El Espíritu Santo da testimonio
Élder Eldred G. Smith
Patriarca de la Iglesia
Conferencia General, octubre de 1956, págs. 75–76
Comparezco ante ustedes, hermanos y hermanas, con un sincero deseo de que pueda contar con su fe y oraciones mientras utilizo este tiempo, pues estoy seguro de que lo necesito.
Deseo añadir mi testimonio de la divinidad del evangelio a los demás de esta conferencia, porque sé con certeza de la divinidad del evangelio de Jesucristo y que ha sido restaurado en estos, los últimos días.
Disfruté mucho del relato del hermano [Adam S.] Bennion sobre los conversos en Europa, lo cual me trajo a la memoria muchas experiencias similares que he tenido mediante el contacto con conversos a la Iglesia. Una de las cosas más destacadas que él nos dijo fue la emoción y el gozo de estos jóvenes, misioneros y soldados, que están creciendo en su testimonio, que el testimonio del evangelio es una de sus posesiones más preciadas y una de las cosas que más gozo les brinda. Aquellos que vienen a mi oficina, muchas veces conversos a la Iglesia, me han repetido las mismas historias que relató el hermano Bennion: que la vida apenas ha comenzado para ellos.
Un esposo y una esposa dijeron que sentían haber desperdiciado quince años de su vida matrimonial, porque ahora, desde que se habían unido a la Iglesia, recién estaban comenzando a vivir de nuevo.
No se trata tanto de las palabras que expresan, sino del gozo y la emoción que iluminan sus rostros cuando lo dicen, con toda sinceridad—una alegría que no puede provenir de ninguna otra fuente.
Así como este conocimiento del evangelio es una de las cosas más importantes que podemos adquirir, he escuchado muchas veces a miembros de la Iglesia, así como a investigadores o personas no miembros, hacer la pregunta: “¿Cómo se sabe? ¿Cómo se obtiene un testimonio del evangelio?” El Señor nos ha dicho, y se ha repetido aquí en esta conferencia:
“Hay una ley, irrevocablemente decretada en el cielo antes de la fundación de este mundo, sobre la cual se basan todas las bendiciones— Y cuando recibimos alguna bendición de Dios, es por obedecer aquella ley sobre la cual se basa” (DyC 130:20–21).
Si deseamos la bendición de un testimonio del evangelio de Jesucristo y queremos saber, aun si solo somos investigadores y deseamos saber cuál es el evangelio verdadero, entonces debemos averiguar cuál es esa ley y cumplirla.
Moroni nos da la clave de esa ley. Mientras preparaba los registros que le habían sido confiados y terminaba su parte antes de esconderlos para un tiempo futuro—él no sabía cuándo vendría ese tiempo—escribió en su registro:
“He aquí, os exhorto a que, cuando leáis estas cosas, si Dios juzga prudente que las leáis, recordéis cuán misericordioso ha sido el Señor con los hijos de los hombres, desde la creación de Adán hasta el tiempo en que recibáis estas cosas, y que lo meditéis en vuestro corazón.
Y cuando recibáis estas cosas, os exhorto a que preguntéis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo.
Y por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas.
Y todo lo que es bueno es justo y verdadero; por tanto, nada que es bueno niega al Cristo, sino que lo reconoce.
Y podréis conocer que él es, por el poder del Espíritu Santo; por tanto, os exhorto a que no neguéis el poder de Dios; porque él obra por poder, según la fe de los hijos de los hombres, lo mismo hoy que mañana y para siempre” (Moroni 10:3–7).
Ahora bien, él nos ha dado dos ideas fundamentales en este pasaje: primero, “preguntad a Dios, el Eterno Padre, en el nombre de Cristo.” Y segundo, dijo: “… él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo. Y por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas.” Así que si vamos a encontrar la ley mediante la cual podemos obtener conocimiento, aquí tenemos la clave: primero, debemos hacer algo nosotros mismos, debemos pedirlo; y segundo, entonces nos será dado por medio del Espíritu.
En la sección ochenta y nueve hay otra clave. La promesa que allí se da es: “Y todos los santos que recuerden guardar y cumplir estas palabras, andando en obediencia a los mandamientos”, y luego el Señor nos da una promesa de salud y añade: “… hallarán sabiduría y grandes tesoros de conocimiento, sí, tesoros escondidos” (DyC 89:18–19).
Si aprendemos la ley de la obediencia y damos ese primer paso nosotros mismos, el Señor nos inspirará y nos dará ese conocimiento por medio del Espíritu.
El Señor ha dicho: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” (Mateo 7:7). Si no buscamos, si no pedimos, si no llamamos, entonces no podemos recibir ese conocimiento.
En las reuniones en los hogares y otros encuentros donde se proclama el evangelio, no todos lo reciben de la misma manera; sin embargo, a todos se les enseña lo mismo. Hay algunos en el grupo que aplicarán esa ley por la cual se puede recibir la bendición: la de ponerse en armonía con el Espíritu, como una gran estación transmisora de radio. El Espíritu del Señor está con todos nosotros. El evangelio de Jesucristo se está proclamando, pero si no nos sintonizamos, no recibimos la señal. Si no recibimos la señal, no es culpa de la emisora, es culpa del receptor, y nosotros somos el receptor; debemos poner nuestro espíritu en sintonía.
El alma está compuesta de cuerpo y espíritu, y al ponernos en armonía con el Espíritu, entonces recibimos ese testimonio por medio del Espíritu.
Se nos recordó el jueves pasado en nuestra reunión en el templo, antes de esta conferencia, que el mayor testimonio es el que viene y testifica por medio del Espíritu. No siempre podemos confiar en lo que vemos y oímos, pero siempre podemos confiar en esa inspiración del Espíritu que viene a nosotros, que nos declara aquello que es verdad; y por ese poder obtenemos nuestra fortaleza y testimonio del evangelio de Jesucristo.
El profeta José Smith tuvo que dar ese primer paso y pedir conocimiento. Leyó en Santiago que si alguno tiene falta de sabiduría y pide, recibirá (Santiago 1:5). Él tomó las palabras de Santiago en serio, fue al bosque y se arrodilló y pidió ese conocimiento que recibió. Allí el Profeta vio y oyó, y sin duda el Espíritu le testificó que aquello era verdadero, y que esas cosas que experimentó eran verdaderas, mediante lo cual recibió un conocimiento verdadero de Dios el Padre y del Hijo, de modo que supo que Jesucristo vivía y que el Padre vivía (JS—H 1:17), y supo que verdaderamente había visto una visión (JS—H 1:25), como hemos oído testificar aquí hoy.
Así que yo digo, pongámonos en sintonía. Si hay miembros de la Iglesia que están inseguros, que carecen de la fortaleza de un testimonio, pedid, y recibiréis; llamad, y se os abrirá. Si se ponen en sintonía de modo que su espíritu esté en armonía con el Espíritu del Espíritu Santo, entonces recibirán un conocimiento del evangelio de Jesucristo.
Que las bendiciones del Señor estén con todos nosotros, para que podamos disfrutar de esa inspiración del Espíritu y ser capaces de ayudar a otros como resultado de ese conocimiento que se nos ha dado, es mi oración en el nombre de Jesucristo. Amén.

























