Definiciones del cristianismo

Conferencia General Abril 1955

Definiciones del cristianismo

Stephen L Richards

Por el presidente Stephen L Richards
de la Primera Presidencia


Mis queridos hermanos y hermanas, junto con vosotros me regocijo por motivo de esta gran conferencia de la Iglesia. Tengo ya medio siglo de estar viniendo a estas conferencias. Me parece que raras veces he faltado a una sesión. No me acuerdo de haber asistido a sesión alguna que haya sido más instructiva e inspirante que la de esta mañana. Estoy seguro que todos los que han estado presentes o que han escuchado lo que se ha dicho, se hallan profundamente impresionados.

Como es natural, siento un deseo sincero y devoto de contribuir con mi pequeña parte a esta conferencia, y solícitamente pido vuestra cooperación, simpatía y oraciones a fin de que pueda lograr ese objeto. Voy a tomarme la libertad de dirigir mis palabras principalmente a nuestros amigos que nos brindan la cortesía y nos hacen el honor de fijar su atención en estas conferencias.

Se aproximan los días de la Pascua, y esta mañana, los hermosos sermones de los hermanos Lee y Brown nos lo han recordado. Es en esta época que el mundo entero pone sus ojos en el cristianismo, pues no puedo creer, aun tratándose de los países que sostienen filosofías contrarias, que no se tomará en cuenta el progreso de lo que nosotros llamamos cristianismo; y es mi propósito, con vuestra indulgencia, tratar algunas fases de ese gran tema, el cristianismo.

Recientemente oí a un ministro hablar por la radio, y en su elocuente sermón tuvo a bien dar al cristianismo la definición de «la Sociedad de los Amigos de Jesús.» El diccionario define el término cristianismo como «el cuerpo de creyentes cristianos». ¿Habrá alguna diferencia importante entre estas dos definiciones? ¿Hay para nosotros y para el mundo un concepto adecuado del cristianismo? ¿Es de importancia? He pensado que tal vez valdría la pena considerar algunos asuntos relacionados con este tema.

«La Sociedad de los Amigos de Jesús» es una frase armoniosa. No la había oído antes. Será algo difícil justificar el uso del término sociedad, porque éste usualmente da a entender más bien una unidad o grupo integrado de personas que disfrutan de compañerismo y asociación, por lo general de naturaleza amistosa, y que persiguen un mismo fin. Hay tan grande diversidad de interpretación, esfuerzo y fines entre los que profesan la fe cristiana, que sería de dudosa aplicación la palabra sociedad. Sin embargo, esa consideración podría ser juzgada de ser demasiado técnica y no es mi intención sostenerla.

La diferencia más importante en las dos definiciones que he citado es la distinción entre amigos y creyentes.

Quizá estaré manifestando demasiado recelo, pero me parece que en este bonito y grato uso de la palabra amigos, yo puedo discernir un algo, apoyado por muchas de las circunstancias que hemos tenido ocasión de considerar, que tiende a abandonar y descartar el concepto de que ninguno puede ser tenido por cristiano a menos que «crea» en Jesucristo y en los principios que El representa. Todos tenemos amigos hacia quienes somos cordiales, pero cuya manera de conducirse y de vivir nosotros no seguimos. Uno que sea amigo del personaje histórico llamado Jesús, podrá sentir estimación y admiración por la vida que El llevó, por sus enseñanzas y lo mucho que logró, pero sin ser creyente cristiano, que según la antigua definición es un requisito que debe obedecer uno para ser contado entre los del gremio cristiano.

No puedo llegar a creer que el propio Salvador quedaría complacido con esta nueva definición, por bien intencionada que sea. El Señor empleó el término amigos en una manera muy impresionante: no precisamente, a mi modo de pensar, en el mismo sentido en que se usa en la definición. Todos vosotros recordáis su importante declaración a los discípulos:

«Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos.
Vosotros sois mis amigos si hacéis las cosas que yo os mando.
Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre os las he dado a conocer». (Juan 15:13-16).

La esencia de la amistad que en estos pasajes se expone estriba en creer y aceptar la divinidad del Maestro. No se concibe que El extendiese esta amistad, tan hermosamente descrita, a cualquier otro sino al que fuere creyente. Estamos enterados de su compasión, misericordia e interés en todos los hijos de nuestro Padre, pero nunca se debe olvidar que El declaró en términos inequívocos quiénes podrían ser admitidos dentro del círculo de su amistad:

«Vosotros sois mis amigos, si hiciereis las cosas que os mando»

Si pudiese sentir que el predicador a quien escuché tenía en mente esta amistad que el Salvador nos pinta, no vacilaría en aceptar su definición, más no oí en su sermón cosa alguna que indicase que tal era su concepto.

Ahora bien, mis hermanos y hermanas, tal vez os parezca que he estado haciendo demasiado hincapié en este asunto de definiciones, pero estoy seguro que la otra fase del tema que he mencionado no puede considerarse de la misma manera. ¿Tiene a su disposición el género humano en la actualidad una interpretación del cristianismo y la definición de un cristiano, que se pueda aceptar con seguridad, y en la cual se pueda confiar sin peligro? Como creyente cristiano, tengo la certeza de que la hay, y que todo hombre puede saber, si desea lograr ese conocimiento, quién constituye un cristiano aceptable al autor del cristianismo, a saber, el Señor Jesucristo.

Espero que tengáis presente que no expongo estas cosas asumiendo que tengo el derecho de juzgar hasta qué punto son cristianos mis semejantes. De acuerdo con la declaración del Salvador, nadie tiene el derecho de juzgar a su prójimo a menos que sea específicamente comisionado para hacerlo. Difícilmente se hallará a quien, entendiendo plenamente la responsabilidad de ejercer dicho juicio, busque esa prerrogativa, pues el Señor ha dicho:

«Porque con el juicio con que juzgáis seréis juzgados,..». (Mateo 7:2).

Mi objeto en señalar algunos de los atributos de un cristiano es habilitar a todo hombre para que pueda determinar por sí mismo si es digno de tan honorable designación.

Creo que ningún hombre puede decir que es cristiano si no tiene interés en la religión, si no siente respeto hacia las cosas divinas, ni se preocupa por su posición con respecto a ellas. Pese a lo que hayan sido y sean sus antecedentes y afiliaciones, es difícil entender cómo puede justificarse su designación de cristiano, si han perdido o si nunca tuvo un interés vital en la religión.

Me causa pena decir que puede haber cantidad de personas que entran en esa categoría. Muchos no se ofenden porque se les clasifique como cristianos. Muchos aceptan gustosos y algunos aun buscan la reputación de estar practicando las virtudes cristianas. Pocos son, si acaso los hay, los hombres que conozco que no les agrade ser conocidos como “un caballero cristiano”, aunque en muchos casos jamás se ha manifestado en ellos interés o actividad alguna en la religión cristiana.

En un número creciente de una revista popular se hallan dos artículos muy significativos. Uno de ellos lleva a la cabeza esta pregunta: «¿Qué es lo que nos preocupa?» y el otro tiene por título: «64.000,000 norteamericanos no asisten a la iglesia. ¿En qué creen?»

Hago referencia al interés en la religión como elemento esencial de la fe cristiana. Según el primero de los artículos, se entrevistó a unas cinco mil personas de varias ocupaciones y en distintos lugares, para que comentaran la pregunta: «¿Cuáles son las cosas por las que siente usted mayor preocupación?» Los informes recogidos dicen que la gran mayoría contestó la interrogación exclusivamente en términos de problemas personales o familiares (salud, situación económica, empleo, bienestar de sus hijos, etc.). 43% estaban preocupados por la condición económica de la familia, sueldos, gastos, etc. 30% mencionaron problemas personales, como dificultades conyugales, bienestar de los niños y cosas semejantes. 24% manifestaron zozobra por asuntos de salud, ya la de ellos, ya de algún familiar. Solamente el 8% de los entrevistados expresaron inquietud por los problemas mundiales, y ésta era motivada principalmente por la posibilidad de ser llamados al servicio militar.

El artículo no menciona que se había excluido el asunto de la religión, pero de acuerdo con el informe, parece que ninguno de los que respondió sentía preocupación por la religión en forma alguna. Es posible que un artículo subsiguiente, que se ha prometido, se ocupe en ese asunto.

Ahora bien, si preocupación da a entender ansiedad e intenso cuidado, ¿no es significante el hecho de que ninguno, de este gran concurso que fue entrevistado, expresara ansiedad o temor respecto de las cosas religiosas? Si este estudio pudiera justificadamente interpretarse (y quizá sus autores no aceptarían tal interpretación) en el sentido de que los habitantes de nuestro país se están desviando más y más hacia el materialismo, entonces opino que es de grave importancia para cada uno de nosotros.

Creo que hablo por toda esta congregación que escucha estos servicios, y sé que hablo por mí mismo, cuando digo que no hay asunto que nos cause mayor ansiedad e intenso cuidado, entre todos los problemas que nos confrontan, que el bienestar religioso de nosotros mismos, nuestras familias y nuestros semejantes. Firmemente creo que es una de las características esenciales del cristiano, y sinceramente suplico a todo hombre, que descubra dentro de sí una tendencia cada vez mayor hacia el abandono de pensamientos y actividad religiosos, que se detenga y considere el efecto de su letargo espiritual en su persona, su familia, sus amigos y su posición como cristiano.

He hecho referencia a otro artículo, que en algo se relaciona con la medida que todo hombre puede aplicar a su propia posición de cristiano. No puedo entender en qué manera puede cualquier persona lógicamente tomar la designación de cristiano, a menos que acepte la divinidad del Cristo, de acuerdo con la narración bíblica del Cristo. Sin esta narración es de suponerse que no habría Cristo para nosotros. Cristo es nuestro Señor de los Evangelios, que con tanto acierto lo ha titulado el presidente Clark en su libro. Si los Evangelios constituyen la narración y la historia, ¿cómo podemos, sin fabricarnos una narración artificial e imaginaria, negarnos a aceptar la divinidad del Padre y del Hijo, y aún llamarnos cristianos?

El artículo asevera que los 54 millones de personas que no asisten a la iglesia no son precisamente irreligiosas; que muchos tienen una fe profunda en Dios, pero no creen que una religión organizada, cualquiera que sea, represente una expresión satisfactoria de la voluntad de Dios. No es mi intención contradecir esa declaración, aunque creo que todos estamos de acuerdo en que el ir a la iglesia y la adoración son evidencias de que uno acepta un Ser Supremo, y tienen por objeto inculcar y desarrollar esa aceptación.

A mí me parece que en la condición actual en que se hallan los asuntos mundiales, es de importancia particular el que los hombres examinen el estado de sus sentimientos más profundos tocantes a este asunto. Frecuentemente se dice, de varias fuentes, que el principal conflicto del momento en el mundo se está llevando a cabo esencialmente entre lo que es cristiano y lo que es anticristiano. Comprendo que puede haber muchos, entre los que carecen de inclinación religiosa, que no aceptarán esta generalización. Muchos probablemente preferirían definir el problema como una contienda entre los conceptos y sistemas políticos del así llamado mundo libre, y las ideologías del estatismo y el comunismo. Sea cual fuere la definición que se dé a la lucha, yo, en lo personal, estoy convencido que la causa del mundo libre puede ser fomentada y desarrollada inmensurablemente, si se acepta más ampliamente el concepto cristiano. Ese concepto, más que cualquier otra cosa, según mi criterio, provee el entendimiento fundamental del derecho inherente que el hombre tiene a la libertad. Por mucho que las ilustraciones de lo pasado se utilicen para justificar la eterna búsqueda y lucha por la libertad, no aparece en toda la historia nada que tan completamente apoye esta lucha como el conocimiento y entendimiento de la naturaleza y origen del hombre mismo.

¿Dónde podremos hallar esa tan absolutamente esencial explicación? Creo que puedo contestar por todo creyente cristiano. La encontramos en la teología cristiana, en la que se da al hombre una dignidad y majestad de nacimiento y propósito que sobrepuja todo cuanto le puede crear el imaginativo racionalismo del hombre. Este hombre de origen cristiano, en lo que a derecho divino concierne, es un hombre libre, dotado con el poder para elegir, sin más restricción que aquella que necesariamente se debe imponer a fin de dar a todos sus semejantes la misma medida de libertad y elección.

Creo yo, mis hermanos, hermanas y amigos, y espero que muchos hayan escuchado esta mañana, que nunca se había presentado a nosotros y al mundo una exposición mejor del fundamental concepto cristiano de la familia, los cimientos de la sociedad y las bases esenciales que comprenden y sostienen nuestra libertad, que el inspirador, comprensivo y eficaz sermón del presidente McKay de esta mañana. Ojalá todo hombre en el mundo entero lo hubiese oído.

Este hombre que el concepto cristiano produce no sólo es libre para actuar por sí mismo, sino que también se tiene por objeto que viva en una sociedad libre, que marcha de acuerdo con el noble y sublime criterio de que todos los hombres son hermanos en la familia de un Padre Divino. ¿Hay en la batalla por la libertad del hombre algo que substituya de una manera satisfactoria y prometiente este concepto cristiano? Me parece que no, y dudo que haya muchos en el mundo libre, que después de considerar seriamente insistan en que sí existe.

Frente a los problemas que confrontan al mundo en medio de esta tensión nerviosa de que se desate una guerra devastadora y aniquiladora, ¿será mucho pedir a los hombres y mujeres de este país, que ha llegado a ser reconocido como el paladín de la causa de la libertad, que se sometan ellos, sus vidas y sus sentimientos a su propio escrutinio, y respondan a su propia conciencia si son verdaderamente cristianos en creencia y propósito? Todo el que concienzudamente se coloca en esa categoría se halla en posición de hacer una contribución a la noble causa que nuestro país defiende, contribución que de ninguna otra fuente puede provenir, estoy seguro, en igual medida.

Me conformo con dar por terminado en esta ocasión el tema de la definición cristiana, con esta observación: Estaré dispuesto a aceptar la declaración del ministro, de que el «cristianismo es la Sociedad de los Amigos de Jesús», si se da a la palabra amigos la interpretación que el Salvador pronunció:

«Vosotros sois mis amigos, si hiciereis las cosas que yo os mando.» (Juan 15:14).

Tengo la obligación, de mí mismo así como por parte de mis correligiosos, miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, de hacer una declaración adicional, particularmente para el beneficio de los que no siendo uno de nosotros estén escuchando estos servicios. Quisiéramos hacer saber a todos que providencialmente han venido al mundo otras evidencias a favor de la divinidad del Cristo y en apoyo del concepto cristiano; y que la plenitud del evangelio del Señor, y la autoridad y poder para administrarlo se han restaurado al mundo mediante su siervo escogido para el esclarecimiento y bendición de todo el género humano; y además, que este entendimiento más amplio de la verdadera naturaleza del cristianismo está al alcance de todos los que sincera y humildemente desean lograrlo, y que este conocimiento y la adopción del evangelio restaurado como su manera de vivir mejorará inmensurablemente las probabilidades de que las fuerzas de la libertad triunfen de sus contrarios. Extiendo a todos una sincera invitación de investigar por sí mismos.

En conclusión, deseo hacer esta declaración final. Hay en mi corazón un profundo respeto, estimación y amor hacia todos los hombres y mujeres, dondequiera que estén, que justamente pueden ser considerados cristianos. Estimo a todos los que practican las virtudes cristianas. Sé que el Cristo ama a aquellos que lo aman y le sirven, aun cuando no tengan sino un conocimiento limitado de su verdadera naturaleza y evangelio.

Dios bendiga al cristianismo, «el cuerpo de creyentes cristianos», y los verdaderos amigos de Jesús, humildemente ruego en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

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