La Continua EXPIACIÓN

La Continua EXPIACIÓN
Cristo no sólo cubre la diferencia,
Él es la diferencia.
Brad Wilcox


Capítulo 5

Una rama solitaria

Debido a que Jesús fue el primogénito espiritualmente y el único ordenado por el Padre antes de nacer, era el único autorizado para expiar por nosotros. Puesto que tenía un Padre inmortal y una madre mortal, Él era el único capaz de expiar por el ser humano. Debido a Su vida absolutamente perfecta, Él era el único calificado para expiar por nosotros.


Yo también lo habría hecho”, me dijo un joven después de una lección sobre cuán agradecidos debemos estar de que Jesús haya sufrido y muerto por nosotros. El sincero muchacho añadió’. Si yo hubiera estado allí, habría estado dispuesto a sufrir por todos mis hermanos y hermanas y también a morir por ellos”.

Me sentí profundamente conmovido por la bondad del joven y le contesté: “Pienso que es magnífico que sientas ese amor y no dudo de tu disposición. Sin embargo, Jesús es único, no solamente porque estuvo dispuesto, sino porque estaba facultado”.

Debido a que Jesús fue el primogénito espiritualmente y el único ordenado por el Padre antes de nacer, era el único autorizado para expiar por nosotros. Puesto que tenía un Padre inmortal y una madre mortal, Él era el único capaz de expiar por el ser humano. Debido a Su vida absolutamente perfecta, Él era el único calificado para expiar por nosotros.

Cristo hizo lo que nos era imposible hacer por nosotros mismos ni por los demás. A pesar de lo mucho que una madre ama a su hijo, ella no puede expiar por él. Por más que un padre ame a su hija, no puede tomar sobre sí los pecados de ella. Pese a lo mucho que un hombre ame a su esposa, no puede salvarla ni redimirla. Aun aquellas personas que tienen la bendición de estar selladas en el templo aceptan la realidad de que tal bendición está sujeta a Jesús y a nuestra fidelidad hacia Él.

Debido a que Jesús era un ser mortal como nosotros, sabemos que nos comprende cabalmente. Puesto que es inmortal y perfecto, podemos confiar en Él completamente. No debe sorprendernos, entonces, que Truman G. Madsen haya escrito: “¿Hay alguna persona en el universo que esté facultada a cumplir con tales múltiples funciones? Sólo una” (“The Suffering Servant”, 228).

Amulek, el profeta del Libro de Mormón, enseñó: “Porque es preciso que haya un gran y postrer sacrificio; sí, no un sacrificio de hombre, ni de bestia, ni de ningún género de ave; pues no será un sacrificio humano, sino debe ser un sacrificio infinito y eterno … y ese gran y postrer sacrificio será el Hijo de Dios, sí, infinito y eterno” (Alma 34:10, 14).

Mucho tiempo antes, deseando Nefi saber las cosas que su padre había visto, se le preguntó: “¿Comprendes la condescendencia de Dios?” (1 Nefi 11:13-16). La condescendencia de Dios es que a pesar de que Jesús fue ordenado desde antes de nacer en Su función expiatoria, no se le forzó a aceptarla. Él no estaba obligado a venir y descender debajo de todas las cosas, y Dios no estaba obligado a permitírselo. La necesidad de una Expiación no requería que Jesús la efectuara ni que Dios la permitiera. Dios y Jesús condescendieron a ayudamos porque sabían que eran nuestra única esperanza. No se trataba de apenas una posible manera ni siquiera la mejor, sino que era la única manera. Sabemos de, por lo menos, un ser más que estaba dispuesto a salvamos y dijo: “Envíame a mí” (Abraham

3:27). Debemos sentimos agradecidos de que el estar dispuesto era tan sólo parte del requisito de la condescendencia. Jesús fue el único cuyos motivos eran puros; Él fue el único lo suficientemente grande para llegar a ser el menor.

A Nefi se le explicó: “He aquí, la virgen que tú ves es la madre del Hijo de Dios, según la carne” (1 Nefi 11:18), y Nefi dijo: “Y miré, y vi de nuevo a la virgen llevando a un niño en sus brazos. Y el ángel me dijo: ¡He aquí, el Cordero de Dios, sí, el Hijo del Padre Eterno!” (1 Nefi 11:20-21). Jesús fue el Unigénito de Dios en la carne. Su nacimiento y misión singulares fueron absolutamente necesarios puesto que constituían nuestra única oportunidad de evitar la destrucción eterna. Ciertamente, no hay ningún otro nombre mediante el cual podamos ser salvos.

UNA NECESIDAD ABSOLUTA

Hay en el mundo quienes no ven ninguna necesidad de salvación, socorro ni redención. Esas personas creen que tales cosas pueden suceder sin Jesús. Algunas religiones no cristianas enseñan en cuanto a una vida después de la muerte, ofreciendo una cierta medida de consuelo, paz y perspectiva a las personas que atraviesan momentos difíciles. Prometen una vida mejor en el mundo venidero si la gente se somete a ciertas normas, y todo ello sin mencionar siquiera a Jesús.

Para mí esas enseñanzas son como las palabras de un niño que habla del dinero de su padre sin considerar cómo lo obtuvo. Recuerdo cuando uno de nuestros propios niños me oyó quejarme de que nunca tenía suficiente dinero y comentó inocentemente: “Bueno, ve al banco a conseguir más”.

Del mismo modo, fieles de muchas religiones en el mundo poseen una porción del Espíritu y partes de la verdad. Efectúan retiros —por así decirlo— al disfrutar de sus perspectivas religiosas sin entender quién fue el que depositó el dinero en el banco, quién hizo el trabajo e hizo posible tales beneficios. ¿Cuál de los fundadores de las religiones mejor reconocidas del mundo se declaró a sí mismo un ser divino? Buda no lo hizo ni lo hizo Mahoma. Tampoco lo hicieron Confucio, Abraham ni Moisés. Solamente un líder religioso se calificó a sí mismo como tal y después lo demostró en la forma como vivió, en las cosas que enseñó y en los milagros que realizó. Ese fue Jesucristo.

¿Dijo alguno de esos líderes tener la voluntad o el poder para sufrir y expiar por los pecados del mundo? ¿Acaso lo dijo Buda o Mahoma? ¿Quizás los fundadores del hinduismo o de otras religiones del Oriente? No. El único que así lo declaró y de hecho lo llevó a la práctica fue Jesucristo.

Si bien todas las religiones contienen parte de la verdad y muchas de ellas en gran medida hacen el bien, no todas son iguales. Del mismo modo, no todos los líderes religiosos son idénticos. Aunque las bendiciones de la Expiación surten y surtirán efecto en todos, aun en aquellos que por el momento no son conscientes de ellas, tales preciadas bendiciones no ocurrieron por casualidad, sino gracias a Jesús.

Recuerdo una vez que asistí a una reunión de testimonios en un barrio de estudiantes de la Universidad Brigham Young, en la que una joven asiática se puso de pie para compartir sus sentimientos. Era una reciente conversa de la religión budista y estaba en los Estados Unidos por primera vez. Su inglés era excelente, teniendo en cuenta que llevaba poco tiempo estudiándolo. Igualmente nuevo era su entendimiento de Cristo. Se puso de pie detrás del púlpito y dijo: “He estado oyéndolos a todos hablar de su amor por el Salvador pero yo no siento aún lo que sienten ya que no crecí como ustedes. Donde yo crecí ni siquiera sabía que necesitaba un Salvador. Fui criada amando a Buda, quien enseñó que si me portaba bien mi próxima vida sería mejor y que si me portaba mal mi próxima vida sería peor. Todo dependía de mí, tanto mis decisiones como mis hechos y, claro, yo estaba segura de que mi próxima vida sería mala ya que no podía portarme bien en todo momento”.

Los misioneros le habían enseñado a esa joven en cuanto a la Caída y la Expiación. Entonces continuó diciendo: “No llegaba a entender cómo el hecho de que Adán y Eva hubieran comido del fruto tenía nada que ver conmigo ni tampoco el hecho de que Jesús hubiera sangrado en el Jardín de Getsemaní y en la cruz”.

Después había leído el Libro de Mormón y finalmente entendió que, en primer lugar, de no haber habido una Caída, ella jamás hubiera nacido. La joven nunca había aprendido formalmente sobre los efectos de la Caída, pero sabía en cuanto a la muerte y la temía. No consideraba que sus malas decisiones fueran pecados, pero sí se daba cuenta de que había cometido algunos errores. Mucho antes de saber que ninguna cosa inmunda podría vivir con Dios, sabía que ninguna persona impura podría vivir con su propia conciencia. Sabía sobre el remordimiento por sus acciones erróneas.

Al leer el Libro de Mormón, ella comprendió que Jesús completó las enseñanzas de Buda. A través de Buda ella había aprendido que habría vida después de la muerte, y ahora sabía que fue Jesús quien había hecho tal cosa posible. Por medio de Buda ella había aprendido que sus acciones tenían consecuencias, pero ahora sabía que Jesús tenía la capacidad de alterar los resultados adversos que surgen de decisiones equivocadas. Jesús podía ofrecer un futuro positivo a pesar de un pasado negativo. La joven continuó diciendo: “Ahora estoy empezando a entender por qué ustedes dicen que aman a su Salvador y estoy empezando a sentir algo por El también”.

NUESTRA ÚNICA OPORTUNIDAD

Mi cuñado, Bob Gunnell, siempre ha tenido un profundo agradecimiento y un gran amor por el Salvador, sentimientos que en gran parte se remontan a un terrible accidente sufrido cuando él era un joven diácono y que casi le cuesta la vida. La familia vivía en Japón, donde su padre estaba comisionado por las Fuerzas Armadas. Mi suegro y otros líderes habían llevado a los scouts a acampar en las montañas de Okutama.

El siguiente relato fue extraído de una carta escrita por mi suegro, Leroy Gunell, el 19 de abril de 1973, el día después del accidente, y estaba dirigida a un hijo y a una hija mayores que en esos días estudiaban en el Colegio Universitario Ricks, en Idaho:

“Mamá y yo estamos en la unidad de cuidados intensivos del Hospital Naval de Yokosuka, sentados junto a la cama de Bob que está inconsciente. Casi muere ayer. Espero que cuando reciban ésta, se unan a nosotros en ayuno y oración por él.

“Lo que empezó siendo apenas una divertida excursión scout terminó de un modo muy distinto. Había llovido la mayor parte del fin de semana, y el terreno estaba húmedo e inestable. Llevamos a los muchachos en una caminata de una hora y media hasta la cima de la montaña. La vista era estupenda y después de tomar algunas fotografías comenzamos a descender por un sendero distinto al que usamos para subir. A un tercio del trayecto, la senda se volvía angosta y rocosa, transformándose en un empinado barranco. Bob se apoyó en una roca grande para afirmarse pero ésta se aflojó y se deslizó. Por pocos centímetros no lo pude alcanzar. Cayó unos 20 metros hasta una pendiente, pero una roca le golpeó la cabeza y Bob siguió cayendo. Cuando oí la roca caer hasta el fondo del barranco quedé perplejo.

“Nunca me había sentido tan impotente en mi vida y me resultaba casi imposible volver a la realidad. Por lo que había visto y oído sabía que Bob estaba muerto. Rogué al Señor con todas mis fuerzas que me ayudara a llegar hasta donde él estaba y casi frenético me deslicé por el barranco. Resbalé y caí unos 10 metros hasta que finalmente pude agarrarme de suficiente tierra, piedras y raíces para detener mi caída.

“Cuando miré hacia donde Bob había caído, me costó creer lo que veía. Allí colgaba él cual una toalla, de una rama de menos de un metro de largo que brotaba del costado del precipicio. Estaba inerte, perfectamente doblado por el estómago sobre esa pequeña rama —la única que se veía en el lugar. Nuevamente imploré al Señor que me ayudara a llegar hasta Bob. Por debajo de su cuerpo aún restaba una caída de casi 20 metros hacia un fondo de nada más que rocas.

“Continué deslizándome lo más rápido que pude por el escabroso barranco. Fui un poco más por debajo de Bob y empecé a subir hacia él. Fue entonces que percibí un primer leve movimiento; una de las piernas comenzó a temblarle y poco después movió el brazo izquierdo. A esta altura yo estaba exhausto pero sabía que tenía que llegar hasta él antes de que empezara a caer nuevamente. Cuando finalmente me le acerqué, literalmente aferrado a la pared del precipicio, me sentía profundamente angustiado. Bob tenía varios cortes profundos en la cabeza y aún se le veía inánime a no ser por algún que otro temblor en un brazo o una pierna. Nada podía hacer por mí mismo; no había siquiera un lugar donde afirmarme, a no ser por una resbalosa roca del ancho de mi bota y otra de la cual asirme junto a Bob. Oré tan fervientemente como nunca lo había hecho para que el Señor me ayudara. Después empecé a gritar para hacerles saber al otro líder, el hermano Jensen, y a los muchachos, dónde nos encontrábamos. Después de unos 15 minutos llegué a verlos a cierta distancia por encima de mí, pero todo intento de ayudarme parecía imposible. Fue así que decidieron apresurarse hasta el pie de la montaña para conseguir una cuerda.

“Para entonces las piernas me temblaban incontrolablemente debido a la tensión de estar en esa posición tan extrema, y sufría al ver a Bobby colgar de esa pequeña rama y sangrar. Ya no podía soportar más el verlo de ese modo así que me estiré, lo tomé del fundillo y lo descolgué de la rama. Con enorme esfuerzo lo descansé sobre mis rodillas y lo sostuve lo mejor que pude. Entonces puse la mano que tenía libre sobre su cabeza y le di una bendición para que pudiera vivir hasta obtener ayuda médica. El hermano Jensen regresó una media hora más tarde con el resto de los scouts y con una cuerda. Sé que el Señor me fortaleció durante esos momentos, porque para entonces había estado colgando de ese precipicio al menos por 45 minutos.

“Aun cuando la ayuda había llegado, nuestra situación seguía siendo grave. No tenía idea de cómo podría hacer un nudo con una sola mano y después bajar a Bob hasta donde estaban los otros muchachos. Nuevamente me invadió el sentimiento de impotencia e inutilidad que había experimentado antes. Cuando finalmente me arrojaron la cuerda, me las ingenié para pasarla por alrededor del pecho de Bob y atarle un nudo. Bobby empezó a gemir pero estaba totalmente inconsciente. No estoy seguro de cómo lo logré, pero con fuerza bruta y enorme ayuda de parte del Señor, finalmente bajé el cuerpo hasta donde estaba el resto del grupo.

“Fue recién entonces que me di cuenta de mis propias lesiones. Sentía como que me había quebrado dos o tres costillas y tenía las piernas agarrotadas. El dolor en el hombro izquierdo era insoportable y comprendí que no me hubiera sido posible cargar a Bob ni siquiera un minuto más. Apenas pude llegar hasta el fondo del barranco.

“Más tarde llegó una ambulancia de la Base Tachikawa y en ella nos llevaron a Bob y a mí hasta el hospital de la Fuerza Aérea allí. Mamá, a quien se le había avisado del accidente, llegó casi al mismo tiempo que nosotros. Los médicos decidieron que era necesario trasladar a Bob hasta el Hospital Naval de Yokosuka pues ahí era donde estaba el mejor neurocirujano del Lejano Oriente. Bob, mamá y yo fuimos transportados en helicóptero. El cirujano y todo el personal médico trabajaron desesperadamente a lo largo de la noche para salvar a Bob. Esta mañana sigue con vida y un poquito más estable, pero su condición es grave y aún no ha recobrado el conocimiento”.

Demás está decir que cuando el hermano y la hermana de Bob recibieron la carta, se sintieron muy alarmados, al igual que los abuelos, otros familiares y amigos en la Iglesia en Japón y en Estados Unidos. Muchos se unieron a la familia para orar en favor de Bob, quien seguía en estado de coma en el hospital.

Después de diez días, el médico habló con mi suegra y le explicó que, aunque se sentía alentado con la recuperación física de Bob, no veía el progreso mental que había estado esperando. El médico entonces preparó a mi suegra para lo peor, explicándole que Bob podría quedar sin ninguna actividad cerebral o que, si la recobraba, tal vez pasara el resto de su vida con severas limitaciones. Los médicos entonces recomendaron que la familia solicitara un traslado compasivo para estar cerca de un hospital psiquiátrico donde Bob pudiera ser internado.

Mi suegra llevaba seis meses de lo que sería su último embarazo y se enfrentaba a esa situación sola, siendo que mi suegro había regresado a Tokio para encargarse de los otros hijos. Mi suegra dijo en una ocasión: “Ese fue uno de los momentos más desesperantes de mi vida; me sentía devastada emocionalmente y muy sola. Había pasado la mayor parte del tiempo sentada junto a la cama de mi hijo, y cuando los médicos hablaron conmigo y me plantearon ese pronóstico tan desalentador, me sentí desfallecer.

“Encontré un lugar privado, pasé llave a la puerta, y me desplomé angustiada en un sillón dejando caer la cabeza entre las rodillas completamente abatida. En ese momento, oí la voz de un hombre. Al principio me asusté pues estaba segura de estar a solas en ese lugar y de que había trancado la puerta. Entonces la suave voz dijo de modo muy personal y claro: ‘No se turbe tu corazón ni tengas miedo’”.

Mi suegra comprendió que estaba experimentando una manifestación muy especial del Espíritu Santo. La voz continuó diciendo: “Mi paz te doy”. Una calma indescriptible comenzó a envolver su cuerpo entero y supo que Bob estaría bien. Sin perder tiempo llamó a su esposo y compartió con él la sagrada experiencia. Los dos estuvieron de acuerdo en que no había nada que temer y miraron hacia el futuro con renovada esperanza y certeza.

A la mañana siguiente mi suegra estaba sentada junto a la cama de Bob y a eso de las 10:00 él empezó a moverse, se estiró un poco, se sentó y, mirando a su alrededor vio a su madre, le sonrió y en un tono de sorpresa le dijo: “¡Hola, mamá!”. Diez días más tarde dejaron el hospital y regresaron a su casa en Tokio.

Bob aún tiene algunas cicatrices, mayormente en el cuero cabelludo, pero su recuperación ha sido total. Ninguna de las preocupaciones anticipadas por los médicos llegó a materializarse. Las oraciones fueron oídas y las bendiciones fueron honradas. Recibieron apoyo de parte de miembros de la Iglesia así como de muchos amigos de las fuerzas militares. Los médicos y las enfermeras que tan cariñosamente atendieron a Bob se refirieron a él como su milagro ambulante.

Con el tiempo, Bob sirvió una misión en las Filipinas. Hoy día él y su esposa, Jeanne, son padres de cinco hijos, el mayor de los cuales recientemente terminó una misión en Seattle, estado de Washington. Siempre que en familia hablamos del accidente ocurrido hace tantos años, lo hacemos con gran reverencia. Comprendemos que lo único que se interpuso entre Bob y una cierta destrucción fue una rama solitaria.

En el Cuarto del Mundo en el Templo de Salt Lake, las paredes están cubiertas de hermosos murales. En la pared del frente hay un empinado precipicio con nada desde el borde hasta el fondo a excepción de una rama solitaria. Ese mural tiene un significado especial para Leroy y Mary Lois Gunnell, su hijo Bob y nuestra familia entera.

A veces cuando estoy en ese cuarto miro la rama y recuerdo los detalles de la carta de mi suegro. ¿Cuáles eran las probabilidades de que Bob cayera directamente sobre esa rama —la única que se asomaba por la roca del precipicio? Con la fuerza con que su cuerpo iba cayendo, fácilmente podría haber golpeado y quebrado la rama, para seguir su fatal trayectoria hasta el fondo. ¿Cuáles eran las probabilidades de que cayera sobre su estómago en vez de hacerlo de costado o de espaldas? ¿Cuáles eran las probabilidades de que el peso de su cuerpo fuera perfectamente distribuido para conservar el equilibrio sobre la rama? ¿Cuáles eran las probabilidades de que la rama fuera a mantenerse rígida durante tan largo tiempo? No me resulta difícil ver la mano de Dios en todo ello.

Cuando Bob cayó por ese precipicio, la ley de la gravedad no hizo una excepción por tratarse de un buen muchacho. Todos los días suceden cosas malas a gente buena. La única esperanza para Bob estaba en esa rama solitaria crecida de la pared del precipicio —una rama enviada por Dios, lo suficientemente fuerte para detenerlo; lo suficientemente firme para sostenerlo.

Es de esperar que ninguno de nosotros jamás se enfrente a una experiencia tan traumatizante. Sin embargo, en cierta manera, todos ya la hemos pasado al nacer en un mundo caído. Esta experiencia mortal fue diseñada para nuestro bien, pero nunca estuvo exenta de peligros. Jesús es esa rama solitaria que nos detiene a cada uno de nosotros. Amulek enseñó: “Porque es necesario que se realice una expiación; pues según el gran plan del Dios Eterno, debe efectuarse una expiación, o de lo contrario, todo el género humano inevitablemente debe perecer; sí, todos se han endurecido; sí, todos han caído y están perdidos, y, de no ser por la expiación que es necesario que se haga, deben perecer” (Alma 34:9).

Sheri Dew escribió: “El Salvador no es nuestra última oportunidad, sino nuestra única oportunidad. Él es nuestra única oportunidad de sobreponernos a las dudas y lograr una visión de quiénes podemos llegar a ser; nuestra única oportunidad de arrepentimos y de que nuestros pecados sean lavados. Nuestra única oportunidad de purificar el corazón, vencer nuestras debilidades y evitar la influencia del adversario. Nuestra única oportunidad de obtener redención y exaltación; nuestra única oportunidad de hallar paz y felicidad en este mundo y vida eterna en el venidero” (“Our Only Chance”, 66).

Es sólo cuando nos damos cuenta de nuestra total dependencia en Cristo que empezamos a sentir verdadera gratitud por El, la cual tanto merece. Es sólo al comprender la inevitable destrucción que nos aguarda al fondo del precipicio que llegamos a valorar esa rama solitaria y al Dios que la puso allí.

NINGÚN OTRO HOMBRE

En sus clases en la Universidad Brigham Young, Robert J. Matthews ayuda a sus alumnos a comprender cuán esencial es Cristo, formulando algunas preguntas muy interesantes: En el caso de que Jesús no hubiera completado Su misión, ¿existía algún plan alterno aceptable o había un salvador suplente? ¿Es el Evangelio la única opción o simplemente la más rápida? ¿Qué habría sucedido si Cristo no hubiera venido? ¿Qué habría pasado si Él no hubiera sido obediente hasta el fin y no hubiese logrado la Expiación?

El hermano Matthews ha escrito: “Hace algunos años traté este tema con un grupo de profesores y advertí que ellos eran de la firme opinión de que si Jesús hubiera fallado, habría existido algún otro medio para lograr la salvación. Reconocieron que cualquier otro medio probablemente habría resultado más difícil sin Jesús, si Él hubiese fallado. En otras palabras … lo que esos profesores decían era que Jesucristo era una conveniencia pero no una necesidad fundamental” (A Bible! ABible!, 265— 266).

El presidente Boyd K. Packer explicó cuán errónea es tal manera de pensar cuando declaró: “Rara vez empleo la palabra absoluto (o absoluta), ya que rara vez encaja. Sin embargo, ahora la empleo y no una sino dos veces. Debido a la Caída, la Expiación resultaba absolutamente esencial para el proceso de la resurrección y para vencer la muerte física. La Expiación fue absolutamente esencial como el medio para que los hombres se limpiasen del pecado y para vencer la segunda muerte, o sea, la muerte espiritual, que nos separa de nuestro Padre Celestial” (Let Not Your Heart Be Troubled, 79; énfasis agregado).

“Porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12). Esta maravillosa enseñanza es tan importante que se le repite en cada uno de los libros canónicos (véase Moisés 6:52; Mosíah 3:17; D. y C. 18:23) y en dos casos fue registrada aun antes de que Cristo naciera. Ésta no fue una doctrina que surgió después de la vida de Cristo, sino que fue declarada desde el principio. Cristo no es un atajo ni un camino más fácil. “Él siempre ha sido el único Salvador para toda la humanidad, y siempre lo será. No hay alternativa, suplentes ni planes optativos” (Matthews, A Bible! A Bible!, 287).

Imaginemos cuando nos encontrábamos en la existencia premortal aprendiendo del plan de redención y de la función esencial de la expiación de Cristo. “Pienso que el diablo no sólo ‘garantizó’ a todos la salvación sin ningún esfuerzo, sino que además fue entre la multitud diciendo algo como lo siguiente: ‘Miren, si ustedes se someten a nacer en ese mundo sujetos a la caída de Adán, al pecado y a la muerte, y Jesús fracasa, entonces habrán perdido su salvación’” (Matthews, A Bible! A Bible!, 288).

Casi podemos oír a Satanás preguntar: “¿Están seguros de que quieren jugárselo todo a una sola carta? ¿Realmente van a poner toda su fe en una sola persona? Eso sería como si un jovencito cayera hacia un profundo precipicio y esperara ser salvado por una rama”.

Todos sabían que el plan alterno de Lucifer no ofrecía ninguna posibilidad de crecimiento o progreso eterno. Así que, tal vez, una de las razones por las cuales tuvo éxito en convencer a tantos de que lo siguieran a él fue por poner tantas dudas en el plan de Dios. Imagino a Satanás diciendo: “Sé que mi plan no les ofrece mucho, pero al menos es seguro. El plan de Dios ofrece mucho más, pero conlleva un riesgo. ¿Están realmente dispuestos a tener fe en Cristo cuando es todo apenas palabras y promesas de parte de alguien que nunca antes ha efectuado una Expiación?”.

Con toda seguridad que Satanás sembró sus semillas de duda y temor desde el principio, ya que nunca ha dejado de hacerlo. Mismo hasta el último minuto en el Jardín de Getsemaní, él hizo todo cuanto pudo para frustrar la Expiación. Jesús se enfrentó al “imponente poder del maligno” (Packer, véase “Expiación, albedrío, responsabilidad”) y a “los horrores que Satanás, ‘el príncipe de este mundo’, pudo infligirle” (Talmage, Jesús el Cristo, 644; véase también Juan 14:30). Como para no estar preocupado Jesús por Sus Apóstoles al suplicarles que no entraran en tentación (véase Mateo 26: 40-44). Él sabía que el tentador mismo estaba allí despertando toda duda y todo temor imaginables (véase TJS, Marcos 14:36-38).

La Expiación era mucho que pedir de cualquier persona, pero nosotros sabíamos que Jesús no era cualquier persona. Sabíamos que Jesús no fallaría. Creíamos en Él y estábamos seguros de que nuestra confianza no se depositaba en alguien que no la merecía. Sabíamos que sería sometido a la burla y al rechazo —aun de parte de miembros de su familia (véase Juan 7:5), pero también sabíamos que Él nunca se daría por vencido. Preveíamos el terror y la injusticia de Getsemaní, pero sabíamos que Jesús nunca diría: “Hágase mi voluntad y no la Tuya”. También previmos la tortura y la ironía del Calvario, pero sabíamos que Jesús nunca proclamaría a Su Padre: “¡Basta! Esto ya es demasiado”.

Aun cuando imploró a Dios empleando el más íntimo de los títulos: “Abba . . . todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa” (Marcos 14:36), nosotros sabíamos que Dios no haría tal cosa porque el Abba de Jesús es también nuestro Abba. Dios no podía apartar la amarga copa de Cristo sin causarnos a nosotros amargas consecuencias. Sabíamos que Dios se mantendría firme ya que el precio del fracaso era demasiado alto. La posibilidad de perdernos era totalmente inaceptable para Él, a pesar de la súplica de Jesús. Aun en el Calvario, cuando Jesús quedó solo en la cruz sin la ayuda de Su Padre, del Espíritu Santo o de ángeles, sabíamos que Él triunfaría.

El simple hecho de que nacimos en esta tierra es evidencia de que rechazamos a Satanás y tuvimos fe en Jesucristo desde el principio. Aquellos que no ganaron un cuerpo son quienes dudaron. Tan seguros estamos los demás que, a diferencia de Bob, quien cayó barranco abajo por accidente, nosotros saltamos de nuestra propia elección. Sabíamos que podríamos haber sido alejados para siempre de la presencia del Dios Eterno y completamente cortados de los poderes regeneradores del Espíritu. Éramos conscientes de los riesgos y de la posibilidad de ser destruidos. No obstante todo ello, igual dimos ese salto porque también sabíamos que habría una solitaria rescatadora y redentora rama. A diferencia de Bob, quien quizás habría o no habría estado mejor por haber caído, nosotros sabíamos que al final sí lo estaríamos. El saber de esa solitaria rama tan singular nos dio la confianza necesaria para decidir caer.

Al igual que la rama ilustrada en el mural del Templo de Salt Lake y la que le salvó la vida a Bob, Jesús está listo para rescatarnos. “Jesús es el único Ser en el universo que posee las llaves de ilimitado poder sobre el pecado, la muerte, el infierno, el pesar, el sufrimiento, el pozo del abismo, el diablo y el cautiverio” (Skinner, Garden Tomb, 72; véase también Apocalipsis 1:18; 3:7; 9:1; 21:1-4). Jesús no se doblará ni se quebrará. Su poder de sustentar está a nuestra disposición tan seguido como sea necesario y por el tiempo que sea necesario. Una rama solitaria es más que suficiente gracias al continuo poder de la Expiación. La fortaleza de Cristo es perfecta, Su gracia es suficiente y Su amor es eterno.

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