Precepto tras Precepto

Capítulo 5

La Obra del Espíritu Santo


Harmony, Pensilvania, abril de 1829. Aun antes de la organización formal de la Iglesia restaurada en abril de 1830, el Señor había dado revelaciones al Profeta José Smith en cuanto a asuntos tales como la traducción del Libro de Mormón y la “maravillosa obra” que estaba a punto de salir a luz (DyC 3; 5; 17). Oliver Cowdery había llegado a Harmony, Pensilvania, el 5 de abril de 1829 para conocer al Profeta, y para el 7 de abril ya estaba trabajando como escriba para José, el traductor. Durante abril y hasta octubre, se recibieron varias instrucciones divinas que tenían que ver con la recepción de la revelación misma: cómo debía recibirse, a través de quién debían venir las revelaciones para la Iglesia, y cómo la revelación personal debía obtenerse y comprenderse (DyC 6; 8–9; 11; 28; 43). Además, en los meses y años que siguieron, José y los Santos llegaron a conocer el papel vital del Espíritu como el Santificador, el agente del nuevo nacimiento, el medio por el cual los pecados son remitidos y las almas humanas son purificadas, y mediante el cual vienen los dones y los frutos del Espíritu.

El apóstol Pablo enseñó con poder que las cosas de Dios solo pueden recibirse y valorarse por medio del poder del Espíritu de Dios, lo que conocemos como el don del Espíritu Santo. En verdad, la única manera de obtener lo que Pablo llamó “la mente de Cristo” es a través de este Espíritu (1 Corintios 2:11–14, 16).

La traducción de José Smith del Libro de Mormón, junto con su recepción de muchas revelaciones, deja absolutamente claro que otra de las obras del Espíritu Santo es la de limpiar y purificar el alma humana. Dado que el Espíritu Santo es tanto un revelador como un santificador, en este capítulo nos ocuparemos de lo que el Profeta José Smith aprendió y luego enseñó a los Santos de los Últimos Días acerca de estas dos funciones vitales.

El Espíritu de la Revelación

“La salvación no puede venir sin revelación,” enseñó el hermano José. “Es vano que cualquiera ministre sin ella.” Por lo tanto, no debería sorprender a los Santos de los Últimos Días saber que cuando llegó plenamente el tiempo de la prometida restauración de todas las cosas, cuando amaneció el glorioso día de la restauración, fue necesario que Dios diera a conocer, por medio de Su profeta escogido, una multitud de verdades pertinentes. Y no la menor de estas fue la naturaleza y el alcance de la revelación misma: de dónde proviene, la manera en que debe recibirse y cómo debe entenderse. Así, numerosos pasajes en Doctrina y Convenios describen—algunos casi como un comentario incidental—lo que debemos hacer para calificarnos para los dones y la guía del tercer miembro de la Trinidad. Quedó en manos de José Smith anunciar a un mundo incrédulo, como escribió Joseph Fielding McConkie, “que ese mismo Dios que habló con tanta libertad en tiempos pasados no solo podía hablar, sino que había vuelto a hablar, y que la promesa de Santiago de que cualquiera que buscara la sabiduría de lo alto con fe aún tenía derecho a recibirla.”

Revelación para la Iglesia

La Iglesia restaurada tenía menos de seis meses de existencia cuando surgieron dificultades relacionadas con la revelación. “El hermano Hiram Page tenía en su posesión cierta piedra”, registró el Profeta José, “por la cual había obtenido dos revelaciones, concernientes a la edificación de Sion, el orden de la Iglesia, etc., todas las cuales estaban enteramente en desacuerdo con el orden de la casa de Dios, tal como se establece en el Nuevo Testamento, así como en nuestras revelaciones recientes.”

Al describir este incidente, Newel Knight observó que “incluso Oliver Cowdery y la familia Whitmer habían prestado atención a ellas. … José estaba perplejo y apenas sabía cómo afrontar esta nueva dificultad. Esa noche ocupé la misma habitación que él —continuó el hermano Knight— y la mayor parte de la noche se pasó en oración y súplica. Después de mucho esfuerzo con estos hermanos, se convencieron de su error y lo confesaron, renunciando a las revelaciones [de Page] por no ser de Dios.” Fue a causa de las pretensiones de Hiram Page de recibir revelación para la Iglesia que el Señor habló por medio de José Smith a Oliver Cowdery, dando lo que hoy conocemos como la sección 28 de Doctrina y Convenios:

“He aquí, te digo, Oliver, que se te dará que seas escuchado por la iglesia en todas las cosas que les enseñes por medio del Consolador, en cuanto a las revelaciones y mandamientos que yo he dado.”

“Mas he aquí, en verdad, en verdad te digo, que nadie será designado para recibir mandamientos y revelaciones en esta iglesia, excepto mi siervo José Smith, hijo, porque él los recibe así como Moisés” (DyC 28:1–2).

Unos cinco meses después, otro episodio provocó una directiva similar de parte del Señor. Una cierta señora Hubble, presumiblemente una reciente conversa a la Iglesia, “profesaba ser profetisa del Señor y decía tener muchas revelaciones, y sabía que el Libro de Mormón era verdadero, y que llegaría a ser maestra en la Iglesia de Cristo. Ella aparentaba ser muy santurrona y engañó a algunos que no pudieron discernir su hipocresía; otros, sin embargo, tenían el espíritu de discernimiento, y sus necedades y abominaciones fueron puestas de manifiesto.”

Una vez más, en respuesta a este incidente, el Señor habló de José Smith como “aquel a quien he designado para que reciba mandamientos y revelaciones de mi mano. Y esto lo sabréis de cierto: que no hay otro designado para que reciba mandamientos y revelaciones hasta que él sea quitado, si permanece en mí.” Y luego, al resumir el curso que los Santos debían seguir en aquel día y por siempre, el Maestro dijo: “Y esta será una ley para vosotros: que no recibáis las enseñanzas de ninguno que venga ante vosotros como revelaciones o mandamientos; y esto os doy para que no seáis engañados, para que sepáis que no son de mí” (DyC 43:2–3, 5–6).

José enseñó un principio vital. Si se entendiera correctamente, gran parte de la confusión que a menudo surge cuando aparece alguna nueva enseñanza, interpretación o supuesta revelación no existiría. Él dijo: “Os informaré que es contrario a la economía de Dios que algún miembro de la Iglesia, o cualquier persona, reciba instrucciones para aquellos que están en autoridad, más altos que ellos mismos.” Explicó que “si alguna persona tiene una visión o una visitación de un mensajero celestial, debe ser para su propio beneficio o instrucción; porque los principios fundamentales, el gobierno y la doctrina de la Iglesia están investidos en las llaves del reino.”

En otra ocasión señaló que es el “privilegio de cualquier oficial en esta Iglesia obtener revelaciones, en la medida en que se relacionen con su llamamiento y deber particular en la Iglesia.”

El principio es claro y la doctrina cierta: solo el Presidente de la Iglesia—el profeta, vidente y revelador de la Iglesia—tiene el derecho de recibir dirección divina para toda la Iglesia, pues él es la persona a quien el Señor inspirará “para mover la causa de Sion con poderoso poder para bien” (DyC 21:7). “Él solo”, explicó el presidente J. Reuben Clark, “tiene el derecho de recibir revelaciones para la Iglesia, ya sean nuevas o enmendatorias, o de dar interpretaciones autorizadas de las Escrituras que sean vinculantes para la Iglesia, o de cambiar en cualquier manera las doctrinas existentes de la Iglesia. Él es el único portavoz de Dios en la tierra para La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, la única iglesia verdadera. Solo él puede declarar la mente y la voluntad de Dios a Su pueblo.”

Este principio y práctica aseguran ortodoxia, constancia y consistencia en la Iglesia y el reino de Dios, una institución guiada y dirigida por Aquel cuya “casa es una casa de orden” (DyC 132:8).

Revelación para el Individuo

“Ningún hombre puede recibir el Espíritu Santo,” explicó el hermano José, “sin recibir revelaciones,” porque “el Espíritu Santo es un revelador.” Sobre la base del fundamento establecido por su tío profeta, José F. Smith enseñó que “cada individuo en la Iglesia tiene tanto derecho a gozar del espíritu de revelación y de la comprensión de Dios que ese espíritu le otorga, para su propio bien, como lo tiene el obispo para capacitarlo a presidir sobre su barrio.” En consecuencia, no debería sorprendernos encontrar en las primeras revelaciones varias instrucciones que detallan cómo y de qué manera Dios puede elegir hablar a Sus hijos.

Un importante entendimiento relacionado con el espíritu de revelación le fue dado a Oliver Cowdery en abril de 1829. Él deseaba traducir y así hacer algo más que actuar como escriba del Profeta en la obra con las planchas de oro. Se le dijo: “Oliver Cowdery, en verdad, en verdad te digo, que tan ciertamente como vive el Señor, que es tu Dios y tu Redentor, así recibirás conocimiento de todas las cosas que pidas con fe, con corazón sincero. … Sí, he aquí, te diré en tu mente y en tu corazón, por medio del Espíritu Santo, que vendrá sobre ti y que morará en tu corazón. Ahora bien, he aquí, este es el espíritu de revelación; he aquí, este es el espíritu por el cual Moisés condujo a los hijos de Israel a través del mar Rojo sobre tierra seca” (DyC 8:1–3; énfasis agregado). Esto es información significativa. Moisés fue la cabeza de una dispensación. De él, Jehová dijo a Aarón y a Miriam: “Si hay entre vosotros profeta de Jehová, le apareceré en visión, en sueños hablaré con él. No así a mi siervo Moisés, que es fiel en toda mi casa. Cara a cara hablaré con él” (Números 12:6–8; compárese con Éxodo 33:11). Sin embargo, la revelación a Oliver Cowdery indica que Moisés—como todos los profetas y, de hecho, potencialmente todos los hombres y mujeres—caminaba y era guiado con mayor frecuencia y certeza por la luz bondadosa y los susurros del Espíritu Santo. Fue mediante esos pensamientos (en su mente) y sentimientos (en su corazón) que Moisés supo que debía abrir el mar Rojo y permitir que los hijos de Israel cruzaran en tierra seca.

Al comentar estos versículos en Doctrina y Convenios, José McConkie escribió: “Observamos que ni [Oliver] ni José debían experimentar ninguna suspensión de sus facultades naturales en el proceso de obtener revelación. Muy al contrario, sus corazones y sus mentes debían ser precisamente los medios a través de los cuales llegara la revelación. Los profetas no son cascarones vacíos por los cuales resuena la voz del Señor, ni son dispositivos mecánicos de grabación; los profetas son hombres de pasión, sentimiento e intelecto. Uno no suspende su albedrío, mente o espíritu en el servicio de Dios. Es… con el corazón, el poder, la mente y las fuerzas que se nos ha pedido servir, y en nada es esto más evidente que en el recibir revelación. No hay adoración ni servicio sin entendimiento en el reino de los cielos.”

En cierto sentido, la mente y el corazón sirven como una especie de contrapeso, un sistema de testigos, un medio por el cual uno no puede ser engañado ni inducido a confiar su salvación eterna únicamente a los procesos racionales o únicamente a los sentimientos y emociones.

En cuanto a la manera en que obra el Espíritu de Dios y a cómo las cosas vienen a la mente, casi siempre una revelación de Dios será racional, tendrá sentido, estará en armonía con las normas e ideales comúnmente aceptados establecidos por Dios y Sus profetas, así como con las leyes de la tierra. “En la Iglesia,” señaló el presidente Boyd K. Packer, “no estamos exentos del sentido común. Desde el principio puedes saber que no serás inspirado por ninguna fuente justa a robar, a mentir, a hacer trampa, ni a unirte con nadie en cualquier tipo de transgresión moral.”

Sí, Dios mandó a Abraham sacrificar a Isaac y a Nefi matar a Labán, pero estos fueron casos raros, y tanto Abraham como Nefi eran profetas y videntes; ellos conocían la voz del Señor de manera implícita y podían conversar con el Espíritu, que se había convertido en un compañero constante. Nos conviene ceñirnos a la regla y dejar la excepción a Dios y a Sus profetas. El Señor no revelará a un miembro individual de la Iglesia nada que esté en desacuerdo con la ley, el orden y el buen juicio, ni en conflicto con el orden de la Iglesia.

En cuanto a cómo puede venir la revelación a través de la mente, el Profeta declaró: “Una persona puede beneficiarse al notar la primera insinuación del espíritu de revelación; por ejemplo, cuando sientes inteligencia pura fluyendo en ti, puede darte repentinos destellos de ideas, de modo que al notarlo, puedes verlas cumplirse ese mismo día o pronto; es decir, aquellas cosas que fueron presentadas a tu mente por el Espíritu de Dios se cumplirán; y así, al aprender a reconocer y comprender al Espíritu de Dios, puedes crecer en el principio de la revelación, hasta llegar a ser perfecto en Cristo Jesús.”

En cuanto a los sentimientos, el presidente Ezra Taft Benson enseñó: “Escuchamos las palabras del Señor más a menudo como un sentimiento. Si somos humildes y sensibles, el Señor nos inspirará a través de nuestros sentimientos. Por eso los impulsos espirituales en ocasiones nos conmueven hasta un gran gozo, a veces hasta las lágrimas. … El Espíritu Santo hace que nuestros sentimientos sean más tiernos. Nos sentimos más caritativos y compasivos. Estamos más calmados. Tenemos una mayor capacidad de amar. Las personas quieren estar cerca de nosotros porque nuestro mismo semblante irradia la influencia del Espíritu.”

Uno de los aspectos preciosos, pero a menudo pasados por alto, de la revelación a través de nuestros sentimientos es la paz. En cierto sentido, estar en paz es haber recibido una revelación significativa: tener la conciencia interior de que Dios está complacido con la vida de uno y que el curso trazado por el individuo está en armonía con la voluntad divina (DyC 59:23). En otro sentido, la paz es un medio mediante el cual el Señor responde a las peticiones y contesta las oraciones.

“Bendito eres tú,” dijo el Salvador a Oliver Cowdery, “por lo que has hecho; porque has inquirido de mí [respecto a la veracidad de la Restauración], y he aquí, cuantas veces has inquirido has recibido instrucción de mi Espíritu. … He aquí, sabes que has inquirido de mí y yo iluminé tu mente; y ahora te digo estas cosas para que sepas que has sido iluminado por el Espíritu de verdad.”

El Señor continuó con sus instrucciones y una invitación: “De cierto, de cierto te digo, que si deseas un testimonio adicional, recuerda la noche en que clamaste a mí en tu corazón, para que supieras acerca de la veracidad de estas cosas” (DyC 6:14–15, 22). Esa es una referencia a la ocasión en que, mientras residía en la casa de José Smith padre, Oliver había inquirido del Señor acerca de la veracidad de las afirmaciones de la familia en cuanto a José hijo y la aparición del Libro de Mormón. Esta información se halla en la primera historia (1832) preparada por el Profeta José. El relato habla de que el Profeta recibió nuevamente las planchas después de haber sido reprendido por Dios por haber permitido que se perdieran las 116 páginas del manuscrito. “Después de mucha humildad y aflicción de alma, las obtuve de nuevo, cuando el Señor se apareció a un joven llamado Oliver Cowdery y le mostró en visión las planchas y también la verdad de la obra y lo que el Señor estaba por hacer por medio de mí, su indigno siervo.” “¿No hablé paz a tu mente respecto al asunto?” preguntó el Señor a Oliver. “¿Qué mayor testimonio puedes tener que el de Dios?” (DyC 6:23).

Una de las claves de la revelación individual es la revelación institucional. Es decir, las Sagradas Escrituras pueden llegar a ser tanto el medio por el cual Dios nos habla como también el mensaje para nosotros. Muchas respuestas a los desafíos personales y familiares se encuentran en los principios inspirados enseñados y en las conmovedoras historias relatadas dentro de las obras canónicas. Además, la Escritura es, en cierto sentido, un sacramento: una vía sagrada, un canal por el cual somos acercados a Dios. El élder Robert D. Hales enseñó: “Cuando queremos hablar con Dios, oramos. Y cuando queremos que Él nos hable a nosotros, buscamos en las Escrituras, porque Sus palabras son pronunciadas por medio de Sus profetas.”

José Smith aprendió línea sobre línea, y enseñó a los Santos que las respuestas divinas al buscador de la verdad que ora con humildad son muchas y variadas, al igual que las formas en que esas respuestas pueden llegar: una aparición personal del Señor (DyC 110:1–10); apariciones personales de otros mensajeros celestiales (DyC 110:11–15; 128:20); una visión (DyC 76; 137; 138); la voz de Dios (DyC 128:21); el Urim y Tumim (DyC 3; 6; 11; 14); la voz apacible y delicada (DyC 85:6); y el Espíritu Santo hablando a nuestra mente y a nuestro corazón (DyC 8:2–3; 9:7–9; 128:1).

Sería un error que los Santos de los Últimos Días supusieran que las respuestas y confirmaciones vienen solo de una manera—como, por ejemplo, un ardor en el pecho. El Señor desea comunicarse con Sus hijos y elegirá el medio que más claramente y persuasivamente transmita Sus santas palabras y Su perfecta voluntad a quienes lo buscan con diligencia (DyC 1:24; compárese con 2 Nefi 4:15). “Si pides,” declara la promesa, “recibirás revelación sobre revelación, conocimiento sobre conocimiento, a fin de que conozcas los misterios y las cosas pacíficas—lo que produce gozo, lo que produce vida eterna” (DyC 42:61).

“Creemos todo lo que Dios ha revelado, todo lo que actualmente revela, y creemos que aún revelará muchas cosas grandes e importantes relativas al Reino de Dios” (Artículos de Fe 1:9). Esta declaración de fe es tan verdadera para los individuos como lo es para la Iglesia institucional.

José Smith, el Profeta, corrió el velo, giró la llave y abrió la puerta para aquellos que con sinceridad y empeño desean conocer la mente y la voluntad del Señor su Dios y oír Su voz. Hay grandes e importantes cosas que serán dadas a conocer a aquellos Santos de los Últimos Días que buscan, meditan y oran. El Señor “no hace acepción de personas” (Hechos 10:34; Romanos 2:11; Colosenses 3:25). Él no bendice solo a los que ocupan oficios, ni confiere conocimiento de lo alto únicamente a los llamados a dirigir el destino de Su Iglesia y reino. El mismo Profeta observó: “Dios no ha revelado cosa alguna a José que no la dé a conocer también a los Doce, y aun el más pequeño de los Santos puede conocer todas las cosas tan pronto como sea capaz de sobrellevarlas.”

Algún tiempo después de su muerte, José Smith se apareció a Brigham Young y le dio instrucciones claras y específicas acerca de por qué los miembros de la Iglesia deben esforzarse por adquirir y conservar el Espíritu del Señor: “Di al pueblo que sea humilde y fiel, y asegúrate de que mantenga el Espíritu del Señor, y éste los guiará correctamente. … Ellos pueden distinguir el Espíritu del Señor de todos los demás espíritus; les susurrará paz y gozo a sus almas; quitará la malicia, el odio, la contienda y todo mal de sus corazones; y todo su deseo será hacer el bien, producir rectitud y edificar el reino de Dios. … Asegúrate de decir al pueblo que conserve el Espíritu del Señor; y si lo hacen, se hallarán a sí mismos tal como fueron organizados por nuestro Padre en los cielos antes de venir al mundo.”

José repitió: “Di al pueblo que se asegure de mantener el Espíritu del Señor y seguirlo, y éste los conducirá correctamente.” Dios habló a José Smith y a través de él. Se puede comenzar a captar, al menos en parte, cuán familiar llegó a ser el Profeta con las cosas de Dios al reflexionar seriamente en esta declaración suya: “Es mi meditación durante todo el día, y más que mi alimento y bebida, saber cómo haré que los Santos de Dios comprendan las visiones que se suceden como una ola desbordante ante mi mente.”

Al aprender el espíritu de revelación, los Santos aprendieron también que aquellos que rechazan o niegan nuevas visiones, nueva revelación, incluso nueva escritura, en realidad no conocen al Dios al que afirman adorar. Moroni enseñó:

“Y además hablo a vosotros que negáis las revelaciones de Dios, y decís que se han acabado, que ya no hay revelaciones, ni profecías, ni dones; … He aquí, os digo que el que niegue estas cosas no conoce el evangelio de Cristo; sí, no ha leído las Escrituras; y si las ha leído, no las entiende” (Mormón 9:7–8).

El presidente Henry B. Eyring hizo esta observación: “Más que de cualquier otro profeta, tenemos de José Smith un registro claro y extenso de cómo podemos comunicarnos con Dios. Gracias al ejemplo y enseñanza de José, yo puedo oír lo que Dios quiere que oiga de un profeta viviente, de un obispo de mi barrio, de un maestro orientador, de un niño que hace una pregunta en mi hogar, o de una impresión a mi corazón y mente mientras oro.

Tu problema y el mío no es lograr que Dios nos hable; pocos de nosotros hemos llegado al punto en que Él se haya visto obligado a apartarse de nosotros. Nuestro problema es escuchar. El Profeta José es nuestro gran ejemplo en ese arte.”

El ruego de muchos en nuestros días, dijo José Smith, “es que no tenemos derecho a recibir revelaciones; pero si no recibimos revelaciones,” afirmó, “no tenemos los oráculos de Dios; y si no tienen los oráculos de Dios, no son el pueblo de Dios.” En ese sentido, recibir revelación no es meramente lo que los Santos de Dios pueden hacer; es lo que deben hacer. Es nuestro deber y obligación, nuestro derecho de nacimiento espiritual.

Nuevo Nacimiento

Vino de noche a Jesús un hombre llamado Nicodemo, un “principal entre los judíos”, presumiblemente un miembro del Sanedrín, un hombre que era un “maestro en Israel”, es decir, un maestro reconocido o un erudito entre los judíos. Él y otros habían quedado impresionados con los milagros de Jesús. Dijo: “Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él.” Entonces Jesús hizo dos cosas. Primero, señaló a Nicodemo que se requería más de él que un mero reconocimiento verbal de Jesús como hacedor de milagros. Segundo, anticipó la pregunta no formulada que debía de rondar en la mente de Nicodemo, a saber: “¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?” Jesús respondió: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:1–3; énfasis agregado).

Esto no era una idea nueva, ni un concepto novedoso revelado por primera vez, pues la doctrina del nuevo nacimiento era tan antigua como el mundo. Dios había enseñado esta verdad a Adán y Eva (Moisés 6:58–59), así como a Jeremías (Jeremías 31:33) y a Ezequiel (Ezequiel 36:25–26), y sin duda a todos los profetas. Ya fuera que Nicodemo no entendiera lo que Jesús enseñaba, o que buscara prolongar una conversación interesante, preguntó: “¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?” (Juan 3:4). Jesús respondió a las preguntas de Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5; énfasis agregado).

En los primeros días de la Restauración, el mundo cristiano estaba dividido en cuanto a este asunto del nuevo nacimiento, muy parecido a cómo se encuentra dividido hoy. Un gran segmento del cristianismo creía entonces, y aún cree ahora, que nacer de nuevo consiste en tener una experiencia espiritual personal con Jesús, en convertirse, en ser salvo, en aceptarlo como Señor y Salvador. Otro segmento aún mayor del cristianismo sostiene que nacer de nuevo consiste en recibir los sacramentos (ordenanzas) prescritos por la iglesia.

¿Y qué creen los Santos de los Últimos Días? ¿Es suficiente recibir la revelación, la convicción espiritual de que Dios vive, que Jesús es el Cristo y que el evangelio de Jesucristo ha sido restaurado en la tierra en su plenitud por medio de un profeta moderno? ¿O basta con recibir las ordenanzas debidas?

El Profeta José Smith declaró de manera sencilla pero poderosa que: “Nacer de nuevo viene por el Espíritu de Dios mediante las ordenanzas.” José explicó en otra ocasión que una cosa es ver el reino de Dios y otra distinta es entrar en ese reino. Una persona debe tener un “cambio de corazón” para ver el reino; es decir, debe ser despertada espiritualmente para reconocer que La Iglesia de Jesucristo es la depositaria de la plenitud del evangelio y de la autoridad del sacerdocio necesaria para efectuar las ordenanzas establecidas; y debe reconocer que la plenitud de la salvación se obtiene mediante la aceptación y participación en esos principios y ordenanzas.

Además, enseñó el Profeta, una persona debe “suscribir los artículos de adopción”—los primeros principios y ordenanzas del evangelio, que son los medios por los cuales los individuos son adoptados en la familia del Señor Jesucristo—para poder entrar en el reino.

Un hombre escuchó a José Smith disertar sobre la doctrina del nuevo nacimiento tal como se presenta en el capítulo 3 de Juan. José señaló que el nacimiento mencionado en Juan 3:3 “no era el don del Espíritu Santo, el cual se prometía después del bautismo, sino una porción del espíritu que acompañaba la predicación del evangelio por los élderes de la Iglesia. La gente [que investigaba la Iglesia] se preguntaba por qué no había comprendido antes las claras declaraciones de las Escrituras, tal como los élderes las explicaban, ya que las habían leído cientos de veces. Cuando ahora leían la Biblia, era un libro nuevo para ellos. Eso era nacer de nuevo para ver el Reino de Dios. No estaban dentro de él, pero podían verlo desde afuera, lo cual no podían hacer hasta que el Espíritu del Señor quitó el velo de sus ojos. Era un cambio de corazón, pero no de estado; estaban convertidos, pero aún en sus pecados. Aunque Cornelio [en Hechos 10] había visto a un santo ángel, y al predicar Pedro el Espíritu Santo fue derramado sobre él y sobre su casa, solo habían nacido de nuevo para ver el Reino de Dios. Si no hubieran sido bautizados después, no se habrían salvado.”

Los Santos de los Últimos Días, así como otros cristianos, hablan en ocasiones de “tener nuestros pecados lavados” en las aguas del bautismo. Sin embargo, esta es una expresión figurada para describir el proceso más amplio y completo mediante el cual los pecados de una persona son remitidos por el Salvador y ésta es colocada en la debida condición delante de Dios (siendo justificada).

Nefi, hijo de Lehi, ofreció la perspectiva más precisa. Habiendo visto y hablado del bautismo de Jesús a manos de Juan el Bautista y habiendo enseñado acerca del camino angosto hacia la salvación prescrito por Cristo, Nefi aconsejó a su pueblo y a nosotros: “Por tanto, haced las cosas que os he dicho que he visto que vuestro Señor y vuestro Redentor haría; porque por esta causa me han sido mostradas, para que sepáis la puerta por la cual debéis entrar. Porque la puerta por la cual debéis entrar es el arrepentimiento y el bautismo por agua; y luego viene la remisión de vuestros pecados por fuego y por el Espíritu Santo” (2 Nefi 31:17; énfasis agregado).

En armonía con ese consejo y esa aclaración, el vidente de los últimos días explicó: “Lo mismo da bautizar a un saco de arena que a un hombre, si no se hace con miras a la remisión de los pecados y a recibir el Espíritu Santo.”

El bautismo por agua no es más que la mitad de un bautismo, y no vale de nada sin la otra mitad—es decir, el bautismo del Espíritu Santo.

En verdad, elegir a Cristo es elegir ser cambiado. El presidente Thomas S. Monson explicó: “Aquellos que han sentido el toque de la mano del Maestro, de alguna manera no pueden explicar el cambio que llega a sus vidas. Surge el deseo de vivir mejor, de servir fielmente, de andar humildemente y de vivir más como el Salvador.” Estos han “vislumbrado las promesas de la eternidad.”

Dones del Espíritu

Como mencionamos anteriormente, Sidney Rigdon y Alexander Campbell finalmente se separaron a causa de sus diferencias doctrinales. Sidney sentía, por ejemplo, que la Iglesia del Señor debía vivir de acuerdo con el modelo establecido en el libro de Hechos—el pueblo debía tener todas las cosas en común (véase 2:44). Otro punto de diferencia fue sobre los dones espirituales: Sidney insistía en que incluso Jesús mismo había prometido que las señales seguirían a los que creyeran. Campbell, más inclinado a establecer la racionalidad de la fe cristiana, no estaba dispuesto a insistir en los dones espirituales.

Un popular predicador metodista itinerante llamado Peter Cartwright relató una conversación que tuvo con José Smith en Nauvoo: “Él [José] creía que, entre todas las iglesias del mundo, la metodista era la que estaba más cerca de la verdad. Pero ellos se habían quedado cortos al no reclamar el don de lenguas, de profecía y de milagros, y entonces citó una serie de Escrituras para probar que su posición era correcta. … ‘En verdad,’ dijo José, ‘si los metodistas avanzaran uno o dos pasos más, conquistarían el mundo. Nosotros, los Santos de los Últimos Días, somos metodistas en cuanto ellos han llegado, solo que hemos avanzado más allá.’”

Cuando el élder Parley P. Pratt publicó uno de los primeros tratados extensos sobre el mormonismo, A Voice of Warning (1837), abordó primero la apostasía de la Iglesia cristiana primitiva y, por ende, la manera en que Dios comenzaría a restaurar la plenitud del evangelio. Señaló que los oficios de la Iglesia meridiana “consistían en apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros, todos inspirados y puestos en la Iglesia por el Señor mismo para la edificación de los santos, para la obra del ministerio, etc. Y debían continuar en la Iglesia, dondequiera que se encontrara, hasta que todos llegaran a la unidad de la fe y a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” [véase Efesios 4:11–14].

“En segundo lugar,” explicó el élder Pratt, “los dones del Espíritu, que algunos llaman sobrenaturales, eran los poderes y bendiciones que pertenecían a ese convenio dondequiera que existiera, entre judíos o gentiles, mientras el convenio estuviera en vigor. … Y debió de ser por la ruptura de ese convenio que se perdieron.”

En noviembre de 1839, cuando José Smith y Elías Higbee fueron preguntados por el presidente Martin Van Buren en qué difería el mormonismo de otras denominaciones cristianas, el Profeta respondió que los Santos diferían en el modo de bautismo y en el don del Espíritu Santo mediante la imposición de manos. Todas las demás consideraciones, declaró José, están “contenidas en el don del Espíritu Santo.”

En un editorial publicado en el Times and Seasons, José explicó por qué este era el caso: “No es de sorprender que los hombres sean, en gran medida, ignorantes de los principios de la salvación, y más especialmente de la naturaleza, oficio, poder, influencia, dones y bendiciones del don del Espíritu Santo, cuando consideramos que la familia humana ha estado envuelta en densas tinieblas e ignorancia durante muchos siglos, sin revelación ni criterio justo [por el cual] llegar al conocimiento de las cosas de Dios, las cuales solo pueden ser conocidas por el Espíritu de Dios. …”

“Creemos en el don del Espíritu Santo disfrutado ahora, tanto como en los días de los apóstoles; creemos que [este don] es necesario para establecer y organizar el sacerdocio; que ningún hombre puede ser llamado a ocupar algún oficio en el ministerio sin él; creemos también en la profecía, en lenguas, en visiones y en revelaciones, en dones y en sanidades; y que estas cosas no pueden disfrutarse sin el don del Espíritu Santo; creemos que los santos hombres de antaño hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo, y que los santos hombres en estos días hablan por el mismo principio; … pero mientras hacemos esto, creemos en ello de manera racional, razonable, coherente y escritural, y no de acuerdo con las extravagancias salvajes, las nociones insensatas y las tradiciones de los hombres.”

El Profeta luego advirtió que “decir que los hombres siempre profetizaron y hablaron en lenguas cuando se les impuso las manos [para recibir el don del Espíritu Santo], sería afirmar algo que no es verdad, contrario a la práctica de los Apóstoles y en desacuerdo con las Escrituras.”

Cuando el apóstol Pablo se dirigió a los corintios, señaló que no todos los dones del Espíritu tienen el mismo valor espiritual, y que algunos dones, aunque “menos decorosos” o atractivos o envidiables, son de hecho de los más valiosos. Animó a los santos de la Iglesia meridiana, por ejemplo, a procurar con empeño obtener el don de profecía, es decir, el don de hablar la palabra de Dios por el don y poder del Espíritu Santo. También elogió a quienes habían disfrutado del don de lenguas, pero les advirtió que tal don tenía una utilidad limitada y probablemente haría más por confundir e incluso alejar a los no creyentes que por atraerlos (1 Corintios 14).

El Profeta José adoptó un curso similar. Señaló que “solo hay dos dones que pueden hacerse visibles: el don de lenguas y el don de profecía. Estas son las cosas de las que más se habla, y sin embargo, si una persona hablara en una lengua desconocida, según el testimonio de Pablo, sería un bárbaro para los presentes. Dirían que era un balbuceo.”

También dio un consejo sólido y sensato a su pueblo en cuanto a la necesidad de evitar el dramatismo y el sensacionalismo, tan comunes en nuestro mundo sediento del Espíritu: “El Señor no siempre se da a conocer por el trueno de su voz; por la manifestación de su gloria, o por la demostración de su poder; y aquellos que están más ansiosos por ver estas cosas, son los menos preparados para recibirlas.”

En cuanto a los dones espirituales en la Iglesia, el Profeta señaló que: “Cada Santo de los Últimos Días tenía un don, y viviendo una vida recta y pidiéndolo, el Espíritu Santo se lo revelaría a él o a ella.”

Pablo enseñó con poder que el “camino más excelente” era el don de la caridad, lo que Mormón llamó el “amor puro de Cristo” (Mormón 7:47). En su resumen del registro de los jareditas, Moroni ofreció una magnífica percepción, una que comparte con Pablo, que la caridad es, ante todo, el amor que Cristo nos ofrece a través de sus sufrimientos, muerte y resurrección. Fíjate en sus palabras mientras habla con el Señor: “Y otra vez, recuerdo que has dicho que amaste al mundo, incluso hasta el punto de dar tu vida por el mundo, para que pudieras tomarla de nuevo y preparar un lugar para los hijos de los hombres. Y ahora sé que este amor que has tenido por los hijos de los hombres es caridad; por tanto, a menos que los hombres tengan caridad, no pueden heredar ese lugar que has preparado en las mansiones de tu Padre” (Éter 12:33–34; énfasis agregado).

Este fue el tipo, calidad y profundidad del amor al que José Smith llamó y convocó a los Santos de los Últimos Días. “El amor es una de las características principales de la Deidad,” explicó, “y debe ser manifestado por aquellos que aspiran a ser los hijos de Dios. Un hombre lleno del amor de Dios no se contenta con bendecir solo a su familia, sino que recorre todo el mundo, ansioso por bendecir a toda la raza humana.”

También enseñó: “Es una evidencia de que los hombres están poco familiarizados con los principios de la piedad el ver la contracción de los sentimientos afectivos y la falta de caridad en el mundo. … Dios no mira el pecado con condescendencia, pero cuando los hombres pecan, debe hacerse concesión por ellos.”

“Todo el mundo religioso se jacta de la justicia,” declaró José; “es doctrina del diablo retardar la mente humana y obstaculizar nuestro progreso, llenándonos de autojusticia.” Ahora observa esta expresión trascendental, una bellamente reflejante del alma del Profeta de la Restauración:

“Cuanto más nos acercamos a nuestro Padre celestial, más estamos dispuestos a mirar con compasión a las almas que perecen; sentimos que queremos cargar con ellas sobre nuestros hombros y echar sus pecados detrás de nuestras espaldas. … No debe haber licencia para el pecado, pero la misericordia debe ir de la mano con la reprensión.”

José Smith comprendió muy bien, sin embargo, que este tipo de amor no debía limitarse a la familia de la fe, sino que debía ser el medio por el cual se pudiera discernir la veracidad del cristianismo de los Santos de los Últimos Días por aquellos de otras creencias (Juan 15:12). “Hay un lazo [el amor] de Dios,” dijo en una ocasión, “que debe ejercerse hacia aquellos de nuestra fe, que caminan rectamente, el cual es peculiar en sí mismo; pero es sin prejuicios; da espacio a la mente, lo cual nos permite comportarnos con mayor liberalidad hacia todos los que no son de nuestra fe, más que lo que ellos ejercen entre sí. Estos principios se aproximan más a la mente de Dios, porque [son] como Dios, o semejantes a Dios.”

Es exactamente este tipo de amor el que permitió y facultó al hermano José para actuar y sentir hacia aquellos de otras fes bondad, consideración y respeto genuino. Declaró que la razón por la cual fue capaz de ganar tantos seguidores fue porque “poseo el principio del amor. Todo lo que puedo ofrecer al mundo es un buen corazón y una buena mano.” Continuó diciendo que estaba igualmente dispuesto a dar su vida en defensa de las libertades religiosas de los presbiterianos, bautistas o católicos romanos, tal como lo haría por su propio pueblo.

Luego hizo un punto que, sin duda, sorprendería a muchos: que los Santos de los Últimos Días “no diferimos tanto en nuestras creencias religiosas, que no pudiéramos todos beber de un solo principio de amor.”

Luego viene una declaración que bien podría servir como una guía, si no como una constitución, para definir cómo los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días deben relacionarse con personas de otras creencias: “Si considero que la humanidad está en error, ¿debería derribarlos? No. Los levantaré, y de la manera que sea también, si no puedo persuadirlos de que mi camino es mejor; y no buscaré obligar a ningún hombre a creer como yo, solo por la fuerza de la razón, porque la verdad cortará su propio camino. ¿Crees en Jesucristo y el Evangelio de salvación que Él reveló? Yo también lo creo. Los cristianos deberían dejar de pelear y disputar entre ellos, y cultivar los principios de unión y amistad en medio de ellos.”

Uno se pregunta qué sucedería si los Santos del siglo XXI adquirieran e incorporaran los sentimientos del Profeta hacia nuestros hermanos y hermanas del mundo: “No tengo otro deseo sino hacer el bien a todos los hombres. Siento orar por todos los hombres. No les pedimos a las personas que tiren lo bueno que tienen; solo les pedimos que vengan y reciban más.”

La Promesa de la Vida Eterna

El Señor ha declarado en nuestra dispensación que “el que haga las obras de justicia recibirá su recompensa, aún paz en este mundo y vida eterna en el mundo venidero” (DyC 59:23). Isaías había escrito unos veintiséis siglos antes: “La obra de justicia será paz; y el efecto de la justicia tranquilidad y confianza para siempre” (Isaías 32:17). Aquellos en esta vida que se conducen con fidelidad y devoción a Dios y su evangelio, finalmente conocerán esa paz “que sobrepasa todo entendimiento” (Filipenses 4:7), la tranquilidad pero poderosa seguridad de que han enfrentado con éxito los desafíos de la mortalidad.

Estos son los que han vivido de acuerdo con toda palabra de Dios y están dispuestos a servir al Señor a toda costa. Ellos han, según José Smith, hecho su llamamiento y elección segura. Para ellos, el día del juicio ha sido adelantado, y las bendiciones asociadas con las glorias del reino celestial están aseguradas. Reciben lo que los profetas han llamado la “más segura palabra de profecía” (2 Pedro 1:19). “La más segura palabra de profecía,” explicó José, “significa que un hombre sabe que está sellado para vida eterna, por revelación y por el espíritu de profecía, a través del poder del Santo Sacerdocio. Es imposible que un hombre se salve en la ignorancia” (DyC 131:5-6). Aunque es cierto, como observó el presidente Marion G. Romney, que “la plenitud de la vida eterna no es alcanzable en la mortalidad … la paz que es su precursor y que llega como resultado de hacer seguro el llamamiento y la elección de uno es alcanzable en esta vida.” El Profeta José extendió una invitación desafiante a los Santos: “Les exhorto a que sigan adelante y continúen llamando a Dios, hasta que hagan seguro su llamamiento y su elección para ustedes mismos, obteniendo esta más segura palabra de profecía, y esperen pacientemente la promesa hasta obtenerla.”

Los Santos de los Últimos Días que han recibido las ordenanzas de salvación—incluyendo las bendiciones del endowment del templo y el matrimonio eterno—pueden así avanzar en la obra del Señor y, con quieta dignidad y madura paciencia, buscar ser dignos de obtener la segura certeza de la salvación antes del fin de sus vidas mortales. Sin embargo, si un individuo no recibe formalmente la más segura palabra de profecía en esta vida, tiene la promesa escritural de que, al perseverar fielmente hasta el final—manteniendo los convenios y los mandamientos desde el bautismo hasta el final de su vida mortal (Mosíah 18:8-9)—llegará a la promesa de la vida eterna, ya sea que el cumplimiento de esa promesa se reciba aquí o después (DyC 14:7; 53:7; 2 Nefi 31:20; Mosíah 5:15). “Pero bienaventurados son aquellos que son fieles y perseveran, ya sea en vida o en muerte, porque ellos heredarán la vida eterna” (DyC 50:5; véase también 58:2). ¿Por qué? Porque “si morimos en la fe, eso es lo mismo que decir que nuestro llamamiento y elección han sido asegurados y que avanzaremos hacia la recompensa eterna en la vida venidera.”

Conclusión

Para José Smith, la espiritualidad era un estado de ser, una condición alcanzada a través de la fusión de lo temporal y lo espiritual, lo finito y lo infinito. La espiritualidad era esencialmente el resultado de una vida recta acompañada de una perspectiva elevada, una afinidad aumentada hacia el Espíritu Santo, y sensibilidad hacia las cosas de Dios. Poseer espiritualidad era reconocer que, al final, todas las cosas son espirituales y que Dios nunca ha dado un mandamiento o directiva puramente temporal (limitado por el tiempo o temporal) (DyC 29:34).

La espiritualidad consistía en atar los cielos a la tierra, imbuyendo al hombre con los poderes de Dios, y de este modo elevando la sociedad. Tal cambio en la naturaleza de uno debía realizarse en el mundo, en medio de la oposición espiritual: no era necesario recurrir al monaquismo para salir del mundo. Debía ser logrado por cada individuo, no solo por sacerdotes o ministros. Podía llegar a los Santos por una razón fundamental: el Sacerdocio de Melquisedec había sido restaurado, y así el derecho de conferir el don del Espíritu Santo estaba nuevamente disponible entre los hijos de Dios.

Verdaderamente, como José Smith y Elías Higbee explicaron al presidente de los Estados Unidos Martin Van Buren, los mormones se diferencian de otras fes “en el modo de bautismo, y el don del Espíritu Santo mediante la imposición de manos,” y cualquier otra diferencia “estaba contenida en el don del Espíritu Santo.”

A medida que las revelaciones de Dios comenzaron a elevar su perspectiva sobre la realidad, José Smith llegó a comprender al Dios infinito y eterno, así como la naturaleza de los hombres y mujeres mortales. La profundidad de su pensamiento fue evidente desde temprano, y ya para 1834 podía hablar de la capacidad de los seres humanos para madurar en las cosas espirituales:

“Consideramos que Dios ha creado al hombre con una mente capaz de instrucción, y una facultad que puede ampliarse en proporción a la atención y diligencia dadas a la luz comunicada desde el cielo al intelecto; y que cuanto más se acerca el hombre a la perfección, más claras son sus visiones, y mayores sus goces, hasta que ha superado los males de su vida y ha perdido todo deseo de pecado; y, como los antiguos, llega a ese punto de fe en que es envuelto en el poder y la gloria de su Hacedor y es arrebatado para morar con Él. Pero consideramos que este es un estado al cual ningún hombre ha llegado en un solo momento.”

Como muchos de los principios de la progresión espiritual, ese estado se alcanzaría línea por línea, precepto por precepto.

Obtener la mente de Dios y cultivar la influencia santificadora del Espíritu Santo era un asunto serio para José Smith, y requería un esfuerzo mental y espiritual sobrio, así como resolución y disciplina personal. No era algo que viniera con facilidad. Desde la Cárcel de Liberty escribió:

“Las cosas de Dios son de gran importancia, y el tiempo, la experiencia, y los pensamientos cuidadosos, ponderados y solemnes son los únicos que pueden descubrirlas. ¡Tu mente, oh hombre! si deseas guiar un alma hacia la salvación, debe elevarse tan alto como los cielos más altos, y buscar y contemplar el abismo más oscuro, y la vasta extensión de la eternidad—debes comunicarte con Dios.”

Un apóstol moderno, el élder Robert D. Hales, ofreció la siguiente visión e invitación: “Elijan colocarse en una posición en la que puedan tener experiencias con el Espíritu de Dios mediante la oración, en el estudio de las Escrituras, en las reuniones de la Iglesia, en su hogar y a través de interacciones edificantes con los demás. Cuando sientan la influencia del Espíritu, están comenzando a ser limpiados y fortalecidos. La luz se está encendiendo, y donde esa luz brilla, la oscuridad del mal no puede estar.”

El 7 de abril de 1844, en un momento en que muchos creen que el Profeta se encontraba en la cumbre de su esplendor espiritual e intelectual, dijo: “Cuando subes una escalera, debes comenzar desde abajo y ascender paso a paso, hasta llegar a la cima; y así es con los principios del evangelio: debes comenzar con el primero y continuar hasta que aprendas todos los principios de la exaltación. Pero pasará mucho tiempo después de haber atravesado el velo antes de que los hayas aprendido todos. No todo puede comprenderse en este mundo; será una gran obra aprender nuestra salvación y exaltación incluso más allá de la tumba.”

De este modo, podemos apreciar mejor la directriz sencilla pero profundamente significativa que se repite con frecuencia a los Santos de los Últimos Días, una que en realidad marca toda la diferencia en el crecimiento en la gracia de Dios: “Busquen el Espíritu.”

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