Los Fines de la Sociedad de Socorro

Los Fines de la Sociedad de Socorro

Mark E. Petersen

Por Mark E. Petersen
del Consejo de los Doce
(tomado de The Relief Society Magazine)


Realmente ha sido una inspiración para mí, mis queridas hermanas, estar presente con vosotras en esta reunión esta tarde. La Sociedad de Socorro siempre ha sido una fuente de inspiración para mí. Siento gran estimación no solamente por la Sociedad, como tal, sino por vosotras que la dirigís y, como es natural, por la presidencia general y mesa directiva que están a la cabeza. Reitero de todo corazón lo que dijo la hermana Sharp acerca de la mesa directiva y la hermana Spafford, y ciertamente esa referencia debe incluir a las hermanas Simonsen y Sharp. Estas mujeres son dignas de admiración. Son personas que descuellan. Ciertamente han sido abundantemente bendecidas del Señor, y la razón porque el Señor las bendice es porque ellas mismas son tan devotas. Se entregan con tan buena disposición y son tan obedientes al Señor, que Él puede obrar por medio de ellas con éxito y las utiliza como instrumentos para llevar a cabo sus propósitos en la tierra.

De manera que me siento agradecido por la oportunidad y privilegio de rendir tributo a la Sociedad de Socorro en esta ocasión, así como a las admirables mujeres que dirigen sus obras en forma general y las que trabajan en las estacas y las misiones.

He sentido gozo al escuchar la música que se ha cantado aquí hoy. Siempre me da gusto cuando algo viene de la Estaca de Sugar House. Por un tiempo tuve el privilegio de estar en la presidencia de esa Estaca, y por eso es que cuando sé que la Estaca de Sugar House está efectuando algo, siempre me da gusto. Me causó alegría escuchar este hermoso coro bajo la hábil dirección de la hermana Ann Jones, a quien he conocido desde hace algunos años, junto con su esposo, al cual también estimo mucho.

Quisiera corresponder al espíritu de vuestra música mientras os hablo en esta ocasión. Recordaréis que nuestro primer himno fue “La Tierra con sus Mil Flores”:

De la tierra flores mil,
Con aroma tan sutil,
De los astros el fulgor
De su bello resplandor,
Testifican del amor
Del Sublime Creador.
El murmullo y canción
De la vasta creación
Ecos mil despertarán,
Que al cielo subirán
Cual un himno de loor
Al Sublime Creador.
Esperanza y bondad,
Honradez y caridad,
Fe, virtud y gran solaz,
Limpio corazón y paz,
Son los dones de amor
Del Sublime Creador.

También me dio gusto cantar un verso de mi himno favorito, “Cuando Hay Amor”.

¿Os fijasteis en la cubierta de vuestro programa, en el pequeño sello de la Sociedad de Socorro, y la pequeña inscripción que dice: “La Caridad Nunca Deja de Ser”? ¿Recordáis que el Libro de Mormón nos dice que la caridad verdadera es el amor puro de Dios?

Deseo tomar esta oportunidad para leer un poco de la memorable primera Epístola de Pablo a los Corintios:

Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo caridad, vengo a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe.
Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y todo conocimiento, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo caridad, nada soy.
Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo caridad, de nada me sirve.
La caridad es sufrida, es benigna; la caridad no tiene envidia, la caridad no se jacta, no se envanece;
no se comporta indebidamente, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa el mal;
no se regocija en la maldad, sino que se regocija en la verdad;
todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
La caridad nunca deja de ser; mas las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y el conocimiento se acabará;
porque en parte conocemos, y en parte profetizamos;
mas cuando venga lo que es perfecto, entonces lo que es en parte se acabará.
Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño.
Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido.
Y ahora permanecen la fe, la esperanza y la caridad, estas tres; pero la mayor de ellas es la caridad. (1 Cor. 13:1 a 13).

Se ha hecho referencia varias veces a las instrucciones que daba el profeta José Smith a la Sociedad de Socorro mientras vivía.

Recordaréis que el día de la organización, el profeta José Smith declaró los tres objetos principales de la Sociedad de Socorro. Uno de ellos fue incitar a los hermanos a las buenas obras. Oímos que se dice mucho acerca de esto, y así debe ser, pero debemos siempre citar la frase completa. A veces solamente se dice “incitar a los hermanos”, pero esperamos que siempre sea a obras buenas. El segundo fue buscar a las personas que necesitaran caridad y administrarles lo que hubieren menester, y el tercero fue ayudar a corregir la inmoralidad y fortalecer las virtudes de la comunidad.

Más tarde el Profeta habló con mayor amplitud a las hermanas acerca de su gran obra, e hizo hincapié particular en dos puntos: buscar a los necesitados y ayudarlos; y procurar elevar las normas, la norma de vida, la norma de moralidad, de la comunidad. Sabía que para poder cumplir el objeto que tenía en mente para ellas, las hermanas tendrían que tener cierta actitud. Si no podían considerar aquellos fines con cierta disposición mental, no podrían llevarlos a cabo. Esa actitud mental o consideración que deberían tener se basaba enteramente en un espíritu de amor, compasión, caridad genuina, que es el amor puro de Cristo. Si no emprendemos nuestra labor con ese espíritu, ¿podremos realmente efectuar nuestro trabajo?

Deseo nuevamente recordaros las palabras de Pablo:

Si yo hablase lenguas humanas o angélicas, y no tengo caridad, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. . .
Y si repartiese toda mi hacienda para dar de comer a pobres, y si entregase todo mi cuerpo para ser quemado, y no tengo caridad, de nada me sirve. (1 Cor. 13:1, 3).

. . .son seres mortales como nosotros; en otro tiempo los amamos, ¿por qué no animarlos a que se arrepientan? Todavía no los hemos perdonado setenta veces siete, como lo intimó nuestro Salvador; quizá no los hemos perdonado ni una vez. Ahora hay un día de salvación para los que se arrepientan y reformen. . .

Debemos ser misericordiosos los unos para con los otros. . .

Nada tiene mayor efecto en una persona para inducirla a abandonar el pecado, que llevarla de la mano y velar por ella con ternura. Cuando las personas me manifiestan la más mínima bondad y amor, ¡oh, qué poder ejerce aquello en mi alma!; mientras que un cuerpo contrario tiende a agitar todos los sentimientos ásperos y contristar la mente humana. ..

El poder y la gloria de la santidad se despliegan extensamente para tender un manto de caridad. Dios no tolera el pecado, más cuando los hombres pecan, debe haber tolerancia hacia ellos. . .

Cuanto más nos acerquemos a nuestro Padre Celestial, tanto más habrá en nosotros la disposición de sentir misericordia hacia las almas que están pereciendo…

Mis palabras son para toda la Sociedad: si queréis que Dios os tenga misericordia, sed misericordiosas las unas con las otras…

No debe haber licencia para el pecado; pero la misericordia debe acompañar la reprensión. (Enseñanzas de José Smith, págs. 288-292).

La Sociedad de Socorro de las hermanas existe no sólo para dar alivio al pobre, sino para salvar almas. (Ibid., pág. 293).

. . . tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui huésped, y me recogisteis;
Desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel y vinisteis a mí. (Mateo 25:35,36).

. . . en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos pequeñitos, a mí lo hicisteis. (Ibid. 25:40).

Y fe, esperanza, caridad y amor, con un deseo sincero de glorificar a Dios, lo califican para la obra.
Tened presente la fe, la virtud, el conocimiento, templanza, paciencia, bondad fraternal, santidad caridad, humildad, diligencia.
Pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá. Amén. (D. y C. 4:5-7).

Aunque tuviese el más noble programa de la Sociedad de Socorro en el mundo; aunque tuviese la mejor de las intenciones; aun cuando hubiese muchos que ayudar, si no desempeño mi trabajo con el verdadero espíritu de la caridad, con amor y compasión dentro de mi corazón, nada soy.

Estoy plenamente convencido que uno de los mayores de todos los mandamientos es el que dice: “Todas las cosas que quisierais que los hombres hiciesen con vosotros, así también haced vosotros con ellos…” (Mateo 7:12). No podemos cumplir con nuestra obra en la Sociedad de Socorro’, ni ninguna otra obra en la Iglesia, en la manera en que el Señor quiere que se cumpla, a menos que tengamos el espíritu de estas palabras en nuestro corazón.

Por supuesto, este mandamiento se relaciona con el segundo grande mandamiento que es semejante al primero: “. . .amarás a tu prójimo como a ti mismo…” (Marcos 12:31). De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas. De modo que no importa cuántas sean nuestras obras o cuáles sean nuestras palabras, si no tenemos como fuerza motriz el verdadero espíritu de compasión, ¿no somos entonces solamente como el metal que resuena o el címbalo que retiñe?

Deseo citaros algunos palabras del Profeta dirigidas a las primeras reuniones de la Sociedad de Socorro. Refiriéndose a los desafortunados, dijo lo siguiente:

Y entonces el Profeta añadió la siguiente declaración:

Enseñó la gloriosa lección de que por medio del amor y la compasión podemos salvar almas. Podemos manifestar amor y compasión hacia el pecador, y también hacia los pobres y necesitados que carecen de los bienes de este mundo. Necesitamos ese amor, ese lenguaje del corazón que se extiende a ambas clases de gente.

No hemos de empezar a suponer que estas personas trajeron sobre sí sus dificultades, y por tanto, son culpables y deben aguantarse. Nosotros no podemos juzgar. No nos corresponde juzgar a nadie. Sería bueno que cada una de las hermanas de la Sociedad de Socorro abriera su Libro de Mormón por lo menos una vez cada semana, y leyera el inspirado discurso del rey Benjamín, en el cual habló sobre la caridad y la bondad hacia nuestros semejantes, y llevó a cabo en su vida precisamente la idea que hemos expresado aquí esta tarde, que no hemos de pensar que somos mejores que otros. No hemos de pensar que la persona que tropieza con dificultades es porque se las ha buscado, y por consiguiente, no hay necesidad de ayudarle. Ese no es el verdadero espíritu de Cristo.

Recordemos eso siempre, y tengamos presente también, que si vamos a ser verdaderas siervas y siervos del Señor, debemos manifestar ese espíritu del Cristo, que lo inspiró a hablar estas palabras: “Bienaventurados los misericordiosos: porque ellos alcanzarán misericordia”. (Mateo 5:7).

Nuestra actitud hacia nuestros semejantes es factor importante de la manera en que Dios nos juzgará a nosotros. No se trata de dar únicamente con la mano. Debemos dar desde el fondo del corazón. Y si nosotros, con el espíritu de amor y el espíritu de Cristo, podemos allegarnos a los desafortunados, extendiéndoles la mano a través del lenguaje del amor, entonces salvaremos almas.

Me acuerdo tan claramente del maravilloso ejemplo que nos daba nuestro querido presidente Jorge Alberto Smith, que siempre nos decía que debíamos traer a la gente a la Iglesia por medio del amor. ¿Lo recordáis vosotras?

Siempre me impresiona la lectura del capítulo 25 de S. Mateo, y con vuestro permiso voy a referirme brevemente a él. Os acordaréis que el Señor está refiriéndose al juicio, y dice en ese respecto:

Cuando leo estas palabras, pienso en vosotras, hermanas de la Sociedad de Socorro, porque visitáis al enfermo, al necesitado, y si tiene hambre, le dais de comer; si está desnudo, lo vestís; si está desanimado, le levantáis el ánimo.

Es con ese espíritu de amor y compasión que efectuamos la gran obra del Salvador.

¿Os acordáis de .lo que el Señor dijo al profeta José en una de sus grandes revelaciones?

Estoy agradecido por el privilegio de nuevamente rendir tributo a la maravillosa obra que hacéis y a cada una de vosotras que la desempeñáis. Me faltan palabras para expresar mi agradecimiento por la Sociedad de Socorro y por el espíritu de amor y compasión que manifestáis en vuestra labor. Y que siempre esté con vosotros, y que podáis infundir ese espíritu en todas vuestras instrucciones y en vuestra obra en la Iglesia, es mi humilde oración en el nombre de Jesús. Amén.

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