Proclamad la paz

Conferencia General Abril 1955

Proclamad la paz

David O. McKay

Por el presidente David O. McKay
de la Primera Presidencia

Mis amados hermanos y hermanas: Me domina en estos momentos el sentimiento de responsabilidad. Presintiéndolo, he orado todos los días sinceramente pidiendo inspiración y fuerza, y ahora solicito vuestra bondadosa cooperación y oraciones, a fin de que puedan extenderse los intereses de la Iglesia, y el establecimiento del reino de Dios, entre los hombres.

“Izad el pabellón de paz, y proclamadla hasta los cabos de la tierra” (D. y C. 105:39).

Estas palabras son de una revelación dada al profeta José Smith, mientras el Campo de Sión se hallaba cerca del río Fishing el 22 de junio de 1834. En una sola frase, la anterior, el Señor expone uno de los grandes propósitos de su Iglesia, a saber, lograr la armonía en las relaciones humanas: hacer que el individuo alcance un estado mental o espiritual en el que habrá libertad personal de las condiciones “inquietantes o perturbadoras” que pueden estorbar el cumplimiento del objeto de Dios de llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre.

Considerando la condición mundial, me parece que debe causaros satisfacción tomar nota de los laudables esfuerzos, el criterio prudente y conservativo que manifiestan el presidente de los Estados Unidos, el Secretario de Estado y otros estadistas sinceros del Congreso, entre ellos nuestros dignos senadores y representantes, en promover la causa de la paz y evitar un choque mundial de armas. Pero es muy patente que las condiciones internacionales que en la actualidad giran en torno de las islas de Quemoy y Matsu, tienen problemas tan delicados, que cualquier movimiento hostil por parte de los comunistas chinos puede interrumpir la hoy precaria paz del mundo.

Amamos la paz, pero no la paz a cualquier precio. Hay una paz más destructiva para la virilidad del hombre viviente, que la guerra lo es para el cuerpo. “Las cadenas son peores que las bayonetas”.

Después de la resurrección del Salvador, cuando apareció a sus discípulos que se hallaban reunidos, su saludo fué: “Paz a vosotros”. Y en otra ocasión dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy: no como el mundo la da, yo os la doy. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo”.

Firmemente creemos que la base sobre la cual se podrá establecer permanentemente la paz mundial no se logra sembrando la semilla de la desconfianza y sospecha en la mente de las personas; ni por engendrar la enemistad y el odio en el corazón de los seres humanos; o que las naciones e individuos se abroguen la pretensión de poseer todo el conocimiento o la única cultura que vale la pena tener; tampoco por medio de la guerra con su consiguiente sufrimiento y muerte causados por los submarinos, los gases mortíferos o las explosiones de bombas nucleares. ¡No! La paz para ser permanente debe fundarse en los principios de justicia que enseñó y ejemplificó el Príncipe de Paz, nuestro Señor y Salvador Jesucristo. “Porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12).

Mi tema esta mañana es el siguiente: ¿Qué estamos haciendo nosotros, como Iglesia y miembros de ella, a fin de proclamar esta paz?

Recientemente, como ya sabéis, me correspondió el privilegio y deber, acompañado de la hermana McKay y del hermano Franklin J. Murdock, que actuó como secretario, de visitar algunas de las misiones lejanas de la Iglesia.

Teniendo en mente el tema de la proclamación del evangelio de paz a los habitantes del mundo, quisiera comentar algunas observaciones hechas con respecto a cuatro factores o elementos eficaces que atañen a la propagación del evangelio.

En primer lugar, observamos la excelente labor de los 11,500 misioneros que se hallan por el mundo, de los cuales tuvimos el privilegio de saludar y conocer a 390 en el curso de nuestra reciente gira. Cada uno de estos misioneros o misioneras paga sus propios gastos, obedece los requisitos y leyes del país y enseña los principios que constituyen la base de la religión restaurada de Jesucristo. Son mensajeros nombrados para proclamar las buenas nuevas del evangelio restaurado, y dan de ellos mismos así como de lo que tienen para beneficiar al mundo.

El segundo factor favorable es el entendimiento, hoy mucho mejor, que los oficiales de los gobiernos y municipios tienen respecto de los propósitos de la obra misionera mormona. Las antiguas calumnias que se repetían, o el acusar a los misioneros de fines siniestros, hoy sólo las emplean las personas de ánimo predispuesto y las que carecen de información. Cónsules estadounidenses o sus representantes, alcaldes municipales y otros funcionarios, nos recibieron, nos dieron la bienvenida y ofrecieron cuanto servicio estaba a su disposición para que nuestra visita fuera feliz. Hubo reporteros de periódicos y revistas, anunciadores de radio, representantes de la televisión a nuestro lado, para enterarse de los propósitos de la gira, y quienes sin excepción dieron justos e imparciales informes de nuestra visita.

La tercera observación (y ésta es importante) es la necesidad que hay que dirigir todo esfuerzo, dentro de los límites de lo razonable y práctico, para colocar cuanto privilegio educativo y espiritual la Iglesia puede ofrecer, al alcance de sus miembros en. estas lejanas misiones.

Hasta hace poco algunas de estas misiones no habían sido visitadas por ninguna de las Autoridades Generales. Con los medios modernos de transporte hoy disponibles, ahora es posible y muy práctico visitar estas lejanas misiones en la misma forma que se han visitado las misiones aquí en los Estados Unidos. Por consiguiente, y os complacerá saber esto, en una reunión de la Primera Presidencia y el Consejo de los Doce Apóstoles, celebrada el 17 de marzo de 1955, unánimemente se acordó incluir estas misiones lejanas entre las demás misiones que anualmente han de visitar los hermanos del Consejo de los Doce.

Además de estas visitas, se están proporcionando instituciones educativas a los jóvenes. En Nukualofa, por ejemplo, en las Islas Tonga, bajo la hábil presidencia de D’Monte W. Coombs, el profesor Ermel J. Morton, el Director y el cuerpo docente, está funcionando el Colegio Liahona, completamente organizado. En sus aulas hay cabida para 300 estudiantes y 14 profesores. Es un crédito a la Iglesia y a las Islas Tonga. Por cierto, es una de las cosas que atraen a los pasajeros de los vapores Tofua y Matua. Mientras los barcos cargan y descargan su mercancía en Nukualofa, los pasajeros van en autobuses a Liahona para visitar la escuela e inspeccionar la obra que allí están desempeñando los estudiantes.

En Pesega, Samoa, bajo la presidencia del presidente Howard B. Stone, la escuela que allí ya se haya establecida puede acomodar de 600 a 1,000 alumnos. Se ha proyectado levantar otra en Mau-pasaga, Samoa Americana. De esta manera serán fortalecidas las ramas en países lejanos con las visitas de los Doce, cuyo deber es poner en orden los asuntos de la Iglesia en todo el mundo, con oportunidades educativas que tienen por objeto preparar a los estudiantes para la predicación del evangelio y, por último, con un templo cerca de aquellos cuya influencia en la misión constituirá una fuerza para las ramas y un medio para proclamar la paz.

La cuarta observación que deseo comentar es la influencia de la fuerza del ejemplo. Uno de los detalles más impresionantes de nuestra reciente gira del Sur Pacífico fué la participación de la juventud en las reuniones, las bienvenidas y las despedidas, así como la conducta ordenada de los niños, sin excepción. De la escuela de Liahona en Tonga emana no sólo cultura y decencia, sino el verdadero espíritu del evangelio. La misma actitud se manifestó en Tahiti, bajo el presidente interino Larson H. Caldwell; en Nueva Zelandia, donde preside Sidney J. Ottley; en Australia, bajo el presidente Charles V. Liljenquist; en Samoa, como ya he dicho, bajo el presidente Stone; en Hawaii, bajo el hermano D. Arthur Haycock, en la misión, y el presidente Eduardo L. Clissold en la estaca. Los desconocidos que estuvieron presentes, y los hubo en cantidad, vieron una demostración muy buena de lo que la Iglesia está haciendo para interesar y orientar de una manera correcta a la juventud.

He aquí, pues, la responsabilidad de los miembros. El evangelio de paz debe surtir su más fructífero efecto en los hogares de los miembros de la Iglesia. Las flores que crecen en nuestros jardines exigen tierra buena y un clima favorable. En igual manera, los niños, para ser saludables y felices, deben tener un ambiente mental y emocional favorable en el hogar.

Poco después de nuestro regreso del Sur Pacífico recibí una carta del presidente Ward C. Holbrook, uno de los funcionarios del estado, en la que declara que el número de divorcios en Utah es tal, que está ocasionando la más seria consideración. Es una inconsecuencia salir a proclamar la paz, si no la tenemos en nuestras propias vidas y hogares.

La confianza mayor que se puede depositar en un hombre y una mujer es el confiárseles la vida de un niño pequeño. Si comete desfalco un hombre a quien se han encargado los caudales de otros, bien sea empleado de un banco, del municipio o del estado, es aprehendido y probablemente encarcelado. Si una persona a quien se ha confiado un secreto de su país revela dicho secreto y comete traición, es tachado de traidor. Así pues, ¿qué dirá el Señor de los padres, que por su propia negligencia o deseo intencional de satisfacer su egoísmo, no crían debidamente a sus hijos, y con ello faltan a la confianza más grande que se puede depositar en los seres humanos? Como respuesta el Señor ha dicho: “El pecado recaerá sobre la cabeza de los padres”.

Los hogares más felices del mundo debían hallarse entre los miembros de la Iglesia. Las estadísticas sobre los hogares divididos, con sus divorcios consiguientes, deberían hacer ver a todos los ciudadanos, y particularmente a los miembros de la Iglesia, la necesidad de una actividad mayor en pro de la preservación de la armonía dentro del círculo familiar. Empecemos desde hoy, como padres, a conservar esa influencia o ambiente en el hogar que contribuirá a un desarrollo moral normal de los hijos, y eliminará del hogar los elementos que causan la discordia y la contienda.

Hay ocasiones en que los padres y las madres, por su conducta imprudente, ejercen sin querer, una influencia en sus hijos que los impulsa hacia la delincuencia. Entre estos actos imprudentes voy a mencionar, primero: La desavenencia o riñas de los padres delante de sus hijos. A veces estos disgustos surgen porque se intenta corregir o disciplinar al niño. Uno de los padres critica, el otro se opone; y la buena influencia del hogar, en lo que respecta al niño, queda abrogada. El hijo que tiene esa clase de padres jamás podrá decir con verdad, cuando haya crecido, lo que John Ruskin escribe de su hogar:

“Jamás oí a mi padre o a mi madre levantar la voz el uno al otro; ni siquiera vi una mirada irritada u ofendida en los ojos de uno u otro. . . Nunca observé dificultad o desorden alguno en el manejo de la casa”.

Tacho de segunda condición imprudente a aquella en que los padres corrompen el ambiente del hogar con la “vulgaridad” y la “maledicencia”. Empleo el término “vulgaridad” en el sentido en que lo usó David Starr Jordán: “Ser vulgar —escribe él— es hacer cosas reprochables de una manera reprochable y quedar satisfechos con ello. . . Es vulgar llevar puesta ropa sucia cuando no se está desempeñando un trabajo sucio. Es vulgar tener afición a la música de poca categoría. .. hallar diversión en novelas de mal gusto, frecuentar teatros vulgares, deleitarse en oír repetir chistes “picarescos”, tolerar lo grosero y licencioso en cualquiera de sus mil formas”.

Con particularidad traicionan la confianza depositada en ellos los padres que maldicen y blasfeman en sus hogares. La maledicencia es un vicio nacional. El padre o la madre que la emplea está viciando su hogar. La gente de nuestra nación se hallaría en un nivel moral más elevado si tan sólo obedeciera la orden general expedida por el padre de nuestra patria el 1 de julio de 1776, en la que dijo:

“Causa pena al General tener informes de que la insensata e inicua práctica de blasfemar, vicio hasta ahora poco conocido en el ejército americano, está haciéndose de moda. Espera él que los oficiales, tanto por el ejemplo como por su influencia, intentarán acabar con él, y que ellos así como los hombres consideren que no podemos esperar que desciendan sobre nuestras armas las bendiciones del Cielo, si lo insultamos con nuestra impiedad e insensatez. Aparte de esto, es un vicio tan degradado y bajo, sin duda alguna, que todo hombre de intelecto y carácter lo desprecia”.

Vuelvo a repetir, la vulgaridad y la maledicencia existen entre la juventud frecuentemente, aunque no siempre, porque se acostumbran esas maldades en el hogar.

A las riñas de los padres delante de sus hijos, a la vulgaridad y a la censurable práctica de la maledicencia puede añadirse un tercer elemento que contribuye a la delincuencia de los hijos. Este es la falta de conformidad entre los hogares y las normas de la Iglesia. Recordad, vosotros que conmigo sois padres, que los niños son muy listos para descubrir la falta de sinceridad y que repugna a sus sentimientos toda pretensión. De toda la gente del mundo, los padres tienen la obligación de ser verídicos con sus hijos. Cumplidles lo que les prometéis y decidles siempre la verdad. Más influyen en los niños los sermones que uno presenta con sus hechos, que los que uno les predica. El padre que obra con justicia es el que se granjea la confianza de su hijo. Cuando los niños sienten que uno corresponde a la confianza que ellos han depositado, jamás traicionarán esa confianza ni deshonrarán el buen nombre de la familia.

“El padre tiene que vivir de acuerdo con la verdad, o el hijo no lo hará. El niño deja asombrado a uno por la rapidez con que deshace la burbuja de su pretendido conocimiento; por instintivamente dar en el corazón de una sofistería sin enterarse de cómo lo hizo; por enumerar sin piedad las promesas que uno no le cumplió; por discernir, con la justicia de un tribunal, la tergiversación de la frase que uno ha convertido en mentira. Justificará sus propias faltas a la verdad evocando cierta “mentirilla” que se contó a algún visitante, sin darse uno cuenta que la oyeron los pequeñuelos, a cuyas facultades mentales jamás damos la importancia necesaria en teoría, aun cuando las elogiamos demasiado con palabras.

“Si la verdad llega a ser el fundamento pétreo del carácter del niño, de hecho y no como teoría, el futuro de ese niño estará asegurado hasta donde lo pueda garantizar la previsión humana”.

La cuarta observación se refiere a los padres que no enseñan la obediencia a sus hijos. Durante los últimos diez años se han desencadenado algunas teorías descabelladas respecto de la independencia de los niños y la preservación de su individualidad. Algunos de estos teóricos creen que se debe permitir que los niños resuelvan sus propios problemas sin la orientación de sus padres. Hay alguna virtud en esto, pero mucho más error. Esta teoría ha ganado apoyo en cuanto a la práctica por motivo de la oposición al dominio arbitrario de los padres.

Comentando esto, un conocido educador ha dicho: “Si el hogar no inculca la obediencia, la sociedad la exigirá y la obtendrá. Por tanto, es mejor que el hogar con su bondad, cariño y entendimiento instruya al niño respecto de la obediencia, que dejarlo cruelmente a la brutal y ruda disciplina que la sociedad le impondrá, si es que el hogar no ha cumplido con esta obligación”.

El tiempo más oportuno para enseñar al niño la obediencia es entre los dos y los cuatro años. Es entonces cuando el niño debe aprender que sus hechos están restringidos, que hay ciertos límites que no puede traspasar impunemente. Este ajuste a las condiciones del hogar fácilmente se puede lograr por medio de la bondad, pero con firmeza. “Instruye al niño en su carrera, aun cuando fuere viejo no se apartará de ella”. La palabra “instruye” de este antiguo refrán tiene importante significado.

En quinto lugar, hay unos padres que dicen: Vamos a dejar que nuestros hijos crezcan para que así puedan escoger por sí mismos. Los que de este modo piensan no están cumpliendo con sus responsabilidades como padres. Tanto los padres como los maestros son coadjutores de Dios. El Padre del género humano quiere que los padres, ccmo representantes suyos, le ayuden a formar y orientar a las vidas humanas y almas inmortales. Esta es la más elevada comisión que el Señe:’ puede conferir al hombre.

La manera más eficaz de enseñar la religión en el hogar no consiste en predicarla, sino en vivirla. Si queréis enseñar la fe en Dios, mostrad, vosotros mismos la fe en El; si vais a enseñar la oración, vosotros mismos tendréis que orar. ¿ Deseáis que- sean templados? Entonces vosotros mismos cesad vuestra inmoderación. Si queréis que vuestros hijos lleven una vida de virtud, de dominio sobre sí, de buena reputación, dadles un ejemplo digno de ser emulado, en todas estas cosas. El niño que se cría en tal ambiente adquirirá la fuerza necesaria para hacer frente a las dudas, preguntas y anhelos que agitarán su alma cuando le llegue el verdadero período de despertamiento religioso a los 12 ó 14 años.

Entonces es cuando necesita la enseñanza positiva concerniente a Dios y la verdad y sus relaciones con otros. La actividad en la Iglesia es una protección muy buena durante la juventud. El ausentarse continuamente de la Iglesia fácilmente resulta en una ausencia permanente. Otros intereses y asuntos en la vida causan que el joven que va creciendo manifieste indiferencia hacia la religión.

Con respecto a la responsabilidad que los padres tienen de enseñar religión a sus hijos, el Señor declara explícitamente en Doctrinas y Convenios, Sección 68, versículos 25 al 28:

“Y además, si hubiere en Sión, o en cualquiera de sus estacas organizadas, padres que tuvieren hijos, y no les enseñaren a comprender la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente, del bautismo y del don del Espíritu Santo por la imposición de manos, cuando éstos tuvieren ocho años de edad, el pecado recaerá sobre la cabeza de los padres.

“Porque ésta será una ley y para los habitantes de Sión, o cualquiera de sus estacas organizadas.

“Y sus hijos serán bautizados para la remisión de sus pecados cuando tengan ocho años de edad, y recibirán la imposición de manos.

“Y también han de enseñar a sus hijos a orar y a andar rectamente delante del Señor.”

Hermanas y hermanos, procuremos tener menos hogares divididos, y tengamos armonía y paz en nuestras casas. De estos hogares saldrán hombres y mujeres impulsados por el deseo de edificar, no destruir.

De este modo, en nuestros hogares, nuestras ramas y estacas, podremos ser uno con los mensajeros nombrados que obran en las misiones organizadas, para proclamar concordablemente el evangelio restaurado de paz a los confines de la tierra.

“Seguid con pasos reverentes el gran ejemplo de aquel cuya santa obra fué hacer el bien. Así toda la tierra parecerá ser el templo de nuestro Padre, y cada vida llena de amor será un salmo de gratitud. Entonces será rota toda cadena, y el estruendoso fragor del grito de guerra no se oirá más sobre la tierra. El amor hollará el desastroso fuego de la ira, y en sus cenizas plantará el árbol de la paz.” (Whittier).

Espero que en el corazón de aquellos que escuchan se haya despertado el entendimiento de que el ejemplo en el hogar es enteramente esencial a la proclamación de la paz en el mundo. El extranjero que venga a visitarnos verá que nuestras vidas concuerdan con la proclamación de paz, con el pabellón de paz que la Iglesia ha izado delante del mundo. Oh Padre, ayúdanos para que así seamos bendecidos por la orientación de tu Santo Espíritu, suplicamos en el nombre de Jesucristo. Amén.

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