La Mujer Mormona

La Mujer Mormona

John A. Widtsoe

por John A. Widtsoe
del Concilio de los Doce
publicado en el Relief Society Magazine de junio de 1943.


“Sin la admirable obra de las mujeres, comprendo que la iglesia habría fracasado”. Así lo ha declarado el presidente Grant. (Normas del Evangelio, pág. 150). Y Pablo el apóstol, hablando en un tiempo anterior, dijo: “Ni el varón sin la mujer, ni la mujer sin el varón, en el Señor”. (1 Cor. 11:11).

Esta notable declaración indica que la mujer ha desempeñado bien su obra; que lleva juntamente con el hombre igual responsabilidad en el establecimiento del reino de Dios; y que la obra no podrá progresar a menos que los dos cumplan con sus deberes.

Concordando con esta doctrina, se ha proveído completa igualdad en la iglesia para el hombre y la mujer. Tienen iguales oportunidades, privilegios y derechos. Los espera un mismo destino, el cual, en vista de su libre albedrío, pueden alcanzar o perder, según sus propios hechos.

Esto convierte tanto al hombre como a la mujer en individuos —personas con la facultad del libre albedrío, con el poder de decidir individualmente, con la oportunidad personal de un gozo eterno— para quienes todas las ordenanzas del evangelio están igualmente disponibles, y cuyos propios hechos por las eternidades, con la amorosa ayuda del Padre, determinarán las realizaciones particulares de cada cual. No puede haber disputa alguna en la iglesia entre los derechos del hombre y los de la mujer. Ambos tienen iguales derechos.

Esta igualdad no desconoce las diferencias naturales entre el hombre y la mujer. Ella es quien da a luz los hijos y los cría. Una parte muy grande de su vida está dedicada a esta gloriosa tarea. El hombre es el que provee las necesidades y comodidades de la familia. Este hecho no rebaja a la mujer a la categoría de subalterna. Si quedase libre ele los afanes de la casa y la familia, con toda probabilidad podría ganar el sustento de la familia. Es más bien una empresa cooperativa, basada sobre una división de labor divinamente ordenada, para formar, sostener y proteger la unidad de la sociedad conocida como la familia. Los esposos que obedecen la ley natural y engendran y crían hijos están efectuando una obra de igual importancia. Cada cual recibe tanto libertad como fuerza de esta vida familiar. Uno no puede hacer menos al otro. Ambos tienen el derecho, hasta donde el tiempo y sus fuerzas lo permitan, de ejercer sus talentos en la manera que deseen. Cuando se hacen a un lado estas funciones naturales, no se recoge de la vida sino fracasos y desengaños.

La sabia admisión de la diferencia en las í unciones del esposo y la esposa se ve en el uso del sacerdocio. En la familia debe haber una organización. El hombre, gozando de mayor libertad para ir y venir, es por derecho divino la cabeza, oficial principal o presidente de la familia. A él le es conferido el sacerdocio, tan fundamental en las cosas del evangelio. Pero los beneficios y bendiciones del sacerdocio que se le ha conferido, también la esposa y, según lo requieren, los otros miembros de la familia comparten de ellos. En verdad, el sacerdocio es primeramente para la familia, luego para otros si es que se llama al hombre a servir en una capacidad oficial. En eso no hay falta de igualdad; es sólo asunto de organización. La posesión del sacerdocio en ningún sentido indica que el hombro es superior a la mujer, sino que tiene un llamamiento determinado en el gobierno de la iglesia del cual la mujer es relevada. En las ordenanzas del sacerdocio el hombre y la mujer tienen igual parte. Las puertas del templo están abiertas para todo fiel miembro de la iglesia. Y debe tomarse nota ele que las bendiciones más avanzada; o mayores que allí se dan, solamente al hombre y la mujer como esposo y esposa, son conferidas. Ninguno de los dos puede recibirlas solo. En la Iglesia de Cristo la mujer no está allegada al hombre, sino es una Compañera, una socia igual que el hombre.

Los hombres de la iglesia han entendido y respetado el lugar señalado de la mujer en el plan de la salvación humana. Esto es de mucho crédito para ellos. Son unos cuantos los que se han dejado cegar por las antiguas tradiciones. En las comunidades mormonas la mujer es libre y se le respeta. Si con gusto acepta el glorioso don de la maternidad, puede disponer de cuánto tiempo y fuerzas le queden para ejercitar sus talentos como lo deseo. No se le impone ninguna limitación. Al contrario, se le anima a que emplee su tiempo libre en actividades útiles que concuerden con sus dones naturales, su habilidad nativa. El privilegio de expresarse le corresponde a ella tanto como cualquier otro. Puede entrar en los campos de la industria, educación, las profesiones, toda actividad aprovechable, con la buena voluntad de todos. Y por motivo de sus responsabilidades como instructora de las generaciones futuras, cuidadosa, extensa y prudentemente debería prepararse para esta parte importante de su misión en la vida.

Las mujeres mormonas han mostrado que merecen esta igualdad. Han aceptado las resoonsabilidad.es así como el gozo de la libertad individual. Al lado de sus esposos y mano en mano con ello han edificado el reino de Dios. Ha sido un esfuerzo unido y cooperativo. El presidente Grant habló con toda verdad al elogiar la obra de la mujer en bien del evangelio restaurado.

En el afán de la edificación de la iglesia, a pesar de la indescriptible persecución y aflicción, la mujer no dio un solo paso hacia atrás. Hizo frente a los sacrificios requeridos con un valor nacido de una fe sublime. Ella levantó su vista al cielo cuando el esposo estaba agobiado ante el fracaso aparente. Hizo bajar el cielo a la tierra y la familia prosiguió su tarea con una seguridad renovada de que triunfaría. Logró esto a pesar de estar limitada por sus hijos y las ocupaciones de la casa, sin el alborozo de la lucha del hombro en el campo.

Aún queda por relatarse la historia de los sacrificios de la iglesia. Quizá no hay pluma que pueda escribirla; mas una cosa se puede decir: La mujer hizo frente a las tribulaciones sin titubear; y quizá aceptó la parte más abrumadora. Con sublime desdén arrostró los horrores de las persecuciones en Misuri. Atravesó el congelado río Misisipí hacia el desierto desconocido sin volver la vista a su feliz hogar en Nauvoo de donde había sido arrojada. En camino hacia el poniente, abrigada ligeramente contra los rigores de las tempestades de nieve, dio a luz los hijos en el suelo de los carros. Con firmeza luchó a través del temible desierto para hallar un abrigo anhelado en los distantes valles de las montañas. Con lágrimas en los ojos, pero con una fe inextinguible en el desenvolvimiento del plan eterno de Dios, vio a su hijo o esposo descender a una tumba que pronto quedaría borrada en su curso por el desierto. Con gran resistencia y sin murmurar echó sobre sus hombros su parte del trabajo de conquistar el yermo, de hacer que el desierto floreciera como la rosa. Fue ella quien plantó las flores alrededor de la choza de madera o adobe, las que al florecer elevaron las almas de un pueblo perseguido pero indominable, para el cual la belleza era parte de su fe.

Ni tampoco ha sido esta mujer colonizadora la única que se ha sacrificado. Muchas mujeres en otros lugares reconocieron el dulce llamado del evangelio, y a causa de su fe fueron echadas de sus hogares y de entre sus familias. Con un anhelo que fue más bien tormento, en su lejana casa entre las montañas a la cual se había recogido, esperó en vano la palabra amorosa que nunca llegó del padre y madre, hermano y hermana, quienes no pudieron o no quisieron comprender la verdad. Pero en medio de esa tribulación existió un canto dentro de su corazón, porque había descubierto la verdad. La mujer mormona no se ha conformado con guardar para sí el evangelio recientemente hallado. Ha deseado y aun desea que todo el mundo lo posea. Millares de ellas han salido para esparcir las buenas nuevas: O se ha quedado para cuidar de la casa y la familia, muchas veces para ganar el sostén efectivo, mientras su esposo e hijos andan fuera, quizá en tierras extrañas, como embajadores sin pago, del Señor Jesucristo. Tanto se afanó, de tanto se privó, tanto amó la verdad que no supo lo que era miedo. La historia de la mujer mormona, cuando se relate, será una epopeya de devoción humana.

Tal servicio no ha terminado. En la actualidad los hombres salen a cumplir misiones y quedan separados de sus familias por varios años. Casi todos los que llevan el sacerdocio dan liberalmente de su tiempo al servicio de la iglesia. Mientras a esto se dedican, sus esposas no solamente desempeñan los Quehaceres de la casa, sino quedan privadas del compañerismo de sus esposos. Las esposas de las Autoridades Generales de la iglesia son excelentes ejemplos de este tipo de sacrificios. Él fin de casi cada semana, muchas veces enteras, sus esposos se hallan fuera del hogar en el servicio de la iglesia mientras sus mujeres se quedan solas en la casa. Lo mismo se puede decir de las esposas de las presidencias de las estacas, misiones, en verdad de todos los oficiales de la iglesia. Y no se debe pasar por alto que la mujer mormona, millares de decenas de millares de ellas, aparte de engendrar hijos y atender a los quehaceres de sus casas, ayudan a realizar la obra de las varias organizaciones auxiliares de la iglesia.

La mujer mormona no se ha olvidado de los muertos. Hace obras vicarias en beneficio de ellos en los templos. En esto le ha puesto el ejemplo al hombre. Casi se han agotado los nombres de mujeres en los templos, mientras que más de cien mil nombres de varones esperan la ayuda de los portadores del sacerdocio. No se olvidará este servicio al otro lado del velo; pero también acarrea bendiciones entre los vivos.

De manera que, cualquiera fase o parte de la mujer mormona que toquemos, la hallamos sirviendo, dando abnegadamente de su persona para el establecimiento del reino de Dios. Sin embargo, sobre todas las cosas, encontramos su servicio en conservar viva la llama de la fe en las almas de los de su casa. Divinamente confiados a su cargo se hallan los espíritus selectos que han venido a la tierra para recibir un cuerpo terrenal. En sus manos se halla el destino futuro de la raza humana. Las enseñanzas de la madre son más fuertes que las tempestades de la vida. Jamás se olvida su testimonio. La corriente de fe y devoción y prontitud para servir, emana de su cariño, valiente y estable alma. “La maternidad queda muy cerca de la divinidad. Es el servicio más notable y santo que toma sobre sí el género humano”. (Mensaje de la Primera Presidencia, octubre de 1942).

Ciertamente, la mujer caminará al lado del hombre, porque entre los dos juntos, resolverán los problemas de la eternidad; llevarán a cabo, incesantemente, los fines del Padre Omnipotente.

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