Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 16

La Revelación Presente y la
Restauración del Evangelio Eterno

Lo que enseña el Evangelio—La revelación de Dios es necesaria—La fe y doctrinas de los Santos de los Últimos Días

por el élder John Taylor, 1 de febrero de 1874
Tomo 16, discurso 46, páginas 369-376

La necesidad de la revelación continua como fundamento de la verdadera religión, la restauración del Evangelio de Jesucristo en su pureza por medio del profeta José Smith, y la importancia de vivir y predicar sus principios para la salvación y exaltación de la humanidad.


He recibido una nota desde que llegué aquí, enviada por una persona que me es desconocida, solicitando que hable sobre nuestras doctrinas principales. Hay tantos grandes principios desarrollados en las verdades eternas de Dios en las que creemos, que resulta una tarea algo difícil intentar, en tan poco tiempo, una exposición adecuada de ellas; y si toco alguno de esos principios, tendrá que ser de manera muy superficial. La solicitud me recuerda una anécdota que leí hace poco. Una dama se encontró con un caballero que había viajado extensamente por todo el mundo. Era un estadista, un filósofo y una figura muy célebre. Él y la dama iban a cenar juntos y, unos diez o quince minutos antes de que se sirviera la cena, la dama le dijo: “Señor —, me siento muy feliz de tener el privilegio de verle y hablar con usted, y ahora, mientras preparan la cena, tenemos diez o quince minutos, ¿querría decirme todo lo que sabe y ha visto en sus viajes?”

En cuanto a nuestra religión, diré que abarca todo principio de verdad e inteligencia que nos concierne como seres morales, intelectuales, mortales e inmortales, tanto en lo que atañe a este mundo como al venidero. Estamos abiertos a toda verdad, sin importar de dónde provenga, dónde se origine o quién crea en ella. La verdad, precedida por la pequeña palabra “toda”, comprende todo lo que ha existido o existirá y será conocido por y entre los hombres en el tiempo y a lo largo de las infinitas edades de la eternidad; y es deber de todos los seres inteligentes, responsables y sujetos a Dios por sus actos, buscar la verdad y permitir que ésta los influya a ellos y a sus actos y a su conducta general en la vida, sin importar prejuicios o ideas preconcebidas, por muy persuasivas y plausibles que parezcan.

Nosotros, como Santos de los Últimos Días, creemos, primero, en el Evangelio, y eso es mucho decir, porque el Evangelio abarca principios que se adentran más profundo, se extienden más ampliamente y llegan más lejos que cualquier otra cosa que podamos concebir. El Evangelio nos enseña acerca del ser y los atributos de Dios; también nos enseña nuestra relación con ese Dios y las diversas responsabilidades que tenemos hacia Él como Sus hijos; nos enseña los diversos deberes y responsabilidades que tenemos hacia nuestras familias y amigos, hacia la comunidad, hacia los vivos y los muertos; nos revela principios relacionados con la vida futura; de hecho, según las palabras de uno de los antiguos discípulos, “saca a luz la vida y la inmortalidad”, nos pone en relación con Dios y nos prepara para una exaltación en el mundo eterno. Hay algo grandioso, profundo e intelectual en los principios del Evangelio, en cuanto están relacionados con la salvación y exaltación del hombre. Un hombre en busca de la verdad no tiene un sistema particular que defender, ni un dogma específico que sostener, ni una teoría que mantener; abarca toda verdad, y esa verdad, como el sol en el firmamento, brilla y esparce sus radiantes rayos sobre toda la creación, y si los hombres se despojan de prejuicios y parcialidades, y buscan la verdad con oración y conciencia, la encontrarán dondequiera que dirijan su atención. Pero en cuanto a los principios fundamentales del Evangelio, hay algunas características distintivas relacionadas con ellos que, como todas las leyes de la naturaleza y del Dios de la naturaleza, requieren una obediencia y cumplimiento implícitos para asegurar la realización de los resultados que de ellos fluyen. La tierra en la que vivimos, la materia de la que está compuesta, los elementos que nos rodean, así como el sistema planetario, tienen ciertas leyes inescrutables, eternas e inmutables que no pueden ser quebrantadas.

A veces hablamos de los grandes descubrimientos que los hombres han hecho relacionados con la electricidad, el vapor, la luz y sus propiedades, y una variedad de otros principios que existen en la naturaleza; todos esos principios están regidos por ciertas leyes específicas, inmutables e inalterables; y todos los grandes descubrimientos que los hombres han hecho no han hecho más que revelar ciertas propiedades que siempre han existido. No han creado nada, y sus descubrimientos no son nada particularmente digno de vanagloria.

Un niño, en su infancia, posee ciertas facultades de razonamiento, pero éstas sólo se desarrollan mediante un largo curso de formación y experiencia. Posee brazos, piernas, pies, cabeza y cuerpo, ojos, oídos, nariz, etc., pero no es consciente de ello; más adelante, cuando sus facultades de razonamiento comienzan a desarrollarse, descubre que tiene manos. Las tenía antes, pero no lo sabía.

Con nosotros y con las generaciones que nos han precedido sucede algo muy parecido: vivimos —y ellos vivieron— en un mundo en el que, desde el principio, han existido principios, organismos y sistemas —todo lo que ahora se conoce o que algún día se descubrirá—, pero hemos sido ignorantes de ellos y sólo llegamos a saber de su existencia por lo que se llama el progreso de la ciencia y los descubrimientos de hombres científicos e ingeniosos.

Y así como las cosas terrenales están regidas y controladas por leyes inmutables, lo mismo sucede con las cosas celestiales. En óptica, se necesitan ciertas lentes para la recepción y refracción de la luz; en química, cierta combinación de elementos es necesaria para producir magnetismo o electricidad; y aunque se tengan estos elementos en perfecto estado, sin el alambre no se pueden utilizar para transmitir información; y se puede tener el alambre sin la combinación química necesaria, y el resultado será el mismo.

Tengo un reloj; si lo doy cuerda, marcará la hora; si me olvido de hacerlo, se detendrá. Tienes tu máquina de vapor; si cierras la válvula, cortas el vapor y deja de moverse. Tienes una rueda hidráulica que posee cierto poder, pero si desvías el agua de esa rueda, su fuerza cesa. Así sucede con todas las operaciones de la naturaleza: están regidas por ciertas leyes que son comprendidas por quienes las estudian.

Hay leyes relacionadas con las cosas eternas —las cosas de Dios— que son tan inmutables e inalterables como las que acabo de mencionar, y para obtener los resultados que están destinadas a producir, uno debe someterse a ellas y obedecerlas. Dios nos ha dicho claramente en Sus revelaciones que “nadie conoce las cosas de Dios sino por el Espíritu de Dios, así como nadie conoce las cosas del hombre sino por el espíritu del hombre que está en él”; entonces, ¿cómo puede el hombre obtener un conocimiento de las cosas de Dios si no sigue el camino que Él ha señalado? No puede hacerlo.

Si las leyes que rigen las cosas terrenales son inmutables, las leyes que rigen las cosas celestiales ciertamente no lo son menos, y esto me lleva a considerar algunos de los primeros principios del Evangelio en los que creemos como pueblo. Creemos que es necesario que el hombre esté en comunicación con Dios; que reciba revelación de Él; y que, a menos que esté bajo la influencia de la inspiración del Espíritu Santo, no puede saber nada acerca de las cosas de Dios.

No me importa cuán instruido pueda ser un hombre, ni cuánto haya viajado; no me importa cuáles sean su talento, intelecto o genio, en qué colegio haya estudiado, cuán amplias sean sus perspectivas o cuál sea su criterio en otros asuntos: no puede comprender ciertas cosas sin el Espíritu de Dios, y eso introduce necesariamente el principio al que antes me referí: la necesidad de la revelación. No la revelación en tiempos pasados, sino la revelación presente e inmediata, que guíe y dirija a quienes la poseen en todos los senderos de la vida aquí, y hacia la vida eterna en lo venidero.

Mucha gente —y entre ellos, quienes se dicen cristianos— se burla bastante de la idea de la revelación presente. ¿Quién ha oído hablar de una religión verdadera sin comunicación con Dios? Para mí, esta idea es lo más absurdo que pueda concebir la mente humana. No me sorprende que, cuando la gente en general rechaza el principio de la revelación presente, el escepticismo y la incredulidad prevalezcan en tan alarmante medida. No me sorprende que tantos hombres traten la religión con desprecio y la consideren algo que no merece la atención de los seres inteligentes, porque sin revelación la religión es una burla y una farsa. Si no puedo tener una religión que me conduzca a Dios, que me ponga en comunión con Él y que revele a mi mente los principios de la inmortalidad y de la vida eterna, no quiero tener nada que ver con ella.

El principio de la revelación presente, entonces, es el fundamento mismo de nuestra religión. El mundo cristiano rechaza eso y dice que la Biblia es suficiente. Recuerdo que, en mi juventud, la estudié con mucha diligencia. Es un libro glorioso para estudiar, y lo recomiendo encarecidamente a la atención de nuestros jóvenes y nuestras jóvenes, así como de nuestros ancianos y ancianas. “Escudriñad las Escrituras” fue el mandato de Jesús, “porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí.” Yo no sólo escudriñaría las Escrituras que ahora tenemos, sino que también examinaría toda revelación que Dios haya dado, que dé o que dará para la guía y dirección de Su pueblo, y luego reverenciaría al Dador, y también a aquellos de quienes Él se sirva como Sus honrados instrumentos para dar a conocer esos principios; y procuraría regirme por los principios contenidos en esa palabra sagrada.

Ahora bien, retrocedamos un poco y examinemos cómo han sido las cosas. ¿Qué clase de Evangelio fue el que introdujo Jesús? Se nos dice que fue el Evangelio; pero ¿qué clase de organización tenía Su Iglesia? Apóstoles, profetas, pastores, maestros y evangelistas—hombres inspirados—hombres que tenían el ministerio de ángeles, el espíritu de profecía y el principio de revelación; hombres a quienes se les abrieron los cielos de modo que pudieron contemplar los propósitos de Dios conforme se desarrollarían en cada período subsiguiente de tiempo hasta la escena final. ¿De dónde obtuvieron este conocimiento? Lo obtuvieron mediante la obediencia al Evangelio de Jesucristo, y por eso se dice, con toda propiedad, que “la vida y la inmortalidad son sacadas a luz por el Evangelio.”

Bien, ¿quiénes fueron los antiguos apóstoles? Hombres escogidos y seleccionados por Jesucristo, el Hijo de Dios. ¿Quiénes fueron esos profetas? Hombres que poseían el espíritu de profecía; y si me muestran a un hombre llamado e inspirado por Dios para predicar el Evangelio de Jesucristo, yo les mostraré a un profeta, porque se nos dice que “el testimonio de Jesús es el espíritu de profecía”; y si un hombre no tiene el espíritu de profecía y revelación, no es el hombre indicado para enseñar las cosas de Dios, pues ese es el principio mediante el cual todos los siervos escogidos y autorizados de Dios, en toda época, han sido inspirados, y por el cual han enseñado las cosas de la vida eterna a los hijos de los hombres.

¿Cómo fue con Jesús? Él dijo que “no había venido para hacer Su voluntad, sino la voluntad del Padre que le envió”; y dijo: “Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta; sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras.” Cuando los discípulos salieron a predicar el Evangelio, Jesús les dijo que fueran sin bolsa ni alforja, confiando en Él; y les dijo que cuando fueran llevados ante reyes, gobernantes y autoridades, no pensaran de antemano en lo que debían decir, porque les sería dado en la misma hora en que lo necesitaran. Pablo dijo que el Evangelio que él predicaba “no lo recibió de hombre ni por hombre,” sino que lo recibió de Dios; y las palabras que él hablaba no eran propias, pues dijo al pueblo de manera clara y directa que sus palabras les llegaban “no sólo en palabra, sino también en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre.” Ellos estaban bajo la inspiración del Todopoderoso.

¿Y de dónde obtuvimos nuestra Biblia? “Ninguna Escritura es de interpretación privada,” se nos dice, “sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo,” y mientras estaban bajo esa inspiración pronunciaban la palabra de Dios, y esa palabra se convirtió en la Escritura de verdad, tal como la tenemos aquí. Fue dada por medio de sueños, visiones y revelaciones, y lo que así fue comunicado al hombre fue escrito, y se ha convertido en lo que llamamos la Biblia.

Cuando las revelaciones inspiradas que llamamos el Evangelio fueron dadas a los hombres, había apóstoles y profetas, pastores, maestros y evangelistas; y ¿cómo les dijo Jesús a Sus discípulos que enseñaran Su Evangelio? Les dijo que “fueran por todo el mundo y predicaran el Evangelio a toda criatura,” con la promesa de que “el que creyera y fuera bautizado, sería salvo.” Y también se dijo que ciertas señales seguirían a los que creyeran: expulsarían demonios en el nombre de Jesús, “pondrían las manos sobre los enfermos y estos sanarían,” etc., mostrando que había un poder vivo, vital y enérgico asociado con el Evangelio que fue proclamado por Jesucristo y enseñado por Sus apóstoles.

No estaba conectado únicamente con los apóstoles, como algunos suponen. No dice “estas señales seguirán a los apóstoles que crean, o a los discípulos que crean,” sino que las señales seguirían a los que creyeran dondequiera que se predicara el Evangelio en todo el mundo. El Evangelio y sus bendiciones no estaban restringidos ni por tiempo, ni por persona, ni por lugar; sino que debían disfrutarse en todo el mundo por todos los que creyeran.

Pablo nos dice que los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros fueron puestos en la Iglesia, ¿para qué? ¿Para establecer el cristianismo? No, no dice eso. ¿Para beneficio de los apóstoles y de los que estaban inmediatamente a su alrededor? No. ¿Para convencer a los gentiles paganos y a los judíos incrédulos? No, él nos dice que fueron puestos en la Iglesia “a fin de perfeccionar a los santos”, para que aquellos que creyeran en el Evangelio y lo obedecieran pudieran avanzar de fortaleza en fortaleza y ser capaces de perseverar fieles hasta el fin. Era para perfeccionar a tales personas, para que, como seres inmortales, pudieran aumentar en luz, inteligencia y verdad, y estar preparados para habitar con los Dioses y las huestes santificadas en los mundos eternos.

¿Eran estos oficios sólo para el perfeccionamiento de los santos? No, también eran “para la obra del ministerio y para la edificación del cuerpo de Cristo.” ¿Por qué? “Para que ya no fuéramos niños, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error”; sino para que “fuéramos edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Jesucristo mismo la principal piedra del ángulo”; para que tuvieran un conocimiento de la verdad del Evangelio por sí mismos, ardiendo en caracteres de fuego vivo escritos en sus corazones, que ningún hombre, influencia o poder pudiera borrar; sino que permaneciera allí como un fuego sobre el altar ardiendo eternamente, y que desde allí se esparciera su radiante fulgor, creciendo e incrementándose. Este es el tipo de Evangelio que los antiguos predicaron y en el que creyeron, y que nosotros, los Santos de los Últimos Días, predicamos y creemos.

Pero, ¿dónde está la necesidad de una nueva revelación —podría preguntar alguno— para restaurar este Evangelio, siendo que es el mismo Evangelio que está registrado en las Escrituras? Los católicos nos dirían que no hay necesidad, pues ellos lo recibieron de Dios en tiempos antiguos y lo han retenido, transmitiéndolo en sucesión regular hasta el día de hoy. No voy a examinar hoy todas estas teorías, no habría tiempo; baste decir que son meras falacias: ni católicos, ni griegos, ni protestantes han retenido el Evangelio y el poder para administrarlo.

Cuando llegamos al mundo protestante, hay que reconocer que se les debe mucho crédito por el curso que han seguido. Pero, ¿ha continuado el Evangelio entre ellos en su pureza desde el tiempo en que Jesús vivió sobre la tierra? ¿Hay algún hombre que tenga el atrevimiento de afirmarlo? No creo que se pueda encontrar uno. ¿De dónde surgieron esas nociones, opiniones, teorías, principios y dogmas que existen entre los hombres en el mundo religioso actual? ¿Se originaron en Dios? Se nos dice que “Dios no es Dios de confusión, sino de paz.” ¿Inspiró Él a los hombres con todas esas doctrinas y teorías diversas? Ciertamente no. ¿Quién lo hizo entonces? ¿De dónde vinieron? Pues bien, hombres de distintas épocas, muchos de ellos muy buenos, han tratado de detener la avalancha de maldad, falsa doctrina, error y crimen; y al hacerlo, sin la ayuda de la inspiración, han cometido errores muy grandes.

Cuando el papa, mediante la instrumentalidad de Loyola, estaba vendiendo indulgencias de una manera vergonzosa y deshonrosa, Martín Lutero y otros reformadores se levantaron y lo denunciaron como un mal, y en eso tenían razón, pues era un mal, un crimen y un ultraje a la sociedad, ya que estaban comerciando por dinero algo que Dios nunca dispuso ni autorizó.

Alguien podría preguntar: “¿Acaso no dio Jesús a Sus discípulos ‘las llaves del reino de los cielos,’ y dijo que ‘a quienes remitan los pecados les serán remitidos, y a quienes se los retengan, les serán retenidos’?” Sí. “Entonces, ¿por qué otros no tenían ese poder?” Lo tenían, si lo obtenían legítimamente; pero no de esa manera. Pedro nunca tuvo poder para vender el perdón de los pecados. En los días de los apóstoles hubo un hombre que vio el poder de Dios manifestado por medio de sus administraciones, y les ofreció dinero para que le dieran ese mismo poder, pero le dijeron que, por haber pensado que el don de Dios podía comprarse con dinero, su dinero perecería con él.

“Pero, ¿acaso Pedro y los demás discípulos no tenían el poder para perdonar pecados?” Sí. ¿Cómo lo ejercían? Las Escrituras son muy claras al respecto. Lean el relato de Pedro, el día de Pentecostés, dirigiéndose a miles de personas reunidas en Jerusalén en esa ocasión. Ellos clamaron a Pedro y a los demás apóstoles: “Varones hermanos, ¿qué haremos para ser salvos? Creemos lo que nos han dicho, creemos que somos pecadores, creemos que hemos consentido en la muerte del Hijo de Dios, ahora, ¿qué debemos hacer?” ¿Les dijo él: “Yo les perdono sus pecados”? No, nada de eso. ¿Tenía el poder? Sí. ¿Cómo lo ejerció? Les dijo: “Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo”; y los llevaron y los bajaron al agua, y los bautizaron, y sus pecados fueron perdonados. Así era como los apóstoles perdonaban los pecados, no mediante la venta de indulgencias.

Martín Lutero introdujo algunos buenos principios, pero ¿restauró él el Evangelio que trajo Jesús? No, ciertamente no. ¿Lo hizo Melanchthon? No. ¿Zwinglio? No. ¿John Knox? No. ¿Calvino? No; ninguno de ellos restauró el Evangelio de Jesús. Se dedicaron a enseñar buenos principios de moralidad, y el Evangelio hasta donde lo conocían. Pero Dios no les impartió la luz de la revelación que los santos antiguos disfrutaron, y como cada uno de esos reformadores tenía sus opiniones e ideas particulares respecto al Evangelio, fueron ellos los que originaron las multitudes de sectas y partidos que existen actualmente en el mundo cristiano. Lutero promulgó extensamente sus ideas en Alemania; Calvino, que difería de él en cuanto a la doctrina del libre albedrío y que creía en la doctrina del destino, la elección o la reprobación, difundió sus puntos de vista ampliamente, y así también los demás. Si ellos hubieran tenido la luz de la revelación, esta diversidad no habría existido; el Espíritu de Dios los habría guiado a toda verdad y los habría llevado a la unidad de la fe, y habrían visto ojo a ojo, como dicen las Escrituras que lo harán los hombres “cuando Jehová hiciere volver a Sion” y “con su voz juntamente cantarán.”

Nos referiremos a algunas de estas iglesias disidentes, pero primero, por un momento, notaremos la Iglesia Griega. Esta iglesia se separó de la Iglesia Latina, o la Latina de la Griega; no importa cómo lo consideremos. Hubo un cisma entre estos dos cuerpos, y cada uno siguió su propio rumbo peculiar, y ese rumbo ha sido muy errático, insensato y alejado de los principios de la verdad. Luego está la Iglesia Episcopal. ¿Cómo se originó? Por medio de Enrique VIII. ¿Cómo fue que él fundó una iglesia? La historia nos informa que fue sencillamente por este motivo: deseaba divorciarse de su esposa y el papa no quiso concedérselo. Antes de esto, Enrique había escrito un libro o folleto en defensa del papado y en oposición a la Reforma, por lo cual el papa lo nombró “Defensor de la Fe”; pero cuando el papa no quiso concederle el divorcio que deseaba, se enojó y decidió fundar una iglesia propia; y, afortunada o desafortunadamente, tenía dos instrumentos dóciles, eclesiásticos de la Iglesia Católica, que para complacer a su soberano se prestaron a ayudarle a llevar a cabo su plan, y juntos fundaron la Iglesia de Inglaterra, o la Iglesia Episcopal, como se le llama ahora. Cuando Enrique obtuvo un sacerdocio propio, consiguió el divorcio que quería y siguió su camino, regocijándose, supongo, al menos a su manera.

Pasemos ahora a algunos otros entre los reformadores. Estaba John Knox, en Escocia, un hombre muy celoso y muy intolerante, sin nada muy agradable en su carácter; hay rasgos de él que nunca admiré, y he leído algunas cosas en sus obras que no son muy agradables, gentiles ni amables; pero sin duda fue un cristiano muy sincero y celoso a su manera, y buscó hacer el bien. Luego estaba Calvino, otro hombre tolerablemente sincero, en mi opinión, y, juzgando por lo que dice la historia de él, deseaba detener la corriente del mal y promover buenos principios hasta donde sabía hacerlo. Pero, ¿quién entre ellos restauró el Evangelio que Jesús enseñó? Ninguno.

Dejando a Calvino, Knox, Lutero y los primeros reformadores, descendemos a tiempos más recientes y encontramos que en la Iglesia de Inglaterra había ciertas cosas que la parte consciente de sus miembros no podía sostener, y se inauguró una reforma por medio de John y Charles Wesley, y un tal señor Fletcher. Enseñaron muchos buenos principios; pero no restauraron el Evangelio de Jesucristo, aunque fueron muy celosos y deseosos de hacer el bien. Y creo que hubo algo muy loable en sus esfuerzos por resistir la corriente del mal y por descubrir y denunciar la corrupción que se infiltraba bajo el nombre de religión, así como la hipocresía que existía; pero no restauraron el Evangelio, y uno de ellos, en un himno, dijo que esperaba y miraba hacia el tiempo en que:

“De la simiente escogida de Abraham
Los nuevos apóstoles escogerá,
Sobre islas y continentes esparcirán
La nueva que revive a los muertos.”

No lo tenían; sin embargo, él lo sabía, y aunque deseaba que tal estado de cosas fuera restaurado, no fue capaz de introducirlo, pues Dios no lo había llamado para realizar esa obra.

Ha habido varios otros ismos, además de los que he mencionado, que en algunos casos han surgido más por resentimientos personales, prejuicios, contradicciones y por los intereses personales de ciertos hombres que por la gloria de Dios y el bien de la humanidad; y me temo que sus iniciadores se preocuparon más por predicar el Evangelio según ciertos hombres que por predicar el Evangelio según Jesucristo.

En tal estado de cosas, ¿qué se debe hacer? Vivimos en un mundo en el que los espíritus que han morado en el seno de Dios están entrando y saliendo de esta existencia a razón de unos mil millones cada treinta y tres años; y aquí hay miles de los llamados ministros de religión con un Evangelio ineficaz, que Dios nunca ordenó, tratando de mejorar la condición de la humanidad, y enviando lo que ellos llaman el Evangelio a los paganos, solicitando continuamente la ayuda pecuniaria de sus compañeros cristianos para asistirlos en esta empresa.

Pero si ellos mismos no tienen la verdad, ¿cómo podrán impartirla a otros? ¿Cómo podrán los ciegos guiar a otros en el camino de la vida y la salvación? ¿No era necesario, considerando la ignorancia y ceguera que hay por todas partes en cuanto a los principios de la salvación, que algo se hiciera para mejorar la condición de un mundo caído?

El mundo cristiano, por su incredulidad, ha hecho que los cielos sean como de bronce, y dondequiera que van a declarar lo que llaman el Evangelio, empeoran la confusión; pero, ¿quién puede impedir que Dios cuide de su propia creación y salve a sus criaturas? Sin embargo, esta es la posición que muchos hombres han tomado.

Pero, a pesar de la incredulidad tan extendida en toda la cristiandad, Dios restauró su antiguo Evangelio a José Smith, dándole revelación, abriéndole los cielos y haciéndole conocer el plan de salvación y exaltación de los hijos de los hombres. Yo lo conocí muy bien, y he examinado cuidadosamente las revelaciones dadas por medio de él, y, a pesar de todas las calumnias que se han lanzado contra él, creo que, con la excepción de Jesucristo, nunca ha habido un Profeta más grande sobre la faz de esta amplia tierra que él; y a las revelaciones que él dio debemos los gloriosos principios que Dios ha comunicado al mundo en estos últimos días.

Nosotros estábamos tan en la oscuridad como los demás en cuanto a los principios de salvación y la relación que tenemos con Dios y entre nosotros, hasta que estas cosas nos fueron dadas a conocer por medio de José Smith. En la actualidad se habla mucho acerca de la relación entre marido y mujer; pero, ¿dónde hay un hombre fuera de esta Iglesia que entienda algo sobre esta relación, así como la de los padres con los hijos? No hay ninguno, y los Santos de los Últimos Días no sabían nada de ello hasta que fue revelado por medio de José Smith, a través del Evangelio.

Es el Evangelio el que enseña a una mujer que tiene un derecho sobre un hombre, y a un hombre que tiene un derecho sobre una mujer en la resurrección; es el Evangelio el que les enseña que, cuando se levanten de las tumbas en la resurrección, volverán a estrechar sus manos, serán reunidos y volverán a participar de aquella gloria que Dios les destinó antes que el mundo fuese.

Juan el Revelador, cuando estaba en la isla de Patmos, envuelto en visión profética, dijo: “Vi otro ángel volar por en medio del cielo, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los que moran en la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo, diciendo a gran voz: ‘Temed a Dios y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado’”. También vio un tiempo en que cierto poder “haría guerra contra los santos, y prevalecería contra ellos, y serían entregados en su mano hasta tiempo, tiempos y medio tiempo”.

Pues bien, para volver y complacer a mi extraño amigo, sea quien sea, diré que nosotros, los Santos de los Últimos Días, creemos en este Evangelio tal como lo enseñó Jesús. Creemos en la fe en el Señor Jesucristo y en que debemos reverenciarlo como el Hijo de su Padre celestial y nuestro Padre. Creemos en las ordenanzas que Él introdujo y que fueron practicadas por sus discípulos; creemos en el mismo Espíritu y revelación en que ellos creyeron. No deseo discutir estos asuntos ni entrar en detalles, pues el tiempo nos faltaría en esta ocasión; pero las Escrituras están ante nosotros, y solo intentaré tocar algunos de los principios que Jesús enunció y que fueron enseñados por Él y sus discípulos; y es por creer en Dios y en Jesucristo, en la profecía y en la revelación, que continuamente somos presentados ante el mundo como impostores y engañadores.

Creemos en ser honestos con nosotros mismos y con todos, estén o no estén con nosotros; creemos que los hombres deben actuar siempre como si estuvieran en la presencia de Dios y de los santos ángeles, y que por todos sus actos serán llevados a juicio, porque creemos que Dios traerá a juicio a los hombres “por toda palabra y todo pensamiento secreto”. Creemos mucho en lo que dice David: ¿Quién podrá habitar con el fuego consumidor y entre las llamas eternas? Aquel hombre que ha temido a Dios en su corazón y que no ha mentido en su corazón; aquel hombre que jura en daño propio y no cambia; un hombre puro, virtuoso y santo que respeta los derechos de los demás como respeta los propios; un hombre que concede a otros todo lo que pediría para sí mismo, y que procura promover el bienestar de la familia humana.

Los élderes de esta Iglesia han sido llamados, como los discípulos de Jesús en tiempos antiguos, a ir y predicar el Evangelio sin bolsa ni alforja. Yo mismo he viajado cientos y miles de millas en esta misión, y veo hombres a mi alrededor aquí que han hecho lo mismo. ¿Para qué? Para beneficiar a la humanidad, para arrancar el velo de la ignorancia, para combatir el error, para revelar la verdad, para dar a conocer la voluntad divina, para decirle a la familia humana que Dios ha hablado, que han aparecido ángeles, que los cielos se han abierto, que la luz y la inteligencia han sido comunicadas al hombre, que el Evangelio eterno ha sido restaurado, y que nosotros, en esta época, podemos disfrutar de las mismas bendiciones que los santos disfrutaron en días antiguos, y para señalarles el camino de la vida y la salvación. Hemos recibido esta comisión de nuestro Dios, y hemos procurado cumplirla fielmente, para que nuestra sangre esté limpia, y para que, cuando nos presentemos ante el Gran Elohim, cuando todas las naciones sean reunidas, podamos decir: “Oh Dios, hemos terminado la obra que nos diste que hiciéramos”.

¿Qué más? Ahora estamos de pie, más bien, en una capacidad política. ¿Cómo es esto? No podemos evitarlo, el Evangelio nos dijo que nos reuniéramos. ¿Dicen algo las Escrituras al respecto? Sí; pero aunque no lo dijeran, si Dios nos dio ese mandamiento, el silencio de las Escrituras no haría ninguna diferencia. Sin embargo, sí lo dicen, pues los antiguos profetas tuvieron una visión de la congregación de los santos en los últimos días; los vieron acudir a las montañas como palomas a las ventanas; y por medio de ellos, el Señor declaró que reuniría a su pueblo “del oriente y del occidente, del norte y del sur”. Se dice: “Os tomaré uno de cada ciudad y dos de cada familia, y os traeré a Sion, y os daré pastores según mi corazón, que os apacentarán con ciencia y con inteligencia”; y al hablar de las calamidades de los últimos días, dice que “en el monte de Sion y en Jerusalén habrá salvación”. Pero nos reunimos porque las revelaciones dadas por medio de nuestro Profeta nos lo mandaron, y estas revelaciones concuerdan con las dadas anteriormente sobre el mismo tema.

Estando en esta condición, formamos un gran cuerpo de personas. Hemos vivido en diferentes lugares, y así como los creyentes en el Evangelio en otras épocas fueron perseguidos, así lo hemos sido nosotros; y, habiendo sido perseguidos y expulsados, hemos venido aquí, como dijo en cierta ocasión George A. Smith: “porque no pudimos evitarlo”. No podíamos vivir en Nauvoo, y sin embargo no habíamos perjudicado ni robado a nadie, ni tampoco interferimos con los derechos de ninguna persona. Nos expulsaron de Misuri y de Illinois, y aquí estamos, ¿y ahora qué? Cuando llegamos aquí estábamos en territorio mexicano, habiendo sido forzados a huir de los Estados Unidos porque no podíamos obtener protección.

¿Por qué fue así? ¿Quién puede explicar por qué las personas que tendieron sus mantos y esparcieron ramas de palma en el camino de Jesús, clamando: “¡Hosanna, bendito el que viene en el nombre del Señor!”, poco tiempo después gritaban: “¡Crucifícale, crucifícale!”? Pilato dijo: “Yo lavo mis manos de la sangre de este justo”, y el pueblo respondió: “Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos”. Terriblemente han sentido el peso de esa invocación, porque la mano vengadora del Todopoderoso ha estado pesada sobre ellos, y en toda nación en la que han habitado han sido despojados, saqueados, sus bienes confiscados, y se les han negado todos los derechos de hombres. Llegará el día en que la ira de Dios quedará satisfecha hacia ellos, y volverán a ser su pueblo escogido y serán reunidos en su propia tierra, incluso en Jerusalén, donde, como dice el Profeta, “la cuerda de medir se extenderá, y los niños y niñas volverán a jugar en las calles de esa ciudad”; y cuando el Hijo de Dios descienda y “ponga sus pies sobre el monte de los Olivos, el cual se partirá por en medio, formando un gran valle, y huirán como huyeron en los días de Uzías, rey de Judá”; y “el Señor nuestro Dios”, se nos dice, “vendrá, y todos los santos con Él”, y habrá “liberación en Sion y en Jerusalén, en el remanente al que el Señor nuestro Dios llame”.

Pues bien, aquí estamos en una condición política, habitando un Territorio y formando parte integral de los Estados Unidos. ¿Con quién interferimos? Con nadie. ¿Robamos o saqueamos a alguien, o interferimos con los derechos de alguien? No. ¿Hacemos incursiones contra los ciudadanos de los Territorios vecinos? No, no interferimos con los derechos civiles o religiosos de ninguna persona en esta ni en ninguna otra ciudad o Territorio; nunca lo hicimos y no lo hacemos ahora; pero no podemos evitar ocupar la condición que tenemos hoy. Formamos un cuerpo político y, necesariamente, nos hemos convertido en un Territorio, y no podríamos evitarlo aunque quisiéramos. Pero no molestamos a nadie, observamos todas las leyes buenas y saludables. La gente miente sobre nosotros; pero eso no importa, también mintieron sobre Jesús. Nuestros enemigos dicen: “Ustedes son un pueblo malo, y esa es la razón por la que los perseguimos”. Eso mismo dijeron los enemigos de Jesús acerca de Él; no fue porque Él fuera bueno; nunca se ha organizado una persecución religiosa por esa razón, todas esas persecuciones han sido “por la maldad del pueblo”. Los escribas y fariseos, después de ver a Jesús sanar al ciego, dijeron: “Da gloria a Dios, porque sabemos que este hombre es pecador; es cierto que echa fuera demonios, pero lo hace por Beelzebú, príncipe de los demonios”. Pues bien, si persiguieron al Señor de la casa, perseguirán a los miembros de su casa; si hacen estas cosas con el árbol verde, ¿qué no harán con el seco? La verdad es que ha existido, existe y existirá siempre una oposición entre la verdad y el error, la luz y las tinieblas, entre los siervos de Dios y los siervos del adversario. El diablo es llamado el padre de mentira, y en ella se deleita.

¿Qué diferencia nos hace eso? ¿Qué nos importa? Muy poco. Supongamos que somos oprimidos. Ya lo hemos soportado antes y podemos soportarlo otra vez. Supongamos que promulguen leyes restrictivas contra nosotros. Está bien, si la nación puede soportarlo, nosotros también. Me arriesgaré a sostener y defender principios correctos que emanan de Dios. Nos aferraremos a la verdad, al honor, a la santidad y a todos los principios que Dios nos ha revelado, y seguiremos creciendo en todo lo bueno.

Esta nación y otras naciones serán derribadas, no por su virtud, sino por su corrupción e iniquidad. Llegará el tiempo —pues las profecías se cumplirán— en que los reinos serán destruidos, los tronos derribados y los poderes de la tierra sacudidos, y la ira de Dios se encenderá contra las naciones de la tierra; y a nosotros nos corresponde mantener principios correctos, políticos, religiosos y sociales, y sentir hacia todos los hombres como Dios siente. Él hace que el sol brille sobre justos e injustos; y si Él ha iluminado nuestras mentes y nos ha puesto en posesión de principios más correctos que los que otros tienen, seamos agradecidos y adoremos al Dios de Israel. Agradezcamos a nuestro Padre Celestial por su bondad hacia nosotros al darnos a conocer los principios del Evangelio eterno, y sigamos adelante de poder en poder, de pureza en pureza, de virtud en virtud, de inteligencia en inteligencia; y cuando las naciones caigan y se derrumben, Sion se levantará y resplandecerá, y el poder de Dios se manifestará entre su pueblo. Ningún hombre puede derribar o dañar permanentemente a quienes hacen lo correcto. Pueden matar algunos de nuestros cuerpos, pero eso es todo lo que pueden hacer. Viviremos y cantaremos entre la multitud congregada, en los cielos eternos: “¡Hosanna, bendito sea el Dios de Israel!”, y su reino crecerá y aumentará hasta que los reinos de este mundo lleguen a ser los reinos de nuestro Dios y de su Cristo, y Él reinará por los siglos de los siglos.

Que Dios nos ayude a ser fieles, en el nombre de Jesús. Amén.

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