Ambas Américas son Sión

“Ambas Américas son Sión”

Ezra Taft Benson

por Ezra Taft Benson
del Consejo de los Doce Apóstoles

Discurso pronunciado el 26 de octubre de 1960, en la capilla de la Rama de Rodó, Misión Uruguaya, mientras se hallaba de visita en ese país.


Mis queridos hermanos y hermanas, mi corazón rebosa de alegría esta mañana. Me causa verdadero gozo y placer estar con vosotros. No había esperado esta rica oportunidad, y al mirar vuestras caras esta mañana mi corazón, lleno del amor del evangelio, se vincula con el vuestro. Ruego que el Señor me bendiga en los pocos momentos que ocupe este puesto a fin de que pueda expresar lo que hay en mi corazón y lo que el Señor desea que diga.

He disfrutado en extremo de esta reunión. Es un gozo entrar en esta hermosa capilla. Me hace comprender que la Iglesia es una organización universal, que el evangelio es para todos los hijos de nuestro Padre, no importa dónde vivan, cuál sea su religión o el credo que hayan seguido. El evangelio no conoce barreras nacionales: es una misión universal de amor y salvación. Me siento muy cerca de vosotros esta mañana y me parece que os he conocido toda mi vida, y no tengo ninguna duda de que conocía a algunos de vosotros antes de esta vida.

A menudo he deseado que todos pudiéramos hablar el mismo idioma; algún día así será. Estoy muy agra¬decido por la música, ya que es la lengua universal. Pude entender la música sin ninguna dificultad. Recordaréis lo que el profeta José nos dijo sobre la música en una de las revelaciones en los primeros días de nuestra Iglesia. Ema, su esposa, fue elegida por revelación para recopilar la primera selección de himnos para uso de los Santos de los Últimos Días, y el Señor dijo, como leemos en la sección 25 de Doctrinas y Convenios: “Porque mi alma se deleita en el canto del corazón; sí, la canción de los justos es una oración para mí, y será contestada con una bendición sobre sus cabezas.”

De modo que deseo encomiar a los buenos cantantes que se hallan aquí esta mañana, no sólo el coro, sino todos vosotros. Espero que siempre cantaréis alabanzas a nuestro Padre celestial, así en casa como en la Iglesia, y que siempre llevemos en el corazón un himno de agradecimiento y alabanza.

Me agrada venir a los países latinoamericanos. Siempre he sentido amor hacia los pueblos de la América del Sur. Mi propio país siempre ha procurado vincularse estrechamente con la gente de estos países, y probablemente no hay otra nación con la cual sintamos más ese acercamiento que vuestro propio país. Hasta hoy nuestra gira ha sido maravillosa. Hemos sido recibidos por el Presidente del Brasil, los Gobernadores de los Estados y otros oficiales prominentes. Tuvimos la oportunidad de hablar ante un grupo de entre 300 y 400 de los principales comerciantes de Sao Paulo, pero el día que más disfrutamos fue el domingo pasado cuando pudimos reunimos tres veces con los miembros de la Iglesia en Río. Tuvimos dos sesiones generales y una con los misioneros locales y regulares; y mañana al salir de este país, la cosa que me habrá impresionado más será los minutos que pasé en esta capilla.

Amo el evangelio, mis queridos hermanos y hermanas, y estoy seguro que vosotros también. Amo a los hijos de mi Padre Celestial, y deseo que todos ellos pudiesen recibir el evangelio. He viajado por cosa de cuarenta naciones del mundo y he conocido a miles y miles de los hijos de nuestro Padre Celestial en países extranjeros; y hablando en términos generales, todos son gente buena que desea vivir en paz. Quieren ser amigos con sus vecinos, aman a sus familias y sus casas, quieren mejorar sus normas de vida, quieren hacer bien en el mundo y yo siento el espíritu de la hermandad hacia ellos. Tengo el deseo de que todos puedan recibir el evangelio.

Sentí la misma cosa mientras me hallaba entre el pueblo Ruso. Es cierto que sus jefes son malos, pero creo que la gente es buena; y ya para llegar al fin de nuestra visita allí, dije a uno de los oficiales, que por cierto es uno de los seis comunistas principales del mundo: “El pueblo ruso es admirable y deseo que cuando haya terminado mi nombramiento oficial, se me permita volver para reunirme con la gente. Me agradaría conocerlos mejor y hablar con ellos. ¿Me concederá ese privilegio?” Movió la cabeza en señal negativa, y contestó: “No sé; es mucho lo que usted pide. . . pero ojalá sea posible.” No puedo menos que sentir, hermanos y hermanas, que todos los hijos de nuestro Padre Celestial tendrán la oportunidad de escuchar el evangelio.

La Iglesia está creciendo y aumentando en muchas partes del mundo. Mientras me hallaba de visita en el Japón hace algunos meses, tuve la oportunidad de dirigir la palabra a la asamblea más numerosa de Santos de los Últimos Días que había llegado a reunirse en ese país. Y al mirar sus caras me fue difícil creer que pocos años antes estábamos en guerra con ellos. Si todos los hijos de nuestro Padre Celestial pudiesen aceptar el evangelio, nunca habría guerras. Es el mensaje de paz, el mensaje de amor y hermandad, la única cosa que traerá una paz permanente al mundo. Tendre-mos la Sociedad de la Naciones Unidas, tendremos otras organizaciones mundiales, pero el evangelio es la solución a los problemas del mundo, y nosotros tenemos el evangelio en su plenitud. Teniendo el evangelio, se impone a nosotros la responsabilidad de llevarlo al resto del mundo. Probablemente no hay otro grupo de personas que tenga una responsabilidad mayor.

Me agrada ver a tantos miembros de la Iglesia aquí en esta bella ciudad, y pensé, mientras escuchaba al presidente Jensen informar sobre el número de los miembros, que estamos avanzando rápidamente hacia el momento en que tendremos una Estaca de Sión aquí. Estoy seguro, mis hermanos y hermanas, que llegará el día en que habrá estacas de Sión en la América Latina, y cuando tendremos templos en esta hermosa tierra, pues al fin y al cabo es parte de la tierra de Sión. El profeta José Smith expresó con bastante claridad que Norte y Sur América son la tierra de Sión, y estoy seguro que es la voluntad de nuestro Padre Celestial que tengáis todas las bendiciones consiguientes del evangelio, incluso las ricas e inestimables bendiciones que vienen por medio de los templos de Dios.

Estoy seguro que nuestros números van a aumentar. La Iglesia continuará creciendo hasta que tengamos suficientes miembros para justificar el establecimiento de Estacas de Sión y Templos del Señor en Sur América. Por supuesto, mucho dependerá de vuestros propios esfuerzos. Si permanecéis leales y fieles a vuestros propios convenios, al grado que buscaréis toda oportunidad para explicar el evangelio a nuestros vecinos y amigos, y al mismo tiempo vivir cerca del Señor y apoyar el programa de la Iglesia, el Señor nos utilizará como instrumentos en sus manos para cumplir esta obra. Mis hermanos y hermanas, no podéis fracasar. Si cumplís con vuestra parte el Señor cumplirá con la suya.

Estoy muy agradecido porque en los países sudamericanos existe el espíritu de libertad. La libertad es un principio eterno. Nuestro Padre jamás tuvo por objeto que cualquiera de sus hijos estuviera en la esclavitud. El evangelio es el lote de la libertad, la libertad para elegir según nuestro propio criterio; y sin embargo, tenemos muy cerca una amenaza a nuestra propia libertad, y espero que todos vosotros oréis para que se resuelva la situación en Cuba a fin de que la causa de la libertad no sufra menoscabo, porque el evangelio puede existir solamente con el espíritu de la libertad, y es forzoso que tengamos libertad para predicar el evangelio y extender esta obra maravillosa.

Pues bien, hermanos y hermanas, nuestro tiempo casi se ha cumplido. Tengo en mi corazón muchas cosas que me agradaría comunicaros. Esta obra a la cual nos hemos dedicado es la más importante de todas. No hay nada que pueda comparársele. Hubo un tiempo en que éramos virtualmente desconocidos, y ahora, como contraste, agrada ver que tantas personas, algunas de las cuales ocupan puestos elevados, conocen la Iglesia. Casi en todas partes se habla bien de ella, de manera que tenemos en esta época una oportunidad como nunca la hemos tenido, de llevar nuestra religión a la gente. Debemos recordar que el adversario está activo todavía, trabajando día y noche, y su deseo más fuerte es interrumpir y derribar esta obra si es posible. Llevará a la práctica todo medio posible de oponerse a la obra de nuestro Padre, mas no prevalecerá; y es nuestra la responsabilidad, como miembros de la Iglesia, saber aprovechar las ventajas que tenemos hoy para llevar este mensaje a los hijos de nuestro Padre Celestial, y Él nos hará crecer en nuestra obra.

Nuestro mensaje es admirable. Nunca se tuvo por objeto que fuera para un puñado de Santos de los Últimos Días. Cuando Dios el Padre y su Hijo Jesucristo vinieron a la tierra, fue con el fin de proveer bendiciones para todos los hijos de nuestro Padre Celestial, y esa primera visita gloriosa en el bosque sagrado fue la gran manifestación de nuestro Maestro, y como resultado de ello tenemos un conocimiento del cual ni aun las naciones cristianas disfrutan. Sabemos que Dios vive, que Jesucristo es su Hijo, el Redentor del mundo; y este conocimiento se necesita hoy como nunca jamás, porque muchos de los grandes hombres, aun en las naciones cristianas, están dudando o impugnando la divinidad de Jesucristo. Muchos están enseñando que sólo fue un gran maestro moral pero no divino. Nosotros sabemos todo lo contrario. Sabemos que es el Redentor del mundo; que le apareció a José Smith y que en otras ocasiones se manifestó como un ser glorioso y resucitado; que de nuevo apareció entre los hombres en esta dispensación, y que el evangelio se halla sobre la tierra en su plenitud. Este es el conocimiento que el mundo necesita. Es el conocimiento más precioso de todo el mundo, y tenemos la gloriosa oportunidad y solemne responsabilidad de llevar este conocimiento a todos. El Señor nos ha prometido grandes cosas si cumplimos con nuestra parte.

Espero que por lo menos una vez a la semana leáis la primera sección de Doctrinas y Convenios. No es la primera revelación que se dio, sino la que se recibió como introducción a las revelaciones de nuestro Padre Celestial. En ella el Señor no sólo habla a su Iglesia, sino a todo el mundo; y afirma con toda claridad que este mensaje es para todos los hijos de Dios. En ella encontramos esta promesa solemne concerniente a sus discípulos, y recordemos que nosotros somos sus discípulos: “Irán y nadie los impedirá, porque yo, el Señor, se lo he mandado.” Esto se aplica particularmente a los misioneros, pero todos somos misioneros; de manera que nos ha extendido esta promesa de que ninguna oposición podrá detener esta obra, y al grado que marchemos adelante en esta obra con valor y fe, nos utilizará como instrumentos en su mano para llevar el mensaje a sus hijos.

Dios nos bendiga, hermanos y hermanas, para que podamos cumplir con nuestras obligaciones fielmente y cosechar la rica recompensa que será nuestra. Procurad guardar los mandamientos de Dios. Permaneced fieles miembros de la Iglesia. La cosa de más valor es un testimonio del evangelio. Es algo inestimable tener esta bendición en el hogar. Acordaos de vuestras oraciones en la noche y en la mañana, en vuestros lugares secretos y, por supuesto, en el hogar con la familia.

Guardad cabalmente los mandamientos del Señor. Sed honrados en todos vuestros tratos; estad agradecidos por ser miembros de la Iglesia y hacedlo saber a vuestros vecinos así como a vuestro Padre Celestial. Dejad que fluya el espíritu del evangelio en vuestras vidas y sobre todas las cosas, mis hermanos y hermanas, guardaos limpios a fin de que el Espíritu de vuestro Padre Celestial pueda tener cabida en vosotros y os oriente por la senda de la justicia. Vivid de tal forma que no tendréis porque afligiros, para que al fin seáis exaltados en el reino de nuestro Padre en el mundo Celestial.

Nuevamente expreso mi agradecimiento por la oportunidad de reunirme con vosotros, y os doy las gracias por venir a esta hora inusual del día para verificar esta reunión de la Iglesia. Esta manera en que honráis a este humilde siervo del Señor es evidencia de vuestra fe y vuestro amor hacia el evangelio.

Es mi esperanza y oración que pueda volver, cuando nos sea posible celebrar muchas reuniones sin límites. Dios os bendiga y os guarde. Os amo como hermanos y hermanas. Estoy agradecido por vosotros y porque mi porción se halla entre los Santos de los Últimos Días. No somos perfectos, por supuesto, pero no hay gente mejor en el mundo que los Santos de los Últimos Días. Dios nos ayude a seguir adelante hacia la perfección y a ser ejemplos satisfactorios todos los días de nuestra vida, ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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