Conferencia General Abril 1956

La fortificación más fuerte

Élder Alma Sonne
Asistente del Consejo de los Doce Apóstoles


Mis hermanos y hermanas: Quiero decir que respaldo con todo mi corazón las palabras que se han expresado esta tarde por el élder Stapley, el presidente Smith y el élder Moyle, y me uno a ellos para expresar mi amor y admiración por el presidente David O. McKay, quien ha dado a esta Iglesia cincuenta años de servicio desinteresado. Lo recuerdo desde hace casi ese mismo número de años. Durante todo ese tiempo ha viajado por las naciones de la tierra representando a esta Iglesia, explicando los principios del evangelio y testificando de la divinidad de esta gran obra.

Tuve una vez un amigo que había sido educado en el ámbito literario. Un día me dijo que la oración más hermosa de toda la literatura se encuentra en la Biblia. Cuando le pedí que la repitiera, dijo:
“Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz”.

Supongo que, desde el punto de vista de la belleza y la majestad, esa oración no tiene paralelo. Y sin embargo, pensé en otra frase, una oración de solo tres palabras, pronunciada por el ángel en la mañana de la resurrección. El ángel dijo: “Ha resucitado”. Creo que ese fue el anuncio más importante jamás hecho al mundo.

Me regocijo en la estabilidad de esta Iglesia, en la solidez de sus doctrinas, y me alegra mucho que todas esas doctrinas estén en armonía con la Santa Biblia.

Leí un libro la otra noche que sugería que los relatos de la resurrección y los relatos de los milagros realizados por Jesús se originaron durante un período de creación mítica. Confieso que me siento algo molesto cuando un supuesto líder de una iglesia cristiana hace una declaración como esa. Si despojamos a la religión cristiana de la doctrina de la resurrección, perdemos su poder motivador, como lo expresó tan bien el presidente McKay el otro día. No hay doctrina que haya recibido mayor atención por parte de los doce apóstoles de Cristo, a quienes él envió al mundo, que la de la resurrección. Negarla es estar gobernado por completo por el escepticismo y la incredulidad. La humanidad necesita tener una convicción acerca de la resurrección del Señor Jesús.

Hay quienes han confiado enteramente en su entendimiento finito y en su visión humana que, por decir lo menos, está oscurecida “por las sombras de la tierra.” El alma humana necesita un ancla. El hombre no puede vivir solo de pan. La humanidad necesita una reivindicación frente a la tiranía de la muerte y frente a los estragos del tiempo y la decadencia. Jesucristo y los profetas han provisto esa reivindicación. El Salvador la ofreció cuando, en medio de la agonía y la muerte, le dijo al malhechor en la cruz:
“Hoy estarás conmigo en el paraíso”, y también cuando se apareció a María en el jardín, cuando alguien le dijo: “Mujer, ¿por qué lloras?”
Ella le respondió: “Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.”

Jesús le dijo: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”.
Ella, pensando que era el hortelano, le dijo:
“Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré.”
Jesús le dijo: “¡María!”
Ella se volvió y le dijo: “¡Raboni!” (que quiere decir, Maestro) (véase Juan 20:13–16).

En todos los escritos, antiguos o modernos, no hay nada más hermoso, más conmovedor y más reconfortante que estas palabras citadas por Juan. Jesús nuevamente ofreció esa reivindicación cuando se presentó ante los apóstoles en el aposento alto y cuando habló y comió con ellos:
“Un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo”, dijo el Maestro. Nuevamente lo hizo cuando restauró la fe vacilante de Tomás Dídimo:
“Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”.
Ese acontecimiento dio lugar a la última bienaventuranza, probablemente la más poderosa de todas:
“Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron y creyeron”.

Esa doctrina es el mismo fundamento del evangelio restaurado de Jesucristo. Jesús nuevamente la confirmó cuando se apareció a Saulo de Tarso en el camino a Damasco, cuando le hizo la pregunta:
“Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”.

Y por último, pero no menos importante, dio al mundo moderno una reivindicación y un testimonio irrefutable cuando se apareció a José Smith, el Profeta, en una arboleda en Nueva York, donde Dios pronunció estas palabras:

“Este es mi Hijo Amado. ¡Escúchalo!”

La fortificación más fuerte que tú y yo podemos tener contra las incertidumbres de la vida es el testimonio que hemos recibido de nuestro Padre Celestial con respecto a la resurrección. Que lo atesoremos, que lo mantengamos fuerte, y que siempre seamos valientes en favor de la verdad. Lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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