Los Milagros de Jesús el Mesías

Quinta Parte
Los Ultimos Testigos

10
Ellos Le Piden una Señal


La Resurrección de Lázaro

Juan 11:1-46

Estaba entonces enfermo uno llamado Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana.
(Y María, cuyo hermano Lázaro estaba enfermo, fue la que ungió al Señor con perfume y enjugó sus pies con sus cabellos).
Enviaron, pues, sus hermanas a decir a Jesús: Señor, he aquí, el que amas está enfermo.
Y oyéndolo Jesús, dijo: Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.
Y amaba Jesús a Marta, y a su hermana y a Lázaro.
Cuando oyó, pues, que estaba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba.
Luego, después de esto, dijo a los discípulos: Vamos a Judea otra vez.
Le dijeron los discípulos: Rabí, hace poco los judíos procuraban apedrearte, ¿y otra vez vas allá?
Respondió Jesús: ¿No tiene el día doce horas? El que anda de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo.
10 Pero el que anda de noche tropieza, porque no hay luz en él.
11 Dicho esto, les dijo después: Nuestro amigo Lázaro duerme, pero voy a despertarle.
12 Dijeron entonces sus discípulos: Señor, si duerme, se recuperará.
13 Pero Jesús hablaba de la muerte de Lázaro, y ellos pensaron que hablaba del reposar del sueño.
14 Entonces, Jesús les dijo claramente: Lázaro ha muerto;
15 y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis; mas vamos a él.
16 Dijo entonces Tomás, llamado el Dídimo, a sus condiscípulos: Vamos también nosotros, para que muramos con él.
17 Llegó, pues, Jesús y halló que hacía ya cuatro días que Lázaro estaba en el sepulcro.
18 Y Betania estaba cerca de Jerusalén, como a quince estadios;
19 y muchos de los judíos habían venido a Marta y a María para consolarlas por su hermano.
20 Entonces Marta, cuando oyó que Jesús venía, salió a encontrarle; pero María se quedó en casa.
21 Y Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto;
22 mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará.
23 Jesús le dijo: Tu hermano resucitará.
24 Marta le dijo: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero.
25 Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.
26 Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá jamás. ¿Crees esto?
27 Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo.
28 Y cuando hubo dicho esto, fue y llamó a su hermana María, diciéndole en secreto: El Maestro está aquí y te llama.
29 Ella, cuando lo oyó, se levantó deprisa y fue a él.
30 (Jesús aún no había entrado en la aldea, sino que estaba en el lugar donde Marta le había encontrado).
31 Entonces los judíos que estaban en casa con ella y la consolaban, cuando vieron que María se había levantado deprisa y había salido, la siguieron, diciendo: Va al sepulcro a llorar allí.
32 Y María, cuando llegó a donde estaba Jesús, al verle, se postró a sus pies, diciéndole: Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.
33 Jesús entonces, cuando la vio llorando, y a los judíos que habían llegado con ella también llorando, se conmovió en espíritu, y se turbó,
34 y dijo: ¿Dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve.
35 Y lloró Jesús.
36 Dijeron entonces los judíos: Mirad cómo le amaba.
37 Pero algunos de ellos dijeron: ¿No podía este, que abrió los ojos al ciego, haber hecho que Lázaro no muriera?
38 Y Jesús, conmovido otra vez dentro de sí, fue al sepulcro. Era una cueva, la cual tenía una piedra puesta encima.
39 Dijo Jesús: Quitad la piedra. Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: Señor, hiede ya, pues lleva cuatro días.
40 Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?
41 Entonces quitaron la piedra de donde el muerto había sido puesto. Y Jesús, alzando los ojos a lo alto, dijo: Padre, gracias te doy porque me has oído.
42 Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la gente que está alrededor, para que crean que tú me has enviado.
43 Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera!
44 Y el que había estado muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desatadle y dejadle ir.
45 Entonces muchos de los judíos que habían venido a ver a María y habían visto lo que había hecho Jesús creyeron en él.
46 Pero algunos de ellos fueron a los fariseos y les dijeron lo que Jesús había hecho.

Contra-referencia
TJS Juan 11:2, 16-17

La Parábola de Lázaro y e¡ Hombre Rico

Lucas 16:19-31

19 Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino fino y hacía cada día banquete con esplendidez.
20 Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquel, lleno de llagas,
21 y deseaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico; aun los perros venían y le lamían las llagas.
22 Y aconteció que murió el mendigo y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico y fue sepultado.
23 Y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno.
24 Entonces él, dando voces, dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama.
25 Y le dijo Abraham: Hijo, acuérdate de que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, por su parte, males; pero ahora este es consolado aquí, y tú eres atormentado.
26 Y además de todo esto, hay un gran abismo entre nosotros y vosotros, de manera que los que quieran pasar de aquí a vosotros no pueden, ni de allá pasar acá.
27 Entonces dijo: Te ruego, pues, padre, que le envíes a la casa de mi padre,
28 porque tengo cinco hermanos, para que les testifique, a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento.
29 Y Abraham le dijo: A Moisés y a los profetas tienen; ¡que los oigan a ellos!
30 Él entonces dijo: No, padre Abraham; pero si alguno va a ellos de entre los muertos, se arrepentirán.
31 Pero Abraham le dijo: Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levante de entre los muertos.

A pesar de todos los milagros y enseñanzas del Señor, la mayoría de los judíos no lo aceptaron como el Mesías. Mejor dicho, ellos intentaron desacreditarlo, y lo acusaron de llevar acabo sus milagros por el poder del diablo.

Sin embargo, los lideres judíos reconocieron que Jesús reclamaba ser el Mesías. En cuatro ocasiones registradas, ellos buscaban una señal de Él para verificar su reclamo, pero ellos deseaban una señal especifica (Véase Mateo 13:38-40; Marcos 8:11; Juan 2:18; 6:30). Ellos habían mal interpretado las señales y enseñanzas de la segunda venida por aquellas de la primera; entonces buscaron la señal de la venida del Hijo del Hombre (Véase capítulos 1, 2).

La preocupación de los judíos sobre el reclamo mesiánico se centraba alrededor de estas tres cuestiones.

Su situación política. Habían estado en esclavitud por los previos cuatrocientos años, y creían que la venida del Mesías les otorgaría su libertad. Ellos imaginaron que Él los liberaría, destruiría a sus enemigos, traería juicio y desastre sobre los malvados, y castigaría con muerte y destrucción a aquellos que habían oprimido a Israel. Este intenso deseo de ser libres de la esclavitud había llegado a ser fuerza divina por generaciones.1

Cristo, sin embargo, ofreció la libertad no del cuerpo pero la del alma. La intención de su primera venida era establecer su reino espiritual. Esto no prometía liberación de la esclavitud pero liberación del pecado. Los judíos querían un rey terrenal, no-uno espiritual. La reacción de la multitud en la alimentación de los cinco mil ejemplifica esto. Ellos querían forzarlo para que fuera su rey político (Véase capítulo 2). Los lideres de Israel no eran diferentes a la gente común en este asunto. Ellos aceptaban las señales de Cristo, pero lo rechazaban como persona. Querían su reino, pero en la tierra no en el cielo.

Sus posesiones terrenales. Los escribas, los fariseos, y los sacerdotes se habían desarrollado en la clase dominante religiosa de la gente. Habían hecho esto para perseverar la nación para la venida del Mesías. Pero en hacer esto, llegaron a empaparse tanto con su propia importancia que no querían sacrificar sus posiciones para aceptar al Mesías. El desarrollo de las enseñanzas y doctrinas de la ley rabínica habían, por los siglos, elevado sus posesiones. Censuraron al pecador, al publicano, al pagano, y al que quebraba el día de reposo. Ensalzaron al maestro, al rabino, a la ley, y a los fariseos. Mientras tanto, Jesús vino y comió con los pecadores y publícanos, se mezcló con los paganos, ofreció el reino para todos, y acuso a la clase dominante como hipócritas y “sepulcros blanqueados” (Mateo 23:27). Aceptarlo significaba que debían servir en lugar de ser servidos, debían dar que recibir, y debían proclamar en lugar de ser proclamados.2

Las cosas del mundo. Aunque el hombre rico era simbólico en la parábola de Lázaro y el hombre rico, el actualmente existió en practica. El Señor enseñó que no había relación entre las cosas mundanas y el reino de Dios. Las cosas mundanas no tenían importancia, y el adquirirlas no representaba ninguna relación con obtener la salvación.

Así, de esta manera, para los lideres judíos aceptar a Jesús como su Mesías significaba el tener que rechazar a todo lo que creían que era importante.3

Se rehusaban dejarlo todo, aun para ganar todo. Más bien que aceptar y creer, ellos pedían otra señal.

Estas especificas peticiones para verificación mesiánica trajo comentarios del Señor en su falta de creencia a menos que tuvieran una señal (véase Juan 4:48).Tan grande era su curiosidad perteneciente a las señales que aun durante su prueba, fue traído ante Herodes, Herodes no-tenia justicia en su mente; más bien Herodes “ esperaba verle hacer una señal” (Lucas 23:8).

Sin embargo, la señal de la venida del Hijo del Hombre no era para ellos. El Maestro les daría una respuesta a sus deseos y les daría una señal, no por su petición y no la que ellos querían, pero una señal. La señal sería pública e irrefutable, acompañada con enseñanzas doctrinales que los dejaría sin excusa. Esta señal estaba encerrada en una parábola y en un milagro: la parábola de Lázaro y el hombre rico, y el milagro de la resurrección de Lázaro.

La parábola de Lázaro y el hombre rico comparaba a dos hombres. Uno era rico, vestido de púrpura (para indicar su patrimonio) y “hacia cada día banquete con esplendidez.” Tenía todas las cosas que el mundo atesoraba. El otro hombre era un pobre mendigo. Deseaba comer las migajas de la mesa del hombre rico y estaba lleno de llagas. Su deplorable condición se acentuó por los “perros [que] vinieron a lamerle las llagas.”

Eventualmente los dos hombres mueren. El hombre rico despertó en el infierno y fue atormentado. Mirando hacia arriba, miro al mendigo en el seno de Abraham y pregunto que mandara a el mendigo a mojar “la punta del dedo en agua” para refrescar la lengua del hombre rico, porque el estaba “atormentado en la llama.” Abraham le dijo al hombre rico que durante su vida él tuvo sus bienes en vida y el pobre mendigo malas. Pero ahora el mendigo estaba consolado y el hombre rico atormentado. Además, dijo él que una grande sima existía entre ellos y que el paso de un lado a otro era imposible.

El hombre rico, ahora resignado a su destino, implora por una nueva causa. El tenia cinco hermanos aun vivos en la tierra. Implora a Abraham que mandara al pobre mendigo para que testificara a sus hermanos de su terrible curso. Aparentemente ellos vivían de la misma manera, una vida llena de errores e insensata como el hombre rico. Abraham le recuerda “a Moisés y los profetas tienen; óiganlos.”

“No, padre Abraham,” replica el hombre rico, “pero si alguno fuere de ellos de entre los muertos, se arrepentirán.”

Pero Abraham respondió sabiamente, “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán, aunque alguno se levantare de los muertos.” Al hombre rico de la parábola no se le conoció nombre; sin embargo, el nombre del pobre mendigo era Lázaro.

El hombre rico era simbólico en la nación judía en ese tiempo, particularmente de los gobernantes. Ellos tenían el “verdadero tesoro,” y el hombre rico tenia todos los buenos bienes de la vida que ellos veneraban. El pobre Lázaro, el mendigo, representaba al empobrecido, al pecador, al pagano, a los publícanos, y todo aquel que era despreciado por los lideres judíos. La posición inversa en el mundo espiritual ejemplifica que las cosas del mundo no tenían nada que ver con alcanzar el reino.

Este ejemplo es una reminiscencia de la respuesta de los Doce después de que cierto joven rico deja a Jesús (el no quiso vender todo lo que poseía para darlo a los pobres para seguir a Jesús; (véase Mateo 19:16-26). En esa ocasión, Él Señor dijo que seria muy difícil para que un rico entrara en el reino de Dios, tan difícil, de hecho, que Él lo compara con un camello pasando por el ojo de una aguja. La respuesta de los Doce fue muy interesante. Mateo registra que los “discípulos oyendo esto, se asombraron en gran manera, diciendo: ¿Quién, pues, podrá ser salvo?” (Mateo 19:25). En ese tiempo ellos, también, quizás sintieron que el éxito mundano estaba relacionado con alcanzar el reino celestial. Pero no era así.

El gran abismo entre Lázaro y el hombre rico fue una separación que existió en el tiempo de la parábola entre el paraíso (el lugar en donde los espíritus rectos y obedientes iban después de la muerte para esperar la resurrección) y la cárcel espiritual (en donde los desobedientes iban para esperar, por casualidad, alguna gracia de Dios que los aliviaría de su sufrimiento). Jesús después lleno ese abismo cuando Él vivió momentariamente en el mundo espiritual después de su muerte y antes de su resurrección y allí organizo el programa misional. Ese programa llevaría el evangelio a aquellos en el mundo espiritual.5

Esto parece ser la enseñanza básica y doctrinal de la parábola de Lázaro y el hombre rico ( analizada en resumen).

En la parábola, Abraham testificó que aquellos que aun estaban en la tierra tenían a Moisés y los profetas y podían aprender de ellos del reino de Dios y del Mesías. Pero el hombre rico de la parábola quería mas, quería una señal. Los fariseos, escribas, los sacerdotes, y la gente tenían los mismos recursos que el hombre rico tenia, a Moisés y los profetas. Pero ellos también querían una señal. El hombre rico quería que uno fuera de los muertos a prevenir a sus cinco hermanos; los fariseos querían una señal de Cristo para satisfacer sus dudas. Pero Abraham dijo, “si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán, aunque alguno se levantare de los muertos.” Jesús les había enseñado la parábola; enseguida les dio a esta “generación malvada y adultera” una señal.

Juan es el único escritor del evangelio que registra el milagro de la resurrección de Lázaro. No hay explicación el porque los otros no, porque obviamente sabían de ello. En el asunto de la casa de Betania los sinópticos dicen muy poco. Quizás tuvo algo que ver con la resurrección, o quizá tuvieron miedo en traer persecución a María, Marta, y a Lázaro, porque eran conocidos discípulos de Jesús. A pesar de cualquier razón, Juan preserva este milagro espectacular y la reacción de los judíos en detalle espléndido. Que fue una señal deliberada y pública es evidente del milagro por sí solo.

María y Marta eran hermanas que vivían en Betania. Ellas eran muy cercanas a Jesús y le ayudaron en muchas ocasiones.6 Lázaro su hermano, fue golpeado con una enfermedad no divulgada, lo suficientemente seria que las dos hermanas mandaron mensajeros a Jesús. No requerían que volviera (quizás ellas sabían que él podía curar a Lázaro solamente por hablar la palabra). No pidieron una curación, pero con su mensaje su deseo se cumple. “Señor, el que amas está enfermo.” Sabían que el Señor sabría sus deseos, y así fúe.

Cuando oyó, este mensaje Jesús dijo, “Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.” Este debía ser un milagro especial. El declaró, su propósito antes de que ocurriera. Sabia que Lázaro moriría, y que se levantaría de los muertos. El milagro seria para la gloria de Dios y una señal de la divinidad de Jesús.

Juan registra que Jesús amaba a María, Marta, y a Lázaro, una declaración que probablemente fue incluida por la demora de Jesús, por que seria obvio después del milagro que El había permitido que Lázaro muriera, causando a María y a Marta el sufrimiento de la angustia de su muerte. Pero hubo un propósito eminente a este milagro, y el sufrimiento que tomo lugar se disipo rápidamente en la experiencia que María y Marta compartieron con él Señor.

Jesús se queda dos días mas en el mismo lugar, después anuncia su intención de volver a Judea. Sus discípulos se preocuparon, porque allí estaba en peligro mortal. Jesús respondió con una analogía. “¿No tiene el día doce horas?” dijo él. “ El que anda de día, no tropieza, porque no hay luz en él.” Una simple analogía. Jesús era la luz del mundo. Aquellos que no tropiezan lo siguen a Él y a su luz. Aquellos que están contra Él y no creían estaban en la obscuridad y no podían ver, aun de día, tropiezan y caen. Los que andan en la luz no necesitan preocuparse que tropezarían, porque si su misión no se cumplía aun, Él no moriría.

Jesús después les recuerda a los Apóstoles de Lázaro, y declara que él “duerme.” Continuo que debían ir y “despertarlo.” Los Apóstoles mal entendieron y replicaron que si Lázaro estaba durmiendo, “sanaría,” pensando que si estaba durmiendo, era bueno para él y le ayudaría en su recuperación. Pero Jesús no permitiría una mala interpretación o un mal entendimiento de este milagro en ninguna etapa. “Lázaro esta muerto,” les dijo. Después claramente les dijo el propósito del milagro. “Me alegro por vosotros, de no haber estado allí, para que creáis.” Si él hubiera estado allí, o si hubiera hablado la palabra, Lázaro hubiera sanado; pero el testimonio espectacular no se hubiera llevado acabo y la señal y enseñanza hubieran quedado incompletas.

Una vez que su resolución de volver era obvia para los discípulos, fueron con Él. Tomás, seguido recordado por dudar de la resurrección del Señor, manifestó ahora una cualidad positiva por la cual preferimos recordarlo, al él audazmente dar un paso hacia delante y declarar su lealtad y amor por el Señor: “Vamos también nosotros, para que muramos con él.”

Les tomó dos días regresar a Betania. Cuando llegaron, Lázaro tenía “cuatro días en el sepulcro.” Juan registra que muchos judíos habían venido a Betania a consolar a María y a Marta. Betania estaba cerca de Jerusalén, y la familia era muy conocida. Su popularidad quizás fue aumentada debido a su asociación con Jesús. Discípulos colegas les dieron a la familia consuelo. No creyentes y enemigos quizá estaban allí en anticipación que Jesús vendría, para tener causa de acusarlo nuevamente. Otros quizás eran meramente conocidos, porque una de las más atadoras ordenes judías era “obedecer la orden rabínica de acompañar al muerto, para demostrar honor al que se ftie, y bondad a los sobrevivientes.”? Fue a estas personas que Jesús vino: A María y Marta, afligidas por la perdida de su hermano, y a otros, algunos amistosos, otros indiferentes y algunos hostiles.

Cuando Marta escucha que el Señor se acercaba salió para encontrarlo, dejando a María en la casa. Cuando encontró a Jesús ella expresó sus más íntimos sentimientos: “Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto.” Su testimonio era fuerte; ella sabía que si Cristo hubiera estado allí, El podía y hubiera sanado a su hermano. Sea o no que ella sabia que Jesús deliberadamente había demorado su regreso o no, no es indicado, pero ella sabia que Lázaro estaba muerto y estaba afligida; aun así su fe en él Señor nunca disminuyo. “Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará,” ella continuó. ¿Se atrevería ella a soñar en una divina interposición, pero por timidez se reservo de pedir tal bendición? Ella sabía que Jesús había levantado a los muertos, ¿pero era su lugar pedir tal milagro? Jesús respondió, “Tu hermano resucitará.”

Marta de buena gana respondió, porque se le había enseñado el principio de la resurrección. El declara fuertemente, “Yo soy la resurrección y la vida.” El era el poder que determinaba la vida y la muerte.

Pronto sufriría la muerte, pero en hacer esto también la conquistaría. Pero ahora, en avance a ese día, Él daría testimonio y pondría en claro su divinidad. “Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente.” Continuando Él pregunta a Marta, “¿Crees esto?” Ella creyó, y confesó su testimonio de Él como el Salvador, el Hijo del Dios. Fue y llamó a María diciéndole “El maestro está aquí y te llama.” María se fue inmediatamente para ir a Jesús, que aun estaba en las afueras del pueblo.

Al María ir a encontrar a Jesús, los judíos creían que iba a ver la tumba de su hermano par llorar la muerte de su hermano, y la siguieron. Pero los había llevado a Jesús, y las enseñanzas publicas y el ser testigo de la divinidad de Jesús empezó. María se postró a sus pies, independiente de Marta, repitió las mismas palabras de amor y confianza en Jesús. El Señor observa a esta gente afligida, verdaderamente humilde por la tristeza de la muerte. Juan anota que “se estremeció en espíritu y se conmovió.” Sin ninguna duda estaba afectado por la tristeza mundana expuesta en la muerte física de Lázaro, pero este era el Señor; el toma para si todas las tristezas. Isaías declaró siglos antes que el Mesías seria “Varón de dolores, experimentado en quebranto. Sin duda llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores.” (Isaías 53:3-4). El dolor de aquellos que conocían a Lázaro no era falso, y es por eso que Jesús se “estremeció en espíritu” porque tomo para sí sus penas y sufrimiento. También estaba preocupado que aun aquellos que creían en éÉ no entendían completamente. Jesús lloró, y preguntó en donde pusieron a Lázaro. Su emoción causa sentimientos encontrados entre la multitud; algunos supusieron que fue debido al dolor por Lázaro, anotó que “como lo amaba.” Otros, aun en esta ocasión, se preguntaban como había permitido que tal amigo muriera. Bajo esta critica Jesús nuevamente se estremeció. Lloró no solamente por la pena genuina de sus amigos, pero por la incredulidad y la burla de sus enemigos.

Cristo llega a la tumba, una cueva con una gran piedra encima, y pide que la piedra sea quitada. La respuesta de Marta fue practica. “Señor, hiede ya, porque es de cuatro días.” Ella sabia cuando había muerto. Enterraban a los muertos inmediatamente en el clima caliente de Judea, porque sin la moderna técnica de preservación el proceso de pudrición empezaba muy rápidamente. Ella aun no entendía, y Jesús le demostró nuevamente. “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?”

Entonces quitaron la piedra, y Jesús alzando sus ojos dijo, “Padre, gracias, te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado.” Él no oró para recibir autoridad o poder, porque Él ya lo tenía.

La multitud debió haber estado sorprendida cuando abrieron la tumba. Cristo había declarado dos veces anteriormente el propósito del milagro, y ahora, ante la entera multitud (amigos y enemigos por igual) abiertamente lo declara nuevamente. Habían pedido una señal muchas veces, y se había rehusado en cada ocasión. Ahora les daría una señal que no podrían olvidar, y les diría claramente su fuente. “Lázaro, ven fuera,” clamó a gran voz, para que todos pudieran oír. Atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario, ¡Lázaro salió!

Cristo es la vida, en Él yace el poder de la muerte; Él es la resurrección. Los judíos demandaban una señal, y la recibieron. ¿Cómo podían dudar? Juan anota que muchos de los judíos que estuvieron allí “creyeron en Él.” No es para menos. Pero otros “fueron a los fariseos y les dijeron lo que Jesús había hecho,” Sin reparar en sus intenciones de hacer esto, los resultados fueron horribles.

Los fariseos y los principales sacerdotes se reunieron en concilio. El concilio existía en el tiempo de Jesús, pero no en su forma original. Desde Heredes lo había quebrado efectivamente de su poder real,8 su actividad estaba principalmente limitada a causas eclesiásticas y semi-eclesiásticas,9 y estaba definitivamente sin el poder de pronunciar sentencias capitales. 10

La oficina de los sacerdotes principales aun era reconocida por Roma, y los concilios eran llevados acabo para discutir pólizas locales y asuntos religiosos.11 Pero este consejo era diferente. Este era, en toda probabilidad, “el concilio del templo” cuyos miembros eran llamados también como “los ancianos principales.” Consistía de catorce miembros, y era un cuerpo judicial. Aunque ordinariamente no “se ocupaba con cuestiones criminales, aparentemente tomó una parte principal en la condena de Jesús.”12

¿Qué haremos? Se preguntaron. “Si le dejamos así, todos creerán en Él.” Después pronunciaron su verdadera preocupación: “Los romanos vendrán y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación.” No estaban preocupados si Jesús era el Mesías o no. Eran como el hombre rico de la parábola: preocupados nada mas por las cosas del mundo, su existencia política como nación, y su importancia entre la gente. Caifás se levantó y reconoció involuntariamente la misión del Mesías: “ni penséis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca.” En su escrito Juan reconoció que Caifás estaba profetizando la muerte del Salvador. En verdad Él moriría por todos, pero no para salvar la nación; más bien Él salvaría las almas de todos los que lo sigan y vivan sus mandamientos. No nada mas era “Sí” lo mataban, pero como y cuando: “Así, que desde aquel día acordaron matarle.”

El milagro se había terminado. Fue la más grande señal, la más grande enseñanza. Los judíos entendieron ambos el milagro y la parábola. Jesús escribió que después del milagro muchos de los judíos “acordaron dar muerte también a Lázaro”

( Juan 12:10). Los judíos no aceptarían las enseñanzas de Moisés o los profetas. Hacían burla de la ley, y como se profetizó en la parábola, ellos no creyeron, “aunque uno se había levantado de los muertos.”

Jesús había dado a los judíos una señal indiscutible. No había mas duda. Aun en su concilio cuando planearon matarlo ellos lo reconocieron: “¿Qué haremos? porque este hombre hace muchas señales.” Buscaban perseverar una nación, pero rechazaban al hombre que podía asegurar su continuidad y liberación. Habían pedido una señal, y Él se las había dado, todavía aun, “acordaron matarle.”

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