Oídos para escuchar a los profetas

Conferencia General Abril 1955

Oídos para escuchar a los profetas

Marion G. Romney

Por Marion G. Romney
Del consejo de los doce apóstoles


Mis queridos hermanos y hermanas, vosotros los que os halláis reunidos en este edificio, los que estáis mirándonos por televisión y los que estáis escuchando la radio: Os suplico implorar al Señor que me conceda su Espíritu durante los momentos que os hable. Humildemente he solicitado su ayuda, confío en que me concederá su Espíritu y si también lo da a vosotros, los momentos que ocupe serán de beneficio para  vosotros y para mí, y para la gloria de Dios.

Tenía pensado al principio cansaros con un sermón escrito. Pero creo que puedo lograr mi objeto sin leerlo. Además, mientras os comunico el mensaje que tengo para vosotros quiero estar mirando vuestros ojos.

Mi oficio es el de ser testigo especial del Redentor y de su evangelio. Deseo tener el espíritu de ese oficio y testificaros de algunas verdades eternas que son de valor a mis hermanos y hermanas de la Iglesia que tienen testimonios fervientes, a los miembros de mi propia familia, a quienes amo, a cada uno de vosotros que estáis mirando esta conferencia, a toda alma que escucha mi voz y a todos los confines de la tierra. Lo que tengo que decir no lo aprendí por medio de mis cinco sentidos. He aprendido mucho acerca de la verdad a través de mis sentidos naturales. Los conceptos que me he formado vienen de lo que he oído y leído, pero las verdades acerca de las cuales doy testimonio, esas las he aprendido por medio de la revelación.

No por esto deseo que me mal entendáis, pues no tengo pensado relataros ninguna sorprendente visión que haya tenido. No he visto ninguna. Tampoco he oído una voz audible. La revelación viene de tres o cuatro maneras. Una de ellas es la visión manifiesta; otra es una voz audible; otra es el testimonio del Espíritu. Enós se refirió a este método, es decir, el testimonio del Espíritu, cuando dijo que oyó la voz de Dios decirle: “Tus pecados te son perdonados” (Enós 5). Y poco después, luego que hubo abogado por sus hermanos los nefitas, se expresó:

La voz del Señor de nuevo llegó a mi alma, diciendo: Visitaré a tus hermanos según su diligencia en guardar mis mandamientos (Enós 10).

Hace poco escuché a una persona famosa decir: “Lo que el mundo necesita en la actualidad es un profeta”. Fue una declaración sabia, pero no es precisamente correcta. Lo que la gente del mundo necesita hoy día es tener oídos para escuchar al profeta viviente, porque ya tenemos uno. Ha sido enviado por Dios Todopoderoso no sólo a los miembros de la Iglesia, sino también a vosotros que estáis viendo y escuchando este servicio por la televisión y radio. Casi tres cuartos de hora este profeta ha estado delante de vuestros ojos, si habéis estado viendo esta sesión. Si no lo habéis visto, habéis escuchado su voz. El presidente David O. McKay es un profeta del Dios viviente. Si sois la clase de persona que hubiese creído que Moisés era profeta, en caso de haber vivido en aquella época, sabéis que el presidente McKay es profeta. Si hubieseis aceptado a Elías el profeta, o aun al Hijo del Hombre, aceptaréis al presidente David O. McKay como profeta del Dios viviente.

Hay otros profetas que os hablarán durante esta conferencia. Haré mención de dos de ellos, los hombres que están con el presidente David O. McKay. Así como Santiago y Juan estuvieron con Pedro después de la muerte del Redentor, en igual manera el presidente Stephen L Richards y el presidente J. Rubén Clark, hijo, están con el presidente McKay. Los tres son profetas igual que cualquier otro profeta que jamás ha vivido sobre la tierra. Os ruego que escuchéis sus voces.

Habrá otros hombres que os dirigirán la palabra en las sesiones de esta conferencia, quienes han sido llamados con el mismo llamamiento de los Doce Apóstoles en los días del Salvador. Estos hombres hablarán palabras de vida eterna. Darán testimonio de las verdades del evangelio de Jesucristo, que os será necesario aceptar y cumplir si queréis ser verdaderos discípulos de Cristo. Estos hombres predicarán y enseñarán el evangelio de Jesucristo tal como El mismo lo enseñó.

Para que no haya ninguna equivocación en cuanto a lo que es el evangelio, deseo leer dos o tres versículos de las palabras del Salvador. Estaba diciendo a sus discípulos que si la Iglesia se edificaba sobre su evangelio, su Padre manifestaría sus propias obras en ella, pero que si no estaba edificada sobre su evangelio, sino en las obras de los hombres o las del diablo, podrían disfrutar de su trabajo por una temporada, pero con el tiempo llegaría el fin y entonces serían desarraigados y echados en el fuego. Después de manifestarles estas cosas, se expresó de esta manera:

“…y este es el evangelio que os he dado: que vine al mundo a cumplir la voluntad de mi Padre, porque mi Padre me envió.
Y mi Padre me envió para que fuese levantado sobre la cruz; y que después de ser levantado sobre la cruz, pudiese atraer a mí mismo a todos los hombres, para que así como he sido levantado por los hombres, así también los hombres sean levantados por el Padre, para comparecer ante mí, para ser juzgados por sus obras, ya fueren buenas o malas;
y por esta razón he sido levantado; por consiguiente, de acuerdo con el poder del Padre, atraeré a mí mismo a todos los hombres, para que sean juzgados según sus obras”. (3 Nefi 27:13-15).

Y entonces añadió:

“Y este es el mandamiento: Arrepentíos, todos vosotros, extremos de la tierra, y venid a mí y sed bautizados en mi nombre, para que seáis santificados por la recepción del Espíritu Santo, a fin de que en el postrer día os presentéis ante mí sin mancha.
En verdad, en verdad os digo que este es mi evangelio; y vosotros sabéis las cosas que debéis hacer en mi iglesia; pues las obras que me habéis visto hacer, esas también las haréis; porque aquello que me habéis visto hacer, eso haréis vosotros”. (3 Nefi 27:20-22).

En esta breve declaración el Maestro nombró cuatro verdades eternas sobre las cuales está fundado todo lo demás que su evangelio comprende: Primero, la relación que existe entre Él y su Padre; segundo, el hecho de su expiación; tercero, la resurrección universal, y cuarto, el juicio.

En cuanto a la relación que existe entre Él y su Padre, dijo así: “Vine al mundo a cumplir la voluntad de mi Padre, porque él me envió”. Esta verdad, expresada en forma tan sencilla, es la piedra principal de su evangelio. Tan imposible es edificar una hermandad cristiana sin aceptar el hecho de que Jesús es el Hijo de Dios, como hacer que la estructura de este grande edificio se sostenga sin su fundamento. La substancia misma del mensaje del Maestro durante toda su vida fue que Él es el Hijo de Dios. También el Padre, que raras veces habla de otro asunto, dio testimonio en más de una ocasión de que Jesús es su Hijo. Este hecho es parte esencial del mensaje de la restauración.

Que la expiación fue una realidad es tan indispensable al evangelio de Jesucristo como el hecho de que Jesús es el Hijo de Dios. Cada semana participamos de la Santa Cena para recordarnos su expiación. El único objeto, o por lo menos, el objeto principal del advenimiento de Jesús al mundo fue su expiación. Pudo haberse enviado a otros a predicar el evangelio. De hecho, otros han sido enviados en distintas dispensaciones: Abrahán, Enoc y Moisés, por ejemplo, y en esta dispensación, el profeta José Smith. Estos grandes profetas enseñaron el evangelio de Jesucristo tan claramente como El mismo lo hizo. Sin embargo, en el meridiano de los tiempos llegó Jesús. No sólo vino para enseñar el evangelio, sino también para ser el Redentor del mundo. Era el único que tenía las cualidades necesarias para ser el Redentor; primero, porque El y sólo Él tenía la vida en sí mismo: vida eterna que había heredado de su Padre Divino. Ha sido el único que ha llevado una vida sin pecado sobre la tierra y sólo El fue preordenado para ser el Redentor.

La resurrección es un elemento inherente de la expiación. Jesús dijo que había venido para hacer la voluntad de su Padre, y que esta voluntad era que El fuese levantado sobre la cruz. Declaró además, que el propósito para el cual iba a ser levantado sobre la cruz era para atraer a todos los hombres a Él. Esto lo realiza por medio de la resurrección.

El objeto para el cual se presentarán ante El los hombres, después de la resurrección, es para ser juzgados por las obras que hayan hecho en la carne.

Estos son los puntos fundamentales del evangelio de Jesucristo, expresados en sus propias palabras. Habiéndolos declarado, dio en seguida el mandamiento:

“…Arrepentíos, todos vosotros, extremos de la tierra, y venid a mí y sed bautizados en mi nombre, para que seáis santificados por la recepción del Espíritu Santo,…” (3 Nefi 27:20).

De modo que todos los que creen en Jesús y desean ser sus discípulos tendrán que aceptar estas cuatro verdades. También tendrán que obedecer el mandamiento. Cuando se obedezca el mandamiento, recibirán el testimonio del Espíritu Santo; y ciertamente lo recibirán. Viene a todo hombre cuya manera de vivir se lo ha merecido. Como ejemplo, deseo leeros unas cuantas líneas del testimonio de un misionero. Hace seis meses estuvo aquí en este edificio antes de salir a su misión. Después de estar cinco meses en un país extraño, aprendiendo otro idioma, escribió lo siguiente a sus padres:

Cuando primero llegué aquí y empecé mi trabajo como misionero, no sabía si iba a poder continuar. Me era muy difícil ir de puerta en puerta; no me gustaba que la gente se riera de mí y que no me escuchara. Por un tiempo no sabía si verdaderamente tenía un testimonio del evangelio. Comprendí que si mi testimonio no era fuerte, no iba a durar mucho en mi misión. También el diablo estaba trabajando contra mí, porque me sentía inquieto y descontento, y no tenía deseos de salir y comunicar el mansaje a la gente.

Pero hoy no hay nada que más me agrade. El Señor me ha bendecido con un testimonio muy fuerte del evangelio. Sé sin ninguna duda que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y que Dios vive y que tiene un cuerpo de carne y hueso. Sé que José Smith, hijo, fue y es un profeta de Dios, y que él restableció el evangelio aquí en la tierra en estos últimos días. Sé que los que dirigen la Iglesia en la actualidad son profetas, videntes y reveladores, y nada me causa mayor satisfacción que declarar a las personas con quienes hablo que yo sé que estas cosas son verdaderas. . .

Ruego que pueda llegar a ser un digno representante de mi familia, de mi Iglesia y de mi Señor; doy este testimonio mediante el don del Espíritu Santo y en el nombre de Jesucristo.

He aquí un joven de veinte años que ha recibido ese testimonio. Sabe que estas verdades eternas son ciertas porque le ha sido manifestado por medio del sexto sentido, por decirlo así; ha recibido el testimonio del Espíritu.

Oh, mis amados hermanos y hermanas, mis buenos amigos que jamás he visto y que nunca me habéis visto a mí, os testifico que hay revelación en esta época, que hay un poder de Dios que desea penetrar nuestros corazones y traernos la paz, esa paz que conducirá a la paz del mundo que mencionó esta mañana nuestro gran profeta. Os doy este testimonio en el nombre de Jesucristo. Amén.

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