La importancia de una fe bien informada

La importancia de una fe bien informada

Marion G. Romney

por Marion G. Romney
del Consejo de los Doce Apóstoles
(Tomado de the Church News 1961)


Estimados hermanos y hermanas jóvenes, el tema que se ha designado para nuestra consideración esta noche lleva por título “Una fe bien informada.” Me siento honrado por la invitación que se me ha exten­dido de tratarlo con vosotros. Intentaré indicar la im­portancia de esta clase de fe discutiendo primeramente sus recompensas; en segundo lugar, la definición o significado de una fe bien informada; y tercero, cómo se obtiene.

En cuanto a las recompensas mencionaré cuatro.

Una: El que posee una fe bien informada tiene un entendimiento sano del propósito de la vida. Sabe que Dios vive; que él mismo es un hijo engendrado de Dios: que como tal, está facultado con la potencialidad de llegar finalmente a la estatura completa de su Padre Celestial, y está íntimamente familiarizado con el plan por medio del cual puede lograrlo. Fortificado en esta forma, no es “echado del viento,” antes se sostiene tran­quilo y lleno de confianza en medio de las vicisitudes de la vida. Igual que el valle de Lemuel, permanece, “firme, constante e inmutable,” con su meta orientada por su conocimiento del propósito de la vida.

Dos: El que posee una fe bien informada tiene una manera segura para distinguir la maldad del error. Sabe que nos hallamos en la época de un gran con­flicto entre la verdad y el error; que los anticristos ace­chan el mundo y los hay en todos los países, incluso el nuestro; que las falsas filosofías y doctrinas que emanan del Príncipe de Tinieblas se están presentando en forma tan atractiva que casi engañan aun a los es­cogidos. Sabe todo esto y más.

Sabe que se creó la tierra para que fuera el campo de batalla de las almas de los hombres; que esta vida es un tiempo de probación; que en su estado carnal los hombres deben luchar entre las dos potentes fuerzas de la verdad y el error.

Sin embargo, se halla fortificado para el conflicto por el conocimiento de que Dios, su Padre Celestial, no lo ha abandonado en la lucha, antes ha puesto a su alcance el conocimiento y prudencia con los cuales puede distinguir correctamente la verdad del error. Sabe que este conocimiento se ha revelado de los cielos, y que puede hallarse en las Escrituras y en las enseñan­zas de los profetas vivientes.

Sabe que él mismo tiene el don de revelación por medio del cual no solamente puede interpretar correc­tamente las Escrituras y las enseñanzas de los profetas vivientes, sino también conducir debidamente sus pro­pios asuntos personales.

No es desviado por las falsas enseñanzas, teorías y filosofías, porque las pone a prueba mediante su conocimiento de la verdad revelada. Si no van de con­formidad con ello, las rechaza, o por lo menos sus­pende su criterio hasta conocer todos los hechos. Así es como su fe bien informada le proporciona esta prue­ba segura para distinguir la verdad del error.

Refiriéndose a la importancia de distinguir la mal­dad del error, así como a la prueba que debe aplicarse, Mormón dijo a los miembros de la Iglesia de su época:

Tened cuidado, pues, amados hermanos míos, de no juzgar que lo que es malo viene de Dios, o que lo que es bueno y de Dios viene del diablo. . .

Pues he aquí, a todo hombre se da el Espíritu de Cristo para que pueda distinguir el bien del mal; por tanto, os estoy enseñando la manera de juzgar; porque todo lo que invita a hacer lo bueno y persuade a creer en Cristo, es enviado por el poder y don de Cristo; y así podréis saber, con un conocimiento perfecto, que es de Dios. [En otras palabras, que es verdad].

Pero lo que persuade a los hombres a hacer lo malo, y a no creer en Cristo, y a negarlo y no servir a Dios, entonces podréis saber, con un conocimiento perfecto, que es del diablo; porque de este modo es como obra el diablo.

Y entonces añade esta amonestación:

Ahora bien, mis hermanos, puesto que conocéis la luz por la cual habéis de juzgar, que es la luz de Cristo, cuidaos de juzgar equivocadamente; porque con el mismo juicio que juz­guéis, también os juzgarán. (Moroni 7:14, 16-18)

Tres: El que posee una fe bien informada es forti­ficado en su determinación de resistir la tentación y de vivir de acuerdo con sus convicciones.

Consideremos, por ejemplo, a José que fue vendido en Egipto. Habiendo logrado el éxito, siendo próspero, popular y joven, se vio frente a una severa tentación, que habría arruinado su vida si hubiese cedido a ella. La esposa de su señor se enamoró de él e intentó seducirlo.

Según la historia, se pone de manifiesto que la fuerza que tuvo José para resistir esta gran tentación y ser fiel a sus convicciones emanaba de su fe bien informada, pues dijo: “¿Cómo. . . haría yo este gran mal y pecaría contra Dios?” (Génesis 39:9) No había manera en que pudiese interpretar su tentación en el sentido de pecar contra Dios, sino porque estaba informado de los mandamientos de Dios respecto al asunto. Sostenido por este conocimiento, “fue que hablando ella a José cada día, y él no escuchaba”. (Génesis 39:10)

Por motivo de su fe perfectamente informada, el valor de Jesús cobró tanta fuerza que resistió toda tentación. Su respuesta a la malévola insinuación de Satanás, “Si eres hijo de Dios, di que estas piedras se hagan pan,” fue la siguiente: “Escrito está: No con solo pan vivirá el hombre.” (Mateo 4:3, 4)

Al diabólico reto, “Si eres Hijo de Dios, échate abajo, porque escrito está: A sus ángeles mandará por ti, y te alzarán en las manos”, Jesús contestó: “Escrito está además: No tentarás al Señor tu Dios.” (Mateo, 4:6, 7) En su último esfuerzo desesperado “le pasa el diablo a un monte muy alto, y le muestra todos los reinos del mundo, y su gloria, y di cele: Todo esto te daré si postrado me adorares. Entonces Jesús le dice: Vete Satanás, que escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a él solo servirás.” (Mateo 4:8-10)

Para cada una de las tres tentaciones Jesús tomó, del caudal de su fe bien informada, el pasaje de las Escrituras que le sirvió como respuesta.

En igual manera vosotros y yo podemos, como resultado de una fe bien informada, fortalecer nuestro valor para resistir las tentaciones y ser fieles a nuestras convicciones, así como lo hicieron José y nuestro Señor Jesucristo.

Por último, en lo que respecta a las recompensas: El que posee una fe bien informada goza de tranquilidad mental en los días de aflicciones; y bendición mayor no puede haber. Porque llega una época en la vida de toda persona, por más confianza que tenga en sí misma o lo metódica que sea, cuando se hunde en el valle de la desesperación si no tiene esta paz interior.

Hace algunos años conocí íntimamente a dos hombres que habían perdido un hijo en la guerra. El día después que se le notificó de la muerte de su hijo, uno de ellos llegó a su oficina para dirigir una reunión. En su cara se reflejaba la tristeza, porque amaba mucho a su hijo. Ocasionalmente se limpiaba las lágrimas de los ojos, pero siguió adelante con su trabajo. No se llenó de desesperación. Su fe bien informada le dio la fuerza y la paz en su hora de aflicción. Este hombre era el presidente José Fielding Smith del Consejo de los Doce Apóstoles.

Cuando el otro hombre supo de la muerte de su hijo, se apoderó de él una desesperación loca, de la cual nunca se libró. Por muchos meses no pudo dominar sus emociones. Tres años después, le dije en una conversación: “¿Por qué no se resigna usted a la pérdida de su hijo y se consuela con el conocimiento de que aún vive, y que usted y él volverán a estar unidos?” Su respuesta fue lamentable. Dijo: “Pero es que no sé si aún vive, ni sé si volveremos a estar juntos.” No podía ver “en la oscuridad de su infierno tenebroso la luz de su fe que todavía brillaba.”

Fue por esta fe bien informada que Job en medio de sus angustias, pudo pronunciar estas palabras inmortales:

Yo sé que mi Redentor vive y que al fin se levantará sobre el polvo;
Y después de deshecha esta mi piel, aun he de ver en mi carne a Dios. (Job 19:25, 26)

Fue esta fe bien informada lo que trajo la paz a Pablo mientras esperaba el martirio en la prisión romana, desde la cual escribió a su amado Timoteo:

Porque yo ya estoy para ser ofrecido, y el tiempo de mi partida está cercano.
He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.
Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día. (2 Timoteo 4:6-8)

Fue esta fe bien informada lo que sostuvo al profeta José cuando, al partir de Nauvoo para Carthage, sabiendo que iba a su muerte, afirmó: “Voy como cordero al matadero, pero me siento tan sereno como una mañana veraniega.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, página 472)

Vosotros también, mis jóvenes y amados hermanos y hermanas, podéis ser sostenidos, consolados, y tener paz en los días de tribulación por medio de una fe bien informada.

La definición

En lo que respecta a la definición o significado de “una fe bien informada”, la palabra “fe,” cual se emplea en esta discusión, comprende el sistema completo de creencias que se enseñan en el evangelio revelado. Una fe bien informada es la fe edificada sobre la verdad, que el Profeta define como “el conocimiento de las cosas como son, como eran y como han de ser”. (Doctrinas y Convenios 93:24)

Una “fe bien informada” es más que un testimonio. El testimonio es indispensable para tal fe, y es de lo más emocionante recibir un testimonio del cielo por el poder del Espíritu Santo con respecto a la verdad del evangelio o uno o más de sus principios. Pero este testimonio solo no comunica la información y conocimiento esenciales para tener una fe bien informada.

El profeta José dijo que “el principio del conocimiento es el principio de la salvación: y añadió que “todo aquel que no logra conocimiento suficiente para salvarse será condenado”. (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 361)

Una de las leyes “irrevocablemente decretadas en el cielo desde antes de la fundación de este mundo” dice que “es imposible que el hombre se salve en la ignorancia.” (Doctrinas y Convenios 130:20; 131:6)

Como se obtiene

Ahora llegamos a la tercera y última, y por cierto, la división más importante: “Cómo se obtiene una fe bien informada.” Digo que es más importante porque es de poco beneficio saber qué es una fe bien informada y cuáles son sus recompensas, a menos que la persona adquiera para sí está fe; y aun cuando admitimos que es más fácil prescribir la manera de obtenerla, que regirse por ella, aun así todos podemos hacer algo al respecto, si es que queremos. Porque toda persona puede lograr una fe bien informada mediante un programa de estudio, oración y obediencia a los mandamientos.

En cuanto al estudio, es por sí evidente que nadie puede estar bien enterado de ningún asunto sin conocer los hechos que se relacionan con él. Si no se aplica a conocer los hechos, debe permanecer para siempre en la ignorancia. Todos vosotros sabéis que esto es cierto. Todos lo habéis visto, por ejemplo, en vuestros estudios escolares. Muchas son las excusas presentadas por aquellos cuyas calificaciones no corresponden con su capacidad. Sin embargo, la razón verdadera es qué en la mayor parte de los casos, estas personas son demasiado indolentes para aprender los hechos.

Éramos diecisiete, los aspirantes a abogados, que nos presentamos en marzo de 1929, para ser examinados y licenciados. Tres salieron aprobados. Uno de los catorce que fueron reprobados se había presentado previamente varias veces para el examen.

Al notificársele que había sido reprobado de nuevo, declaró: “La primera vez pensé que era porque había escrito demasiado. La segunda vez creí que se debió a que no escribí lo suficiente. La tercera vez me pareció que era porque los miembros del jurado calificador sentían algún prejuicio contra mí. Ahora estoy llegando a la conclusión de que quizás no estoy bien informado.”

Esta regla del estudio se puede aplicar a una fe bien informada así como a cualquier otro tema. Pero es tan importante en el plan eterno que entendamos esto y hagamos algo, que el Señor ha instruido a su pueblo, desde el principio, a que estudie diligentemente su palabra.

El libro de la ley nunca se apartará de tu boca, amonestó a Josué, que había de guiar a Israel a la tierra prometida-antes de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito: porque entonces harás prosperar tu camino, y todo saldrá bien. (Josué 1:8)

La prosperidad y éxito de Josué resultaron de su estudio y meditación, de día y de noche, del “libro de la ley”, así como de hacer las cosas que estaban escritas en él.

Igual que a los miembros de la Iglesia de los días antiguos, también a nosotros se nos ha instruido que estudiemos y aprendamos diligentemente el evangelio. Dirigiéndose a Hyrum Smith, el Señor dijo:

No intentes declarar mi palabra; procura primero obtenerla, y entonces será desatada tu lengua; luego, si lo deseares, tendrás mi Espíritu y mi palabra, sí, el poder de Dios para convencer a los hombres. (Doctrinas y Convenios 1.1:21)

En la sección 88 de este mismo libro el Señor comunica esta instrucción referente al lugar y la forma de buscar conocimiento.

Buscad diligentemente y enseñaos el uno al otro palabras de sabiduría; sí, buscad palabras de sabiduría de los mejores libros; buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe. (Doctrinas y Convenios 88:118)

Este precepto divino de buscar el conocimiento polla fe así como por el estudio, nos lleva al segundo de los tres aspectos de nuestro programa, porque para adquirir conocimiento por medio de la fe, uno debe orar. La información que se obtiene por medio del estudio produce una fe bien informada sólo cuando se entiende y se interpreta correctamente. En vista de que los principios que sirven de fundamento a la fe de los Santos de los Últimos Días son espirituales—ya que se relacionan con las cosas tal como son aquí en el estado terrenal, tal como lo fueron en el mundo de los espíritus y tal como lo serán en la vida allende la tumba—solamente por el espíritu de revelación pueden interpretarse y entenderse debidamente. El Señor declaro que este espíritu es dado “por la oración de fe.” (Doctrinas y Convenios 42:14)

El profeta José Smith y Oliverio Cowdery buscaban conocimiento por la oración de fe cuando Juan el Bautista ensanchó su entendimiento del significado de las palabras concernientes al bautismo que habían leído en las planchas del Libro de Mormón.

Enós, uno de los profetas del Libro de Mormón, fue afectado de tal manera por lo que aprendió en esta forma, que su fe llegó a ser inquebrantable. Relata que al grado que “las palabras que frecuentemente había oído de mi padre sobre la vida eterna y el gozo de los santos penetraron en mi corazón profundamente. . . mi alma tuvo hambre; y me arrodillé ante mi Hacedor, a quien clamé con ferviente oración y súplica por mi propia alma; y clamé a él todo el día; sí, y cuando anocheció, aun elevaba mi voz hasta que llegó a los cielos.” (Enós 1:3, 4) Entonces dice que como respuesta a sus oraciones, la voz del Señor llegó a su alma para asegurarle que sus pecados eran perdonados, y le dio instrucciones concernientes al bienestar de sus hermanos, los lamanitas y nefitas. Entonces concluye con esta afirmación: “Después que yo, Enós, hube oído estas palabras, empecé a tener una fe inmutable en el Señor.” (Enós 1:11)

El tercer aspecto de nuestro programa para lograr una fe bien informada es guardar los mandamientos. Tan imposible es obtener una fe bien informada sin guardar los mandamientos, como lo es querer obtenerla sin buscar conocimiento por medio del estudio y la fe.

El Salvador ha dicho que “ningún hombre recibe la plenitud [de la verdad], a no ser que guarde sus mandamientos [del Padre].” (Doctrinas y Convenios 93:27)

El entendimiento de este hecho me ha ayudado en gran manera. En la escuela, en la vida cívica, en el ejercicio de mi profesión y aun en algunas reuniones de la Iglesia, ocasionalmente he escuchado declaraciones y argumentos contra algunas de las prácticas y enseñanzas de la Iglesia. Sin embargo, he observado que estas objeciones usualmente vienen de personas que no se esfuerzan diligentemente por guardar los mandamientos. Recordando que “ningún hombre recibe la plenitud, a no ser que guarde los mandamientos,” he optado por no hacer caso de sus argumentaciones, pues sé que tales personas están erradas en cuanto a la doctrina.

La conclusión de estas palabras de Jesús, que “ningún hombre recibe la plenitud, a no ser que guarde los mandamientos,” se halla en su incomparable promesa de que quien “guarda sus mandamientos recibe verdad y luz, hasta que es glorificado en la verdad y sabe todas las cosas.” (Doctrinas y Convenios 93:28)

El conocimiento que se obtiene mediante el estudio diligente, la oración de fe y la obediencia estricta a los mandamientos del Señor constituyen la trama y urdimbre de una fe bien informada. En lo que aconteció a los hijos de Mosíah, relatado en el capítulo 17 de Alma, hallamos una ilustración poderosa del resultado de estos tres aspectos cuando trabajan en unión. Recordaréis que estos hombres habían guardado estrictamente los mandamientos del Señor durante una misión de catorce años entre los lamanitas.

… Sí, y se habían fortalecido en el conocimiento de la verdad; porque. . . habían escudriñado diligentemente las Escrituras para poder conocer la palabra de Dios.

No sólo eso; habían orado y ayunado mucho; por tanto, tenían el espíritu de profecía y el de revelación. (Alma 17:2, 3)

Que vosotros, mis estimados hermanos y hermanas, tengáis la buena ventura de obtener una fe bien informada por medio del estudio, la oración de fe y la obediencia a los mandamientos del Señor, y que recojáis todos los galardones de tal fe, humildemente ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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