«¿Que es el hombre?» Todavía se mantiene como Dios lo hizo

Conferencia General Abril 1955

«¿Que es el hombre?»
Todavía se mantiene como Dios lo hizo

J. Rubén Clark Jr.

Por el presidente J. Rubén Clark, Jr.
de la Primera Presidencia


Mis hermanos y hermanas, vosotros a quienes veo y los que estáis viendo y escuchando a quienes no veo, me presento ante vosotros agradecido por haber estado presente hoy y escuchado los importantes mensajes que se han pronunciado. En vista de que mis propios sentimientos personales son de leve importancia, yo realmente no pensaba decir mucho aparte de daros mi testimonio, pero nuestro Presidente ha tenido a bien cambiar un poco el programa de acuerdo con él cual yo entendí que nos íbamos a dirigir, de manera que me encuentro delante de vosotros accediendo a su deseo de que yo ocupe más de vuestro tiempo. He quedado sumamente impresionado con el mensaje del Presidente, y con especialidad la parte que se refirió al hogar y lo que yo llamaría la disciplina en el hogar. La disciplina no es una vara. Es amor, bondad, consideración y entendimiento.

Somos bendecidos cuando vienen a nosotros —y somos quienes los invitamos a nuestros hogares— espíritus del otro mundo. Ya que así vienen por invitación nuestra, nos imponen una obligación que en cierto sentido, un verdadero sentido, es divina. De manera que se confía a nuestro cuidado un espíritu creado por el Padre, que viene aquí de acuerdo con el gran plan que se preparó antes que fuera fundado el mundo. En ese plan no tan solamente está comprendido lo pasado, antes que viniésemos, sino lo presente, mientras nos hallamos aquí, y lo futuro, las eternidades venideras; y en ningún sentido podremos eludir la responsabilidad, si en cualquier manera dejamos de cumplir con esa misión que tenemos sobre nosotros al traer a este mundo ese pequeño, puro y santo espíritu para guiarlo y dirigirlo.

Hace muchas generaciones el salmista cantó:

“¿Qué es el hombre para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre para que lo visites?
Pues le has hecho un poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra.” (Salmo 8:4 y 5).

El salmista debe haber estado pensando en la gran proclamación hecha en el principio de la narración bíblica, y quizá a ella se estaba refiriendo:

“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.” (Génesis 1:27).

En esas palabras, en esa declaración tan significativa, está encerrado todo el plan de vida y salvación: nuestra existencia antes de venir aquí, nuestra existencia en este mundo y nuestra existencia futura. Dios nos creó espiritualmente. El creó los cuerpos, por medio de los cuales, Él ha proveído, a través de las edades, cuerpos o templos para los espíritus que había creado. Nos puso aquí, hijos con la esperanza y oración de que avanzáramos y viviéramos nuestra vida aquí de acuerdo con su voluntad, a fin de que progresando de ese modo pudiésemos alcanzar el alto destino que había proyectado para nosotros.

Con objeto de que nunca, aun desde el principio, nos halláramos en posición tal que no supiéramos lo que Él deseaba que hiciésemos, dio el evangelio, sí desde el principio del mundo para que los hombres conocieran sus caminos, supieran lo que tendrían que hacer a fin de cumplir con la medida de su creación y alcanzar el alto destino que Él había preparado.

Es mi firme creencia, y me parece que cuento con el apoyo de la historia, que jamás ha habido una época en la historia del mundo, aún en las horas más tenebrosas del paganismo, en que los hombres no hayan poseído aquella porción de la verdad que pudieron obedecer, y aún más. Algunas veces esa verdad era manchada, en otras era ofuscada y en ocasiones era tergiversada; pero en el fondo siempre existían algunas verdades fundamentales, porque los hombres por lo menos guardaban en su mente las tradiciones del evangelio predicado desde el principio, conservaban el recuerdo de ciertas cosas fundamentales que concernían a su salvación.

Dios ha explicado claramente, y así lo entiendo yo, que Él tiene a sus hijos por responsables de la verdad, están capacitados para vivir conforme a lo que les da. Sabemos que desde el principio Dios enseñó, como parte del evangelio, la misión, vida, obra y muerte de su Hijo Unigénito, que iba a expiar la caída que trajo sobre nosotros la muerte.

Yo puedo ver en los sacrificios que se ofrecían, los sacrificios humanos que se practicaban en el país al sur de nosotros, entre los lamanitas —sacrificios que por fin condujeron al canibalismo, al comer parte del sacrificio humano— en ellos puedo ver claramente una indicación de ese sacrificio, pervertido al grado de casi no poderse reconocer, que Dios iba a hacer e hizo, mediante su Hijo Unigénito, para labrar nuestra redención.

Opino yo que siempre debemos recordar las verdades que Dios nos ha dado. Vivimos en tiempos de revolución y evolución. El Señor nos ha concedido algunos de los descubrimientos más grandes de todas las edades. Nos ha aumentado tanto nuestra facultad para transmitir nuestras palabras, que sobrepuja los sueños más extravagantes del más imaginativo poeta. Ha aumentado nuestra habilidad para transportarnos con mayor velocidad. Nos ha descubierto grandes secretos de la energía que sabemos crear, más no hemos aprendido a dominar.

Hemos visto estas cosas, y hemos dicho en nuestro corazón y con nuestras palabras, que lo antiguo “ha pasado de moda”. Vemos los resultados y lo creemos. Pero ha sido fácil la transición, tachando de “no estar ya de moda” estas agencias físicas que Dios nos ha dado para nuestro bien (y aún las emplearemos para la promulgación de la verdad, aunque todavía no alcanzo a ver cómo se usarán en todos los casos, pero se han de utilizar para dicho objeto)—ha sido fácil la transición, vuelvo a repetir, afirmándose que en vista de que lo físico ha pasado de moda, en igual manera lo moral y lo espiritual de lo pasado ya no “está en boga’. En las tinieblas piden a gritos un profeta, como ya se ha dicho. El hermano Romney dijo que lo que les hace falta es un oído que escuche las palabras del profeta que ya tienen.

Pero a mi modo de ver, es totalmente fantástico creer que el hombre mismo o su pasado moral y espiritual “ya no están de moda”. Aún tenemos cinco sentidos; todo lo que conocemos y aprendemos y experimentamos viene por medio de esos cinco sentidos. Estos grandes descubrimientos no han dado al hombre un sentido más. Todavía piensa como siempre ha pensado, más intensamente que antes quizá, más profundamente en ciertos campos; pero todavía piensa, todavía habla, es guiado aún por las mismas grandes pasiones de amor, odio, ambición, deseo de servir al Señor y todo lo demás. No hemos cambiado. Somos como Dios originalmente nos hizo, salvo en lo que de alguna manera, en alguna cosa hemos subvertido nuestros sentimientos, nuestras pasiones, nuestros impulsos y nuestras ambiciones.

Lo que quisiera comunicaros hoy es mi creencia de que lo espiritual del hombre, el espíritu del hombre, en ningún sentido se puede considerar como que ya “no está de moda”. Es el mismo hoy que cuando salió del Jardín. Dios es Dios todavía; Jesús es el Cristo. Eso no ha cambiado. No ha habido cambio en las grandes verdades espirituales que son esenciales a nuestro progreso espiritual y nuestra final salvación y exaltación. Ningún cambio ha ocurrido en eso tampoco.

Además, nosotros los de esta Iglesia tenemos nuestro testimonio y conocimiento de que Dios aún nos habla, que no nos permite andar errantes en las tinieblas y en silencio, sin instrucción, sin inspiración y sin revelación. Ningún principio del evangelio es más glorioso que el principio de la revelación continua, porque sabemos que cuantas veces sea necesario nuestro Padre Celestial de nuevo nos revelará todo lo que se precisa que sepamos, aparte de lo que ya tenemos.

No andamos a ciegas, no nos dirigimos tan solamente por los preceptos de lo pasado. No nos estamos dirigiendo únicamente por las revelaciones dadas en edades antiguas. Estamos progresando guiados por revelaciones recibidas en tiempos modernos, y vamos hacia adelante con el conocimiento de que si necesitamos más luz, nos será dada.

Mis hermanos y hermanas, os dejo mi testimonio que Dios vive, que las verdades eternas son hoy como lo han sido siempre, no ha habido cambio en ellas y Dios nos requiere que guardemos sus mandamientos. Os testifico que éste es el evangelio restaurado, que José es un Profeta, que la primera visión fue una realidad, que el hombre que hoy es Presidente de la Iglesia posee todas las llaves y poderes que tuvo en su posesión el profeta José, que Dios quiere, como ya se ha dicho hoy, que guardemos todos sus mandamientos hasta el fin, para que podamos salvarnos y ser exaltados en su presencia, y esto es lo que humildemente suplico en el nombre de Jesucristo. Amén.

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