Las revelaciones del Señor

Las revelaciones del Señor

Spencer W. Kimball
por el presidente Spencer W. Kimball

Discurso pronunciado en la Conferencia General de Área en Múnich, Alemania,
que se realizó entre el 24 y el 26 de agosto de 1973

“De este modo, tenemos la solemne obligación… de servir a Dios mediante su gran Profeta y director.”

Mis amados hermanos y amigos de muchas naciones: de entre todos los grupos de diferentes idiomas que aquí se encuentran, tal vez el más pequeño sea el de España, donde tenemos nuestra misión más nueva. Quisiera dirigir un breve mensaje a los miembros españoles:

(Mensaje a los miembros de España)

Mis queridos hermanos, acabamos de entonar el himno “¡Despertad!”, y es mi sincero deseo que esta conferencia de área nos sirva de estímulo y despierte en todos nosotros una clara conciencia de nuestras más grandes oportunidades y responsabilidades.

Felicitamos a los jóvenes que tan magníficamente cantaron y bailaron el pasado viernes. Extendemos nuestro profundo agradecimiento a todos los que nos han obsequiado con la hermosa música.

Cuando en 1955 visitamos las diez misiones de Europa, os aconsejamos que permanecieseis en vuestros países y que edificaseis en ellos el reino, y os prometimos que recibiríais prácticamente todas las bendiciones del Señor. Desde entonces he observado con gran interés el desarrollo de la Iglesia aquí en Europa. Donde teníamos sólo diez misiones, ahora tenemos veinticuatro. En aquel tiempo no teníamos ninguna estaca y ahora tenemos veintiuna. Tenemos además dos templos dedicados y hermanos locales como Representantes Regionales y presidentes de estaca y misión. Inmenso ha sido nuestro placer al presenciar este crecimiento; y ahora, nos encontramos ya en una conferencia de área.

El hombre ha de procurar encontrar la luz

La escritura dice: “Porque no hará nada Jehová el Señor, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas” (Amos 3:7).

Esta enunciación del profeta Amos ha llegado hasta nosotros desde la antigüedad. “Dios es el mismo ayer, hoy y para siempre” (Mormón 9:9). Si los profetas y otras personas no hacen nada por acercarse al Señor y comunicarse con Él, Él no toma la iniciativa por ellos; habiéndoles dado su libre albedrío, el Padre Celestial persuade y dirige a sus hijos, más espera que ellos traten de acercársele, que oren y que lo invoquen sinceramente. Pero si no le prestan ninguna atención, quedan andando a tientas en la obscuridad nocturna cuando bien podrían tener la luz del mediodía.

Desde el principio, la gente del mundo ha vivido alternativamente en la luz y en las tinieblas; en estas últimas la mayor parte del tiempo, con períodos de luz relativamente breves.

El Señor espera anhelante ver despertar en sus hijos los primeros deseos y esfuerzos por apartar la obscuridad; habiéndole concedido al hombre su libertad de elección, debe dejarlo recorrer su camino buscando a tientas hasta llegar a la luz. Más cuando éste empieza a tener hambre por la palabra del Señor, cuando principia a elevar los brazos, cuando comienza a ponerse de rodillas y llega a invocarlo, sólo entonces nuestro Señor descubre los horizontes y descorre el velo, permitiendo a los hombres salir de su incertidumbre y encontrar la seguridad en la luz celestial.

Las antiguas dispensaciones

Así ocurrió cuando el noble Abraham rompió las ataduras de la esclavitud idólatra para dar paso a la clara luz de los cielos y dejar la tierra iluminada durante generaciones.

Por otra parte, después de cuatro siglos de esclavitud en Egipto y la consiguiente apostasía de los hijos de Israel, la luz desapareció; la obscuridad espiritual cubrió entonces la tierra y densas tinieblas cayeron sobre la gente.

Moisés, fiel hijo de Dios, encontró la vida solitaria en los desiertos, y compañía entre las bestias; andando en busca de agua y pasto para sus ovejas, encontró la luz en una zarza ardiendo. Subió por el escarpado Sinaí en medio de truenos y relámpagos, y rompió el silencio abriendo los cielos; y Dios nuevamente reveló sus secretos a sus siervos los profetas.

Más las puertas que no se usan se comban, los goznes se herrumbran, y el polvo y las malezas cubren las aberturas. Cuando los hombres ignoran, contravienen y pierden este contacto con su Señor, surge entre ellos la confusión espiritual.

A través de aquellas épocas, la comunicación con el Señor fue esporádica; las voces de los solitarios profetas clamaron en vano durante siglos, sin ser escuchadas. Sin embargo, un día comenzó a resplandecer una nueva estrella y la luz total iluminó al mundo; se inclinaron reverentes las estrellas, la luna y el sol, y la luz celestial llegó hasta los rincones más obscuros. El Hijo de Dios, Jesucristo, descorrió las cortinas y el cielo y la tierra estuvieron nuevamente en comunión. No obstante, cuando la luz de ese siglo se extinguió, la obscuridad se volvió impenetrable, los cielos fueron sellados y sobrevino el período del obscurantismo. La densidad de esta tiniebla espiritual no era diferente de la obscuridad material de la historia nefita cuando “no hubo luz a causa de la densa obscuridad, ni velas, ni antorchas; ni podía encenderse el fuego con su leña menuda y bien seca, de modo que no hubo luz” (3 Nefi 8:21).

El velo de estas tinieblas era impenetrable y pasaron siglos en que apenas la lucecilla incierta e indistinta de una vela se infiltró en su tenebrosa negrura.

La restauración

Más llegó la alborada de un nuevo día y otra alma llena de vehemente anhelo oró pidiendo guía divina; buscó un apartado y solitario lugar donde dobló las rodillas, humilló el corazón y elevó su súplica, y una luz, más brillante que la luz del sol del mediodía, iluminó el mundo. . . La cortina no volverá jamás a cerrarse y esta luz no volverá nunca a extinguirse. Un joven, con su fe incomparable rompió el velo de obscuridad y restableció la comunicación. El cielo besó la tierra, la luz disipó las tinieblas y Dios nuevamente habló al hombre, revelando “sus secretos a sus siervos.” La tierra tenía un nuevo profeta, José Smith, y mediante él Dios estableció su reino para que nunca fuera destruido ni dejado a otra gente, un reino que permanecerá para siempre.

El carácter sempiterno de este reino y las revelaciones que lo establecieron, son verdades absolutas. ¡La luz nunca volverá a desvanecerse, ni jamás volverán a ser todos los hombres totalmente indignos de comunicarse con su Hacedor! Nunca más volverá Dios a ocultarse de sus hijos que están en la tierra. La revelación permanecerá. Los profetas se sucederán en forma ininterrumpida y los secretos del Señor les serán revelados sin medida.

La aceptación de los profetas vivientes

Muchos sectarios modernos creen en Abraham, Moisés y Pablo; pero se niegan a creer en los profetas actuales, sus propios contemporáneos. Más los antiguos también cayeron en este error, pues podían aceptar a los profetas de los tiempos pasados, crucificando a los que estaban entre ellos.

Aun en la Iglesia hay muchos que se inclinan por adornar los sepulcros de los profetas de ayer y apedrear mentalmente a los vivientes.

El presidente Wilford Woodruff declaró: “José Smith decía ‘así dice el Señor’ casi todos los días de su vida al establecer el fundamento de esta obra. Aunque otros no hayan considerado necesario decir siempre ‘así dice el Señor’, igual han guiado a la gente mediante el poder del Espíritu Santo. . . Él nos está dando revelaciones constantemente y así continuará hasta que todo haya terminado.”

Y hablando de algunas de sus propias revelaciones, agregó: “Yo he recibido algunas revelaciones últimamente, muy importantes para mí. . . Desde que recibí esa revelación. . .

“El Señor me mostró por visión y revelación. . .

“Él nos ha dicho exactamente qué hacer. . . el Dios del cielo me mandó hacer lo que hice. . . Me presenté ante el Señor, y escribí lo que el Señor me dijo que escribiese” (Deseret News 24:4, del 7 de noviembre de 1891).

La revelación se recibe en forma silenciosa y apacible

Muchas personas de nuestros días esperan que las revelaciones sean espectaculares como la del monte Sinaí, que fue acompañada por truenos y relámpagos; en esto no difieren de Naamán, el general del ejército del rey de Siria, que buscaba cura para su lepra y se quedó pasmado cuando el profeta Elíseo ignoró sus cartas de recomendación, su riqueza, su posición, su prestigio, su impresionante séquito de criados y sus carros, enviándole un sencillo mensaje: “Ve y lávate siete veces en el Jordán” (2 Reyes 5:10). El ostentoso oficial extranjero se enojó, quejándose agriamente: “He aquí yo decía para mí: Saldrá él luego, y estando en pie invocará el nombre de Jehová su Dios, y alzará su mano y tocará el lugar, y sanará la lepra” (2 Reyes 5:11). No hubo ninguna escena dramática, ni demostración espectacular, ni manifestación pomposa y Naamán perdió su confianza. No creyó. No estaba dispuesto a aceptar las manifestaciones divinas de acuerdo al dictamen de Dios.

Del mismo modo en nuestra época, muchas personas suponen que si hubiese revelación se recibiría en forma de una imponente manifestación. Les es difícil aceptar como tales, las numerosas revelaciones que los profetas reciben en forma de profundas e irresistibles impresiones que se derraman en su comprensión y su corazón como rocío del cielo, o como la claridad del alba que disipa las tinieblas de la noche.

Las revelaciones que se manifestaron en la zarza ardiente, el monte humeante, el lienzo lleno de bestias (Hechos 10:11-12), el cerro Cumorah y Kirtland, eran reales, pero fueron excepciones. El gran volumen de revelación que recibieron Moisés y José y recibe el Profeta actual, apareció de una manera menos ostentosa, en profundas impresiones, sin acontecimientos espectaculares.

Esperando siempre lo espectacular, muchos perderán el constante fluir de la comunicación revelada.

En las reuniones (de las Autoridades de la Iglesia) de los jueves en el Templo, después de sagrada oración y ayuno, se toman importantes decisiones: se crean nuevas misiones y estacas, se introducen nuevas reglas y sistemas, se aprueba un nuevo templo, se llaman nuevos oficiales a ocupar vitales cargos directivos. Los informes de estas decisiones podrán parecer sin importancia, y posiblemente lleguen a considerarse meros cálculos humanos; pero para aquellos que toman parte en la reunión y escuchan las oraciones solemnes y el testimonio del Profeta de Dios, para quienes observan la clarividencia de sus deliberaciones y la sagacidad de sus decisiones y pronunciamientos, él es verdaderamente un Profeta. Oírlo, cuando se refiere a importantes cambios con expresiones tan solemnes como “el Señor está complacido”, “nuestro Padre Celestial ha dicho”, es saberlo positivamente.

La revelación continúa

Desde el Profeta de la restauración, José Smith, hasta nuestro Profeta actual, la línea de comunicación ha permanecido intacta, la autoridad ha sido continua; la luz, brillante y penetrante, continúa iluminando. La voz del Señor es un continuo y grato son, una dulce y apacible melodía, y una estruendosa exhortación que ha permanecido durante casi un siglo y medio sin interrupción ni impedimento.

Cuando se realizan cambios a través del Profeta, se experimenta seguridad y sosiego, y la paz del cielo se derrama sobre los corazones de los fieles infundiéndoles confianza. Grandes y buenos hombres se elevan a nuevas alturas bajo el manto de la más escogida autoridad, y cuando las llaves del cielo están en sus manos, de sus labios proviene la palabra autorizada.

El hombre nunca está solo a menos que sus deseos se traduzcan en egoísmo e independencia. Toda persona justa puede tener inspiración en su propio y limitado reino. El Señor ciertamente llama profetas hoy en día y les revela sus secretos; lo hizo en el ayer, lo hace hoy y lo hará en el mañana. Así es. “Porque no hará nada Jehová el Señor, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas” (Amos 3:7).

El presidente Lee, un profeta

Hace poco más de un año falleció el décimo Presidente y Profeta de esta dispensación en el nonagésimo sexto año de su vida terrena, yendo a unirse a otros numerosos profetas en las cortes de los cielos. Lo sucedió, como undécimo Presidente y Profeta escogido del Señor,

Harold B. Lee. En la conferencia general de octubre se reunieron los miembros de la Iglesia en asamblea solemne, habiendo entre ellos representantes de las más grandes congregaciones de Santos de los Últimos Días de todas partes del mundo, y todos ellos dieron su aprobación y consentimiento general a la asignación y el llamamiento hechos por el Señor, aun antes de que este Profeta naciese sobre la tierra.

De este modo tenemos la solemne obligación, así como el sumo placer e inmenso privilegio de servir a Dios, mediante su gran Profeta y director.

A menudo cantamos en muchos idiomas: “Te damos, Señor, nuestras gracias, que mandas de nuevo venir Profetas con tu evangelio, guiándonos cómo vivir.”

Yo doy testimonio de que el presidente Harold B. Lee es el portavoz llamado y reconocido de nuestro bendito y amoroso Dios y su amado Hijo Jesucristo, y esto os testifico con toda formalidad en el nombre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Amén.

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