No deis coces contra el aguijón

Conferencia General Abril 1955

No deis coces contra el aguijón

Spencer W. Kimball

por Spencer W. Kimball
del Consejo de los Doce.


Recientemente un joven indio dio su testimonio en mi presencia, y entre otras cosas dijo: “Me siento orgulloso de ser Navajo. Mucho más orgulloso me siento de ser mormón, y aún mucho más de que tengo el sacerdocio”. Así es como me siento hoy ante esta gran asamblea, en este aniversario. Hace ciento veinticinco años se congregaron seis personas para celebrar la primera conferencia; y en ésta, en cada una de las diez sesiones que hemos verificado se ha llenado completamente el edificio. Deseo testificar que la obra en que nos hallamos ocupados es la obra del Señor en todo el sentido de la palabra, y estoy agradecido por ser miembro de la Iglesia del Señor. He rogado mucho que lo que diga esta mañana sea de beneficio a alguien.

Y él (Señor) dijo: Yo soy Jesús a quién tú persigues: dura cosa te es dar coces contra el aguijón. (Hech. 9:5).

El Señor hablaba a la importante persona, Saulo de Tarso, Pablo del cristianismo. Muchas veces me he preguntado precisamente qué significará esto. Hallé una autoridad que ofrece esta explicación:

Los que dan de puntapiés al acicate, que ahogan las convicciones de la conciencia, que se rebelan contra las verdades y leyes de Dios, que riñen con sus providencias, que persiguen y se oponen a sus ministros porque éstos los reprueban. . . y se enfurecen contra sus reprensores, éstos son los que dan coces contra el aguijón, y tendrán que responder por muchas cosas. (Commentaries, por Henry M. Scott).

Para picar a los bueyes se usa una vara larga con punta de hierro. El animal que patea contra el instrumento puntiagudo con que se le está picando está dando coces contra el aguijón. Su acción causa poco efecto en la vara o en el que está usando, pero sí hiere al animal que da la coz.

Me acuerdo muy bien que en mi juventud uno de mis vecinos se vio obligado a andar con muletas durante algunos días. Siempre andaba con rodeos cuando se le preguntaba la causa de su desgracia, pero uno de sus amigos me contó, riéndose lo que había sucedido. Juan se tropezó con una silla en la noche, y lleno de ira dio un puntapié a la silla, y como estaba descalzo, se fracturó uno de los dedos del pie. La silla mecedora probablemente continuó meciéndose y sonriendo por la estupidez del hombre.

El primer rey de Israel disputó con la providencia. Su terquedad le costó su reino y ocasionó una severa reprensión que recibió de su profeta:

¡Oh necio monarca! Teniendo poder, riqueza y oportunidad ¿por qué los menospreciaste? El profeta Samuel denunció al arrogante Saúl; el superior, altanero, orgulloso y soberbio Saúl:

Siendo tú pequeño en tus ojos ¿no has sido hecho cabeza a las tribus de Israel, y Jehová te ha ungido por rey sobre Israel? (1 Sam. 15:17).

Hubo un hombre que se rebeló contra el llamado que recibió de Brigham Young de ir a colonizar uno de los valles del sur. Se expresó de esta manera: “Nadie me va a decir dónde he de ir y lo que he de hacer”. A causa de su rebelión personal, retiró a toda su familia de la Iglesia. Pero, ¡cuán poco fue el mal efecto que su retirada surtió en la Iglesia! Esta ha seguido creciendo sin él. ¡Pero cómo ha sufrido este hombre en su progreso eterno! Como contraste tenemos el ejemplo de cantidad de personas que se trasladaron a éstos valles y criaron familias llenas de fe y devoción.

Hay muchos que dejan de orar al Señor porque se ven rodeados de dificultades, y así sueltan la vara protectora en el momento preciso en que es tan importante que estén asidos a ella.

Tenemos el ejemplo de un hombre que para satisfacer su propio egoísmo, se opuso a las Autoridades de la Iglesia. Procedió del modo usual, no apostató al principio, sólo e x presó superioridad de conocimiento y criticó un poco. Decía que amaba a los hermanos, pero que éstos no podían ver e interpretar como a él le gustaría que lo hiciesen. Aseguraba que seguiría amando a la Iglesia; sin embargo, sus críticas fueron cada vez mayores y más extensas. Estaba convencido de que él tenía razón; su conciencia no le permitía ceder; tenía que defender su orgullo. Sus hijos no aceptaron del todo su filosofía, pero su confianza fue debilitada. En su frustración se casaron fuera de la Iglesia y los perdió. Más tarde se dio cuenta de su locura y volvió a la humildad, pero ya era tan tarde; había perdido a sus hijos. “Dura cosa te es dar coces contra el aguijón.

El profeta Ezequiel dijo:

Los padres comieron el agraz, y los dientes de los hijos tienen la dentera. (Eze. 18:2).

Vamos a considerar ahora al hombre que no quería que lo relevaran de las posiciones que ocupaba en la Iglesia. Sabía que las posiciones eran cargos temporáneos pero criticó al presidente que lo había relevado, quejándose de que no se le había reconocido como merecía; el tiempo no había sido oportuno; se había desacreditado su eficacia. En su rencor se justificó a sí mismo, se ausentó de las reuniones y se disculpó a sí mismo por esa separación. Sus hijos participaron de su condición frustrada, e igualmente los hijos de sus hijos. En los últimos años de su vida “volvió en sí”, y ya para morir se arrepintió. Su familia no quiso efectuar la transformación que él ahora daría su vida por lograr. ¡Qué egoísmo! El orgullo altanero induce a comer el agraz y son los inocentes cuyos dientes tienen la dentera. “Dura cosa te es dar coces al aguijón”.

Un hombre y una mujer casados en el templo fueron bendecidos con ocho bellos hijos. Pasaron los años y un día les fue negada una recomendación para entrar en el templo. ¿Permitir que los tratara de esa manera aquel obispo joven? ¡Nunca! ¿Por qué había de privárseles de esa oportunidad y humillárseles así? ¿Eran menos dignos que los demás? Su argumento era que aquel obispo tan joven, “un mero muchacho”, era demasiado estricto, demasiado ortodoxo. Jamás volverían a ser activos y a pararse en las puertas de esa Iglesia mientras aquel obispo presidiera. Le enseñarían lo que era ofenderlos. La historia de esa familia es trágica. Los cuatro hijos más jóvenes jamás se bautizaron; los cuatro mayores jamás recibieron el sacerdocio, jamás entraron en el templo. Ninguno de los de esta familia ha cumplido con una misión. Hoy los padres están intranquilos, todavía ofendidos. Se cubrieron con una nube, y las oraciones justas no pudieron pasar. (Véase Lam. 3:44).

Las obras, los designios y los propósitos de Dios no pueden ser frustrados o anulados. (D. y C. 3:1).

Más el individuo que los combate sólo halla la desilusión, el desengaño y la miseria. El Señor dijo: “Los rebeldes serán afligidos con mucho pesar”. (D. y C. 1.3). En cambio otro lugar detalla así el destino de los que se oponen a El:

Tan inútil le sería al hombre extender su débil brazo para detener el río Misurí en su curso decretado, o devolverlo hacia atrás. . .

¿Por qué son escogidos tan pocos?

Porque tienen sus corazones de tal manera fijos en las cosas de este mundo y aspiran tanto a los honores de los hombres, que no aprenden esta lección única:

Que los derechos del sacerdocio. . . cierto es que se nos confieren; pero cuando tratamos de cubrir nuestros pecados, o de gratificar nuestro orgullo, nuestra vana ambición. . . en cualquier grado de injusticia, he aquí, los cielos se retiran, el Espíritu del Señor es ofendido, y cuando se aparta, ¡se acabó el sacerdocio o autoridad de aquel hombre!

He aquí, antes que se dé cuenta, queda solo para dar coces contra el aguijón, para perseguir a los santos y para combatir contra Dios. (D. y C. 121: 33-38).

De aquellos que lo desafían, los que huellan con los pies sus sagradas ordenanzas y combaten a sus directores, el Señor dice:

Malditos sean todos los que alcen el calcañar contra mis ungidos diciendo que han pecado cuando no ha sido así delante de mí, sino más bien han hecho lo que convenía a mis ojos y lo que les mandé, dice el Señor.

Más los que gritan transgresión lo hacen porque son siervos del pecado, y ellos mismos son hijos de la desobediencia.

¡Ay de ellos!, porque han ofendido a mis pequeñitos; serán vedados de las ordenanzas de mi casa. . . ellos mismos serán odiados de aquellos que los lisonjeaban.

No tendrán el derecho de poseer el sacerdocio, ni tampoco su posteridad después de ellos, de generación en generación. (D. y C. 121: 16, 17, 19, y 21).

El siglo pasado el Señor censuró a un hermano, Almon Babbitt, con estas palabras:

He aquí, ambiciona imponer su propio criterio en lugar del consejo que yo he ordenado, el de la presidencia de mi Iglesia; y establece un becerro de oro para que mi pueblo lo adore. (D. y C. 124:84).

Era como aquellos romanos de quienes habló Pablo:

Porque manifiesta en la ira del Dios del Cielo contra toda iniquidad e injusticia de los hombres. . .

Porque habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios. . . antes se desvanecieron en sus discursos, y el necio corazón de ellos fue entenebrecido.

Diciéndose ser sabios, se hicieron fatuos. (Romanos 1:18-21-22).

Porque aunque un hombre reciba muchas revelaciones —dijo el Señor— y tenga poder de hacer obras poderosas, sin embargo si se jacta de su propio poder y desecha los consejos de Dios, y sigue los dictámenes de su propia voluntad y deseos carnales, tendrá que caer e incurrir en la venganza de un Dios justo. (D. y C. 3:4).

Cuando nuestro Redentor reprendió a Harris, se refirió a él como un hombre malvado, “el cual ha despreciado los consejos de Dios, y ha quebrantado las más altas promesas hechas ante Dios, y se ha estribado en su propio juicio”. D. y C. 3: 12-13).

Según la palabra del Señor, solamente por las transgresiones de su pueblo puede ser interrumpida su obra Jacob se lamenta de esta manera:

¡Oh las vanidades, flaquezas y necedades de los hombres! Cuando son instruidos se creen sabios y no oyen el consejo de Dios, porque lo menosprecian, suponiendo saber de sí mismos; por tanto, su sabiduría es locura y de nada les sirve. Y ellos perecerán. (2 Nefi 9:28).

Los hombres siguen tratando de crear a Dios, sujetarlo y frustrar sus propósitos, pero:

Sus propósitos nunca se frustran, ni tampoco hay quien pueda detener su mano.

De eternidad en eternidad es el mismo, y sus años nunca se acaban. (D. y C. 76:3-4).

Pero en su egoísmo los hombres continúan intentándolo. Fue contra hombres como estos que Pablo amonestó a su coadjutor:

Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado, evitando las profanas pláticas de vanas cosas, y los argumentos de la falsamente llamada ciencia. (1 Timoteo 6:20).

Los Césares quemaron a los santos antiguos como antorchas, los arrojaron a las garras de bestias salvajes en los coliseos, los hicieron huir a las catacumbas, les confiscaron sus propiedades y acabaron con sus vidas; pero todo fue en vano, porque con ello sólo se intensificaron los fuegos de la devoción y del sacrificio.

Los perseguidores decapitaron a Juan el Bautista, traspasaron con una lanza al apóstol Santiago y, según la tradición, martirizaron al misionero Pablo, y crucificaron al gran Simón Barjona. No obstante, fracasaron en la realización de su objeto. Donde relativamente pocos contemporáneos los oyeron, muchos millones, desde esa época, han sido iluminados por sus doctrinas e inspirados por sus testimonios.

“El mormonismo fracasará si matamos a su profeta”, dijeron hace un siglo cuando asesinaron a José Smith a sangre fría. Indudablemente sus diabólicas sonrisas de satisfacción por haber perpetrado tan terrible crimen, se tornaron en gestos de confusión cuando se dieron cuenta de que no habían estado sino dando coces contra el aguijón, no hiriendo a nadie más que a sí mismos. No fue destruido el mormonismo por el cruel martirio del Profeta, antes fue la fuerza de su vitalidad. La carne destrozada por las balas abonó la tierra; la sangre que derramaron regó la semilla, y los espíritus que despacharon al cielo testificarán contra ellos por las eternidades. La causa del mormonismo persiste y crece.

Gamaliel, notable doctor fariseo de la ley e instructor de Saulo de Tarso, estaba dotado de una percepción más profunda que la de cualquiera de sus colegas, los príncipes de los sacerdotes que querían dar muerte a los apóstoles, y los amonestó, diciendo:

Mirad por vosotros acerca de estos hombres en lo que habéis de hacer. . .

Dejaos de estos hombres, y dejadlos; porque si este consejo o esta obra es de los hombres se desvanecerá.

Más si es de Dios, no la podréis deshacer; no seáis tal vez hallados resistiendo a Dios. (Hechos 5:35, 38, 39).

¡Qué perspicacia! ¡Qué prudencia la de este sabio! “Mirad por vosotros”, les amonestó. Era lo contrario de lo que esperaban. Les hizo recordar la suerte de Teudas, un hombre de influencia, de palabras altisonantes, gran conocimiento, cerebro muy capaz, lógica superior, el cual sus cientos de discípulos dio coces contra el aguijón, resistió la verdad, combatió a Dios y él y los suyos fueron reducidos a nada.

Les habló de Judas el Galileo, de sus filosofías y lisonjeras palabras que no consiguieron para él y los suyos sino relegarlos al olvido. Hubo en los primeros años de la historia de la Iglesia, directores cuyos nombres figuraban con los de José Smith y su hermano Hyrum, directores que han ido y venido. Se abrieron los cielos, recibieron revelaciones y los visitaron ángeles santos. Les fueron conferidos puestos de confianza, y a pesar de todo esto se manifestó la arrogancia, los celos y el descontentamiento.

Porque la vid de Sodoma es la vid de ellos, y de los sarmientos de Gomorra: las uvas de ellos son uvas ponzoñosas, racimos muy amargos tienen.

Veneno de dragones es su vino, y ponzoña cruel de áspides. (Deut. 32-32-33).

¡Oh hombre estúpido; oh hombre egoísta! ¡Pensando solamente en sí, profana el camino del Señor y trae la aflicción a su posteridad, cuyas rosas se vuelven cenizas, cuya fruta se convierte en piedra. ¡Cuán agrias son las uvas! ¡Cuán aterradora esa responsabilidad! “Dura cosa te es dar coces contra él aguijón”.

¡Pero ay de aquel a quien la ley se ña dado; sí, que tiene todos los mandamientos de Dios, como nosotros, y los quebranta, y malgasta los días de su probación!, porque su estado es terrible. (2 Nefi 9:27).

En una de las páginas del diario del profeta José hallamos lo siguiente: “A las 3:30 P.M., me reuní con Brigham Young en mi oficina“. Entonces sigue lo siguiente: ‘Escríbase a Oliverio Cowdery, y pregúntesele si no se ha hastiado de comer bagazo. Si no está ya casi listo para volver y vestirse con la ropa de la justicia y subir a Jerusalén. Orson Hyde lo necesita”. (Hystory of the Church, tomo V, páginas 366. 338).

Esto nos hace recordar la parábola del hijo pródigo, cuya triste suerte lo obligó a comer bagazo con; los puercos, después de haber abandonado la casa y el lugar en la mesa de su padre. E igual que él, el hombre moderno de extraordinarias oportunidades luchó contra su conciencia, ahogó sus mejores impulsos; y por último, ya para fenecer sus facultades terrenales, casi sin influencia en el mundo, “volvió en sí” y regresó al programa que había resistido. Los dientes de muchos habían conocido la dentera durante los años estériles de su vida. Su cuñado, David Witner, dijo de él cuando más tarde volvió a la Iglesia:

“Jamás vi hombre más feliz que Oliverio cuando murió. Después de estrechar la mano de sus familiares y besar a su esposa e hija, declaró: ¡Ahora me acuesto por la última vez. . .! y murió con una sonrisa”.

La paz, la dulce paz viene por último a todos los hombres cuando humildemente ceden al suave impulso del Espíritu.

La historia de la transformación de Alma no es muy distinta de la de Pablo. Con sus compañeros quiso “sostener el arma de Dios”, corregir a los directores de la Iglesia y dominar los pensamientos del pueblo. Estos jóvenes eran inteligentes, elocuentes y de muy buena presentación. El ángel del Señor que descendió, “como si fuese, en una nube, les habló como con voz de trueno que hizo temblar el suelo”, y ellos, asombrados, cayeron a tierra. Alma quedó mudo y sin aliento. Lo llevaron a su padre donde por fin sanó después de mucho ayuno y oración por parte de aquellos que lo amaban. En su agonía exclamó:

Me hallaba en un obscuro abismo; mas ahora veo la maravillosa luz de Dios. Atormentaba mi alma un suplicio eterno; más he sido rescatado y mi alma no siente más dolor. (Mosiah 27:29).

Tuvieron que tener valor Alma y los príncipes, hijos del rey, para admitir que habían estado en error. Sin embargo, salieron entre el pueblo, “esforzándose por reparar cuanto mal habían causado a la Iglesia”. (Mosiah 27:35).

Citamos una vez más las palabras de Pablo:

Mirad que nadie os engañe por filosofías y vanas sutilezas, según las tradiciones de los hombres conforme a los elementos del mundo, y no según Cristo. (Col. 2:8).

Los antidiluvianos fueron una ley a sí mismos, y cerraron las puertas en contra de sí Jonás, en su egoísmo, se ofendió cuando el arrepentimiento de los habitantes de Nínive hicieron innecesario el cumplimiento de su profecía. Judas luchó contra Dios y cayó, víctima de Satanás. Sherem con su conocimiento, elocuencia y lisonja procuró desviar a la gente de la fe sencilla, y murió en medio del remordimiento y la humillación. Nehor quiso fomentar su propia causa, aumentar su popularidad y encabezar a un grupo por medio de sus mentiras y halagos, y acabó sus días con una muerte ignominiosa. Korihor, con sus enseñanzas de libertad intelectual y racionalismo, popular por un tiempo, después anduvo mendingando por las calles. Los Jonases y Almas y Korihores aún los hay, aún procuran cubrir sus pecados y satisfacer su orgullo y vanas ambiciones. Ofenden al Espíritu del Señor, se apartan de los lugares santos e influencias justas, y como lo expresó el Salvador:

He aquí, antes que se dé cuenta, queda solo para dar coces contra el aguijón, para perseguir a los santos y para combatir contra Dios. (D. y C. 121: 38).

Sin embargo, puede decirse, para gloria eterna de los hombres, que es numerosa la gente buena que habiendo sido ofendida se repone de la ofensa, comprendiendo que mientras estemos en el estado mortal viviremos y trabajaremos con personas imperfectas, y que habrá malos entendimientos, ofensas y perjuicios que harán blanco en los de sentimientos tiernos. Los mejores motivos a veces se mal interpretan. Causa satisfacción hallar a muchos, que en la magnanimidad de su alma han orientado su manera de pensar, han dominado su orgullo y perdonado lo que para ellos fue una ofensa personal. Muchos otros que han andado a solas, criticando, por senderos solitarios y escabrosos, llenos de miseria, por fin han aceptado la corrección, reconocido sus errores, purgado su corazón de amarguras. Y las frustraciones y la crítica, la amargura y consiguiente separación de la Iglesia han sido reemplazadas por el calor, la luz y la paz. Y todos los que han conocido el calor del Señor Jesucristo y su programa, bien pueden exclamar con el profeta José Smith:

¡Regocíjense vuestros corazones y llenaos de alegría!. . .

¡Canten en unión el sol, la luna y las estrellas del alba, y griten de gozo todos los hijos de Dios! ¡Declaren para siempre jamás su nombre las creaciones eternas! Y otra vez digo: ¡Cuán gloriosa es la voz que oímos desde los cielos, que en nuestros oídos proclama gloria, salvación, honra, inmortalidad y vida eterna, reinos, principados y potestades! (D. y C. 128:22-23).

Dios nos bendiga a todos para que podamos vivir siempre cerca de Él, ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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