Mi hija se prepara para casarse

Mi hija se prepara para casarse

harold b. lee

por Harold B. Lee
Del consejo de los doce


Hace algún tiempo vino a parar a mis manos una copia de una carta escrita por William James, el renombrado psicólogo, a su hija, Peg, que se encontraba en la edad en que los problemas de la juventud aparecen con mayor agudeza. La carta empezaba con las palabras “Querida Peg”. En ella intentaba darle su consejo paterno para calmar sus temores, y concluía con el siguiente comentario:

“No dudo de que te estás portando lo mejor que sabes, mi querida Peg; pero en la vida tenemos que saber de todo, y estoy seguro que resolverás el problema con una destreza cada vez mayor, si vuelve a surgir; y dentro de poco se disipará para dejarte únicamente con más experiencia”.

Si él, ustedes y yo tenemos la confianza de que “Nuestra querida Peg” “está portándose lo mejor que sabe”, ¿nos hemos preocupado en el desarrollo que se nos ha confiado de su alma, nunca la hemos privado de nuestras enseñanzas y de las ventajas de nuestra madurez al hacerle aprender “todo” lo que sabemos? ¿La hemos preparado durante su infancia, ayudándola a poner los cimientos de una vida sana, feliz, llena de éxito; o la hemos dejado reducida a sus propios medios, esperando que de alguna forma la Providencia la protegiera durante la época de su crecimiento?

Quizá esta historia, que sucedió de verdad, ayude a poner en claro lo que estoy tratando de decir. La sección de un periódico de hace unos años contaba lo acaecido a un joven piloto que, durante un vuelo de entrenamiento por encima del aeropuerto, de repente exclamó por el altavoz de la radio que lo ponía en contacto con la torre de control: “¡No veo! Estoy ciego”. Si los de la torre de control se hubiesen dejado llevar por el pánico, un mal final para el joven piloto y el aeroplano hubiesen sido seguros. Pero afortunadamente el encargado era un hombre de experiencia que sabía que bajo ciertas circunstancias una persona poco experta en el pilotaje y sujeta a una fuerte tensión nerviosa podía sufrir de ceguera temporal.

Con toda calma se puso a hablar por radio con el muchacho, dándole instrucciones para ir planeando y descendiendo lentamente, mientras que por otro conducto avisó al departamento de emergencia para que estuviesen preparados inmediatamente en caso de que se estrellara. Después de unos emocionantes minutos que parecieron interminables a los presentes, el piloto, aún bajo la influencia de la ceguera, consiguió finalmente posar su avión sobre la pista y parar sano y salvo en el campo de aterrizaje. Con toda rapidez, los encargados de la ambulancia llevaron al muchacho al hospital de la base para someterlo a tratamiento.

¿Qué hubiese sucedido si el encargado de la torre de control se hubiese puesto nervioso o hubiese descuidado el cumplimiento de su deber, o bien no hubiese sabido cómo hacerse cargo de aquella emergencia? La respuesta es que hubiese ocurrido exactamente lo mismo que podría sucederle a “Nuestra querida Peg”, si tuviese que enfrentarse con una crisis a la que no estuviese acostumbrada, y no tuviese en aquellos momentos decisivos los consejos de la experiencia. En ambos casos, el resultado sería que la vida de una persona quedaría desgraciada para siempre, si no destruida, y sus oportunidades de progresar quedarían grandemente perjudicadas.

Muchas veces hemos visto parejas ya de edad avanzada entrar en el templo para presenciar el casamiento del último vástago de su numerosa familia, y decir, a manera de bendición final de sus años de sacrificio como padres: “Este es nuestro último hijo. Todos se han casado en el templo”. He oído la manera en que un joven rindió tributo al padre que, desde su “torre de control”, había guiado a su hijo hacia la santidad de una boda en el templo. Lo que dijo el muchacho simplemente fue: “Bueno, papá, por fin lo conseguí”.

Aunque todos los problemas de la vida no se resuelven con un matrimonio en el templo, lo cierto es que, para todos aquellos que lo contraen sinceramente, constituye un buen puerto de refugio y un áncora de salvación para su alma cuando los temporales de la vida rugen a su alrededor. Hablando del asunto, el Presidente Stephen L. Richards ha dicho lo siguiente: “Una de las causas más eficaces en evitar el mal ha sido el temor de perder su lugar en el círculo eterno de la familia”.

“La pureza debe reinar en el corazón de los que vengan tras estas paredes
En donde tiene lugar un festín desconocido en los salones de fiestas.
Servíos con largueza, porque con largueza ha dado Dios,
Y gustad los gozos sagrados que os hablan de los lugares celestes.
Oíd aquí la historia de aquél que triunfó de la muerte,
Y dio a los hombres las llaves del reino:
Unidos aquí por los poderes que enlazan el pasado y el presente,
Los vivos y los muertos alcanzan la perfección”.
Orson F. Whitney.
(De una inscripción a la entrada del templo de Cardston, Provincia de Alberta Canadá).

Ojalá que todas las madres hubiesen podido oír el llanto y las lamentaciones de una jovencita que, cuando ya parecía que el sueño de toda su vida, el poder casarse en el templo, estaba a su alcance, había quebrantado la ley de la castidad y durante tres semanas antes de confesarlo a alguien, había vivido en la tortura de su conciencia que la acusaba. Una y otra vez preguntaba: “¿Cómo podía yo saber el peligro que corría? ¿Por qué no tuve la fuerza de voluntad para resistir?” Lo mismo que el piloto, aquella muchacha había estado volando a ciegas, pero desgraciadamente para ella, no hubo una torre de control que en su apuro la pudiese guiar sana y salva hacia el campo de aterrizaje. Si hubiese podido discutir sus problemas con una madre comprensiva, qué caso más diferente hubiese sido el suyo.

Quizás la mamá había estado demasiado ocupada con el trabajo de la casa o con el trabajo de la iglesia, y había descuidado, por motivo de sus quehaceres, el tener un momento de confidencias íntimas en el cual discutir sus problemas con toda franqueza. Quizás la mamá se había contentado con hacer que su hija recibiese su instrucción sobre esos temas tan delicados en los cursos especiales que dan las universidades, y que la mayoría de las veces dejan a la juventud aún más confundidos que antes. Quizás esta madre no se daba cuenta que en su propia casa, diariamente, por medio de la radio, las revistas y la televisión, iban entrando las ideas equivocadas sobre el amor y la vida que, las más de las veces, los jóvenes confunden por la verdadera felicidad, incapaces de ver la astuta manera en que se les presenta.

¿Acaso no tenemos el hecho de que nuestro Padre Celestial, en su sabiduría, previendo las amenazas con que los hogares y los matrimonios se tendrían que enfrentar en la época moderna, estimó necesario dar a los padres, en los albores de esta dispensación, instrucciones vitales que, cuando se las obedece, protegen contra estos peligros? El Señor enseñó claramente a las madres de la Iglesia su responsabilidad para con sus hijos en una revelación de la que se nos dice que es “una ley para los padres de Sión”. Estos mandamientos para los padres se dividen en dos categorías diferentes. La primera, son la enseñanza que se deben dar a un niño antes de su bautismo, para que comprenda “la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo, el Hijo de Dios viviente, del bautismo y del don del Espíritu Santo por la imposición de manos”. Después del bautismo, el Señor hizo hincapié en lo siguiente, como parte esencial de su ley para los padres, que estos “también han de enseñar a sus hijos a orar y a andar rectamente delante del Señor. . . observar el día del Señor para santificarlo”… y “recordar sus labores” y no estar ociosos o dejarse llevar por la codicia. Estas enseñanzas tienen que ser realizadas a menudo en el hogar, y por lo menos de manera tan eficaz como lo son las ideas del mundo que se les oponen y cuya influencia los niños y los jóvenes reciben constantemente. Se ha sugerido el empleo de frecuentes noches familiares o reuniones “hogareñas” como el lugar y el momento más apropiado para dar estas instrucciones.

La gran importancia que poseen las enseñanzas del evangelio en la protección de los jóvenes cuando éstos se están preparando para casarse, queda bien aclarado por el ejemplo que una vez dio un maestro. “No es posible”, dijo, “que rosas hermosas broten en un rosal, si antes no hemos hecho que las raíces de la planta se hayan arraigado firmemente en un suelo que es rico y fértil. Debemos cultivar la planta y limpiarla de toda mala hierba”. De igual modo, las rosas de la virtud, la sobriedad, la honradez y la integridad no brotan en el alma humana, si antes no hemos arraigado nuestra persona en un testimonio firme, sólido de la vida y la misión del Señor Jesucristo.

Conozco a cierta madre que nunca estaba demasiado ocupada que se descuidara de dedicar un momento a su hijita cada vez que ésta quería discutir sobre las cosas de la vida. Las respuestas de la madre, como es natural, estuvieron siempre proporcionadas a cada plano de la capacidad mental de su hijita. Siempre vigiló a su hija en la encrucijada en que la colocaban sus experiencias, ya fuese un entusiasmo desbordante o una decepción total, después de haber asistido a una fiesta. Cuando llegó el momento en que empezaron a hacérsele proposiciones de matrimonio, la madre supo orar en silencio y, luego dedicó unos momentos para aconsejar a su hija cuando ésta lo necesitaba. La víspera de la boda, fue hacia la madre a quien la hija se dirigió en busca de consejo sobre cuál era el lugar de la novia en las sagradas relaciones del matrimonio. Y esta madre tuvo la sensación de haber triunfado cuando, por fin, vio que su hija alcanzaba la felicidad con la creación de un hogar hermoso y feliz.

He tenido la experiencia, durante casi veinte años, de ser invitado cada semana a varios de los hogares más felices de la Iglesia y, por otra parte, casi cada semana también, visito hogares en los que la felicidad está lejos de reinar. A causa de lo que he visto, he llegado a formar en mi mente conclusiones bien definidas: Primero, los hogares más felices son los de aquellos que se han casado en el templo. Segundo, el casamiento en el templo dará buenos resultados si ambos contrayentes participaron en las santas ordenanzas del templo con pureza de cuerpo, mente y corazón. Tercero, un casamiento en el templo alcanza su máximo grado de santidad cuando ambos contrayentes comprenden perfectamente el propósito de las santas investiduras y las obligaciones bajo las cuales se encuentran de acuerdo con las instrucciones recibidas en el templo. Cuarto, aquellos padres que han tomado a la ligera los convenios que hicieron en el templo, pocas esperanzas pueden tener de que sus hijos los tomen de otro modo, por culpa del mal ejemplo que ellos mismos dieron.

En nuestra época, la moda, el afán de aparentar, los engaños y la fascinación del mundo han deformado de mala manera los conceptos de la santidad del hogar y del matrimonio que antes se poseían, e incluso a veces hasta la ceremonia matrimonial. Bienaventurada es aquella madre que, en su prudencia, describe a su hija la viva realidad de una escena sagrada en la hermosa sala del templo donde, lejos de todo ruido mundanal, y en la presencia de los padres y de los amigos íntimos de la familia, la novia joven y hermosa y el novio se dan la mano a través del santo altar. Doy gracias a Dios por aquella madre que sabe enseñar a su hija que en este lugar del templo, el sitio terrenal más cercano a los cielos, el corazón de un cónyuge está en comunión con el del otro, en un amor mutuo que establece una unidad perfecta que desafía los embates de la vida y que ni las desilusiones ni las decepciones pueden destruir, al mismo tiempo que proporciona el mayor estímulo para alcanzar las más altas cimas de progreso en esta vida.

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