
La Continua EXPIACIÓN
Cristo no sólo cubre la diferencia,
Él es la diferencia.
Brad Wilcox
Capítulo 4
¿Qué quiere decir ser redimidos?
La redención es más que compensar a la justicia y llevarnos a todos de regreso a Dios. Es recibir misericordiosamente la oportunidad de estar a gusto junto a Él. No sólo que podremos regresar, sino que nos sentiremos en nuestro mismo hogar.
Alguien preguntó una vez si no sería más fácil esperar hasta que todos murieran para después bautizarlos por ellos. La pregunta provino de un misionero frustrado que había pasado meses en un área muy difícil tratando de encontrar nuevos investigadores. “En serio, presidente”, continuó diciendo el joven élder, “todos van a oír el mensaje del Evangelio en el mundo de los espíritus o durante el Milenio. Todos tendrán la oportunidad de recibir las ordenanzas por medio de la obra del templo, ¿no sería, entonces, mejor esperar?”. Abrió sus escrituras y continuó exponiendo su caso. “En Doctrina y Convenios 137 se nos dice que Dios no hará responsable a la gente por el incumplimiento de las leyes del Evangelio que no conocen. ¿No cree que sería mejor dejar a todo el mundo en la ignorancia? ¿Por qué nos golpeamos la cabeza contra la pared sin ninguna razón?”.
“Es que existe una razón”, le aseguré. “Recibimos algo a cambio”.
“¿Además de dolor de cabeza?”, preguntó.
“De hecho, debido al dolor de cabeza”.
El élder M. Russell Ballard escribió: “No es fácil, y nunca nadie dijo que lo sería. La pregunta que debemos hacernos es: ‘¿Vale la pena?’” (When Thou Art Converted, 9; énfasis añadido). Si postergamos la obra misional hasta más tarde y dejamos a la gente en la ignorancia, entonces no solo “serían enviados de este mundo a un mundo eterno, sin estar preparados para presentarse ante su Dios” (Alma 48:23), sino que nosotros nos privaríamos de la experiencia misma que puede ayudarnos a aprender a ser más como el Salvador.
Le expliqué al joven misionero: “El bautismo no es el fin; el templo no es el fin; la Segunda Venida no es el fin y ni siquiera el reino celestial es el fin. Todos estos son medios para alcanzar el verdadero fin, o sea, el que lleguemos a ser más como Dios y como Cristo. Tal vez nos conformemos con seguir siendo como somos y dejar que otros sigan siendo como son, pero nuestro Padre Celestial tiene preparado un plan muy diferente”.
C. S. Lewis escribió: “El mandamiento de ‘Sed vosotros perfectos’ no es una cháchara idealista ni tampoco es un mandato de hacer lo imposible. Él hará de nosotros criaturas capaces de obedecer ese mandamiento. En la Biblia Él ha dicho que éramos ‘dioses’, y Él va a cumplir con Su palabra” (Mere Christianity, 205).
Teniendo eso presente, ¿podemos conformarnos con la idea de dejar que la gente muera para después realizar bautismos por los muertos? ¿Podemos, en plena conciencia, permitir que la gente permanezca en la ignorancia en cuanto al Salvador y el plan de redención? ¿Podemos dejar que sigan su curso por la vida conformándose con tan poco cuando bien podríamos ofrecerles tanto más?
Obviamente, millones de seres tendrán que esperar hasta estar en el mundo de los espíritus para aprender la verdad, pero, por el momento, debemos ayudar a cuantos más podamos, puesto que lo que tenemos para ofrecer marca la diferencia entre apenas existir y realmente vivir; entre permanecer estancados y progresar.
El misionero tenía razón cuando dijo que aquellos que son ignorantes de las leyes de Dios no son responsables y, al final, podrán llegar a salvarse. Pero por ahora desaprovecharán la oportunidad, no solo porque no tienen conocimiento en cuanto a la Expiación, sino también porque aún no han sentido su poder transformador. Jesús no solo vino para salvarnos sino para redimirnos. A lo largo de casi toda mi vida pensé que los dos términos eran sinónimos, puesto que a menudo se les usa de manera intercambiable. Sin embargo, la segunda pregunta en la entrevista para recibir la recomendación para el templo es: “¿Tiene un testimonio de la Expiación de Cristo y de Su función como Salvador y Redentor?”. El texto implica dos aspectos separados en la misión de Cristo, y tener un testimonio de ambos es esencial.
Si vemos la Expiación tan solo como una manera de resucitar después de morir, ¿qué nos motiva a vivir? Si vemos la Expiación solo como una manera de poner en orden lo que hemos desordenado, ¿qué nos motiva a evitar los desórdenes? Si vemos la Expiación solo como un apoyo consolador cuando hacemos frente a pesares y aflicciones, ¿por qué se nos requiere tener que pasar por esas pruebas en primer lugar? ¿Qué nos motiva a aprender de esas experiencias en vez de sencillamente soportarlas? En cada caso, las respuestas que buscamos se hallan solamente al ver más allá de la función salvadora de Cristo, en Su función redentora. Como Santos de los Últimos Días, sabemos no solamente de qué nos salvó Cristo, sino para qué nos redimió. Debemos ser renovados, refinados y, en última instancia, perfeccionados en Él.
RENOVADOS EN CRISTO
Al igual que muchas otras palabras, redimir tiene múltiples significados. Entre las definiciones más comunes se encuentran liquidar, canjear, salvar o liberar de un cautiverio o de una deuda al pagar una recompensa. Sin embargo, en tiempos más recientes he llegado a apreciar en el diccionario una definición que añade significado a todas las demás: Un redentor es alguien que nos cambia para mejor, alguien que nos reforma y nos reestructura. La Expiación de Jesucristo nos vuelve a comprar, nos libera del cautiverio y nos lleva de regreso a Dios, pero también nos ofrece mucho más que un reencuentro feliz con nuestros Padres Celestiales. El ser recobrados, rescatados, reconciliados, reunidos y reincorporados, en última instancia, llegaría a desilusionarnos si no pudiéramos ser también renovados.
Si nuestro único objetivo fuera volver a estar en la presencia de Dios, ¿por qué la habríamos dejado en primer lugar? Ya estuvimos con Dios en la existencia premortal, pero sin duda reconocíamos que no éramos como Él, ni física ni espiritualmente. Queríamos ser como nuestros Padres Celestiales y sabíamos que eso requeriría mucho más que ponernos sus ropas como lo hacen los niños. Queríamos llenar sus calzados, no apenas chancletear en ellos. La Expiación nos reconcilia con Dios a fin de que podamos volver a estar con Él y disfrutar de tan tierna relación, pero ¿cuán tierna puede ser esa relación si no cambiamos? La meta no es solo estar con Dios, sino ser como Dios.
Es común oír a muchos decir: “Dios nos ama y quiere que regresemos a Él”. Tal declaración es correcta solo en parte. La redención de Cristo no solamente restaura el statu quo al llevarnos de vuelta a donde estábamos, sino que nos hace mejores. Quizás haya quienes recuerden la serie de televisión “El hombre nuclear”. Al principio de cada programa se oía una voz que decía: “Podemos reconstruirlo; podemos hacerlo mejor de lo que era antes”. Eso es exactamente lo que Jesús hace por nosotros. La redención es más que compensar a la justicia y llevarnos a todos de regreso a Dios. Es recibir misericordiosamente la oportunidad de estar a gusto junto a Él. No solo que podremos regresar, sino que nos sentiremos en nuestro mismo hogar.
“La Expiación es fundamentalmente una doctrina de desarrollo humano, no una doctrina que sencillamente borra las manchas” (Hafen y Hafen, Belonging Heart, 79). “Quien elige a Cristo, elige ser cambiado. … La Expiación es el medio por el cual el corazón puede llegar a ser purificado y el alma transformada y preparada para morar con Cristo y nuestro Padre Celestial. … La Expiación hace más que corregir errores; hace más que equilibrar los platos de la balanza, y hasta hace más que perdonar nuestros pecados. La Expiación rehabilita, regenera, renueva y transforma la naturaleza humana. Cristo nos hace mejores, enormemente mejores, de lo que hubiéramos sido de no haberse producido la Caída” (Millet, Grace Works, 53, 61, 95).
En la página final del Libro de Mormón, Moroni invita a todos a venir a Cristo (véase Moroni 10:32). En el versículo siguiente, él hace una distinción entre la función salvadora de Cristo, “para la remisión de vuestros pecados”, y Su función redentora, “a fin de que lleguéis a ser santos” (versículo 33). Cristo mismo hizo una distinción entre tener vida y tenerla en abundancia (véase Juan 10:10).
En la época de Pascua cantamos un conocido himno cuyo texto también se refiere a la función salvadora de Cristo — Su victoria sobre la muerte y Su sacrificio para librarnos del pecado— así como Su función redentora. Prestemos especial atención a la tercera estrofa:
Cristo ha resucitado y el cielo nos abrió.
De la muerte somos salvos, del pecado nos libró.
(Himnos, N° 121)
El élder Ted R. Callister declaró: “La Expiación fue diseñada para lograr mucho más que llevarnos otra vez a ‘la línea de partida’, más que borrar y empezar de nuevo. Su propósito supremo es facultarnos con el poder que nos permita sobreponernos a cada una de nuestras debilidades y adquirir las divinas cualidades que nos hagan como Dios” (“How Can I Lead a More Saintly Life?”, 89).
La parábola del buen samaritano puede ser vista como una alegoría de la Caída y la redención de la humanidad. Un cierto hombre (Adán) cayó y fue dado por muerto. Finalmente, un samaritano —alguien que era odiado por los hombres (Cristo)— lo salvó (véase Lucas 10:25-35; Welch, “Good Samaritan”, 41-47).
Pero el samaritano no solo vendó las heridas de la víctima y le restauró el bienestar físico que había disfrutado previamente, sino que también lo llevó hasta un mesón y pagó una suma adicional para que lo cuidaran. Basándonos en esta alegoría, la redención de Cristo no termina en restaurarnos a la vida; eso es apenas un paso en el proceso de proveer una mejor calidad de vida.
En el capítulo 17 de Lucas, leemos sobre diez leprosos que fueron sanados por el Maestro. “Entonces uno de ellos, cuando vio que había sido sanado, volvió glorificando a Dios a gran voz, y se postró sobre su rostro a los pies de Jesús, dándole gracias” (versículos 15-16). Jesús después preguntó dónde estaban los otros nueve y se le dijo que ninguno de ellos había regresado. Jesús le habló al hombre que había vuelto y le dijo: “Levántate, vete; tu fe te ha sanado” (versículo 19). Diez leprosos fueron curados ese día, pero solo uno de ellos fue sanado.
Un amigo me dijo una vez: “Mira, yo soy una buena persona aunque no vaya a la Iglesia”. Yo estuve de acuerdo con él, pero con bastante tacto le recordé que su bondad no era cuestionada, que ya la había puesto de manifiesto en la existencia premortal. La finalidad de esta vida es llegar a ser mejores. El término sacrificio proviene de otras dos palabras del latín: sacer, que significa sagrado, y facere, que significa hacer. El sacrificio de Cristo no fue efectuado solo para hacernos libres de las garras del pecado y de la muerte, sino para hacernos sagrados. La Expiación no tiene como fin apenas limpiar, sino completar; no solo consolar, sino compensar; no únicamente liberar, sino elevar.
REFINADOS EN CRISTO
En una ocasión, después de una lección sobre cómo Jesús había sufrido por todos nosotros, un joven me dijo: “Yo nunca le pedí a Jesús que hiciera todo eso por mí. Si alguien tiene que sufrir por mis pecados, eso me corresponde a mí”.
Resulta claro que ese orgulloso joven era ignorante de la cantidad y la intensidad de sufrimiento a las que se estaba refiriendo. En D. y C. 19:18, el Señor declara: “Padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu”.
Pero además de no entender la intensidad del sufrimiento, el muchacho también ignoraba lo que el sufrimiento puede y no puede hacer. Las Escrituras dejan en claro que aquellos que no se arrepienten y aceptan la Expiación de Jesús, “tendrán que padecer así como [Él padeció]” (D. y C. 19:17). Entonces, ¿podrá ese “gallito” adolescente sufrir por sus propios pecados y después entrar galante al reino celestial para vivir con Dios y su familia eternamente? ¿Recibirá “algunos azotes, y al fin… [se salvará] en el reino de Dios” (2 Nefi 28:8)? No. El Libro de Mormón deja en claro que tal idea es falsa, vana e insensata (véase 2 Nefi 28:9).
Amulek enseñó: “Aquel que no ejerce la fe para arrepentimiento queda expuesto a las exigencias de toda la ley de la justicia; por lo tanto, únicamente para aquel que tiene fe para arrepentimiento se realizará el gran y eterno plan de la redención” (Alma 34:16; énfasis agregado).
Aun cuando uno puede satisfacer las demandas de la justicia sufriendo por sus propios pecados, tal sufrimiento no le cambiará. Así como un criminal puede pagar su deuda con la justicia cumpliendo una sentencia en la cárcel y salir de ella sin haber sido reformado, el sufrimiento por sí solo no garantiza un cambio. ¿Cuántos sufren al pasar por un programa de rehabilitación contra las drogas para después volver a sus viejos hábitos al salir de él? Ni siquiera el sufrimiento de la muerte cambia el espíritu de ese ser (véase Alma 34:34; Mormón 9:14). El cambio perdurable, en esta vida y en la venidera, llega solo por medio de Jesucristo.
“Los requisitos para ser admitido en la vida celestial son sencillamente más altos que el simplemente satisfacer la ley de la justicia. Por tal razón, el pagar por nuestros pecados no dará el mismo fruto que el arrepentirnos por ellos. La justicia es una ley de equilibrio y orden y se le debe satisfacer ya sea por medio de nuestro pago o el de Él. Pero si rehusamos la invitación del Salvador de permitirle cargar nuestros pecados para después tratar de satisfacer la justicia por nosotros mismos, no alcanzaremos la rehabilitación completa que se produce mediante una combinación de ayuda divina y arrepentimiento genuino. Al trabajar al unísono, esas dos fuerzas tienen el poder de cambiar permanentemente nuestro corazón y nuestra vida, preparándonos para la existencia celestial” (Hafen, Broken Heart, 7-8).
Al igual que un árbol tierno que se dobla y se embarra durante una tormenta, la persona que tan solo está apenada por verse manchada por el pecado, habrá de pecar otra vez cuando azote el siguiente vendaval. Tal propensión continuará hasta que el árbol alcance su madurez, o en el caso del ser humano, hasta que llegue a fortalecerse de tal manera que ya no se doble. El élder Dallin H. Oaks escribió: “El Señor hace más que limpiarnos del pecado, también nos proporciona fuerzas renovadas… Para ser admitidos en Su presencia, debemos estar más que limpios, debemos también estar cambiados” (With Full Purpose of Heart, 126-127).
Aceptamos a Cristo no porque Él nos ayudará a evitar algunos dolores y sufrimientos a lo largo de la vida, sino porque es el único modo de llegar a ser nuevas criaturas. No entramos al reino celestial simplemente porque la deuda ha sido saldada, ya sea por Jesús o —aun cuando esto resultaría muy difícil— por nosotros mismos. La Expiación no es tan solo asunto de pagar las deudas, sino de transformar al deudor.
Hay quienes consideran que la gracia es una dádiva de gran valor que Dios nos concede a expensas de Cristo. Aun cuando ello conlleva algo de verdad, la gracia también nos prepara para emplear esa dádiva prudentemente en vez de malgastarla. Dios nos ama y desea que tengamos todos los privilegios y todas las bendiciones que Él puede brindar, pero debemos reconocer que los privilegios que caen en manos desprevenidas, a menudo pueden llegar a ser maldiciones en vez de bendiciones.
PERFECCIONADOS EN CRISTO
La Expiación de Cristo vence los efectos de la Caída, pero no nos ayuda a superar malos hábitos a menos que la recibamos y la apliquemos con el transcurso del tiempo. “Porque, ¿en qué se beneficia el hombre a quien se le confiere un don, si no lo recibe?” (D. y C. 88:33). Quienes moran con Cristo son aquellos que han llegado a ser como Él al cumplir con lo que Él les pide. Los justificados igualmente deben ser santificados; lo “nuevo” debe llegar a ser “renovado”. Quienes son declarados “no culpables” deben llegar a ser dignos y hasta santos, y esto no sucede automática ni rápidamente.
Algunos amigos de otras creencias cristianas me preguntan si yo he sido salvo por la gracia, a lo cual respondo: “Por supuesto que sí”. Entonces, yo a veces les pregunto si ellos han sido cambiados por la gracia. Nunca debemos sentirnos tan complacidos con haber sido salvados por la gracia que pasemos por alto el hecho de que también debemos ser redimidos por ella.
No llegamos al cielo a la sombra de Jesús, sino que Él nos cambia hasta que llenamos Su sombra. Cristo justifica al concedernos Su bondad a cambio de nuestro pecado. Santifica cambiando nuestras tendencias mundanas por una naturaleza celestial. La justificación altera nuestra posición; la santificación altera nuestro estado. La justificación nos libra de la sanción del pecado; la santificación nos libra de la tiranía del pecado (véase Gálatas 3:13; Filipenses 3:8-9, D. y C. 76:69; véase también MacArthur, Faith Works, 121). Si bien la justificación está representada por manos limpias, la santificación está representada por un corazón puro que ha sido entregado a Dios (véase Mosíah 4:2; Helamán 3:35).
Si todo lo que necesitáramos fuera un cuerpo inmortal, Dios podría habernos dado uno desde el principio; después de todo, le dio uno a Jesús. Pero tal don habría sido como darnos un nuevo automóvil sin enseñarnos cómo manejar. ¿Qué importa que nos veamos como Él se ve o que tengamos lo que Él tiene, si no vivimos como Él vive?
Muchos pasajes de las Escrituras dejan en claro que seremos juzgados por nuestras obras, pero tales obras no son infructuosos intentos de pagar a la justicia. Esa cuenta ya ha sido saldada, si es que la aceptamos. Nuestras obras no saldan ni una parte siquiera de esa deuda, más bien nos ayudan a asemejarnos y a servir al pagador de la cuenta. En la medida en que dicha transformación se cristalice, ciertamente seremos juzgados por nuestras obras.
Abinadí enseñó: “El Señor no redime a ninguno de los que se rebelan contra Él, y mueren en sus pecados… que han sabido los mandamientos de Dios, y no quisieron observarlos” (Mosíah 15:26). Todas esas almas rebeldes resucitarán y tendrán la oportunidad de arrepentirse, por lo que en ese sentido se salvarán. Sin embargo, al escoger no hacer lo que el Señor ha pedido que hicieran, se privaron de tener las experiencias que podrían haberlos ayudado a mejorar. El Señor no puede perfeccionarlos sin su consentimiento.
Cuando era más joven imaginaba el juicio final como un evento durante el cual la gente imploraría a Jesús que les permitiera permanecer en Su presencia y Él tendría que decir: “Lo siento, fallaron por dos puntos”. Entonces la persona le pediría a Jesús que por favor lo reconsiderara. Ahora que tengo más experiencia, me imagino esa escena de un modo muy distinto. En vez de escuchar a una persona impenitente suplicar: “Déjame quedarme; déjame quedarme”, creo que más bien la oirá decir: “Permíteme salir, permíteme salir”. Alma enseñó que las personas serían “sus propios jueces” (Alma 41:17). Los impenitentes escogerán apartarse de la presencia de Cristo puesto que no se sentirán cómodos allí. No creo que nadie tenga que ser expulsado. Lamentablemente, ellos querrán salir por sí solos (véase 1 Nefi 15:33; Alma 29:4; Mormón 9:3). Las Escrituras nos enseñan que ninguna cosa inmunda puede entrar en el reino de Dios (véase 3 Nefi 27:19), pero ninguna cosa inmunda siquiera querrá entrar en ese santo lugar. La pureza absoluta es apenas uno de los atributos de Dios; hay muchos otros que deben ser obtenidos.
El élder Dallin H. Oaks escribió: “El juicio final no es solo una evaluación de la suma total de actos buenos y malos, en otras palabras, de lo que hemos hecho. Es un reconocimiento del efecto final de nuestros actos y pensamientos, o sea, lo que hemos llegado a ser… Un padre adinerado… dijo a su hijo: ‘Todo cuanto tengo deseo darte, no solo mi riqueza, sino también mi posición entre los hombres. Aquello que tengo puedo fácilmente darte, pero aquello que soy debes obtenerlo por ti mismo. Te harás acreedor a mi herencia aprendiendo lo que yo he aprendido y viviendo como yo he vivido’” (With Full Purpose of Heart, 38; énfasis en el texto original).
ANALOGÍAS INCOMPLETAS
He oído describir nuestra condición mortal actual con muchos ejemplos. Algunos dicen que estamos en un agujero. Otros dicen que estamos endeudados, perdidos, aislados, o parados al borde de un ancho abismo. Cualquiera que sea la analogía, Jesús no solo nos salvará sacándonos del agujero, sino que nos redimirá llevándonos a un lugar mucho más alto. No solo nos salvará pagando la deuda, sino que nos redimirá compensándonos adicionalmente. No solo nos salvará al encontrar al perdido, reintegrando al alienado, o tendiendo un puente sobre el abismo; nos redimirá haciéndonos mejores.
En una ocasión vi a un maestro ilustrar la Caída y la Expiación mostrando a la clase un plato, el cual procedió a despedazar para demostrar los efectos de la Caída. El maestro después explicó cómo Jesús vino para reparar lo que se había roto y produjo un nuevo plato. Su demostración acaparó la atención de todos, pero el ejemplo daba por sentado que al principio éramos perfectos, que antes de la Caída ya nos encontrábamos en un estado ideal, pero ese no era el caso. La razón primordial de la Creación se basó en el hecho de que nuestra situación premortal era precaria. Nosotros queríamos y necesitábamos algo mejor.
En el ejemplo dado por el maestro en aquella lección, la vida mortal fue representada por un plato despedazado. Aunque parece ser una buena representación, no toma en cuenta el hecho de que nos regocijamos ante la posibilidad de experimentar ese mundo “despedazado” (véase Job 38:4, 7). Al igual que Adán y Eva, lo elegimos porque sabíamos que, a la larga, sería mejor para nosotros. Sabíamos que mediante la interacción con la misericordia de Dios y nuestra obediencia podríamos ir más allá de la teoría y llegar a la experiencia.
No fuimos forzados a venir, sino que estuvimos de acuerdo con hacerlo, pues sabíamos que la Expiación de Cristo no solo nos ofrecía la forma de regresar, sino que nos brindaba la manera de ser mejores debido a haber venido. No solo recibiríamos un plato nuevo, sino un hermoso juego de loza nuevo y completo.
La Caída también ha sido comparada a un niño pequeño a quien se le manda a su habitación por haberse portado mal. Después de un rato, el niño fue donde su padre y le preguntó si podían volver a ser amigos. Tal explicación pasa por alto el hecho de que, a diferencia del niño que se portó mal, nosotros fuimos “enviados a nuestra habitación”, no porque Dios estaba enojado, sino porque Él estaba siendo nuestro amigo, nuestro mejor amigo. En la existencia premortal no habíamos hecho nada malo para merecer que se nos expulsara. En nuestro caso, la “habitación” no era un lugar de castigo, sino la siguiente etapa necesaria para nuestro progreso. Los espíritus que no llegaron a ser enviados a esta “habitación” para experimentar el privilegio de la vida mortal fueron los que recibieron el castigo. Gracias a la redención ofrecida por Cristo, cuando regresemos, no solo seguiremos siendo amigos con Dios, sino que seremos mejores amigos que antes debido a tener tanto más en común.
SU IMAGEN EN NUESTRO ROSTRO
Jesús nos abrió las puertas no solo a la posibilidad de regresar a la presencia de Dios, sino de hacerlo con Su imagen en nuestro rostro (véase Alma 5:14). Un misionero en mi misión una vez escribió: “Siempre quise ver a Cristo. Siempre pensé que eso sería lo máximo, pero si uno piensa en ello, todos lo veremos un día. El mero hecho de verlo no cambia a una persona. Lo máximo no es verlo a Él, sino que Él vea Su rostro reflejado en nosotros”.
El primer milagro de Jesús registrado en las Escrituras es el de convertir el agua en vino (véase Juan 2:7-9). Cuando era niño, solo pensaba en la parte del vino. De adolescente, me preguntaba si acaso aquella no habría sido la boda del mismo Jesús. Como misionero, leí Jesús el Cristo y me conmovió el ver que Jesús llamó a Su madre mujer en muestra de respeto y no de reprimenda (véase Talmage, Jesús el Cristo, 152). No fue sino hasta que era ya adulto cuando finalmente comprendí que el aspecto principal del primer milagro de Cristo tenía poco que ver con el vino, la boda o los títulos, sino con el cambio. Jesús allí anunciaba en forma dramática que Él posee el poder divino de cambiar o convertir cosas, aun cuando parezca imposible.
Cuando cruzamos los brazos y declaramos en un tono desafiante: “Así es como soy” o “Nací de este modo”, negamos el milagro de Cristo —no solo de salvar, sino de redimir. Si lo único que necesitáramos fuera ser salvos, el plan de Satanás habría sido suficiente, ya que él se ofreció para llevarnos de vuelta a Dios a salvo. Pero nos habría faltado la redención —la posibilidad de tener la imagen de Cristo hubiera sido reemplazada con la seguridad de la imagen de Satanás. Como lo explicó Sheri Dew: “Hay una cosa que el Señor y Lucifer tienen en común: Los dos desean que lleguemos a ser como ellos” (God Wants a Powerful People, 104; énfasis en el texto original). Satanás no estaba dispuesto a arriesgar al ayudarnos a alcanzar nuestro potencial, pero Cristo sí. El Señor imploró que llegáramos a ser uno con Él así como Él es uno con el Padre (véase Juan 17:11, 21-22). Ese deseo tan sincero fue mucho más que una plegaria por unidad, Él hablaba de igualdad. En Génesis leemos: “Creó Dios al hombre a su imagen” (Génesis 1:27). ¿Por qué habría de comenzar Él allí si no tenía la intención de también terminar allí? Una perspectiva completamente diferente aguarda a aquellos que ven la imagen de Dios como la línea final y no como el punto de partida.
“Por lo tanto, ¿qué clase de hombres habéis de ser?” preguntó el Señor. “En verdad os digo, aun como yo soy”, respondió (3 Nefi 27:27; véase también 2 Pedro 3:11).
Los Santos de los Últimos Días que somos sinceros no solo compartimos ese deseo, sino que sabemos cómo podemos hacerlo realidad. Sabemos qué es lo que Jesús nos ha pedido que hagamos a fin de que esa transformación llegue a ser posible. Desde la infancia aprendemos sobre la fe en Cristo, lo que incluye arrepentimiento y el hacer y guardar convenios. Demostramos fe al recibir ordenanzas esenciales de alguien que tiene autoridad y empleamos el don del Espíritu Santo para perseverar hasta el fin.
“¡Solamente el Evangelio restaurado posee la plenitud de estas verdades! No obstante ello, el adversario está empeñado en una de las mayores maniobras de encubrimiento de la historia, tratando de persuadir a la gente a creer que esta Iglesia es la que sabe menos —cuando de hecho es la que sabe más— sobre cómo nuestra relación con Cristo nos hace verdaderos cristianos” (Hafen, véase “La Expiación: Todo por todo”).
Una cosa es ver a Cristo de pie ante la puerta llamando a ella, y otra es tener las llaves para abrir la puerta del lado de adentro. Y de aquel que abre la puerta, Jesús dice: “Entraré y cenaré con él, y él conmigo. Al que venciere, yo le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono” (Apocalipsis 3:20-21). Jesús escogió llegar a ser como nosotros a fin de que nosotros pudiéramos escoger llegar a ser como Él (véase D. y C. 93:26; 1 Corintios 2:16). Esto es lo que significa ser redimidos.
El ser salvos requiere una Expiación; la redención requiere una Expiación continua. El nacer de nuevo requiere una Expiación; el ser criados hasta alcanzar la madurez espiritual requiere una Expiación continua (véase Efesios 4:13). El conocimiento de la Expiación es luz; el comprender su poder continuo en nuestra vida es luz que se hace “más y más resplandeciente hasta el día perfecto” (D. y C. 50:24).
























