La gloriosa luz de la verdad

La gloriosa luz de la verdad

Por el élder Alan R. Walker
De los Setenta
Conferencia General Abril 2021

Testifico que hoy la gloriosa luz de la verdad brilla refulgente en toda la tierra.

El hermoso himno Santo de los Últimos Días “La luz de la verdad” capta de forma inequívoca el entusiasmo y el fervor de que la plenitud del Evangelio vaya a todo el mundo. En ese himno, cantamos:

Oíd, naciones; regocijad.
La voz del cielo ya escuchad.
En esta tierra se restauró
la luz de la verdad1.

Louis F. Mönch, el autor de este jubiloso texto, era un converso alemán que escribió la inspirada letra del himno mientras vivía en Suiza, durante su servicio como misionero de tiempo completo en Europa2. El gozo que emana de ver el impacto global de la Restauración se expresa claramente en las siguientes palabras del himno:

Vivíamos en oscuridad,
antes de ver el amanecer.
El alba vino; regocijad.
La luz se deja ver3.

Gracias al comienzo de la Restauración continua hace poco más de 200 años, “la gloriosa luz de la verdad”4 ahora brilla refulgente en toda la tierra. El profeta José aprendió en 1820, y millones de personas lo han aprendido desde entonces, que Dios “da a todos abundantemente y sin reproche”5.

Poco después de la organización de la Iglesia en esta última dispensación, el Señor habló a José Smith y manifestó Su abundante amor por nosotros cuando dijo:

“Por tanto, yo, el Señor, sabiendo las calamidades que sobrevendrían a los habitantes de la tierra, llamé a mi siervo José Smith, hijo, y le hablé desde los cielos y le di mandamientos […];

“para que se establezca mi convenio sempiterno;

“para que la plenitud de mi evangelio sea proclamada por los débiles y sencillos hasta los cabos de la tierra”6.

Poco después de que se hubo recibido esa revelación, se empezó a llamar misioneros y se los envió a muchas naciones del mundo. Tal como predijo el profeta Nefi, el mensaje del Evangelio restaurado comenzó a predicarse “entre todas las naciones, tribus, lenguas y pueblos”7.

“La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se organizó formalmente en 1830 en una pequeña cabaña de troncos en la parte norte del estado de Nueva York.

“Tomó 117 años —hasta 1947— para que la Iglesia pasara de los primeros seis miembros hasta alcanzar el millón. Los misioneros fueron un rasgo característico de la Iglesia desde sus primeros días; se extendieron a las tierras de los amerindios, a Canadá y, en 1837, más allá de la región de América del Norte hasta llegar a Inglaterra. No mucho después, los misioneros estaban trabajando en el continente europeo y tan lejos como en la India y las Islas del Pacífico.

“La marca de los dos millones de miembros se logró solamente 16 años después, en 1963, y la marca de los tres millones en 8 años más”8.

El presidente Russell M. Nelson recientemente dijo, destacando el rápido crecimiento de la Iglesia: “Hoy en día, la obra del Señor en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días avanza a paso acelerado. La Iglesia tendrá un futuro sin precedentes e incomparable”9.

La restauración de la plenitud del evangelio de Jesucristo, la organización de la Iglesia viviente del Señor una vez más sobre la tierra y su extraordinario crecimiento desde entonces han hecho que las ordenanzas del sacerdocio estén disponibles en toda la tierra. Las ordenanzas y los convenios sagrados que nos ligan a Dios y nos colocan en la senda de los convenios claramente manifiestan “el poder de la divinidad”10. Al participar en esas sagradas ordenanzas por los vivos y por los muertos, recogemos a Israel en ambos lados del velo y preparamos la tierra para la segunda venida del Salvador.

En abril de 1973, mis padres y yo viajamos desde nuestro país natal, Argentina, para ser sellados en el templo. Ya que por entonces no había templos en ninguna parte de Latinoamérica, recorrimos en avión más de 9600 kilómetros (6000 millas) de ida y otro tanto de vuelta para sellarnos en el Templo de Salt Lake. Aunque en esa época tenía apenas dos años y no recuerdo la totalidad de aquella experiencia especial, hay tres imágenes muy claras del viaje que se me grabaron en la mente y que me han acompañado desde entonces.

Primero, recuerdo que me ubicaron cerca de la ventanilla del avión y que veía las nubes blancas debajo de nosotros.

El recuerdo de aquellas hermosas y radiantes nubes que parecían gigantescas bolas de algodón permanece en mi mente.

Otra imagen que me ha quedado en la mente es la de unos personajes de curiosa apariencia de un parque de diversiones del área de Los Ángeles; esos personajes son difíciles de olvidar.

Sin embargo, mucho más importante es esta imagen radiante e inolvidable:

Recuerdo claramente haber estado en una sagrada sala del Templo de Salt Lake, donde se efectúa el sellamiento de los matrimonios y familias por el tiempo y por toda la eternidad. Recuerdo el hermoso altar del templo y la intensa luz del sol que resplandecía a través de la ventana de la sala. En ese momento sentí —y he sentido desde entonces— la calidez, la seguridad y el solaz de la gloriosa luz de la verdad.

Veinte años más tarde se me reafirmó un sentimiento similar en el corazón al entrar en el templo para sellarme de nuevo; esta vez, cuando mi novia y yo fuimos sellados por el tiempo y por toda la eternidad. Sin embargo, en esa ocasión, no tuvimos que viajar miles de kilómetros porque el Templo de Buenos Aires, Argentina, ya se había construido y dedicado, y se encontraba a una corta distancia en auto de nuestra casa.

Veintidós años después de nuestra boda y sellamiento, tuvimos la bendición de regresar al mismo templo, pero esta vez con nuestra hermosa hija, y fuimos sellados como familia por el tiempo y por toda la eternidad.

Al reflexionar sobre esos momentos tan sagrados de mi vida, me ha invadido un gozo profundo y duradero. He sentido y sigo sintiendo el amor de un Padre Celestial compasivo, que conoce nuestras necesidades individuales y nuestros deseos del corazón.

Al hablar del recogimiento de Israel en los últimos días, Jehová el Señor dijo: “Pondré mi ley en su mente y la escribiré en sus corazones; y yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo”11. Me siento eternamente agradecido de que, desde una tierna edad, la ley del Señor haya empezado a escribirse profundamente en mi corazón mediante sagradas ordenanzas en Su santa casa. Cuán fundamental es saber que Él es nuestro Dios, que nosotros somos Su pueblo y que, sean cuales fueren las circunstancias que nos rodeen, si somos fieles y obedecemos los convenios que hemos concertado, podemos estar “para siempre envuelto[s] entre los brazos de su amor”12.

Durante la sesión de mujeres de la Conferencia General de octubre de 2019, el presidente Nelson dijo: “Todos nuestros esfuerzos para ministrarnos unos a otros, proclamar el Evangelio, perfeccionar a los santos y redimir a los muertos convergen en el santo templo”13.

Además, durante la misma conferencia general, el presidente Nelson enseñó: “Claro está que la joya suprema de la Restauración es el santo templo. Sus ordenanzas y convenios sagrados son cruciales para preparar a un pueblo que esté listo para recibir al Salvador en Su segunda venida”14.

La Restauración continua ha estado caracterizada por la edificación y dedicación de templos a un ritmo creciente. Al efectuar el recogimiento a ambos lados del velo, al realizar sacrificios para prestar servicio y al hacer que el templo sea crucial en nuestra vida, el Señor ciertamente nos está edificando; está edificando a Su pueblo del convenio.

La gloriosa luz de la verdad
brillará por la eternidad.
Alumbra, cual los rayos del sol,
todo el mundo hoy15.

Testifico que hoy la gloriosa luz de la verdad brilla refulgente en toda la tierra. La “obra maravillosa y [el] prodigio” que predijo el profeta Isaías16 y que Nefi vio17 están teniendo lugar a un ritmo acelerado, aun en estos tiempos difíciles. Como José Smith declarara proféticamente: “El estandarte de la verdad se ha izado; ninguna mano impía puede detener el progreso de la obra […] hasta que se cumplan los propósitos de Dios y el gran Jehová diga que la obra está concluida”18.

Hermanos y hermanas, ruego que hoy estemos dispuestos y decidamos consagrarnos nosotros y nuestras familias a escuchar la voz del cielo; sí, la voz de nuestro Salvador. Ruego que hagamos y guardemos convenios con Dios, lo cual nos establecerá firmemente en la senda que conduce de regreso a Su presencia, y que nos regocijemos en las bendiciones de la gloriosa luz de la verdad de Su evangelio. En el nombre de Jesucristo. Amén.


  1. “La luz de la verdad”, Himnos, nro. 171;
  2. Véase Karen Lynn Davidson, Our Latter-day Hymns: The Stories and the Messages, 1988, págs. 268–269, 413.
  3. “La luz de la verdad”, Himnos, nro. 171;
  4. “La luz de la verdad”, Himnos, nro. 171;
  5. Santiago 1:5.
  6. Doctrina y Convenios 1:17, 22–23.
  7. 2 Nefi 30:8.
  8. Crecimiento de la Iglesia”, Sala de Prensa, noticias.LaIglesiadeJesucristo.org
  9. Russell M. Nelson, “El futuro de la Iglesia: Preparar al mundo para la segunda venida del Salvador”, Liahona, abril de 2020, pág. 7.
  10. Doctrina y Convenios 84:20.
  11. Jeremías 31:33
  12. 2 Nefi 1:15.
  13. Russell M. Nelson, “Tesoros espirituales”, Liahona, noviembre de 2019, pág. 79.
  14. Russell M. Nelson, “Palabras de clausura”, Liahona, noviembre de 2019, pág. 120.
  15. “La luz de la verdad”, Himnos, nro. 171;
  16. Isaías 29:14.
  17. Véase 2 Nefi 25:17.
  18. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, págs. 149-150.
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