Capítulo 19
El Fin de los Tiempos
Desde Palmyra hasta Nauvoo, septiembre de 1830 – junio de 1844. La Iglesia restaurada había sido organizada formalmente apenas seis meses cuando el Señor comenzó a revelar a los Santos de los Últimos Días el panorama profético, incluyendo las señales que precederían la segunda venida del Salvador, así como la naturaleza de la vida en la tierra milenaria. Los detalles proféticos llegaron ocasionalmente en revelaciones que trataban casi exclusivamente de eventos futuros y también en pequeñas pero significativas revelaciones que cubrían una amplia gama de temas (D. y C. 29; 43; 63; 77; 84; 88; 133).
Puede que José Smith nos haya dado a conocer más sobre el pasado que sobre el futuro. Dicho esto, me apresuro a añadir que él y sus sucesores ciertamente nos han proporcionado un cuadro sorprendente y notablemente completo de lo que está por venir. El Profeta declaró muy temprano en su ministerio:
“Cuando contemplo la rapidez con que avanza el día grande y glorioso de la venida del Hijo del Hombre, cuando Él venga a recibir a Sus Santos consigo, donde morarán en Su presencia, y serán coronados con gloria e inmortalidad; cuando considero que pronto los cielos serán sacudidos, y la tierra temblará y se moverá de un lado a otro; y que los cielos serán enrollados como un pergamino que se enrolla; y que todo monte e isla huirán, clamo en mi corazón: ¡Qué clase de personas debemos ser en toda santa conversación y piedad!”
Mirando hacia Su venida
Los cristianos de toda la nación en el siglo XIX estaban divididos en cuanto a cómo, cuándo y de qué manera vendría a la tierra el Rey de reyes y tomaría el control. Algunos creían que gran parte de la responsabilidad recaía en el pueblo y que su tarea era edificar el reino de Dios, establecer la rectitud en toda la tierra, difundir el cristianismo en todos los ámbitos de la vida y, en general, trabajar para transformar la sociedad y preparar al mundo para la Segunda Venida. Desde esta perspectiva (conocida como posmilenialismo), el Milenio sería introducido por la propagación gradual de la rectitud. Otros (premilenialistas) sostenían que Dios intervendría pronto y de manera dramática en la historia, destruiría a los inicuos, ataría a Satanás e inauguraría mil años de paz, descanso y bondad universal. El Milenio sería introducido por el poder, el poder divino.
Aunque José Smith y sus seguidores parecen encajar mejor en la categoría de los premilenialistas, también se sintieron impulsados a extender su fervor religioso más allá de las reuniones de la Iglesia y llevarlo al mundo cotidiano. Los miembros de la Iglesia restaurada fueron encargados por sus líderes de edificar el reino de Dios en preparación para el venidero reino de los cielos (D. y C. 65:5–6). Un eminente historiador describió la situación de esta manera:
“Los mormones no aguardaban pasivamente el reino milenario de Cristo, sino que trabajaban para prepararlo. Su modalidad de premilenialismo era tan activa como cualquier posmilenialismo, y aún más convencida de un papel especial para América.”
En agosto de 1843, José Smith declaró: “Una vez estaba orando con gran fervor para saber el tiempo de la venida del Hijo del Hombre, cuando oí una voz que repetía lo siguiente: José, hijo mío, si vives hasta los ochenta y cinco años de edad, verás el rostro del Hijo del Hombre; por lo tanto, deja que esto baste, y no me inquietes más sobre este asunto.”
La evaluación que hizo el Profeta de la respuesta algo vaga del Señor fue: “Quedé así, sin poder decidir si esta venida se refería al comienzo del milenio o a alguna manifestación previa, o si yo habría de morir y así ver su rostro. Creo que la venida del Hijo del Hombre no será antes de ese tiempo” (D. y C. 130:14–17).
Unos siete meses más tarde, el Profeta declaró: “Jesucristo nunca reveló a hombre alguno el tiempo preciso en que vendría. Vayan y lean las Escrituras, y no podrán hallar nada que especifique la hora exacta en que Él vendría; y todos los que digan lo contrario son falsos maestros.”
De la Nueva Traducción de la Biblia
La traducción del Profeta de Mateo 24 es lo que ahora llamamos José Smith—Mateo en la Perla de Gran Precio. El versículo 34 de Mateo 24 en la Versión del Rey Santiago de la Biblia ha sido, por mucho tiempo, un versículo problemático. Dice:
“De cierto os digo, que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca.”
“Todo esto” incluye la destrucción del templo, falsos Cristos, guerras y rumores de guerras, hambres, pestilencias, terremotos, falsos profetas, el aumento de la iniquidad, la predicación del evangelio a todo el mundo, la congregación de Israel y la señal del Hijo del Hombre.
Claramente, “todo esto” no ocurrió antes del final de la generación del Salvador, lo que llevó a muchos eruditos a lo largo de los siglos a concluir que: (1) Jesús no sabía lo que vendría, o (2) Jesús simplemente se equivocó. Su profecía no se cumplió.
Pero nótese cómo la traducción del Profeta de este versículo 34 nos ayuda: “De cierto os digo, que esta generación en la cual se mostrarán estas cosas [es decir, la generación en la que los signos realmente tengan lugar], no pasará hasta que todo lo que os he dicho se cumpla” (énfasis añadido).
La traducción inspirada de Mateo 24 también aclara otro asunto: el significado de la frase “fin del mundo” y la diferencia entre el fin del mundo y el “fin de la tierra”. Aquí aprendemos que el fin del mundo es “la destrucción de los inicuos”, o la destrucción de la mundanalidad que tendrá lugar en la segunda venida del Salvador en gloria (vv. 4, 31). Además, en el último versículo de José Smith—Mateo leemos: “Y así llega el fin de los inicuos, de acuerdo con la profecía de Moisés, que dice: Serán desarraigados de entre el pueblo [Hechos 3:22–23; 3 Nefi 20:23; 21:11; D. y C. 1:38]; pero el fin de la tierra aún no es, sino que vendrá en su debido tiempo” (énfasis añadido). El fin de la tierra es el fin del Milenio (D. y C. 38:5; 43:31; 88:101).
Muchos estudiantes del Nuevo Testamento han concluido que los primeros apóstoles cristianos y los Santos en general sentían que la segunda venida del Salvador era inminente y que seguramente vivirían para verla. Como segunda ilustración suelen citar algunos de los escritos del apóstol Pablo. Parece que los santos en Tesalónica, por ejemplo, estaban particularmente preocupados acerca de cuándo volvería el Señor y qué sucedería con sus justos muertos. De la Versión del Rey Santiago: “Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos [es decir, no tendremos preferencia sobre] los que durmieron. Porque el Señor mismo descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros, los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras” (1 Tesalonicenses 4:15–18; énfasis añadido).
Es fácil reconocer cuán sencillo sería concluir que el gran apóstol de los gentiles no tenía del todo definida su cronología teológica. De hecho, la traducción de José Smith de Mateo 24 simplemente cambia la frase “nosotros que vivimos y quedamos” por “ellos que viven.”
En la Historia de la Iglesia, bajo la fecha de marzo de 1832, se encuentran estas palabras: “En conexión con la traducción de las Escrituras, recibí la siguiente explicación de la Revelación de San Juan.” Entonces sigue Doctrina y Convenios 77, una revelación sumamente inusual. Es esencialmente una sesión de preguntas y respuestas entre el Señor y Su profeta. Algunos de los asuntos que aborda incluyen: la tierra como un mar de vidrio (vv. 1–2); las cuatro bestias vistas por Juan en Apocalipsis 4 (vv. 2–4); los veinticuatro ancianos que rodean el trono de Dios (v. 5); los siete sellos con los que está sellada la historia de la humanidad (vv. 6–7); los diversos ángeles descritos en Apocalipsis 7 (vv. 8–9); los 144,000 sumos sacerdotes mencionados en Apocalipsis 7 y 14 (v. 11); y los dos testigos enviados a profetizar durante el tiempo de la batalla de Armagedón (v. 15). Las respuestas a estas preguntas que se hallan en la sección 77 son muy instructivas.
Jesús enseñó: “Bienaventurados aquellos siervos, a los cuales su señor, cuando venga, halle velando; de cierto os digo, que se ceñirá, y hará que se sienten a la mesa, y vendrá y les servirá. Porque, he aquí, viene en la primera vigilia de la noche, y también vendrá en la segunda vigilia, y otra vez vendrá en la tercera vigilia. Y de cierto os digo, que ya ha venido, como de él está escrito” (JST, Lucas 12:40–42; énfasis añadido).
¡Qué declaración tan extraña! ¿Cómo es que nuestro Señor viene en la primera vigilia de la noche y también en la segunda y tercera vigilias? Además, ¿cómo es que ya ha venido? El élder Bruce R. McConkie ofreció el siguiente comentario esclarecedor: “Uno de los grandes incentivos que anima y atrae a los hombres a vivir vidas de rectitud personal es la doctrina de la Segunda Venida del Mesías.
…Todos los ministros del Señor, todos los miembros de la Iglesia y, en realidad, todos los hombres en todas partes (‘lo que a uno digo, a todos lo digo’), reciben el consejo de esperar con rectitud la venida del Señor. Sin embargo, la mayoría de los hombres morirán antes de que Él venga, y solo aquellos que vivan entonces se regocijarán o temblarán, según sea el caso, en su presencia personal. Pero todos los que se hayan preparado serán recompensados como si hubieran vivido cuando Él vino, mientras que los inicuos serán cortados y asignados a su parte con los hipócritas tan ciertamente como si hubiesen vivido en el mismo día de terror y venganza. Así, en efecto, el Señor viene en cada vigilia de la noche, en toda ocasión en que los hombres son llamados a enfrentar la muerte y el juicio.”
Las apariciones privadas del Señor
José Smith nos dio a entender que habría varias apariciones del Salvador, algunas de ellas privadas y la última muy pública; todos sabrán cuándo venga en gloria (D. y C. 49:23; 133:19–22). Primero, el Señor hará una aparición preliminar en su templo en Independence, condado de Jackson, Misuri (Malaquías 3:1; véase también D. y C. 36:8; 42:36). Esta parece ser una aparición privada a aquellos que poseen las llaves de poder en el reino terrenal. El élder Orson Pratt, al hablar de esta aparición, dijo: “Todos los que sean puros de corazón contemplarán el rostro del Señor, y eso incluso antes de que Él venga en su gloria en las nubes del cielo, porque vendrá de repente a su templo, y purificará a los hijos de Moisés y de Aarón hasta que estén preparados para ofrecer en ese templo una ofrenda que sea aceptable ante los ojos del Señor [véase Malaquías 3:3; D. y C. 13; 84:31]. Al hacer esto, purificará no solo las mentes del Sacerdocio en ese templo, sino que también purificará sus cuerpos hasta que sean vivificados, renovados y fortalecidos, y serán parcialmente transformados, no a la inmortalidad, sino cambiados en parte para que puedan ser llenos con el poder de Dios, y puedan estar en la presencia de Jesús y contemplar su rostro en medio de ese templo.”
En segundo lugar, el Señor hará una aparición en Adam-ondi-Ahmán, “el lugar donde Adán vendrá a visitar a su pueblo, o el Anciano de Días se sentará” (D. y C. 116). Este gran concilio será la ocasión de una gran reunión sacramental, un momento en que el Hijo del Hombre volverá a participar del fruto de la vid con sus amigos terrenales. ¿Y quiénes estarán presentes? Las revelaciones especifican: Moroni, Elías, Juan el Bautista, Elías el Profeta, Abraham, Isaac, Jacob, José, Adán, Pedro, Santiago, Juan, “y también —aclara el Salvador— todos aquellos que mi Padre me ha dado del mundo” (D. y C. 27:5–14); es decir, multitudes de santos fieles desde el principio hasta el fin de los tiempos.
Esta será una aparición privada, en el sentido de que será desconocida para el mundo. Será una reunión de liderazgo, un tiempo de rendir cuentas sobre las mayordomías del sacerdocio. El profeta José Smith explicó: “Adán, el Anciano de Días, convocará a sus hijos y celebrará un concilio con ellos para prepararlos para la venida del Hijo del Hombre. Él (Adán) es el padre de la familia humana, y preside sobre los espíritus de todos los hombres, y todos los que han tenido las llaves deberán presentarse ante él en este gran concilio. … El Hijo del Hombre se presenta ante él, y le es dada [a Cristo] la gloria y el dominio. Adán entrega su mayordomía a Cristo, aquella que le fue conferida al recibir las llaves del universo, pero conserva su posición como cabeza de la familia humana.”
El presidente Joseph Fielding Smith observó: “Esta reunión de los hijos de Adán, donde miles y decenas de miles se congregarán en juicio, será uno de los acontecimientos más grandes que esta atribulada tierra haya visto jamás. En esta conferencia, o concilio, todos los que han poseído las llaves de dispensaciones rendirán un informe de su mayordomía. Adán hará lo mismo, y luego entregará a Cristo toda autoridad. Entonces Adán será confirmado en su llamamiento como príncipe sobre su posteridad y será oficialmente instalado y coronado eternamente en este llamamiento presidencial. Luego Cristo será recibido como Rey de reyes y Señor de señores. No sabemos cuánto tiempo durará esta reunión, ni cuántas sesiones se llevarán a cabo en este gran concilio. … Se les dictará juicio, porque esta es una reunión de los justos. … No será el juicio de los inicuos. … Esto precederá al gran día de destrucción de los inicuos y será la preparación para el Reinado Milenial.”
Cómo habrá de cumplirse esto, cómo todos estos poseedores del sacerdocio y administradores legales estarán presentes, no ha sido revelado. Pero considerando lo que somos capaces de hacer aun en nuestra propia época en términos de comunicación satelital, no es imposible concebir tal reunión.
En tercer lugar, el Salvador se aparecerá a los judíos en el Monte de los Olivos. Será en el tiempo de la batalla de Armagedón, un día en que su pueblo se encontrará con la espalda contra la pared. En ese momento, el Salvador vendrá en rescate de su pueblo del convenio:
“Después saldrá Jehová y peleará con aquellas naciones, como peleó en el día de la batalla. Y se afirmarán sus pies en aquel día sobre el monte de los Olivos, que está enfrente de Jerusalén al oriente; y el monte de los Olivos se partirá por en medio, hacia el oriente y hacia el occidente, haciendo un valle muy grande; y la mitad del monte se apartará hacia el norte, y la otra mitad hacia el sur” (Zacarías 14:3–4).
Entonces se cumplirá la conversión de una nación en un solo día: la aceptación de los judíos de su Mesías.
“Y entonces mirarán los judíos sobre mí y dirán: ¿Qué son estas heridas en tus manos y en tus pies? Entonces sabrán que yo soy el Señor; porque yo les diré: Estas heridas son las heridas con que fui herido en la casa de mis amigos. Yo soy aquel que fue levantado. Yo soy Jesús que fue crucificado. Yo soy el Hijo de Dios. Y entonces llorarán a causa de sus iniquidades; entonces se lamentarán porque persiguieron a su rey” (D. y C. 45:51–53; véase también Zacarías 12:10; 13:6).
El retorno de Enoc
En una revelación dada a la Iglesia en marzo de 1831, el “Dios de Enoc” habló de la antigua Sion como habiendo sido: “separada de la tierra, y … recibida para mí: una ciudad reservada hasta que venga un día de justicia” (D. y C. 45:11–12). Sabemos, por la traducción inspirada de la Biblia realizada por el Profeta José, que Enoc, el séptimo desde Adán, fue fiel a su llamamiento y predicó el evangelio con un poder espiritual extraordinario, siendo el medio para preparar a un pueblo (durante un período de 365 años; D. y C. 107:49) para llegar a ser Sion, la Ciudad de Santidad, una comunidad santa en la cual el pueblo “era de un corazón y una mente, y moraba en rectitud; y no había pobres entre ellos” (Moisés 7:18).
El élder Joseph Young, hermano de Brigham Young, recordó haber escuchado al Profeta José Smith explicar que: “el pueblo y la ciudad, y los cimientos de la tierra sobre los que reposaba, habían participado en tal medida de los elementos inmortales, otorgados a ellos por Dios mediante las enseñanzas de Enoc, que se volvió filosóficamente imposible para ellos permanecer por más tiempo sobre la tierra.”
“Y todos los días de Sion, en los días de Enoc, fueron trescientos sesenta y cinco años. Y Enoc y todo su pueblo caminaron con Dios, y habitó él en medio de Sion; y aconteció que Sion no fue más, porque Dios la recibió en su propio seno; y de allí salió el dicho: Sion ha huido” (Moisés 7:68–69).
Aprendemos, en la parte de la traducción de las Escrituras realizada por José Smith que conocemos como el libro de Moisés, que en los últimos días la justicia sería enviada desde el cielo y que la verdad saldría de la tierra, preparando el camino para el establecimiento de una Sion de los últimos días, una Nueva Jerusalén. El glorioso relato escritural entonces habla de una gran reunión, una unión de los pueblos que son puros de corazón, una verdadera comunión de los santos:
“Y dijo el Señor a Enoc: Entonces tú y toda tu ciudad os reuniréis allí [en la Nueva Jerusalén sobre la tierra], y nosotros los recibiremos en nuestro seno, y ellos nos verán; y nos echaremos sobre sus cuellos, y ellos se echarán sobre nuestros cuellos, y nos besaremos mutuamente; y allí estará mi morada, y será Sion” (Moisés 7:63–64).
Claramente, la ciudad de Enoc volverá. La Sion de arriba se unirá con la Sion de abajo. Como parte de su traducción inspirada, el Profeta llegó a comprender algo más acerca del arco iris, la señal del convenio con Enoc (ratificado con Noé; Moisés 7:50–51; Génesis 9:11–17) de que la tierra nunca más sería destruida por agua. Reflexionemos sobre las siguientes verdades profundas pronunciadas por Jehová a Noé: “Estará el arco en las nubes; y lo miraré, para acordarme del convenio sempiterno que hice con tu padre Enoc; que cuando [en los últimos días] los hombres guarden todos mis mandamientos, Sion volverá a estar sobre la tierra, la ciudad de Enoc, la cual he llevado a mí.
Y este es mi convenio sempiterno: que cuando tu posteridad reciba la verdad y mire hacia lo alto, entonces Sion [la de arriba, la Sion de Enoc] mirará hacia abajo, y todos los cielos se estremecerán de gozo, y la tierra temblará de alegría; Y la asamblea general de la iglesia del Primogénito descenderá del cielo y poseerá la tierra, y tendrá lugar hasta que venga el fin. Y este es mi convenio sempiterno, que hice con tu padre Enoc” (TJS, Génesis 9:21–23).
La purificación del planeta Tierra
“La presencia del Señor será como fuego purificador que quema, y como fuego que hace hervir las aguas. … Y tan grande será la gloria de su presencia, que el sol esconderá su rostro avergonzado, y la luna retendrá su luz, y las estrellas serán arrojadas de sus lugares” (D. y C. 133:41–49). Será una quema selectiva, pues aquellos que se hallen en un estado u orden celestial o terrestre permanecerán en el día; todo lo demás será limpiado de la superficie de este planeta. Los que mienten, engañan y roban; los que se deleitan en la inmoralidad y pervierten los caminos de la rectitud; los que se burlan y señalan con el dedo de escarnio a los Santos del Altísimo: todos estos serán consumidos en su venida, morirán la muerte que nos es familiar, y sus espíritus habitarán en el mundo de los espíritus, donde esperarán la última resurrección al fin de los mil años. La segunda venida en gloria es “el fin del mundo”, es decir, el fin de lo mundano, la destrucción de los inicuos (José Smith—Mateo 1:4, 31).
Citando a un profeta anterior, escribió Nefi: “Pronto viene el tiempo en que Satanás no tendrá más poder sobre los corazones de los hijos de los hombres; porque pronto viene el día en que todos los soberbios y los que obran iniquidad serán como rastrojo; y el día viene en que serán quemados. Porque pronto viene el tiempo en que la plenitud de la ira de Dios será derramada sobre todos los hijos de los hombres; porque no permitirá que los inicuos destruyan a los justos.
Por tanto, preservará a los justos por su poder, aun cuando sea necesario que venga la plenitud de su ira, y los justos sean preservados hasta la destrucción de sus enemigos por fuego. Por tanto, los justos no tienen por qué temer; porque así dice el profeta: serán salvos, aun cuando sea como por fuego” (1 Nefi 22:15–17; énfasis añadido; véase también 1 Nefi 22:23; compárese con Malaquías 4:1).
Moroni explicó que “los que vendrán”—es decir, el Señor y sus ángeles destructores— “los quemarán, dice el Señor de los Ejércitos, de modo que no les quedará raíz ni rama” (José Smith—Historia 1:37).
La primera resurrección se reanudará. Los justos muertos de las edades pasadas—los que califican para la primera resurrección, específicamente aquellos que murieron fieles desde que la primera resurrección comenzó en la meridiana dispensación—vendrán con el Salvador cuando regrese en gloria (TJS, 1 Tesalonicenses 4:13–17). La victoria sobre la muerte se habrá consumado.
Además, cuando el Salvador aparezca estará vestido de rojo. El rojo es símbolo de victoria—victoria sobre el diablo, la muerte y el infierno. Es el símbolo de la salvación, de estar más allá del poder de todos los enemigos. La vestidura roja de Cristo también simboliza ambos aspectos de su ministerio a la humanidad caída: su misericordia y su justicia.
Porque en Getsemaní él pisó el lagar solo, “el lagar de la ira del Dios Todopoderoso” (D. y C. 76:107; 88:106), descendió por debajo de todas las cosas y misericordiosamente tomó sobre sí nuestras manchas, nuestra sangre, nuestros pecados (2 Nefi 9:44; Jacob 1:19; 2:2; Alma 5:22). Además, viene con vestiduras teñidas, como el Dios de justicia, aquel que ha hollado a los inicuos bajo sus pies (D. y C. 133:48–51).
Aquellos que sean de al menos un nivel de rectitud terrestre continuarán viviendo como mortales después de que el Señor regrese. Los Santos vivirán hasta “la edad del hombre”, en las palabras de Isaías, la edad de cien años (Isaías 65:20), y luego pasarán por la muerte y serán transformados instantáneamente de la mortalidad a la inmortalidad resucitada (D. y C. 63:49–51; véase también TJS, Isaías 65:20).
Hablando de esos mortales que permanezcan en la tierra cuando el Señor venga en gloria, el presidente Joseph Fielding Smith señaló que:
“Los habitantes de la tierra tendrán una especie de traslación. Serán transferidos a una condición del orden terrestre, y así tendrán poder sobre la enfermedad y tendrán poder para vivir hasta llegar a cierta edad y luego morirán.”
La tierra será transformada de una gloria telestial a una gloria terrestre, a aquella condición paradisíaca de la cual hablan las Escrituras y los profetas, aquella condición gloriosa que prevaleció en el Edén antes de la Caída (Artículos de Fe 1:10). En verdad habrá un cielo nuevo y una tierra nueva (Isaías 65:17; Apocalipsis 21:1).
Cuando “el rostro del Señor se descubra”, en ese día, “los santos que estén sobre la tierra, que estén vivos, serán vivificados y serán arrebatados para recibirlo” (D. y C. 88:95–96).
El pecado y la iniquidad serán consumidos por el resplandor de la venida del Rey de Sion, y la tierra finalmente descansará (Moisés 7:48; compárese con Romanos 8:22). El Salvador estará en medio de nosotros (3 Nefi 20:22; 21:25). Reinará sobre Sion y ministrará entre su pueblo escogido tanto en la Jerusalén Antigua como en la Nueva Jerusalén. Morará entre sus Santos, sin duda los instruirá en sus congregaciones y se asegurará de que su doctrina sea declarada de un extremo al otro de esta tierra.
Una tierra paradisíaca
Isaías declaró proféticamente que en aquel día: “Morará el lobo con el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito; el becerro y el leoncillo y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león, como el buey, comerá paja. Y el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna de la víbora. No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte” (Isaías 11:6–9; compárese con 65:25). Es decir: “En aquel día cesará de delante de mi faz la enemistad de los hombres, y la enemistad de las bestias, sí, la enemistad de toda carne” —una enemistad, una tensión natural y una intranquilidad que vinieron como consecuencia de la Caída— (D. y C. 101:26). Uno apenas puede imaginar —aunque glorioso es intentarlo— una vida sin dolor físico ni muerte prematura, una existencia sin la tristeza que acompaña al pecado y al extravío, sin la desilusión asociada con la deshonestidad y la codicia.
Los mortales habitarán la tierra junto con los inmortales durante todo el milenio. Las personas que permanezcan en el día de la venida del Señor en gloria continuarán viviendo en esta tierra en un estado edénico. Trabajarán, estudiarán, crecerán, interactuarán, amarán y socializarán como antes, pero tales cosas se llevarán a cabo en un ambiente totalmente moral.
El Profeta José Smith enseñó en Ramus, Illinois: “Cuando aparezca el Salvador, lo veremos tal como es. Veremos que es un hombre como nosotros. Y la misma sociabilidad que existe entre nosotros aquí existirá entre nosotros allá, solo que estará acompañada de gloria eterna, gloria que ahora no gozamos” (D. y C. 130:1–2; énfasis añadido).
Y, como declaró Isaías: “Y edificarán casas, y morarán en ellas; plantarán viñas, y comerán el fruto de ellas. No edificarán para que otro habite, ni plantarán para que otro coma” (Isaías 65:21–22).
Es decir, en el Milenio los individuos disfrutarán de los frutos de sus labores. En un mundo donde no habrá extorsión, ni sobornos, ni crimen organizado; donde no existirán leyes injustas, ni distinciones de clase según ingresos o posibilidades de aprendizaje, la gente ya no será presa de los perversos ni de los maliciosos. Nuestros anhelos de estabilidad, de longevidad y de permanencia quedarán en gran medida satisfechos, porque el padre de las mentiras y aquellos que han difundido su influencia no tendrán lugar en la tierra durante los mil años.
Un apóstol moderno, el élder Dallin H. Oaks, enseñó: “Sabemos que muchos Santos de los Últimos Días maravillosos y dignos actualmente carecen de las oportunidades ideales y de los requisitos esenciales para su progreso. La soltería, la falta de hijos, la muerte y el divorcio frustran ideales y postergan el cumplimiento de las bendiciones prometidas. Además, algunas mujeres que desean ser madres y amas de casa de tiempo completo se han visto literalmente obligadas a entrar en la fuerza laboral de tiempo completo. Pero estas frustraciones son solo temporales. El Señor ha prometido que en la eternidad ninguna bendición será negada a Sus hijos e hijas que guarden los mandamientos, sean fieles a sus convenios y deseen lo que es correcto.
Muchas de las privaciones más importantes de la mortalidad serán corregidas en el Milenio, que es el tiempo para cumplir todo lo que quedó incompleto en el gran plan de felicidad para todos los hijos dignos de nuestro Padre. Sabemos que eso será cierto en cuanto a las ordenanzas del templo. Yo creo que también será cierto en lo relativo a las relaciones y experiencias familiares.”
Nuestro Señor y Dios gobernará a su pueblo desde dos capitales mundiales, “Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra del Señor” (Isaías 2:3). “Y su voz saldrá de Sion” —refiriéndose a Independence, Misuri— “y hablará desde Jerusalén, y su voz será oída entre todos los pueblos; y será una voz como la voz de muchas aguas, y como la voz de un gran trueno, que derribará los montes, y los valles no serán hallados” (D. y C. 133:21–22). En aquel día, el David de los últimos días, incluso Jesucristo, el verdadero Hijo de David, unirá a Efraín y a Judá y presidirá sobre todo Israel, de un extremo al otro de la tierra. Así se cumplirá el decreto divino: “Estad sujetos a las potestades que hay, hasta que reine aquel cuyo derecho es reinar, y ponga a todos los enemigos debajo de sus pies” (D. y C. 58:22; énfasis añadido).
Los que en ese día hayan aceptado la plenitud del evangelio conocerán a su Dios y se verán constreñidos a obedecer su voluntad y guardar sus mandamientos: “Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce al Señor; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado” (Jeremías 31:34; énfasis añadido).
José Smith preguntó: “¿Cómo se ha de hacer esto? Se ha de hacer por este poder sellador, y por el otro Consolador del cual se habla”—el Segundo Consolador, el mismo Señor Jesús—”que se manifestará por revelación.”
Será un día cuando Cristo y los santos resucitados morarán en la tierra. El hermano William T. McIntire relató haber escuchado al Profeta enseñar: “Que Jesús será residente en la tierra mil [años] con los Santos no es el caso, sino que reinará sobre los Santos y descenderá e instruirá, como lo hizo con los quinientos hermanos [1 Corintios 15:6]; y aquellos de la primera resurrección también reinarán con Él sobre los Santos.”
Será un tiempo en el cual todos habrán crecido en el Señor (Helamán 3:21), habrán cultivado los dones del Espíritu y habrán recibido una plenitud del Espíritu Santo (D. y C. 109:15). El Espíritu Santo los habrá enseñado y santificado hasta que estén preparados para entrar en la presencia de Cristo e incluso del Padre. Será el día del Segundo Consolador, el día en que los Santos cuyos ojos sean simples para la gloria de Dios lo verán (D. y C. 88:67–68).
Aunque Satanás habrá sido desterrado de la tierra por el verdadero Rey de reyes, y aunque habrá sido atado por la rectitud del pueblo, toda la humanidad conservará su albedrío moral. Ejercerán el poder de elegir. Por razones que no han sido plenamente reveladas, llegará un tiempo al final de los mil años cuando “los hombres volverán a negar a su Dios” (D. y C. 29:22), cuando el diablo será desatado por “un poco de tiempo” (Apocalipsis 20:7–8; D. y C. 29:22; 43:31; 88:111). Es decir, habrá quienes, a pesar de la luz y la verdad que los rodeen, elegirán rebelarse abiertamente contra nuestro Padre, Su Hijo Amado y el gran plan de felicidad. Satanás será nuevamente “desatado por un poco de tiempo, para que pueda reunir a sus ejércitos” (D. y C. 88:111; véase también 43:31).
La conquista final de Satanás sobre las almas de los hombres, al final del Milenio, se limitará únicamente a los mortales. Los seres inmortales y exaltados —aquellos que hayan sido transformados en un abrir y cerrar de ojos, o los personajes resucitados que ministren en la tierra de vez en cuando— no pueden caer, no pueden apostatar. Su salvación es segura. El “fin de la tierra” (D. y C. 88:101; José Smith—Mateo 1:55) es la purificación y celestialización final del planeta. Habiendo sido bautizada por agua en los días de Noé y confirmada, o bautizada por fuego, en la época de la Segunda Venida, la tierra pasará por el equivalente de una muerte y una resurrección. Se convertirá en un orbe glorificado, celestial, por cuanto habrá cumplido la medida de su creación (D. y C. 88:25). Entonces la tierra será una morada digna para los verdaderos y fieles: “Para que los cuerpos que son del reino celestial la posean para siempre jamás; porque para este fin fue hecha y creada, y para este fin son santificados” (D. y C. 88:20).
Conclusión
El profeta José Smith y sus seguidores se regocijaban en la verdad suprema de que llegaría un tiempo en que todos verían ojo a ojo, cuando la sospecha y la persecución ya no existirían, cuando “todo lo prometido a los Santos les será dado, / Y nadie los molestará desde la mañana hasta la noche.”
En resumen, hallaban consuelo y paz en la seguridad de que un día las cosas cambiarían. La bondad, la honestidad y la integridad serían el orden del día; la moralidad y la decencia caracterizarían a hombres y mujeres en todo el mundo.
Aunque hubo y habrá muchos lugares difíciles por los que los Santos tendrían que pasar; aunque abundarían pruebas y dificultades por todos lados; aunque la enfermedad, la muerte y la desesperación serían desenfrenadas antes de la venida del Señor, un día el Rey de reyes y Señor de señores tomará el control de todas las cosas, y un nuevo día amanecerá: “Porque yo, el Todopoderoso, he puesto mis manos sobre las naciones, para azotarlas por su iniquidad. Y plagas irán sobre la tierra, y no serán quitadas de ella hasta que haya cumplido mi obra, la cual será abreviada en rectitud; hasta que todos los que permanezcan, desde el menor hasta el mayor, me conozcan, y sean llenos del conocimiento del Señor, y vean ojo a ojo” (D. y C. 84:96–98).
El mensaje principal del libro de Apocalipsis es un mensaje para nosotros, al igual que lo fue para las siete iglesias de Asia: ¡Resistan! Sed firmes e inamovibles. Perseverad fieles hasta el fin. El tiempo de la liberación llegará.
























