Las Parábolas de Jesús el Mesías

Parte Seis
Testigo de Jesús el Mesías

11
Piden de Él Una Señal


Los principios, ordenanzas, y leyes que componen el evangelio han sido enseñados a través del tiempo para proveer un camino, para que la raza humana pueda llegar a la presencia de Dios. Pero todo este conocimiento sería simplemente retórico si no fuera por el Salvador. Por medio del pecado el hombre cayó para siempre del reino de Dios, pero por medio del Redentor tiene la oportunidad de ser salvado.

La base de la Ley de Moisés, y de todos los principios, ordenanzas, y enseñanzas del evangelio, tanto antiguo como moderno, es Jesús el Mesías. Para ayudamos a reconocer y aceptarlo como el Hijo de Dios y el Salvador de toda la humanidad, fue la razón porque las escrituras fueron preservadas, la parábola de Lázaro y el hombre rico nos provee con uno de los testimonios más poderosos nunca antes dados sobre la divinidad de Jesucristo.

Lázaro y el Hombre Rico
Lucas 16:19-31

19 Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino fino y hacía cada día banquete con esplendidez.
20 Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquel, lleno de llagas,
21 y deseaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico; aun los perros venían y le lamían las llagas.
22 Y aconteció que murió el mendigo y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico y fue sepultado.
23 Y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno.
24 Entonces él, dando voces, dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama.
25 Y le dijo Abraham: Hijo, acuérdate de que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, por su parte, males; pero ahora este es consolado aquí, y tú eres atormentado.
26 Y además de todo esto, hay un gran abismo entre nosotros y vosotros, de manera que los que quieran pasar de aquí a vosotros no pueden, ni de allá pasar acá.
27 Entonces dijo: Te ruego, pues, padre, que le envíes a la casa de mi padre,
28 porque tengo cinco hermanos, para que les testifique, a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento.
29 Y Abraham le dijo: A Moisés y a los profetas tienen; ¡que los oigan a ellos!
30 Él entonces dijo: No, padre Abraham; pero si alguno va a ellos de entre los muertos, se arrepentirán.
31 Pero Abraham le dijo: Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levante de entre los muertos.

Es obvio por las escrituras que el liderazgo judío reconoció el significado de las parábolas de Jesús.1 Pero aunque ellos “percibieron” que Él hablaba de ellos en sus parábolas, se rehusaron a abandonar sus errores y seguirlo. Ellos de todo corazón buscaban a su Mesías, pero no querían que Jesús lo fuera.

Esta parábola fue dada por el Señor después de la parábola del mayordomo injusto,2 en donde Cristo enumeró instrucciones y amonestaciones específicas pertenecientes a cosas mundanas relacionadas con el reino de Dios. Los fariseos habían oído la parábola y las amonestaciones, y “ellos se burlaban de Él” por sus palabras (Lucas 16:14). En respuesta a su escarnio Jesús dijo: “Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación” (Lucas 16:15).

Los fariseos y gobernantes fueron los guardas de la Ley Mosaica, pero utilizaron la Ley para justificar sus acciones ante los hombres, permitieron que la Ley los separara del evangelio, y estimaban los elogios del hombre más que los elogios de Dios. Permitieron que sus posiciones y las cosas del mundo influyeran en su habilidad de reconocer al Mesías. Como resultado, el Mesías que ellos anticiparon no era el que había llegado. Ellos habían confundido las señales y enseñanzas de la segunda venida por las primeras. Buscaban la señal de la venida del Hijo de Hombre, o de la segunda venida del Señor. Las razones de esto se concentró en tres situaciones específicas:

El primero era político en naturaleza. Los judíos habían estado en la esclavitud durante cientos de años, y era su creencia que el Mesías les concedería libertad de esta esclavitud.3 Él destruiría a sus enemigos, bajaría juicio y desastre sobre el malvado, y castigaría con muerte y destrucción a aquellos que oprimieron a Israel. Jesús, sin embargo, ofreció libertad no del cuerpo, pero del alma. La intención de su venida fue para establecer su reino espiritual, no terrenal. No prometió libertad de esclavitud, pero la libertad del pecado.4

Pero los judíos querían un rey terrenal, no uno espiritual. Esta expectación general de los líderes y la gente común de Israel es confirmada por la reacción de la multitud en el milagro de la alimentación de los cinco mil.5 En este milagro ellos quisieron forzar a Jesús para que fuera su rey. Ellos querían su reino – pero en la tierra, no en el cielo.

La segunda razón por la que los judíos pasaron de alto al Mesías, porque comprometía las posiciones que los líderes tenían. Los escribas, fariseos, y sacerdotes principales se habían desarrollado en una clase dirigente religiosa. Ellos habían hecho esto en una tentativa de conservar la nación para el Mesías, pero al hacer esto, habían llegado a ser tan imbuidos de su propia presunción que no sacrificarían sus posiciones para aceptar a su Salvador.

El desarrollo de las enseñanzas y doctrinas que la Ley Rabínica tuvo, sobre los siglos, elevó grandemente a estos líderes sobre la gente que ellos quisieron conservar. Ellos denunciaban al pecador, al publicano, al pagano, y al que quebraba el día de reposo; ellos exaltaron al maestro, al rabino, la Ley, y al fariseo. Ellos se horrorizaron cuando Jesús comió con pecadores y publícanos, se mezcló con paganos, y ofreció el reino a todas las naciones cuando Él denunció a la clase gobernante como hipócritas y sepulcros blanqueados (Mateo 23:27). Aceptarlo significaba que ellos deberían servir antes que ser servidos, que deberían de dar antes de recibir, y deberían proclamar antes de ser aclamados.6

La tercera razón de pasar por alto al Salvador evolucionó naturalmente debido a las dos anteriores. Giraba alrededor de las cosas del mundo. En la parábola del mayordomo injusto (entregada poco antes de esta) el Señor enseñó que no había ninguna relación entre las cosas terrenales y el reino de Dios. Las cosas terrenales no tenían ninguna importancia eterna, y la adquisición de ellas no tenía ninguna relación para lograr la salvación.

Este concepto fue repugnante para los fariseos y para otros líderes de los judíos. Para aceptar a Jesús como su Mesías significaba negar todo lo que ellos percibían como importante.7 Si creyeran en Él, ellos sentían que perderían su posición de liderazgo y las cosas mundanas que ellos habían acumulado; además, como una nación, ellos todavía estarían en la esclavitud política.

No obstante, las enseñanzas de Jesús, sus milagros, y sus reclamos de ser el Mesías movió sus conciencias y los dirigió a buscar seriamente de Él una señal. En cuatro ocasiones registradas ellos le pidieron que demostrara que Él era el Salvador:

  1. Después de haber realizado algunos de sus milagros ellos solicitaron señales de Él (Mateo 12:38-40; Lucas 11:16; Juan 2:18).
  2. Antes de su sermón del pan de vida le preguntaron, “¿Qué señal, pues, haces tú, para que veamos, y te creamos?” (Juan 6:30).
  3. Los fariseos y los sedúceos vinieron a tentarlo y específicamente solicitaron “que les mostrase señal del cielo” (Mateo 16:1).
  4. Ellos pidieron una señal durante la curación del hijo del noble, y Jesús respondió, “Si no viereis señales y prodigios, no creeréis” (Juan 4:48).

El Señor recibió mas insultos durante su juicio, cuando fue mandado a Herodes, que “esperaba verle hacer alguna señal” (Lucas 23:8).

Debido a esta actitud, por parte de los judíos parece ser la razón para la parábola de Lázaro y el hombre rico. Fue una parábola culminante que expresamente indicó los errores de los fariseos y los gobernantes judíos. Estaba basada en su creencia errónea que la riqueza y el logro material les garantizaría el reino (porque ellos eran la gente escogida); aún más, pronosticó la señal que ellos tanto deseaban ver. La parábola también fue dada para denunciar lo que la Ley había llegado a ser, para reprender la incredulidad de los judíos en Él, y para atestiguar al mundo que Jesús era el Mesías.

La primera parte de la parábola fue formulada en una historia que fue común en el folklore del judaismo.8 Los dos personajes principales fueron representados como el estar en extremos opuestos del espectro económico. Había un hombre rico que estaba vestido de púrpura y de lino fino (simbólico de su riqueza y posición real) quién “hacía cada día banquete con esplendidez,” esto significaba que él comía en abundancia y sólo lo mejor.

En oposición a esta grandiosidad y el logro material (tan sumamente estimado por los fariseos) estaba el otro personaje de la parábola – Lázaro. Lázaro era un mendigo que se ponía en la puerta del hombre rico y estaba lleno de llagas. El estilo abundante de vida del hombre rico contrastaba bruscamente con la pobreza de Lázaro. El mendigo fue reducido a comer los trozos que se caían de la mesa del hombre rico. Era la costumbre de los ricos judíos utilizar los pedazos de pan mojados en el agua como servilletas. El pan entonces era desechado bajo la mesa, y recogido más tarde para ser dado a mendigos y al pobre.9 Con este y otra basura que venía de la mesa del hombre rico, Lázaro intentaba satisfacer sus necesidades. Su estado físico era tan deplorable que llagas abiertas cubrían su cuerpo, y los perros venían a lamberlas.

Finalmente ambos hombres murieron. El mendigo fue llevado al seno de Abraham, pero el hombre rico fue al infierno. El Señor invirtió las posiciones de Lázaro y el hombre rico para dramatizar la relación entre logros terrenales y el reino de los cielos. Lázaro estaba con el gran patriarca Abraham, donde cada judío deseaba ir. Pero el hombre rico, que había sido tan exitoso en adquirir cosas materiales en la tierra, “en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos.”

El Señor se movió rápidamente a la siguiente parte de la parábola. Una discusión comenzó entre el hombre rico y Abraham. El hombre rico, se dio cuenta que sus divinas anticipaciones no habían sido cumplidas, y pidió a Abraham que mandara a Lázaro para consolarlo y darle el alivio. “Envía a Lázaro,” el hombre rico imploró, “para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama.” Este en realidad no era un infierno como el poeta Dante lo describe; el hombre rico estaba en tormento a causa de las comodidades que él había perdido como resultado de su vida egoísta e impenitente.

Abraham explicó rápidamente la diferencia entre los dos hombres. Durante su vida terrenal, el hombre rico había buscado y había adquirido egoístamente todas las cosas buenas que él quiso. Lázaro no había recibido ninguna de estas comodidades; pero asumimos que su vida fue justa, ya que le fue permitido entrar en el paraíso en su muerte. Su falta en lograr las cosas del mundo no le había impedido su progreso espiritual. Los fariseos habrían pensado que la condición terrenal de Lázaro era un resultado de sus pecados y que él estaba siendo castigado por Dios.10 Los logros divinos de Lázaro los habrían sorprendido, ya que la situación específicamente contradecía sus creencias y prácticas.

Abraham le explicó al hombre rico que había una gran sima entre él y Lázaro que no podría ser cruzada. Muchos eruditos del pasado no entendieron lo que era esta gran sima.11 Afortunadamente, a causa de la restauración del evangelio no estamos mas en la oscuridad con respecto a este fenómeno. Fue la separación que existió en el tiempo de la parábola entre el paraíso (el lugar donde los hijos justos y obedientes del Padre residen después de la muerte para esperar la resurrección) y la prisión del espíritu (el lugar donde los hijos desobedientes van a esperar, quizás, alguna gracia o el plan de Dios que los aliviara de su horrible tormento). Esta sima después sería absuelta por Jesús cuando Él residió durante un corto tiempo en el mundo de los espíritus después de su muerte y antes de su resurrección.12

Habiendo sido instruido por Abraham, el hombre rico se resignó a su propio destino. Pero su conversación con Abraham continuó mientras el Señor comenzó ha enseñar la doctrina más importante de la parábola. El hombre rico declaró que él tenía cinco hermanos. Ellos hacían las mismas cosas que él había hecho, y solicitó que Abraham les mandara a Lázaro para que les dijera lo que su destino sería si ellos seguían en sus pecados terrenales. Abraham recordó al hombre rico que sus hermanos tenían a “Moisés y a los profetas” para dirigir sus vidas.

La parábola alcanza su punto culminante. Jesús instruía a la gente del convenio, rica o pobre, que ellos habían tenido a Moisés y a los profetas para enseñarles durante cientos de años. Pero la meta de esta enseñanza había quedado idéntica, reconocer al tan esperado Mesías y la admisión en el reino de Dios. Utilizando a Moisés y los profetas, Jesús dio testimonio de su divinidad a la gente. Él había llevado acabo las profecías. “Escudriñar las escrituras,” él dijo: “Porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39).

Pero el hombre rico en la parábola quería más, él quería una señal. Esta era la misma posición en la que se encontraban los fariseos, y el Señor les dijo que ellos tenían los mismos recursos del hombre rico – Moisés y los profetas. Pero ellos, también, querían más, también querían una señal.

Así como en la parábola, el hombre rico suplicó que Lázaro fuera mandado de los muertos para advertir a sus cinco hermanos, los fariseos querían una señal de Cristo para satisfacer sus dudas. Cuando la parábola llegó a su fin, Abraham le informó al hombre rico que aunque alguno se levantare de entre los muertos ellos no se arrepentirían (sus hermanos) si no creían en Moisés y en los profetas. Esta verdad fue ilustrada vívidamente por el milagro de la resurrección del no-ficticio Lázaro.

El Milagro de la Resurrección de Lázaro13
Juan 11:1-44

Estaba entonces enfermo uno llamado Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana.
(Y María, cuyo hermano Lázaro estaba enfermo, fue la que ungió al Señor con perfume y enjugó sus pies con sus cabellos).
Enviaron, pues, sus hermanas a decir a Jesús: Señor, he aquí, el que amas está enfermo.
Y oyéndolo Jesús, dijo: Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.
Y amaba Jesús a Marta, y a su hermana y a Lázaro.
Cuando oyó, pues, que estaba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba.
Luego, después de esto, dijo a los discípulos: Vamos a Judea otra vez.
Le dijeron los discípulos: Rabí, hace poco los judíos procuraban apedrearte, ¿y otra vez vas allá?
Respondió Jesús: ¿No tiene el día doce horas? El que anda de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo.
10 Pero el que anda de noche tropieza, porque no hay luz en él.
11 Dicho esto, les dijo después: Nuestro amigo Lázaro duerme, pero voy a despertarle.
12 Dijeron entonces sus discípulos: Señor, si duerme, se recuperará.
13 Pero Jesús hablaba de la muerte de Lázaro, y ellos pensaron que hablaba del reposar del sueño.
14 Entonces, Jesús les dijo claramente: Lázaro ha muerto;
15 y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis; mas vamos a él.
16 Dijo entonces Tomás, llamado el Dídimo, a sus condiscípulos: Vamos también nosotros, para que muramos con él.
17 Llegó, pues, Jesús y halló que hacía ya cuatro días que Lázaro estaba en el sepulcro.
18 Y Betania estaba cerca de Jerusalén, como a quince estadios;
19 y muchos de los judíos habían venido a Marta y a María para consolarlas por su hermano.
20 Entonces Marta, cuando oyó que Jesús venía, salió a encontrarle; pero María se quedó en casa.
21 Y Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto;
22 mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará.
23 Jesús le dijo: Tu hermano resucitará.
24 Marta le dijo: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero.
25 Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.
26 Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá jamás. ¿Crees esto?
27 Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo.
28 Y cuando hubo dicho esto, fue y llamó a su hermana María, diciéndole en secreto: El Maestro está aquí y te llama.
29 Ella, cuando lo oyó, se levantó deprisa y fue a él.
30 (Jesús aún no había entrado en la aldea, sino que estaba en el lugar donde Marta le había encontrado).
31 Entonces los judíos que estaban en casa con ella y la consolaban, cuando vieron que María se había levantado deprisa y había salido, la siguieron, diciendo: Va al sepulcro a llorar allí.
32 Y María, cuando llegó a donde estaba Jesús, al verle, se postró a sus pies, diciéndole: Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.
33 Jesús entonces, cuando la vio llorando, y a los judíos que habían llegado con ella también llorando, se conmovió en espíritu, y se turbó,
34 y dijo: ¿Dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve.
35 Y lloró Jesús.
36 Dijeron entonces los judíos: Mirad cómo le amaba.
37 Pero algunos de ellos dijeron: ¿No podía este, que abrió los ojos al ciego, haber hecho que Lázaro no muriera?
38 Y Jesús, conmovido otra vez dentro de sí, fue al sepulcro. Era una cueva, la cual tenía una piedra puesta encima.
39 Dijo Jesús: Quitad la piedra. Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: Señor, hiede ya, pues lleva cuatro días.
40 Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?
41 Entonces quitaron la piedra de donde el muerto había sido puesto. Y Jesús, alzando los ojos a lo alto, dijo: Padre, gracias te doy porque me has oído.
42 Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la gente que está alrededor, para que crean que tú me has enviado.
43 Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera!
44 Y el que había estado muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desatadle y dejadle ir.

Lázaro era el hermano de María y Marta, y vivían en Betania. Ellos eran amigos íntimos del Señor. Cuando Lázaro se enfermó, sus hermanas enviaron un mensaje a Jesús declarando, “Señor, he aquí el que amas está enfermo.” Jesús recibió el mensaje y declaró que la enfermedad no es para muerte, sino para “que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.” Él permaneció dos días donde estaba y luego les dijo a sus Apóstoles que Él iría otra vez a Judea. Ellos le advirtieron sobre el antagonismo hacia Él allí, pero Jesús estaba decidido a ir. Les dijo que Lázaro estaba dormido y Él iría y lo despertaría.

Los discípulos mal entendieron, pensando que el sueño beneficiaría a Lázaro. Pero Jesús no tendría este milagro mal entendido, y Él abiertamente les declaró, “Lázaro ha muerto.” Ellos entonces procedieron hacia Betania y encontraron que Lázaro había estado en la tumba durante cuatro días.

María y Marta fueron separadamente a Jesús cuando Él se acercó a Betania. Cada una expresó su preocupación, de que Él no había venido a tiempo para salvar a Lázaro, y Marta reconoció que, “sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará.” Jesús le recordó quién era Él y le dijo: “Tu hermano resucitará.” Ella reconoció a Cristo, y estuvo de acuerdo que Lázaro se levantaría en la resurrección. Pero ella mal entendió las intenciones del Señor, entonces Él declaró abiertamente,” Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá.” Él le preguntó si ella creía esto, y ella nuevamente lo reconoció como el Mesías.

María y Marta no estaban solas en ese momento, muchos de los judíos de Jerusalén y sus alrededores estaban con las hermanas en su hora de pena. La familia era bien conocida, y su popularidad quizás fue aumentada por su asociación con Jesús. Los demás discípulos le habrían dado consuelo a la familia, y los incrédulos y los enemigos pueden haber estado allí en anticipación de la llegada de Jesús para ellos poder acusarlo nuevamente. Sin importar el motivo, muchas personas habían estado con María y Marta, porque una de las obligaciones de las instrucciones judías era “obedecer la dirección Rabínica de acompañar al muerto, para demostrar honor al que murió y amabilidad a los sobrevivientes.”14

La secuencia de los acontecimientos que entonces sucedieron es fundamental para el propósito del milagro y la parábola. María y Marta y los demás dolientes se acercaron a Jesús, y las escrituras informan que Jesús se estremeció en espíritu y se conmovió. Él estuvo indudablemente afectado por la intensa pena demostrada por la muerte física de Lázaro. Pero éste era el Salvador, quién tomó sobre Él mismo todas las penas. Isaías había declarado siglos antes que Él era “varón de dolores, experimentado en quebranto… Ciertamente llevó nuestra enfermedades, y sufrió nuestros dolores” (Isaías 53:3-4). Pero también se preocupó, porque aún los que creyeron en Él no entendían completamente su poder.

Jesús lloró, y preguntó dónde habían puesto a Lázaro. Esta exposición visual de emoción causó sentimientos mezclados entre la multitud. Algunos asumieron que era debido a su pena por Lázaro, y notaron cuanto Él lo amaba. Los otros, con rencor en sus corazones, preguntaron por qué, Él había permitido que su amigo muriera. Jesús lloró no sólo por la pena genuina de sus amigos, pero por la incredulidad y burla de sus enemigos.

Cristo llegó a la tumba (una cueva con una piedra grande que sellaba su entrada) y pidió que la piedra fuera quitada. La respuesta de Marta fue lógica. “Señor hiede ya, porque es de cuatro días.” Ella todavía no entendía lo que pasaba, y Jesús la reprendió. “¿No te he dicho que si crees, veras la gloria de Dios?” La piedra fue quitada y Jesús alzó sus ojos a lo alto y dijo: “Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado.”

La multitud observaba todo lo que el Señor hacía, y ellos deben haberse sorprendido al abrirse la tumba. Cristo había declarado dos veces antes abiertamente el propósito de este milagro y ahora, ante la multitud, amigos y enemigos por igual, Él abiertamente lo declaraba nuevamente. Sus enemigos le habían pedido una señal muchas veces y Él los había rechazado en cada una de aquellas ocasiones. Pero Él, ahora les daría una señal que ellos no podrían olvidar. “¡Lázaro, ven fuera!” Él clamó a gran voz, de modo que todos pudieran oírlo y Lázaro salió.

Juan reporta que muchos de los judíos creyeron en Cristo, pero había otros que “fueron a los fariseos y les dijeron lo que Jesús había hecho.” Estos mismos fariseos se habían parado ante Jesús cuando les dio la parábola que declaró su divinidad, pero ahora ellos reunieron un concilio, ya que en sus mentes la misma raíz del árbol de su autoridad estaba en peligro. “¿Qué haremos?” ellos dijeron: “Si le dejamos así, todos creerán en Él.” Entonces ellos revelaron la razón de su preocupación (y se cumplió la enseñanza de la parábola) cuando ellos dijeron: “Vendrán los romanos, y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación.”

Ellos no estaban preocupados si Jesús era o no era el Mesías. Ellos eran como el hombre rico de la parábola, preocupados sólo por las cosas del mundo, su existencia como una nación, y su prominencia personal entre la gente. Caifás dio un paso adelante y sin querer reconoció la misión del Mesías cuando él declaró, “Vosotros no sabéis nada; ni pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca” (Juan 11:46-50). Jesús moriría por todos, no para salvar la nación, pero para salvar las almas de todos aquellos que lo siguieran y guardaran sus mandamientos.

Desde aquel momento el destino de Cristo fue sellado. Esto ya no era una pregunta de los líderes judíos lo matarían, pero cuándo y cómo. Aún Lázaro estaba en peligro, ya que Juan registra que después del milagro, muchos de los judíos acordaron dar muerte también a Lázaro (Juan 12:10).

En la parábola de Lázaro y el hombre rico, Abraham le dijo al hombre rico que si sus cinco hermanos no escuchasen a Moisés y a los profetas, ellos no serían persuadidos a arrepentirse incluso si uno resucitara. Las acciones del liderazgo judío después de la resurrección de Lázaro probaron que esto era verdadero. Ellos se burlaron de la Ley, y como fue profetizado en la parábola, ellos no creyeron “aunque uno se levantó de la muerte.”

Los judíos le pidieron a Cristo que les diera una señal de su Mesianismo, y Él resucitó a Lázaro de la muerte en cumplimiento de la profecía parabólica. Aún así ellos negaron a este perfecto testigo. Ellos procuraron conservar una nación, pero al mismo hombre que podría asegurar su liberación, ellos rechazaron.

Capítulo 12: Como Fue Entonces, es Ahora

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