son una alegría enorme para nuestra familia”. Y concluye así: “Estar dispuestos a escuchar la dirección del Señor y seguir Su plan siempre brindará una felicidad mayor que […] confiar en nuestro propio entendimiento”23.

El Salvador ama a cada preciado niño.

“… [Y] tomó a sus niños pequeños, uno por uno, y los bendijo […].

“Y […] dirigieron la mirada al cielo […], y vieron ángeles que descendían del cielo […] en medio de fuego; y [los ángeles] bajaron y cercaron a aquellos pequeñitos […], y los ángeles les ministraron”24.

Testifico que su propio trayecto personal como hijos de Dios no comenzó con el primer soplo de aire de esta tierra que entró a sus pulmones y no terminará cuando tomen el último aliento en la vida terrenal.

Ruego que recordemos siempre que cada hijo de Dios procreado como espíritu viene a la tierra en su propio trayecto personal25. Ruego que los recibamos con alegría, los protejamos y siempre los amemos. Al recibir a estos preciados niños en el nombre del Salvador y ayudarlos en su trayecto eterno, les prometo que el Señor los bendecirá y derramará Su amor y aprobación sobre ustedes. En el nombre de Jesucristo. Amén.


  1. Correspondencia personal.
  2. Correspondencia personal. Véase “Yo sé que vive mi Señor”, Himnos, nro. 73.
  3. Correspondencia personal.
  4. Doctrina y Convenios 42:45.
  5. Joseph F. Smith, en Conference Report, abril de 1916, pág. 3.
  6. En Trent Toone, “‘A Fulness of Joy’: President Nelson Shares Message of Eternal Life at His Daughter’s Funeral”, Church News, 19 de enero de 2019, thechurchnews.com.
  7. Véase “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, LaIglesiadeJesucristo.org.
  8. Doctrina y Convenios 138:56.
  9. Jeremías 1:5. En el Nuevo Testamento leemos que Juan el Bautista, que aún no había nacido, saltó en el vientre de Elisabet cuando ella se encontró con María, quien estaba embarazada de Jesús (véase Lucas 1:41).
  10. La posición oficial de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días:

“La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días cree en la santidad de la vida humana. Por lo tanto, la Iglesia se opone al aborto electivo por motivos de conveniencia personal o social, y aconseja a sus miembros que no se sometan a un aborto, ni que lo lleven a cabo, ni que paguen ni hagan arreglos para que se realicen tales abortos.
“La Iglesia concede posibles excepciones a sus miembros cuando:
“El embarazo es resultado de una violación o un incesto o
“Un médico competente determina que la vida o la salud de la madre está en serio peligro o
“Un médico competente determina que el feto tiene defectos graves que no permitirán al bebé sobrevivir después del nacimiento.
“La Iglesia enseña a sus miembros que incluso estas raras excepciones no justifican el aborto en forma automática. El aborto es un asunto sumamente serio y debe considerarse solamente después de que las personas afectadas hayan consultado con sus líderes eclesiásticos locales y sientan mediante la oración personal que su decisión es correcta.
“La Iglesia no se ha mostrado a favor ni en contra de las propuestas legislativas ni de las manifestaciones públicas en cuanto al aborto” (“Aborto”, Sala de prensa, noticias.laiglesiadejesucristo.org/artículo/aborto; véase también Manual General: Servir en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 38.6.1, LaIglesiadeJesucristo.org).

  1. Gordon B. Hinckley, “Caminando a la luz del Señor”, Liahona, enero de 1999, pág. 117.

El presidente Gordon B. Hinckley dijo:
“El aborto es una práctica horrenda, envilecedora y que inevitablemente provoca remordimiento, pesar y lamentación.
Aun cuando lo condenamos, pensamos que debe permitirse en ciertas circunstancias, como cuando el embarazo ha sido provocado por incesto o violación, cuando la vida o la salud de la madre corren serio peligro según la opinión de autoridades médicas competentes, o cuando estas autoridades médicas saben que el feto padece de graves defectos que no permitirán a la criatura sobrevivir más allá del nacimiento.
Pero esos casos son poco comunes y hay muy pocas probabilidades de que se presenten. En esas circunstancias, a los que se ven enfrentados al problema se les pide que consulten a sus líderes eclesiásticos locales y que oren con gran fervor, que reciban una confirmación por medio de la oración antes de proceder” (“¿Qué pregunta la gente acerca de nosotros?”, Liahona, enero de 1999, pág. 83–84).

  1. Véase Neil L. Andersen, El don divino del perdón, 2019, capítulo 2.

En una ocasión, en Francia, durante una entrevista bautismal, una mujer me contó que había abortado muchos años antes. Me sentí agradecido por su bondad. Ella se bautizó. Un año más tarde, recibí una llamada telefónica. Aquella maravillosa mujer, a un año de su bautismo, recibió instrucción del Espíritu Santo. Sollozando me llamó: “¿Recuerda [que] le hablé sobre un aborto que me realicé hace muchos años? Me sentía mal por lo que había hecho. No obstante, este último año me ha cambiado […]. Mi corazón se ha vuelto al Salvador […]. Estoy muy apesadumbrada por la gravedad de mi pecado, por el cual no puedo efectuar ninguna restitución”.
Sentí el inmenso amor del Señor por aquella mujer. El presidente Boyd K. Packer dijo: “Restaurar lo que no se puede restaurar, curar las heridas incurables, reparar lo que se ha quebrado y no tiene arreglo, es el propósito principal de la expiación de Cristo. Cuando el deseo que nos guía es firme y estamos dispuestos a pagar hasta ‘el último cuadrante’ [véase Mateo 5:25–26], la ley de restitución queda sin efecto; nuestra deuda se transfiere al Señor. Él se hará cargo de nuestras deudas” (“La brillante mañana del perdón”, Liahona, enero de 1996, pág. 21). Le reafirmé el amor que el Salvador le tenía […]. El Señor no solo suprimió su pecado; también fortaleció y refinó su espíritu (véase Neil L. Andersen, El don divino del perdón, capítulo 2).

  1. Véase Dallin H. Oaks, “Proteger a los niños”, Liahona, noviembre de 2012, págs. 43–46
  2. La protección de la vida de una hija o de un hijo de Dios también es responsabilidad del padre. Todo padre tiene la responsabilidad emocional, espiritual y financiera de recibir con alegría, amar y cuidar al hijo que viene a la tierra.
  3. Correspondencia personal.
  4. Marcos 9:36–37.
  5. Véase Neil L. Andersen, “A Compensatory Spiritual Power for the Righteous”, devocional de la Universidad Brigham Young, 18 de agosto de 2015, speeches.byu.edu.
  6. Véase Dallin H. Oaks, “El gran plan de salvación”, Liahona, enero de 1994, pág. 84; véase también Russell M. Nelson, “Elecciones”, Liahona, enero de 1991, pág. 83.
  7. Véase “Bishop Caussé Thanks UNICEF and Church Members for COVID-19 Relief”, Newsroom, 5 de marzo de 2021, newsroom.ChurchofJesusChrist.org.
  8. Por ejemplo, si los Estados Unidos hubieran mantenido su tasa de fertilidad de 2008, tan solo hace trece años, habría 5,8 millones más niños vivos en la actualidad (véase Lyman Stone, “5.8 Million Fewer Babies: America’s Lost Decade in Fertility”, Institute for Family Studies, 3 de febrero de 2021, ifstudies.org/blog).
  9. La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, LaIglesiadeJesucristo.org. En las Escrituras se declara que “herencia de Jehová son los hijos” (Salmo 127:3). Véase Russell M. Nelson, “Qué firmes nuestros cimientos”, Liahona, julio de 2002, págs. 84–86; véase también Dallin H. Oaks, “La verdad y el plan”, Liahona, noviembre de 2018, pág. 25.
  10. Véase Neil L. Andersen, “Los hijos”, Liahona, noviembre de 2011, pág. 28.
  11. Correspondencia personal, 10 de marzo de 2021.
  12. 3 Nefi 17:21, 24.
  13. “En realidad, todos somos viajeros y exploradores en la vida mortal. No tenemos la ventaja de una experiencia personal previa; debemos cruzar profundos precipicios y aguas turbulentas en nuestro periplo aquí en la tierra” (Thomas S. Monson, “El Constructor de puentes”, Liahona, noviembre de 2003, pág. 67).
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