Desarrollo personal por medio de la Sociedad de Socorro

Desarrollo personal por medio de
la Sociedad de Socorro

Gordon B. Hinckley

por el élder Gordon B. Hinckley
del Consejo de los Doce

(Discurso pronunciado en la Sesión General de la Conferencia General Anual de la Sociedad de Socorro el 29 de septiembre de 1966)


Acabo de venir del templo donde hemos estado reunidos con el presi­dente McKay en preparación para la conferencia. Me parece que el hermano Lee aún no ha terminado con la reunión. Ruego que el Se­ñor me inspire para poder con­tinuar con el espíritu maravilloso que hemos sentido en su santa casa esta mañana.

La hermana Spafford me ha pedi­do que hable sobre “El desarrollo de la mujer por medio de la Sociedad de Socorro”. Pienso que me hizo el honor de tener esta oportuni­dad por las cosas que vio en el Lejano Oriente, en Hong Kong, Taiwan, Okinawa, Japón y Corea. Sé que se conmovió su corazón al conocer a los buenos santos de estas lejanas partes del mundo donde ha visto tantas mujeres para quienes la vida es una lucha desesperada, cu­yas vidas se componen de una som­bría sucesión de alumbramientos, de luchar sin esperanza para conseguir suficiente comida para satisfacer el hambre de sus hijos, de trabajar afanosamente en trabajos degradan­tes todos los días sin gozar del beneficio del Día del Señor, de una situación que da poca dignidad a la posición de la esposa; de hogares atestados en donde hay pocas, o ninguna, de las comodidades que co­nocemos, y más aún pocas o nin­guna oportunidad para el crecimiento y desarrollo personal. Las condiciones de algunos son mejores que las que he mencionado, pero las de otros son más oscuras o peores.

Poder ver, entonces, en contraste, los maravillosos milagros que ocu­rren en la vida de estas mujeres cuando la luz del evangelio llega a sus vidas y las bendiciones de la Sociedad de Socorro trae nuevo conocimiento, ambición, esperanza y realizaciones. La situación económi­ca tal vez no mejore sustancial men­te, pero su opinión de la vida tiene una nueva dimensión. La vida llega a ser algo más que sobrevivir, llega a tener propósito. Uno no puede ser testigo de estas cosas sin saber que el día de los milagros no ha pasado, sino por el contrario, el día de los milagros está aquí y va aumentando a medida que la So­ciedad de Socorro haga sentir su influencia en toda la tierra de una manera más amplia.

No hace mucho leí nuevamente las potentes palabras que el profeta José Smith dijo a las mujeres de la Iglesia en Nauvoo en 1842: “Ahora doy vuelta a la llave para vuestro beneficio; y esta Sociedad se alegrará, y desde ahora en adelante descenderán sobre ella conocimiento e inteligencia.”

Quiero dar mi testimonio de que he visto el cumplimiento de esas palabras proféticas. Lo he visto en la tierra del oriente. He visto a madres que han salido de faenas viles y de una condición sin esperanza y han florecido con un deseo renovado de vivir al presentárseles un nuevo propósito para la vida. Lo he visto en Europa, donde mujeres sin un entendimiento aparente de los propósitos de la vida han despertado a un nuevo sentido de lo que pueden lograr mientras traba­jan juntas bajo esta organización inspirada. Lo he visto en nuestra tierra entre mujeres que han crecido en gracias sociales al unirse con compañeros escogidos, cuyas na­turalezas han sido refinadas al estu­diar juntas, y cuyo conocimiento de las cosas de Dios se ha extendido al leer y examinar la palabra del Señor.

Reconozco que no puedo añadir nada a vuestro conocimiento de las bendiciones que obtenemos por medio de la actividad, pero espero que, aunque en poca medida, pueda au­mentar vuestra apreciación por el desarrollo que cada mujer puede obtener si aprovecha los desafíos y responsabilidades de la actividad en la Sociedad de Socorro. Me gusta­ría discutir brevemente los grandes campos de oportunidades que se os ofrecen a vosotras y a vuestros aso­ciados por medio de este maravillo­so programa. Estos campos son:

  1. Fortalecimiento del hogar.
  2. Enriquecimiento de la mente.
  3. Autodominio.
  4. Nutrición del espíritu.

Fortalecimiento del hogar.

Es de lo más común decir que las fundaciones se están desmoro­nando por motivo de la vida fami­liar de las personas. Esto es evi­dente no sólo en los Estados Uni­dos, sino que los frutos amargos de la delincuencia, barbarie y el in­cumplimiento de la ley son los temas de discusión y preocupación en Inglaterra, en varias partes de Europa, Rusia, China y Japón.

Generalmente las personas son el producto del hogar de que provie­nen, es en él en donde se moldea el pensamiento y el carácter. Si hay sobriedad en los hogares, habrá so­briedad en la nación. Si hay rebe­lión en los hogares, no se obedece­rán las leyes de la nación. No es necesario mencionar que la madre es el factor más importante para moldear la calidad del hogar. La estructura puede ser simple o ela­borada, no tiene mayor importancia, es el espíritu que está dentro el que tiene mayor significado, y ese espí­ritu es, generalmente, un reflejo del espíritu de la mujer que es esposa y madre.

¡Qué bendición tan grande recibe esa mujer, al igual que su esposo e hijos, cuyas vidas están influidas por las buenas asociaciones sema­nales con personas a quienes se ha enseñado a mejorar sus habilidades en la dirección de sus hogares y familias!

A través do los años las facili­dades de esta organización se han usado para mejorar las habilidades de decenas de miles de mujeres en el arte de cocinar, preservar ali­mentos, en la confección y cuidado de ropa, en lavado, enfermería, sanidad y otras artes domésticas. He visto los frutos de este progra­ma en la fabricación de jabón en ciertas áreas de este país, por mu­jeres que no podían comprarlo, y quienes anteriormente habían usa­do poco de este preciado producto; en la confección de hermosos cu­brecamas por aquellas que no sólo proveyeron para el bienestar de sus familias, sino que han cultivado un arte que estaba desapareciendo y que había sido perfeccionado por sus antepasados hawaianos; en el tejido de esteras artísticas para en­salzar la belleza de sus alrededores y aumentar la comodidad de las hermanas en las Islas del Sur del Pacífico; en la creación de la gran variedad de cosas hermosas por las talentosas hermanas de la Sociedad de Socorro en China, Japón y Co­rea.

Todas estas cosas—y muchas otras habilidades—han hecho mucho para influir en el bienestar y aumentar la belleza de los hogares dirigidos por estas mujeres afortunadas. Pero hay un factor más sutil e impor­tante para fortalecer los hogares de nuestro pueblo. Es una cualidad intangible, la cultivación de una actitud que saca de la mujer las características malas y las reem­plaza con virtudes elevadas: sacri­ficios, comprensión, compasión, in­tegridad y el poder de alentar. Estas cualidades, a su vez, se verán refle­jadas en las vidas de sus hijos.

Estoy convencido de que el des­vanecimiento de estas virtudes en los hogares del mundo, tiene relación, en gran parte, con el incum­plimiento de la ley y el orden entre la juventud de muchas naciones.

Agradeced al Señor por esta gran organización que está entrenando a las mujeres de la Iglesia—en las partes en donde se pone en práctica su programa—no sólo para embelle­cer sus hogares, sino, más impor­tante aún, para fortalecer el espíritu y mejorar la influencia en esos ho­gares.

El 29 de abril de 1842, hablando al primer grupo de la Sociedad de Socorro, José Smith las amonestó: “Cuando lleguéis a vuestros ho­gares, no volváis a hablar una pala­bra enojada o áspera. . ., sino que de hoy en adelante sean adornadas vuestras obras con bondad, caridad y amor”.

Recomiendo estas palabras de consejo a las mujeres de la Iglesia, las madres y guardianas de nuestras familias.

Ahora me referiré al segundo campo de oportunidad para nuestro desarrollo personal por medio de esta Sociedad.

Enriquecimiento de la mente

La literatura inglesa fue uno de mis estudios principales en la uni­versidad, por lo que en una oportunidad tuve un pequeño conoci­miento del asunto. Por varios años, mi esposa ha sido la directora de literatura de la Sociedad de Socorro de la estaca, y he tenido la oportunidad de ver de cerca la dimensión y profundidad de vuestros cursos de estudio en ese campo. Creo que ha trabajado más fuerte en preparar cada lección mensual que lo que yo hice para prepararme para los exá­menes, y tengo la confianza de que sus asociadas en este campo en toda la Iglesia han hecho lo mismo.

Pienso que es casi un milagro que las mujeres del mundo puedan ser elevadas de la monotonía de coci­nar, lavar y dedicarse a las tareas de la casa, para dedicarse a cursos profundos y extensos sobre el pen­samiento de los grandes escritores de las edades. La vida de un ama de casa, no importa en qué país viva, está propensa a ser estrecha y atada a las exigentes e inflexibles tareas de preparar las comidas y lavar los platos, de hacer ropa y cuidarla, y miles de otras de las cuales la mayoría de las mujeres nunca se separan. ¡Qué maravilloso es que estas mujeres tengan la opor­tunidad e incentivo de probar la dimensión y belleza de los escritos de Shakespeare, y poesía y ensayos de otros autores cuyos nombres no han escuchado siquiera!

Alguien ha dicho: “Las mujeres tienen cerebro, el único problema es que no lo usan”.

¡Qué bendición es que las mujeres de la Iglesia tengan la oportunidad tan interesante de enriquecer sus mentes! Ellas, sus esposos y niños son los beneficiarios de este esfuerzo tan significativo.

La hermana Hinckley y yo asisti­mos a una clase en un viejo edificio que la Iglesia había alquilado en Taipei, en la República de China. El cuarto estaba frío, los muebles eran pocos. Un grupo de hermanas do la Sociedad de Socorro estaba estudiando una lección. No pudi­mos descifrar la lengua mandarina en la que estaban hablando, pero pudimos entender por la aparien­cia de sus caras inteligentes qué era lo que estaba pasando.

Estas maravillosas mujeres chinas cuyas mentes se estaban abriendo a una nueva ventana de grandes pensamientos, ideas y experiencias, estaban pensando, estaban crecien­do.

Esta es una de las virtudes más singulares de nuestra Sociedad esta oportunidad de enriquecer la mente. Bien hizo el Profeta cuando declaró en 1842: “. . . y esta Socie­dad se alegrará, y desde ahora en adelante descenderán sobre ella co­nocimiento e inteligencia”. (Ense­ñanzas del profeta José Smith, pág. 279)

El siguiente punto de mi tema es:

Autodominio

Muy apropiadamente ha elegido la Sociedad de Socorro como su le­ma la declaración de Pablo: “El amor nunca deja de ser…” (1 Corintios 13:8).

El egoísmo es la maldición del mundo. Es la raíz de todo mal per­sonal, familiar, nacional e internacional. Su mejor antídoto es el evangelio de Jesucristo, cuando se vive y práctica.

La fórmula que curará la mayoría de nuestros males ha sido expresada simple pero profundamente en las palabras del Señor.

. . . todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos. . . (Mateo 7:12).

. . . Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el pri­mero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. . . (Mateo 22:37-39).

Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evan­gelio, la salvará. (Marcos 8:35)

Mientras las mujeres, por na­turaleza, son más propensas a ser amables, comprensivas y compasi­vas, no es difícil comprender que estas virtudes pueden ser escondi­das y tal vez no puedan hallar expresión sin la clase de motivación que reciben por medio de la Socie­dad de Socorro. Esta es la organi­zación de la Iglesia cuyo objeto es el servicio caritativo, y el resultado siempre positivo es que si las mu­jeres se olvidan de sí mismas en el servicio, inevitablemente desarrollan esas grandes virtudes que coro­nan sus vidas con santidad.

Conozco una pequeña mujer en el este de Asia, la viuda de un hombre en cuya vida el evangelio había pro­ducido un milagro. De acuerdo a las costumbres orientales ella siem­pre había caminado a su sombra. Cuando su esposo murió se vio enfrentada con cargas muy pesadas. Podría haberse dado por vencida en desesperación; y entonces se le agre­garon a sus muchas responsabilida­des la asignación de trabajar como presidenta de la Sociedad de Soco­rro de su rama. En su trabajo descubrió que había otros que tam­bién tenían problemas. Al ayudar­los a vencer sus dificultades, las suyas llegaron a ser menos opre­sivas. Su vida logró una nueva inspiración; cocinó y lavó para otros, incluso los misioneros. Con­soló a aquellos que tenían penas y alentó a los que estaban por dejarse vencer. Atendió a los enfermos; por medio de la comprensión que ganó por causa de la actividad en la Iglesia, buscó oportunidades para sus hijos. Por su entusiasmo, dos de sus hijos han estudiado en gran­des universidades, y uno de ellos está sirviendo en la actualidad fiel­mente como misionero. Ella que parecía tan tímida y desamparada en el momento de su tragedia, ha llegado a ser una fortaleza por me­dio de los desafíos y responsabili­dades de esta Sociedad.

Lo mismo será con todas las que, bajo el programa de esta organiza­ción, trabajen en el servicio caritativo para nosotros. El egoísmo será dominado, y al hacerlo florece­rá la virtud que bendecirá los bogares y las familias en las comuni­dades de aquellos a quienes sirve.

Finalmente,

Nutrición del espíritu

Siempre me he interesado en una declaración de Pablo en su epístola a Timoteo. Escribió: “Trayendo a la mente la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también”. (2 Timoteo 1: 5)

Esta es la historia de una mujer de fe, cuya hija llegó a ser una mujer de fe, cuyo hijo llegó a ser un gran maestro de la justicia. Me imagino que en la época de la abuela de Timoteo, Loida, no había ninguna Sociedad de Socorro orga­nizada, pero sé que esta misma se­cuencia de una herencia de fe se ha repetido miles de veces en esta dispensación.

El domingo pasado, sostuvimos a un hermano como presidente de una estaca. En su discurso, con voz temblorosa, rindió un elocuente tri­buto a su madre quien había tenido muchas dificultades para sacar a su familia adelante cuando vivían en Idaho, y que mientras tanto había servido en esta Sociedad en donde su fe se había nutrido. Ella había pasado esta fe a su hijo. Al final de la reunión conocí a la hija casa­da de este hombre y encontré otra generación que estaba creciendo en fe por medio de su actividad en la Sociedad de Socorro.

Ninguna mujer puede estar en un grupo de hermanas de la So­ciedad de Socorro, servir, orar, escuchar sus testimonios y estudiar con ellas la palabra de Dios, sin crecer en la fe.

En otra conferencia de estaca co­nocí a otra mujer. Es un miembro muy activo y entusiasta de la Iglesia y una mujer de negocios muy capaz. Tiene un fuerte testimonio, y aunque en una forma no oficial, ella es una misionera que está in­teresando a otros en la Iglesia. No hace mucho tiempo era una fuma­dora empedernida, de naturaleza dura, indiferente, insatisfecha y des­ilusionada de la vida. Indica que dos cosas fueron los factores prin­cipales en el cambio milagroso que le ha sucedido, el leer el Libro de Mormón y la actividad en la Socie­dad de Socorro. El Libro de Mor­món que dio vida a su fe y la Sociedad de Socorro que la nutrió.

Esta es, entonces, la mejor orga­nización para las mujeres, en donde pueden gozar de estas asociaciones e involucrarse en esas actividades que las guiarán para fortalecer su hogar, enriquecer su mente, auto-dominarse y nutrir el espíritu.

Que el Señor os bendiga en esta gran oportunidad que se os presen­ta como directoras de la estaca para animar a vuestras hermanas en toda la Iglesia a aprovechar el programa de la Sociedad de Socorro que vino bajo la inspiración del Profeta para bendición de las mujeres en la tie­rra, lo ruego humildemente, y os dejo mi testimonio sobre la divini­dad de esta obra, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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