Relatos, Cuentos y Novelas
La forastera
Por Iris W. Schow
Hace algunas noches estábamos hablando sobre un cuento que alguien escribió refiriéndose a un hombre que era el único “señor” en el pueblo donde todos los demás eran “hermano” o “hermana”. Esto me hizo recordar a Verona, el pueblo donde trascurrió mi infancia, y donde no había ningún “señor”, sólo “hermanos”. Pero sí había una “señora” allá, la Sra. Maysprite, la forastera.
Me parece revivir el “día de los muertos” en Verona. La tarde anterior, mi amiga Lettie y yo debíamos llevar a sus hermanitos y el mío, hasta el arroyo, del otro lado del camino, a un campo de margaritas silvestres. Nunca habíamos atravesado la extensión, para nosotros interminable del campo, ni sabíamos quién era su dueño. Antes de que Ren, mi hermano mayor, fuera lo suficientemente grande como para ayudar al abuelo en el duro trabajo de la granja acostumbraba acompañarnos. Al llegar al arroyo, teníamos que poner agua en los baldes que siempre llevábamos, luego llenarlos hasta el tope con las blancas margaritas de centro amarillo, delicadas en apariencia, pero de hecho las más duraderas, y volver a casa triunfantes con nuestra importante contribución para el “día de los muertos”.
A la mañana siguiente, acostumbrábamos salir temprano en el coche del abuelo; en esa forma la abuela, que no podía caminar mucho, tendría tiempo de adornar la tumba de su padre, y pensar en las de su madre y hermanas allá en las llanuras. A mí me decía, “Jane, puedes encargarte de poner flores en la tumba de mi pequeña”; Ren se encargaba de la tumba de tío Pete y mamá de la de papá; además, ayudaba al abuelo a arreglar la de su madre con los delicados alelíes rojos, y la única rosa blanca que cultivaba en su jardín para tal propósito. Cuando terminábamos, todos le ayudábamos al abuelo a adornar la tumba de su padre, y al finalizar nuestro trabajo íbamos de una a otra admirando la labor realizada por cada uno.
La mayoría de la gente iba temprano también, y pronto se hallaban colocando sus flores y charlando. Y allí llegaba igualmente la Sra. Maysprite, gozando de la brisa en su automóvil. Emergía de la alameda, daba una vuelta frente a la puerta, y bordeaba en círculo el cementerio, para detenerse allá donde la colina daba el frente al cañón. Llevaba el pelo recogido en un brillante rodete negro, y se vestía siempre de color verdoso o lila. Salía del auto y con movimientos suaves y coordinados, cargaba sus canastas de flores frescas, con las cuales decoraría la tumba del Sr. Maysprite porque había existido un señor Maysprite antes de que yo tuviera memoria de los hechos—con una profusa capa de lilas, artísticamente alternadas con lirios blancos. Sus flores ponían la nota más elevada cu la belleza de aquel día, porque la primavera siempre se retrasaba en las montañas de Verona. La mayoría de nosotros no tenía lilas; únicamente una hermana muy afortunada que compartía un arbusto con nosotros; aun así, muy pocas de ellas eran lo suficientemente bellas como para armonizar con nuestras margaritas. Por tanto no podíamos evitar el enviar de vez en cuando miradas envidiosas a la profusión de bellas lilas que tenía la señora Maysprite para ella sola. Y mientras la mirábamos con disimulo, hablábamos de ella en voz baja y de la extraña tumba del señor Maysprite. La gente comentaba sobre lo privilegiada que era al poder dormir basta tarde, pues podía estar en el cementerio en pocos minutos, gracias ai auto; y sobre el hecho de que, viviendo tan cerca de allí, uno pensaría que podía caminar. Hablaban sobre la tumba del señor Maysprite, y porque la lápida estaba en el extremo este y no en el oeste como «debía ser”, y su cabeza también, y porque, además, la tumba en sí no estaba dirigida hacia ninguno de los plintos cardinales, sino directamente hacia el cañón.
En casa el abuelo nos dijo que no era justo criticar a un hombre porque su modo de apreciar la belleza fuera diferente al nuestro, lo que había hecho que el señor Maysprite deseara levantarse en el día de la resurrección mirando hacia su amado cañón, en lugar de enfrentar el sol naciente con el resto de nosotros. Nos dijo también que el señor Maysprite acostumbraba a sentarse en la cama, en aquel porche con ventanas de vidrios que habían construido para él. Que desde allí contemplaba cómo la primavera trepaba lentamente por el cañón, al tiempo que libraba una perdida batalla contra la tuberculosis que lo había llevado a Verona, en la esperanza de que el clima seco lo curara. Ren, que recordaba haberlo visto parado en el umbral de la puerta una vez, decía que era alto y delgado, y se parecía un poco a una garza.
El abuelo decía que, si bien la señora Maysprite vivía lo bastante cerca del cementerio como para llegar a él caminando, tenía que usar el auto, para cargar todo aquel montón de flores que llevaba para una tumba sola; también decía que si ella no tuviera un auto, él volvería a buscarla despues de habernos dejado en el cementerio. Pero como lo tenía se cuidaba sola, y no necesitaba ninguna clase de ayuda para trasladarse; además, probablemente pensaría de todos modos que un auto es mejor que un coche de caballos.
Tiempo después de que Ren hubiera dejado de acompañarnos en nuestra búsqueda de las margaritas porque el abuelo lo necesitaba en la granja, él y su rollizo compañero Spud, todavía nos acompañaban en la “noche de brujas”. En una de estas oportunidades, ellos dos habían logrado hacer los mejores sonidos tenebrosos que jamás hubiéramos oído. El resto de nosotros llevaba sus linternas recortadas de las calabazas que el abuelo traía todos los años de casa de su hermano para este fin. Habíamos empezado por el extremo norte de la calle, y volvíamos hacia nuestra casa tratando de asustar a la gente. Cuando empezábamos por el extremo sur, vimos un grupo de muchachos grandes que venían en la misma dirección; no queríamos encontrarlos pues sabíamos que después tendríamos nuestras velas apagadas y las gorras encasquetadas hasta los ojos, por tanto cortamos camino por el terreno de la casa de Lettie hasta el campo de trébol del abuelo, el cual lindaba justo con la parte de atrás del cementerio. Por sugerencia de Spud habíamos apagado las velas; de todos modos la luna brillaba, y sería divertido volver a encenderlas más tarde.
Tenebroso con las sombras producidas por la luz de la luna, el cementerio se erguía frente a nosotros, detrás del alambre de púas, interrumpiendo nuestro camino. Mirando hacia atrás nos dimos cuenta de que todas las precauciones habían sido innecesarias: los muchachos se habían ido hacia el norte sin siquiera echarnos una mirada ni darse por enterados de nuestra existencia. Spud nos sugirió una nueva idea: podríamos seguir un poco más adelante e ir a golpear la ventana de la señora Maysprite; llegando desde el cementerio, con una noche tan clara, le daríamos una verdadera sorpresa. Podíamos seguir la alambrada hasta la alameda, continuar por ella hasta encontrarnos frente a la casa, y atravesar la colina cortando camino por el campo de fresas hasta llegar a destino. Pero Ren tenía un plan mejor: podríamos pasar por la alambrada de púas, atravesar el cementerio hasta llegar a los portones y salir ya al campo de fresas, listos para trepar hasta la casa. Tom, Mary y Wes, los pequeños, tenían miedo de cruzar el cementerio de noche, pero Ren dijo:
—¿Quién va a tener miedo con
esta noche tan clara? Hasta se puede ver que los ladrillos de la casa de West son rojos. Ademán aquí estamos Spud y yo; y Jane y Lettie son casi unas señoritas, Ustedes dijeron a sus madres que eran lo bastante grandes como para acompañarnos ¿no? ¡Vamos!
Al fin los convencimos, pero insisticron en prender sus linternas antes, para complementar con ellas la luz de la luna. No teníamos porqué pasar frente a la extraña tumba del señor Maysprite, y esto de por sí era alentador. Pero tratamos de escurrirnos del cementerio especialmente cuando pasamos por la tumba del hermano Tyreed y vimos su nueva lápida. El nombre había sido bellamente esculpido en la piedra, en rasgos un poco mayores, pero en su propia y fina escritura. Esto nos heló a Lettie y a mí, pues nunca habíamos visto nada igual; y aun Ren admitió que el sólo pensar en ello tenía algo do horripilante.
—A mí me gusta—dijo Spud —Es algo muy personal, como poner la firma en la propia historia de su vida. Me gustaría firmar mi propia lápida.
Piensas eso porque tienes tan buena caligrafía—dijo Lettie con admiración.
Halagado, Spud se puso a su lado, murmurando algo de sus ideas personales respecto a las firmas; además le sostuvo la linterna mientras ella se arrastraba para atravesar la puerta cerrada del cementerio. ¿Era tan fácil como parecía coquetear con un muchacho?, me preguntaba al tiempo que me arrastraba penosamente por entre los barrotes del portón, y trataba de alcanzar la linterna que había quedado del otro lado.
Es mejor que apaguen sus linternas—dijo Ren cuando salimos de la alameda directamente al campo de fresas. Pero Tom y Wes pensaban que estaba todo demasiado fantasmagórico, y que las necesitarían encendidas si teníamos que correr.
Está bien. Consérvenlas encendidas, pero con la luz hacia sus cuerpos para que no se veandijo Ren —¡Y no entren al patio de la señora Maysprite hasta que yo lo diga!
Penetramos atropelladamente en el campo vecino, oculto en parte desde la casa por los arbustos de lilas, mientras Ren y Spud sostenían la puerta de la cerca. Mirando hacia la colina desde donde habíamos venido, pude ver el cementerio y el cañon bañados por las suave y plateada luz de la luna, y pensé que realmente había de ser aquella una de las más hermosas vistas en el mundo, tal como lo dijera el señor Maysprite.
Allá van hacia la casa murmuró Lettie, apretándome el brazo.
Los vimos que se arrastraban sobre algo, y oímos los ruidos y golpes que daban en la ventana de la cocina. Entonces de un salto so escondieron tras la esquina del parche. La ventana se abrió y la señora Maysprite se detuvo frente a ella, mirando hacia afuera con atención. Estaba vestida de azul claro, y tenía un libro en la mano. Desde allí miró hacia todas direcciones, pero no pareció descubrir a nadie, y cerró otra vez la ventana. Al tiempo que vimos a Spud y Ren corriendo de nuevo en dirección a la ventana, Lettie, súbitamente envalentonada, irrumpió en el patio, y todos nosotros la seguimos. Esta vez, a los primeros golpes la puerta de la cocina se abrió y la dueña de casa se detuvo en el umbral; todos tratamos de llegar a la puerta de la cerca a un tiempo. Es decir, todos excepto el rollizo Spud y la pequeña Mary; de algún modo Spud se cayó sobre Mary en su urgente huída; se levantó y huyó, mientras los demás vacilábamos consternados en la estrecha abertura del portón. Ren y la señora Maysprite corrieron desde opuestas direcciones, a ayudar a la desconcertada y quejumbrosa Mary.
—Yo la atenderé—dijo Ren muy decidido, mientras sacudía el abrigo de la niña y le ponía la capucha. La señora Maysprite empezó a recoger los fragmentos de la linterna.
—Vengan niños—nos pidió— Vengan, que los invitaré con algunas galletitas de avena.
No queremos nada—contesté en tonillo engreído.
—¿Quién ha oído hablar nunca de galletitas de avena? —dijo Lettie con arrogancia—Todo el mundo sabe que la avena se come cocida con leche.
—La avena también es para los caballos—advirtió suavemente la señora Maysprite—Lo que no impide que se tome con leche para el desayuno.
—Tiene que disculpar las maneras rudas y descorteses de estas niñas, señora—intervino Ren—No saben comportarse de otro modo.
¡Esto tenía gracia! Ambas habíamos cumplido los trece años hacía dos meses, y no hacía mucho que él mismo había cumplido sus catorce. Todos los demás habíamos retrocedido hacia el camino hasta lo que nos pareció una distancia prudente. Aceptando algunas galletitas, Ren se nos unió.
—¡Eh! La avena sabe bien en galletitas—concedió Spud, mientras Ren nos repartía trozos a cada uno.
Me pregunto cómo se daría cuenta ella do que quedarían ricas —comentó Lettie, mientras la pequeña Mary decía:
—Deben ser las pasas lo que las hacen tan sabrosas.
—Pongamos sus viejos portones en algún lugar divertido, como encima de los arbustos de lilas, o sobre la bomba del agua—sugirió Spud, cuando Lettie señaló uno de los portones que habíamos dejado abierto a medias, diciendo que alguien podría golpearse y lastimarse en él. Pero Ren no estuvo de acuerdo.
—Prometimos a la gente no hacer nada que pueda significar un daño. Y eso lo sería puesto que la señora Maysprite no tiene nadie que la ayudara a ponerlo en su lugar.
Y mandó a Tom y a Wes a cerrar el portón; los niños fueron a regañadientes mientras los demás los contemplábamos divertidos.
Pero alguien lo hizo de todas maneras, pues a la mañana siguiente en toda la escuela se comentaba el hecho de que a la señora Maysprite le habían sacado los dos portones de su lugar y los habían puesto sobre la puerta del granero de West, con poleas y cuerdas, de manera que pudieran balancearse arriba y abajo como un subibaja. Cuando comentamos el hecho en casa, abuelo dijo que sería agradable que la gente recordara algo de sus estudios de historia. Salimos los dos—Ren y yo, para ayudarle a colocar los portones en su lugar— pero nos encontramos con dos de aquellos muchachos grandes que las traían, y yo pensé que sus familias habrían tenido la misma idea que el abuelo.
El segundo verano después de aquella “noche de brujas”, se rompió la cañería de la planta hidráulica durante la noche, y el desgaste del agua provocó un deslizamiento de tierra que bloqueó completamente la carretera como por dos tercios de la distancia hacia el cañón. Ren trabajaba cada vez más en la granja ahora. La tarde siguiente a la ruptura de la cañería estaba terminando de segar el campo del abuelo, y éste, Wes y yo revisábamos el heno para ver si estaba lo bastante seco como paro ser trillado. La siega se había terminado cuando algo espantó a los caballos y Ren que estaba acostumbrado a ese trabajo, de algún modo cayó en el camino de la segadora, quedando con el pie izquierdo prácticamente arrancado por ésta. El abuelo detuvo los caballos y corrió hacia él. Para ese momento los recolectores de fresas y el hermano West se habían precipitado al lugar. Todos trataban de pensar en la forma de llevar el muchacho al Dr. Browne con toda la carretera bloqueada. El hermano West envió a alguien a su casa para telefonear al doctor a fin de que se trasladara al otro lado del camino, preparado para pasar por encima del deslizamiento de tierra. Otros fueron a enganchar el coche de los West y sacar el asiento trasero, pues sería mejor para llevar a Ren que el carruaje del abuelo y además, más rápido. Mientras tanto, el abuelo y la hermana West trataban de detener la hemorragia. Entonces, nunca supimos cómo, la señora Maysprite se enteró del asunto, y allí estaba corriendo en su automóvil; lo detuvo, emergió por la pequeña portezuela, pasó bajo la alambrada de púas, y corrió a través del heno y el rastrojo, gritando: ¡Déjenme ayudarles! ¡Déjenme ayudarles!
Una cuestión de segundos Ren se encontraba en el auto, con el abuelo y la hermana West, y se iban al doctor. Wes y yo condujimos el tiro que alguien había enganchado, corriendo a casa para engancharlo al carruaje, a fin de conducir a mamá y la abuela hasta donde estaba Ren. Más tarde éste dijo que le habían indicado que se estuviera quieto y de ojos cerrados mientras cuidaban de él; pero cada vez que los abría se había dado cuenta, aún un tanto inconsciente, de que sobre el hombro del vestido de entrecasa de la señora Maysprite, había un desgarrón, y de que su pelo, que en parte estaba recogido en el rodete, y en parte le caía sobre la espalda se había vuelto gris ahora. En resumen cada uno hizo lo que pudo, incluso el doctor, que se arrastró sobre las piedras y el barro con su maletín; la vida y la pierna de Ren estaban a salvo; pronto, sería un experto con las muletas, y con el tiempo cuando la ciencia médica progresara, podría tener su pie ortopédico.
Desde aquel día un cálido sentimiento de amistad surgió entre la señora Maysprite y casi todos los habitantes de Verona. Al fin, todos los niños iban a que los invitara con sus golosinas, las mismas que había preparado para ellos por años, en vano. Las hermanas cambiaban recetas y modelos de bordados con ella muchas veces, e incluso de vez en cuando alguna aceptaba ir en su auto hasta el mercado, para llevar los huevos que allá vendían. También ayudó a las Hijas de los Pioneros con los arreglos florales para uno que otro funeral. Y los hermanos mandaban algunas veces a sus hijos mayores a que le limpiaran el canal de riego.
Me gustaría poder decir que la señora Maysprite aceptó el evangelio en Verona, y que fue bautizada. Pero el hecho es que cuando se puso demasiado vieja como para vivir sola, su sobrino o primo con la esposa, fueron a buscarla, y la llevaron a algún sitio, a compartir su casa. Era la época en que yo estaba en secundaria y perdí muchos de los asuntos ocurridos en Verona durante mis ausencias. Supongo que ninguno de nosotros pensó nunca en hablarle de religión, pues no hubo nadie que le hiciera las “preguntas de oro”. Tantos años han pasado que es seguro que ha vuelto a su primer hogar ahora, pero nunca fue llevada a Verona para compartir la sepultura con su esposo; así que cuando llegue el momento, el señor Maysprite tendrá que levantarse de la tumba y mirar hacia el cañón, solo, regocijándose en la confirmación de su firme creencia en la resurrección del hombre.
Pero, la pequeña Mary, esposa de Ren, y yo, nos hemos propuesto firmemente encontrar el sitio donde fue llevada la señora Maysprite, y todo lo que a ella y su esposo concierne. Porque su amor al prójimo era verdadero amor. Y cuando el hermano Maysprite se levante y vea su amado cañón en toda su belleza, y se vuelva para saludar al sol naciente junto con todos nosotros, se apresurará después a volar a través de las colinas a donde quiera que ella esté sepultada, y allí gozosamente, esperamos que tome de la mano a la hermana Maysprite por la eternidad.

























