El Reino de Dios

Capítulo 26

EL PLAN DE BIENESTAR

El Plan de Bienestar

El Señor siempre se ha preocupado por la situación temporal de su pueblo. En cada dispensación ha habido revelaciones de Dios sobre el asunto del bienestar físico de la gente.

La ley económica de la vida

Cuando Adán fue expulsado del jardín de Edén, el Señor le dijo: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan.” Esto para Adán no fue una maldición, sino una bendición. La tierra fue maldecida por causa de Adán, es decir, para su bien. La narración dice: “Maldita será la tierra por tu causa. . . espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo.”1 Desde el día de este pronunciamiento el género humano ha recibido instrucciones rela­cionadas con asuntos temporales. Esta iba a ser la ley económica bajo la cual el hombre habría de vivir sobre la tierra. La infrac­ción de esta ley ha sido denunciada como cosa inicua.

No serás ocioso; porque el ocioso no comerá el pan, ni vestirá el vestido del trabajador.2

Porque se tendrá al ocioso en memoria ante el Señor… y sus hijos también están creciendo en maldad; ni tampoco buscan esmeradamente las riquezas de la eternidad, sino que sus ojos están llenos de avaricia.3

Sea diligente cada cual en todas las cosas. No habrá lugar en la iglesia para el ocioso, a no ser que se arrepienta y enmiende sus costumbres.4

Principios sociales del evangelio

Como parte integrante del plan de salvación se han enseñado otros principios sociales. De hecho, el apóstol Santiago dijo que estos actos prácticos de la caridad y del servicio constituyen la esencia de la religión:

La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es ésta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo.5

1. Limosnas
El cumplimiento de la justicia social no es parte optativa del evangelio. El Maestro sencillamente mandó: “Dad limosna de lo que tenéis.”6 Dar limosna significa contribuir dones gratuitos para el alivio de los pobres. El Señor lo explicó más detallada­mente a los nefitas:

En verdad, en verdad os digo que quisiera que dieseis limosnas a los pobres; más guardaos de hacerlo ante los hombres para ser vistos de ellos; de otra manera, ningún galardón tendréis de vuestro Padre que está en los cielos.7

2. Servicios compasivos
Son contestadas las oraciones de aquellos que se ocupan en prestar servicio compasivo a sus prójimos necesitados.8 Los cielos permanecen sellados para aquellos que no manifiestan por este medio una conciencia social.

Si despreciáis al indigente y al desnudo y no visitáis al enfermo y afligido, si no dais de vuestros bienes, si los tenéis, a los necesitados, os digo que si no hacéis ninguna de estas cosas, he aquí, vuestra oración será en vano y no os valdrá nada, más seréis como los hipócritas que niegan la fe.9

El compartir nuestros bienes con otros menos afortunados “es agradable a vuestro Señor” y hace que los “ángeles se regocijen a causa de vosotros”. Estas buenas obras son como oraciones al Señor y son necesarias para la salvación. Los nombres de los que hacen esto quedan inscritos “en el libro de los nombres de los santificados, aun los del mundo celestial”.10

3. Sed hacedores de la palabra
El apóstol Santiago nos insta a que estemos dispuestos a prestar servicio social:

Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos.11

Entonces muestra la imposibilidad de ser cristiano si uno no hace más que creer en los principios cristianos. En tal persona habría juicio, pero no misericordia.

Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?

Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día,

Y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha?

Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma.

Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras.

Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan.

¿Más quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?12

Los principios de la justicia social no son nuevos

Gran parte de la tarea de los profetas y apóstoles de todas las edades ha sido aliviar las injusticias e iniquidades sociales. Cada dispensación ha tenido sus diezmos, ofrendas, empresas cooperativas, órdenes unidas, economías proyectadas o algún otro arreglo o sistema que fue necesario implantar para hacer frente a las condiciones existentes. Todo esto constituye un esfuerzo para aplicar los principios divinos a las vidas diarias de los hom­bres. Son sistemas establecidos para fomentar el principio eterno de la justicia social del plan de Dios. Leemos que se estableció un orden social casi perfecto en las dispensaciones de Enoc y los nefitas de la época de Cristo, en el cual no hubo pobres entre la gente y se trataron con justicia unos y otros.13 En estos casos la gente pudo regirse por una ley avanzada de consagración y abnega­ción. Leemos que en las dispensaciones de Abrahán y Moisés hubo diezmos y ofrendas, por medio de los cuales pudieron aproximarse a estos fines nobles.14

En la dispensación de los apóstoles hallamos que se hace referencia a esta ley mayor: “Todos los que habían creído estaban juntos y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno.”15 En la dispensación del Cumplimiento de los Tiempos el Señor reveló el sistema básico de un orden social más elevado que El llamó “mi ley”, o sea la ley de consagración.16 Los miembros de la Iglesia intentaron administrar esta ley bajo un sistema conocido como la Orden Unida.

La ley de consagración

En 1831 el Señor hizo este importante pronunciamiento social por conducto del profeta José:

Pero no se ha dispuesto que un hombre posea más que otro, por lo que, el mundo yace en el pecado.17

En una época subsiguiente el Señor recomendó una organi­zación que pudiera hacerlos “iguales en los vínculos de las cosas celestiales, sí, y en las cosas terrenales también, para poder obtener cosas celestiales. Porque si no sois iguales en las cosas terrenales, no podréis ser iguales en la realización de cosas celestiales. . . He aquí, ésta es la preparación con la cual os preparo, y el fundamento y la norma que os doy”.18

La Ley de Consagración disponía: “He aquí, te acordarás de los pobres, y. . . consagrarás lo que puedas darles de tus bienes, para su sostén.”18 De acuerdo con la manera en que finalmente la estableció el Señor, todos los bienes individuales se entregaban a la Iglesia,20 porque “según la ley, todo hombre que va a Sion debe poner todas las cosas a los pies del obispo en Sión”.21 A su vez, el otorgante recibía de la Iglesia, por escritura, “cuanto sea suficiente para él y su familia”.22 Esta escritura le daba derecho sobre lo que hubiere recibido aun cuando se apartara de la Iglesia.23 Esta parte reintegrada a la persona era conocida como su mayordomía y se requería que “todo hombre me dé un informe de la mayordomía que le fuere designada”.24

Yo, el Señor, extendí los cielos y fundé la tierra, hechura de mis manos, y todas las cosas que contiene, mías son.

Y es mi propósito abastecer a mis santos, porque todas las cosas son mías.

Pero tiene que hacerse según mi propia manera.25

Bajo la dirección del profeta José fue descontinuada la Orden Unida.26 El Señor indicó que esta ley mayor entraría en vigor en otra época,27 y se supone que será después de mayor preparación por parte de los miembros.

Aplicación actual de estos principios

El Plan de Bienestar de la Iglesia es la parte del evangelio que tiene por objeto, en nuestras presentes condiciones económicas, velar por las necesidades temporales de los miembros de la Iglesia. Es el sistema actual para aplicar los principios de justicia social que pertenecen al evangelio eterno. Para aplicar estos principios eternos a nuestra sociedad compleja se necesita la revelación moderna.

En 1936 la Iglesia dio instrucciones de que nuevamente se hiciera hincapié en este aspecto de su obra. Para ello la Primera Presidencia organizó un Comité General de Bienestar para que ayudara en los detalles de coordinar y dirigir las obras de las organizaciones debidamente establecidas de la Iglesia en sus opera­ciones. Este movimiento se conoce como el “Plan de Bienestar de la Iglesia”.

Nuestro objeto principal—dijo la Primera Presidencia—fue establecer hasta donde fuera posible un sistema bajo el cual se pudiera eliminar la maldición de la ociosidad, abolir los malos efectos de la limosna y establecer una vez más entre nuestra gente la independencia, la industria, la frugalidad y el respeto de sí mismo. El objeto de la Iglesia es ayudar a las personas a que se ayuden a sí mismas. El trabajo debe volver a ocupar su lugar como el principio regente en las vidas de los miembros de la Iglesia.28

El Plan de Bienestar de la Iglesia acepta como verdad fundamental la proposición de que la responsabilidad del sostenimiento de la persona depende: (1) de sí mismo; (2) de su familia; y (3) de la Iglesia, si es fiel miembro de ella.29

  1. La Iglesia enseña a sus miembros a que se sostengan a sí mismos siempre que les sea posible. Ningún verdadero Santo de los Últimos Días se eximirá a sí mismo de la carga de su propio sostén, si está capacitado para trabajar.
  2. Si están en posición de hacerlo, los parientes tienen la obligación de velar por las necesidades de los pobres que hubiere entre ellos. El apóstol Pablo lo expresó en estos términos:

Porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo.30

  1. El Señor ha dado a su Iglesia la responsabilidad de velar por aquellas personas que no puedan sostenerse a sí mismas, o que no tengan parientes que puedan proveerles lo necesario. En este respecto el Señor ha dicho a la Iglesia:

Y he aquí, te acordarás de los pobres, y mediante un convenio y título que no puede ser revocado, consagrarás lo que puedas darles de tus bienes, para su sostén. Y al dar de tus bienes a los pobres, lo harás para mí.31

Propósitos inmediatos del Plan de Bienestar

Los propósitos del Plan de Bienestar de la Iglesia son:

  1. Colocar en algún empleo remunerativo a los que puedan trabajar.
  2. Proveer trabajo dentro del programa del Plan de Bienestar, hasta donde sea posible, a los que no puedan hallar empleo.
  3. Obtener los medios para el alivio de los necesitados, hacia quienes la Iglesia tiene la responsabilidad de ayudarles con las cosas necesarias de la vida.
  4. Proporcionar a estos necesitados los medios para vivir, “a cada hombre igual, según su familia, conforme a sus circunstancias y sus necesidades”. (Doc. y Con. 51:3)32

Organización

El obispo es el único sobre quien se impone el mandato de velar por los pobres y el único que puede obrar a discreción tocante a esta ayuda. Es de su incumbencia determinar a quién, cuándo y en qué cantidad se ha de dar. En el desempeño de esta obra cuenta con la ayuda del Comité de Bienestar del barrio, el cual se compone del obispado, la presidencia de la Sociedad de Socorro, y el represen­tante del Comité de Bienestar Personal de los quórumes de los sumos sacerdotes, setentas y élderes. Este comité también tiene un secretario.

Las varias estacas se encuentran agrupadas en organizaciones regionales bajo la dirección de un consejo regional. Los presidentes de las estacas que pertenecen a determinada región constituyen el consejo regional, y uno de ellos es nombrado por la Primera Presi­dencia para que funcione como director del consejo.

Las Autoridades Generales dirigen todo el programa, y el Comité General de Bienestar les ayuda en los detalles y la obra administrativa.

A fin de hacer funcionar este plan se han obtenido numerosas unidades productoras, tales como extensas tierras laborables, ranchos, empacadoras para envasar alimentos, minas de carbón y fábricas. La devoción de los miembros, que consagran su tiempo, energías y dinero, hace funcionar todas estas cosas.


(1) Gén. 3:14-19. (2) Doc. y Con. 42:42. (3) Doc. y Con. 68:30, 31. (4) Doc. y Con. 75:29. (5) Sant. 1:27. (6) Luc. 11:41. (7) 3 Nefi 13:1. (8) Hech. 10:2, 3. (9) Alma 34:28. (10) Doc. y Con. 88:2. (11) Sant. 1:22. (12) Sant. 2:14-20. (13) 4 Nefi 1:3; 3 Nefi 20:19; P. de G. P., Moisés 7:18. (14) Heb. 7:4-10; Mal. 3:10-12. (15) Hech. 2:44, 45. (16) Doc. y Con. Sec. 42. (17) Doc. y Con. 49:20. (18) Doc. y Con. 78:5-13. (19) Doc. y Con. 42:30. (20) Doc. y Con. 42:32, 37. (21) Doc. y Con. 72:15. (22) Doc. y Con. 42:32. (23) Doc. y Con. 51:4, 5; 83:3. (24) Doc. y Con. 104:12. (25) Doc. y Con. 104:14-16. (26) Documentary History of the Church, tomo 4, pág. 93. (27) Doc. y Con. 105:34. (28) Conferencia General, octubre de 1936. (29) Welfare Plan, Handbook oí Instructions, pág. 1. (30) 1 Tim. 5:8. (31) Doc. y Con. 42:30, 31. (32) Welfare Plan, Handbook of Instructions, pág. 4.

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