El amor de Dios: El de mayor gozo para el alma

Conferencia General Octubre 2021

El amor de Dios:
El de mayor gozo para el alma

Por Susan H. Porter
Primera Consejera de la Presidencia General de la Primaria

El amor de Dios no se encuentra en las circunstancias de nuestra vida, sino en la presencia de Él en nuestra vida.


Hermanos y hermanas, ¿saben en qué medida Dios, nuestro Padre Celestial, los ama? ¿Han sentido Su amor en lo más profundo de su ser?

Cuando saben y comprenden en qué medida se les ama como hijo o hija de Dios, eso lo cambia todo. Cambia el modo en que se sienten en cuanto a ustedes mismos cuando cometen errores. Cambia el modo en que se sienten cuando sobrevienen dificultades. Cambia su modo de ver los mandamientos de Dios. Cambia su modo de ver a los demás y su capacidad para marcar una diferencia.

El élder Jeffrey R. Holland enseñó: “… el primer gran mandamiento de toda la eternidad es amar a Dios con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza. Ese es el primer gran mandamiento; pero la primera gran verdad de toda la eternidad es que Dios nos ama con todo Su corazón, alma, mente y fuerza”1.

¿Cómo puede cada uno de nosotros saber en lo profundo de nuestra alma esa gran verdad de la eternidad?

Al profeta Nefi se le mostró en una visión la evidencia más poderosa del amor de Dios. Al ver el árbol de la vida, Nefi pidió saber la interpretación de ello. En respuesta, un ángel le mostró a Nefi una ciudad, una madre y un bebé. Mientras Nefi contemplaba la ciudad de Nazaret y a María, una madre justa, llevando al niño Jesús en sus brazos, el ángel declaró: “¡He aquí, el Cordero de Dios, sí, el Hijo del Padre Eterno!”2.

En ese sagrado momento, Nefi entendió que, en el nacimiento del Salvador, Dios estaba manifestando Su amor puro y completo. El amor de Dios, testificó Nefi, “se derrama ampliamente en el corazón de los hijos de los hombres”3.

Podemos imaginarnos el amor de Dios como una luz que emana del árbol de la vida, derramándose ampliamente por toda la tierra en el corazón de los hijos de los hombres. La luz y el amor de Dios se extienden por todas Sus creaciones4.

A veces pensamos erróneamente que podemos sentir el amor de Dios solo después de haber seguido la barra de hierro y participado del fruto. No obstante, el amor de Dios no solo lo reciben aquellos que llegan al árbol, sino que es el poder mismo que nos motiva a buscar ese árbol.

“[P]or lo tanto, es más deseable que todas las cosas”, enseñó Nefi, y el ángel exclamó: “Sí, y el de mayor gozo para el alma”5.

Hace veinte años, un familiar muy querido se apartó de la Iglesia. Tenía muchas preguntas sin respuesta. Su esposa, que era conversa, se mantuvo fiel a su fe. Ellos se esforzaron mucho por preservar su matrimonio a pesar de las diferencias que surgieron.

El año pasado él escribió tres preguntas sobre la Iglesia que le resultaban difíciles de conciliar y se las envió a dos matrimonios que habían sido sus amigos durante varios años. Los invitó a reflexionar en esas preguntas y a ir a su casa a cenar para hablar del tema.

Tras la visita de sus amigos, fue a su habitación y comenzó a trabajar en un proyecto. La conversación de aquella tarde y el amor que sus amigos mostraron hacia él acudieron a su mente. Más tarde escribió que se vio obligado a dejar lo que estaba haciendo. Él dijo: “Una luz brillante llenó mi alma […]. Yo conocía ese profundo sentimiento de iluminación, pero en esa ocasión se hizo más intenso que nunca y duró varios minutos. Me senté en silencio con ese sentimiento, que interpreté como una manifestación del amor de Dios por mí […]. Sentí una impresión espiritual que me dijo que podía regresar a la Iglesia y expresar ese amor de Dios en lo que hiciera allí”.

Entonces se replanteó sus preguntas. Lo que sintió era que Dios respetaba sus preguntas y que el hecho de no tener respuestas claras no debía impedirle seguir adelante6. Debía compartir el amor de Dios con todos al tiempo que seguía reflexionando en ellas. Al actuar conforme a esa impresión, sintió una conexión con José Smith, quien señaló después de su Primera Visión: “Mi alma se llenó de amor, y por muchos días me regocijé y sentí una gran dicha”7.

Sorprendentemente, unos pocos meses después, este miembro de la familia recibió el mismo llamamiento que había tenido veinte años antes. La primera vez que tuvo ese llamamiento, cumplió con sus responsabilidades como diligente miembro de la Iglesia. Su pregunta ya no era “¿cómo puedo cumplir con este llamamiento?”, sino “¿cómo puedo mostrar el amor de Dios por medio de mi servicio?”. Con ese nuevo enfoque, sintió gozo, encontró significado y propósito en todos los aspectos de su llamamiento.

Hermanas y hermanos ¿cómo podemos recibir el poder transformador del amor de Dios? El profeta Mormón nos invita a “pedi[r] al Padre con toda la energía de [n]uestros corazones, que se[amo]s llenos de este amor que él ha otorgado a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo Jesucristo”8. Mormón nos invita no solo a orar para poder estar llenos de Su amor por otras personas, sino a orar para poder conocer el amor puro de Dios por nosotros mismos9.

Al recibir Su amor, hallamos mayor amor al esforzarnos por amar y servir como Él, al convertirnos en “discípulos verdaderos de su Hijo Jesucristo”10.

El amor de Dios no se encuentra en las circunstancias de nuestra vida, sino en la presencia de Él en nuestra vida. Sabemos de Su amor cuando recibimos fuerza más allá de la nuestra propia y cuando Su Espíritu trae paz, consuelo y guía. En ocasiones puede ser difícil sentir Su amor. Podemos orar para que se abran nuestros ojos a fin de ver Su mano en nuestra vida y Su amor en la belleza de Sus creaciones.

Al meditar en la vida del Salvador y en Su sacrificio infinito, comenzamos a entender Su amor por nosotros. Con reverencia cantamos la letra de Eliza R. Snow: “Su vida libremente dio; su sangre derramó”11. La humildad de Jesús al sufrir por nosotros destila sobre nuestra alma, abriendo nuestro corazón para que procuremos el perdón de Su mano y llenándonos de deseos de vivir como Él vivió12.

El presidente Russell M. Nelson escribió: “Cuanto más nos ocupemos de modelar nuestra vida a la de Él, más puro y divino será nuestro amor”13.

Nuestro hijo relató: “Cuando tenía once años, mis amigos y yo decidimos escondernos de nuestro maestro y saltarnos la primera parte de nuestra clase de la Primaria. Cuando finalmente llegamos, para sorpresa nuestra, el maestro nos dio una cálida bienvenida. Luego ofreció una sincera oración en la cual expresó verdadera gratitud al Señor por que hubiésemos decidido asistir ese día a clase por nuestra propia y libre voluntad. No recuerdo de qué trató la lección, ni siquiera el nombre de nuestro maestro, pero ahora, unos treinta años después, sigo emocionado por el amor puro que me demostró aquel día”.

Hace cinco años, observé un ejemplo de amor divino cuando asistí a la Primaria en un barrio de Rusia. Vi a una fiel hermana de rodillas frente a dos niños testificándoles que, aun en el caso de que ellos fueran los únicos que vivieran en la tierra, Jesús habría sufrido y muerto solo por ellos.

Testifico que nuestro Señor y Salvador ciertamente murió por todos y cada uno de nosotros. Fue una expresión de Su infinito amor por nosotros y por Su Padre.

“Yo sé que vive mi Señor; consuelo es poder saber… Él vive para bendecir”14.

Que abramos nuestros corazones para recibir el amor puro que Dios tiene para nosotros y que luego derramemos Su amor en todo lo que hagamos y seamos. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.


  1. Jeffrey R. Holland, “Jehová hará mañana maravillas entre vosotros”, Liahona, mayo de 2016, pág. 127.
  2. 1 Nefi 11:21.
  3. 1 Nefi 11:22; cursiva agregada.
  4. Véase Doctrina y Convenios 88:13.
  5. 1 Nefi 11:22, 23.
  6. Véase 1 Nefi 11:17.
  7. José Smith, en Karen Lynn Davidson and others, eds., The Joseph Smith Papers, Histories, Volume 1: Joseph Smith Histories, 1832–1844(2012), pág.13; actualizados en inglés la puntuación y el uso de mayúsculas.
  8. Moroni 7:48.
  9. Véase Neill F. Marriott, “Permanecer en Dios y reparar la brecha”, Liahona, noviembre de 2017, pág. 11: “Quizás nuestra vida en un mundo preterrenal amoroso implantó nuestro anhelo por un amor verdadero y perdurable aquí en la tierra. Estamos divinamente diseñados para dar amor y ser amados, y el amor más profundo llega cuando somos uno con Dios”.
  10. Moroni 7:48.
  11. “Jesús, en la corte celestial”, Himnos, nro. 116.
  12. Véase Linda S. Reeves, “Dignas de las promesas prometidas”, Liahona, noviembre de 2015, pág. 11: “Creo que si a diario pudiésemos recordar y reconocer la profundidad del amor que nuestro Padre Celestial y nuestro Salvador tienen por nosotras, estaríamos dispuestas a hacer cualquier cosa para volver a Su presencia una vez más, rodeadas por Su amor eternamente”.
  13. Russell M. Nelson, “Amor divino”, Liahona, febrero de 2003, pág. 16;
  14. “Yo sé que vive mi Señor”, Himnos, nro. 73.
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