La Primera Visión y la Tolerancia Religiosa
Joseph Fielding McConkie
En la revelación tanto antigua como moderna, el Señor llama a Sus palabras “más cortantes que una espada de dos filos” (D. y C. 6:2; 11:2; 12:2; véase también Hebreos 4:12). En el lenguaje moderno, mucho de lo que Él dijo sería considerado políticamente incorrecto. Podría ser considerado crítico, divisivo, rígido, cerrado o sencillamente embarazoso. Sin embargo, en algunas reuniones de instrucción, la enseñanza de la ética prevalece sobre la enseñanza de la doctrina, evitando así desacuerdos o la posibilidad de ofender. Todos se sienten cómodos hablando del amor de Dios; rara vez se menciona Su ira o Su desagrado.
En este contexto, se invita al lector a considerar tres textos delicados o sensibles que están en el mismo corazón de nuestra teología. Estos textos han sido elegidos para honrar a José y a Hyrum Smith, los grandes mártires de nuestra fe. Ellos no sellaron su testimonio con su sangre en la Cárcel de Carthage para que enseñáramos ética. No murieron con la esperanza de que las generaciones futuras de Santos de los Últimos Días dijeran al mundo: “Miren, somos igual que ustedes”. El élder John Taylor dijo que, en la muerte, José y Hyrum procuraron sellar las revelaciones que se hallan en Doctrina y Convenios y en el Libro de Mormón (véase D. y C. 135:1). No buscaron la aceptación ni la aprobación del mundo cristiano histórico; de hecho, en todos los asuntos de fe procuraron mantenerse independientes de ese mundo. Por irónico que parezca, fue en ese curso—y solo en ese curso—que ellos, y quienes los sostenían, esperaban encontrar paz.
Cada uno de los tres textos proviene de las revelaciones de la Restauración, y cada uno es frecuentemente considerado ofensivo por quienes no pertenecen a nuestra fe. Incluso dentro de la Iglesia, algunos se sienten incómodos con estos textos y sienten la necesidad de disculparse por ellos.
El primer texto proviene del prefacio del Señor al Libro de Mandamientos, en el que Él llama a la Iglesia recién organizada por José Smith “la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra” (D. y C. 1:30).
El segundo texto forma parte del relato del Profeta sobre la Primera Visión. Cuando preguntó al Señor qué iglesia debía unirse, dijo:
“Se me contestó que no debía unirme a ninguna, porque todas estaban equivocadas; y el Personaje que me habló dijo que todos sus credos eran una abominación a Su vista; que aquellos profesores eran todos corruptos; que ‘con sus labios me honran, pero su corazón está lejos de mí; enseñan como doctrinas mandamientos de hombres, teniendo apariencia de piedad, pero niegan el poder de ella’” (José Smith—Historia 1:19).
El tercer texto proviene del Libro de Mormón, donde Nefi profetizó que en nuestros días habría “no más que dos iglesias… la iglesia del Cordero de Dios y la iglesia del diablo; por tanto, quien no pertenezca a la iglesia del Cordero de Dios pertenece a la gran iglesia, que es la madre de las abominaciones; y es la ramera de toda la tierra” (1 Nefi 14:10).
Tolerancia
Antes de abordar cada uno de estos textos, deseo hacer algunas breves observaciones sobre el principio de la tolerancia.
En la Inglaterra del siglo XIX, el término tolerancia se asociaba con experimentos que probaban los efectos de drogas y venenos. La idea era ver cuánta cantidad se podía administrar a una persona sin matarla. El nivel de tolerancia se medía por la cantidad de veneno que alguien podía soportar antes de morir.
Cuando yo era joven, la tolerancia significaba tratar con civismo a quienes no estaban de acuerdo con nosotros. No significaba que estábamos obligados a aceptar su punto de vista. Sin embargo, para muchos jóvenes hoy, tolerancia significa que debemos ser no juzgadores, considerando que todos los hombres y todas las ideas son iguales, y que es moralmente incorrecto decir que algo es moralmente incorrecto. No es inusual que las personas cubran la desobediencia deliberada con el manto del amor de Dios y promuevan la idea de una salvación universal, que suena peligrosamente similar a la propuesta de Lucifer en los concilios del cielo.
A menudo se intenta equiparar la tolerancia con el comportamiento cristiano, lo cual, en muchos sentidos, encaja muy pobremente. El llamado a comportarse como Cristo viene con frecuencia de personas que no tienen un entendimiento significativo de cómo actuó Cristo y que quedarían muy sorprendidas al descubrirlo. Cuando el diálogo entre Cristo y la mujer cananea se leyó recientemente en una clase de religión en la Universidad Brigham Young, varios estudiantes se sintieron incómodos con el comportamiento de Cristo (véase Mateo 15:21–28). Hubo varios intentos de justificarlo. Una estudiante sugirió que, al llamar “perros” a los gentiles, Cristo estaba usando un término cariñoso. Tal explicación no encaja bien en el contexto. Finalmente, una joven expresó lo que inquietaba a muchos de sus compañeros; con lágrimas en los ojos exclamó: “¡Pero Jesús fue tan poco cristiano!”
Isaías dijo que Cristo vendría como “piedra para tropezar y roca para caer” (Isaías 8:14). El Jesús del Nuevo Testamento nunca cabrá en la visión moderna de lo políticamente correcto, porque Él no fue tolerante en el sentido moderno del término. La definición actual de tolerancia colorea lo que algunas personas creen que el comportamiento cristiano debería incluir.
F. F. Bruce, en su libro The Hard Sayings of Jesus, nos recuerda que Cristo hizo muchos enemigos: “El Jesús que encontramos en los Evangelios, lejos de ser una persona inofensiva, ocasionó ofensa por todas partes. Incluso sus seguidores leales se sintieron, en ocasiones, completamente desconcertados. Él trastocó todas las nociones establecidas de la decencia religiosa. Habló de Dios en términos de intimidad que sonaban como blasfemia. Parecía disfrutar de la compañía más cuestionable. Emprendió con los ojos abiertos un camino que, a juicio de la gente ‘sensata’, conduciría inevitablemente al desastre.”
En cuanto a cómo nosotros, como Santos de los Últimos Días, vemos a quienes no son de nuestra fe y cómo determinamos quién es cristiano y quién no, elegimos trazar un círculo muy grande e inclusivo. Aunque muchos en el mundo cristiano están ansiosos por dibujar un círculo y excluirnos, nosotros oraremos con cualquiera que esté dispuesto a hacerlo. Nuestras librerías no contienen literatura anti-nadie; no atacamos a los de otras religiones en nuestro plan de lecciones misionales, ni lo hacemos en nuestros servicios de adoración o en ninguna clase patrocinada por la Iglesia. No damos advertencias contra los de otras religiones, ni jamás prohibimos a nuestros miembros escuchar o hablar con quien deseen.
Por el contrario, procuramos tratar a todos los que encontramos con dignidad y respeto —uniendo con entusiasmo nuestras manos con todos aquellos cuyas vidas están fundadas en los principios del amor y la bondad—. Consideramos sagrados sus derechos religiosos, tanto como los nuestros, y somos sus aliados en la defensa de los mismos. No hemos elegido tener enemigos, pero algunos han elegido ser nuestros enemigos. Siempre los hemos tenido y siempre los tendremos. Cuando no podemos ser sus amigos, elegimos vivir por encima de ellos.
Si cualquier hombre o mujer profesa creer en Cristo, decimos: “Eso ya es algo bueno”; esa persona está, al menos, en el camino que conduce a la iluminación del evangelio. Como señaló el élder Bruce R. McConkie: “Es mejor ser un cristiano parcial que un no cristiano. Es mejor creer algunas de las doctrinas de Cristo que no creer ninguna. Una verdad allana el camino para otra, y todos necesitamos avanzar en conocimiento y entendimiento.”
Aceptamos como un principio de nuestra fe que “hay muchos aún sobre la tierra entre todas las sectas, partidos y denominaciones que están cegados por la sutil astucia de los hombres, quienes están al acecho para engañar, y que solamente se mantienen alejados de la verdad porque no saben dónde encontrarla” (D. y C. 123:12). Por eso enviamos misioneros a toda nación, tribu, lengua y pueblo. Estos misioneros soportan toda clase de insultos y dificultades para presentar nuestro mensaje, lo cual hacen con notable paciencia y gran amor. Ellos son los pacificadores de los que habló Cristo en el Sermón del Monte (véase Mateo 5:9), y son de quienes dijo Isaías: “¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas, del que publica la paz; del que trae nuevas del bien, del que publica salvación!” (Isaías 52:7).
El Movimiento Ecuménico
Cuando era joven, fui comisionado como oficial en el Ejército de los Estados Unidos y asignado a servir como capellán. Mi primera obligación fue presentarme en una escuela de adiestramiento para oficiales en Fort Hamilton, en Nueva York. Allí, el jefe de capellanes, un teniente general, nos dijo que nuestra comisión era ser la “base del movimiento ecuménico”. Éramos cien en aquella clase, representando todas las principales religiones de nuestro país. Se nos instruyó a trabajar juntos. Se nos informó que era una violación de la ley militar proselitizar para nuestra propia fe. Si yo hubiera intentado enseñar mormonismo a alguien que no me lo hubiese pedido, podría haber sido motivo de corte marcial. Tal es el costo de un movimiento ecuménico.
Aprecio la observación del élder Neal A. Maxwell: “Hoy hay más ecumenismo, pero también hay más duda compartida. Más y más personas creen menos y menos, pero lo creen juntas. Cuestiones menos numerosas facilitan lograr acuerdos. Mientras menos normas haya, menos habrá por lo cual las congregaciones puedan rebelarse. Puesto que el saber está ligado al hacer, y el hacer al saber, hay un ciclo terrible en todo esto.”
Por revelación, el pueblo de la Iglesia ha sido encargado de mantenerse independiente del mundo (véase D. y C. 78:14). En una directiva dirigida a líderes del sacerdocio, el presidente Boyd K. Packer declaró: “Es importante mantener una relación cordial y cooperativa con los líderes y miembros de otras denominaciones. Los representantes de la Iglesia no deben unirse a organizaciones interreligiosas cuyo enfoque sea actividades ecuménicas o servicios de adoración conjuntos. Las relaciones interreligiosas deben centrarse en los valores morales y en el mejoramiento de la comunidad.”
La Doctrina de la Única Iglesia Verdadera
Nuestra historia comienza con la Primera Visión, que a su vez comienza con el deseo del profeta José Smith de saber cuál de todas las iglesias era la correcta y a cuál debía unirse. El élder Orson Pratt reflejó el relato del Profeta en un folleto misional publicado en Edimburgo, Escocia, en 1842. Lo expuso así:
“[José Smith] vio que, si no entendía el camino, sería imposible andar en él, excepto por casualidad; y la idea de descansar sus esperanzas de vida eterna en la casualidad, o en incertidumbres, era más de lo que podía soportar. Si acudía a las denominaciones religiosas en busca de información, cada una apuntaba a sus propios dogmas, diciendo: ‘Este es el camino, andad por él’; mientras que, al mismo tiempo, las doctrinas de cada una eran, en muchos respectos, directamente opuestas entre sí. También se le ocurrió que Dios era autor de una sola doctrina, y por lo tanto solo podía reconocer a una denominación como Su iglesia, y que tal denominación debía ser un pueblo que creyera y enseñara la única doctrina (cuál fuera), y edificara sobre ella. Entonces reflexionó en el inmenso número de doctrinas que existían en el mundo, las cuales habían dado origen a muchos cientos de diferentes denominaciones. La gran pregunta que debía decidir en su mente era: si alguna de estas denominaciones fuera la Iglesia de Cristo, ¿cuál era? Hasta que pudiera satisfacer esta pregunta, no podía descansar tranquilo. Confiar en las decisiones del hombre falible, y edificar sus esperanzas sobre ellas sin certeza o conocimiento propio, no satisfacía los ansiosos deseos que llenaban su pecho. Decidir, sin evidencia positiva y definitiva en la cual pudiera confiar, sobre un asunto que implicaba el bienestar futuro de su alma, era repugnante a sus sentimientos. La única alternativa que le parecía quedar era leer las Escrituras e intentar seguir sus indicaciones”.
Al responder a la pregunta de José Smith sobre cuál iglesia debía unirse, el Señor le dijo que debía “unirse a ninguna de ellas, porque todas estaban en error”. Según su propio testimonio, él “fue odiado y perseguido” por persistir en contar esta historia, pero se negó a desistir, pues hacerlo, dijo, “ofendería a Dios” y lo traería “bajo condenación” (José Smith—Historia 1:19, 25). Una vez, en una dura lección, José cometió el error de “temer al hombre más que a Dios”, poniendo “a un lado” los consejos de Dios, y, como el Señor lo expresó, “despreciando Su palabra”, lo cual resultó en que las planchas le fueran quitadas (D. y C. 3:7).
Después de restaurar la Iglesia, José recibió la siguiente revelación:
“Y también para que aquellos a quienes se han dado estos mandamientos tengan el poder para sentar los cimientos de esta iglesia y sacarla a luz de la obscuridad y de las tinieblas, la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra, con la cual yo, el Señor, estoy complacido, hablando a la iglesia en conjunto y no individualmente” (D. y C. 1:30; énfasis agregado).
José Smith defendió esta doctrina, a menudo a riesgo de su vida. Nosotros lo hacemos frecuentemente a riesgo de aceptación social, pero ciertamente podemos mantenernos tan firmes como José. No somos insensibles al hecho de que declarar la doctrina de la “única iglesia verdadera” puede generar resistencia y acusaciones de que somos poco cristianos, estrechos de mente o intolerantes. “¿No deberíamos entonces hacer una concesión y dejar de lado esta doctrina?”, preguntó el presidente Boyd K. Packer en una conferencia general. “¿No sería mejor que más personas aceptaran lo que quedara del evangelio, que los relativamente pocos que se convierten ahora?… Algunos han sugerido que nos limitemos estrictamente a evidencias del evangelio: la vida familiar feliz, la vida temperante, y así sucesivamente. ¿No podríamos usar las palabras ‘mejor’ o ‘lo mejor’? La palabra ‘única’ realmente no es la manera más atractiva de comenzar una conversación sobre el evangelio”. El presidente Packer continuó:
“Si pensáramos solo en términos de diplomacia o popularidad, sin duda cambiaríamos nuestro curso. Pero debemos aferrarnos firmemente a él, aunque algunos se aparten…
“Sabemos que hay personas decentes, respetables y humildes en muchas iglesias, cristianas y de otro tipo. A su vez, tristemente, hay llamados Santos de los Últimos Días que, en comparación, no son tan dignos, porque no guardan sus convenios.
“Pero no se trata de comparar individuos. No somos bautizados colectivamente, ni seremos juzgados colectivamente. La buena conducta sin las ordenanzas del evangelio no redimirá ni exaltará a la humanidad; los convenios y las ordenanzas son esenciales. Se nos requiere enseñar las doctrinas, incluso las impopulares.
“Si cedemos en esta doctrina, no podemos justificar la Restauración. La doctrina es verdadera; es lógica. La doctrina opuesta no lo es…
“Me parece tan interesante que quienes nos condenan rechazan la filosofía de caminos paralelos ellos mismos cuando se trata de religiones no cristianas. Porque si no lo hacen, no tienen razón para aceptar al Señor como nuestro Redentor ni considerar la Expiación como esencial… (Marcos 16:16). Aunque la idea de caminos convergentes es muy atractiva, realmente no es razonable.
“Supongamos que las escuelas funcionaran bajo esa filosofía, con cada disciplina como un camino separado que conduce al mismo diploma. No importa si estudias o no, si apruebas o no los exámenes; todos recibirían el mismo diploma —el de su elección—. Sin calificar, uno podría elegir el diploma de abogado, ingeniero o médico. ¡Seguramente no te someterías a cirugía bajo las manos de un graduado de esa clase de escuela! Pero las cosas no funcionan así. No pueden funcionar así—ni en la educación ni en los asuntos espirituales. Hay ordenanzas esenciales, así como hay cursos requeridos. Hay normas prescritas de dignidad. Si las resistimos, evitamos o fallamos, no entraremos con aquellos que cumplen el curso.
“¿Te das cuenta de que la idea de que todas las iglesias son iguales presupone que la verdadera Iglesia de Jesucristo en realidad no existe en ningún lugar?”
Dado que la salvación no puede encontrarse tanto en la verdad como en el error, hagamos algunas preguntas simples. ¿Existe una ley en el universo que gobierna todas las cosas? Si existe, ¿debemos obedecer esa ley para obtener los resultados deseados en todos los campos de actividad? En matemáticas, ¿es posible que diez personas sumen la misma columna de cifras y obtengan diez respuestas diferentes, y que todas sean correctas? ¿Puede un grupo de químicos intentar producir una sustancia dada, cada uno utilizando materiales diferentes o en proporciones diferentes, y aun así obtener los mismos resultados? ¿Podemos soltar un peso desde una torre alta esperando un resultado distinto cada vez?
La existencia de leyes eternas
Sabiendo que las leyes rigen todo lo que hacemos en este mundo temporal, ¿no podemos suponer que las leyes rigen de igual manera todo lo que sucede en el mundo eterno? ¿Puede existir algo sin leyes? Y si tales leyes existen, ¿podemos suponer que podemos reclamar las bendiciones del cielo mientras desatendemos las leyes del cielo? Si tales leyes declaran que ninguna cosa impura puede entrar en la presencia de Dios, ¿podemos justificadamente suponer que disfrutaremos Su presencia en un estado de inmundicia o rebelión?
Se podría argumentar que no tenemos la verdad, que no poseemos el plan de salvación ni la autoridad del sacerdocio; pero argumentar que tal plan y el sacerdocio necesario no existen en ninguna parte es argumentar contra la existencia de Dios. Es un argumento desesperado. Es decir que no hay leyes mediante las cuales podamos obtener las bendiciones del cielo. Es conceder que no existe un camino seguro que podamos seguir para obtener los tesoros del cielo. Es comparar el plan de salvación con una lotería.
¿Estarían dispuestas las personas que afirman que todas las iglesias (excepto la nuestra) son verdaderas a tomar cualquier combinación aleatoria de medicamentos para curarse cuando están enfermas? ¿O administrar esa misma combinación a sus hijos? ¿Sustituirían arena por harina al hornear pan, argumentando que mientras tengan el sincero deseo de hacer pan, los ingredientes no pueden hacer diferencia? ¿Llenarían el tanque de gasolina con agua, alegando que también es un líquido con propiedades materiales y que todos los líquidos son iguales?
Por qué la doctrina de la única Iglesia verdadera ofende a algunos
Consideremos por qué la doctrina de una iglesia verdadera resulta tan ofensiva para algunos. Si comenzamos con la premisa—como lo hace el mundo cristiano tradicional—de que Dios es incomprensible, de que nadie puede saber nada sobre Él con certeza, entonces todos pueden tolerar cualquier clase de opinión acerca de Dios, sin importar su veracidad. La única opinión que no se podría tolerar bajo esa premisa sería una que afirmara certeza: decir que el plan de salvación es seguro y no especulativo, que Dios puede ser conocido, que Él habla, y que existe un camino seguro que Él ha marcado para que lo sigamos.
Las personas que declararan tal doctrina no ganarían amigos. Si estuvieran en lo correcto, todos tendrían que arrepentirse; todos tendrían que conformar su pensamiento, su fe y su vida a la voluntad de Dios. Asegúrate de esto: cualquiera que no esté interesado en conformarse necesariamente se ofenderá ante la mera idea de la existencia de tal camino.
Qué significa declarar que somos “la única iglesia verdadera y viviente”
Cuando nosotros, los Santos de los Últimos Días, decimos que pertenecemos a “la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra” (D. y C. 1:30), simplemente estamos diciendo que se nos ha confiado el conocimiento de aquellas leyes o verdades por las cuales viene la salvación.
No pretendemos ser mejores que nadie, excepto en la medida en que esas leyes nos hacen mejores, y buscamos compartir esas leyes.
Los misioneros no dicen a las personas que deben renunciar a las verdades que ya poseen para ser bautizados en la Iglesia. Por el contrario, los misioneros enseñan a las personas a aferrarse tenazmente a todo lo que tengan que sea “virtuoso, bello, de buena reputación o digno de alabanza” (Artículos de Fe 1:13), a traerlo consigo para ser añadido por la Iglesia, nunca quitado.
Por contraste, he hablado con muchos misioneros de otras religiones que procuraban incendiar la “casa” de mi entendimiento como Santo de los Últimos Días. Habiendo reducido mi sistema de creencias a cenizas, tienen muy poco que ofrecer a cambio.
Unirse a esta Iglesia es ganar verdad. Abandonarla es perder verdad. No hay excepciones.
De hecho, no hay una verdad en todas las eternidades de la que no podamos disfrutar en su plenitud como Santos de los Últimos Días. Una de esas verdades es que todas las almas nacen en este mundo con la Luz de Cristo, y que seguir esa luz las conducirá a Dios y al convenio de salvación (véase D. y C. 84:45–48).
La bondad del mundo religioso y la necesidad de la Restauración
Ninguna cosa buena pasa desapercibida ante Dios, cuyo derecho es juzgar tanto a individuos como a organizaciones. Él vio la necesidad de llamar a José Smith para organizar Su Iglesia nuevamente en la tierra. No lo hizo porque no hubiera valores redentores en el mundo cristiano—muy al contrario. Lo hizo porque había suficiente bondad para justificar la reestablecida Iglesia. No necesitamos tropiezar con el amor de Dios o la bondad de la gente en todo el mundo. Fue a causa de ese amor y de esa bondad que Él restauró Su Iglesia e invitó al mundo cristiano a ser los primeros en unirse a ella.
El mensaje más importante Así, nada en nuestro mensaje es más importante que el anuncio de que hay un camino seguro—una única Iglesia verdadera y viviente. No existe mensaje más positivo que podamos llevar al mundo. No obstruyamos ese mensaje.
Los credos como abominación
El segundo texto es el registro de José Smith respecto a la instrucción del Señor en la Primera Visión: “todos sus credos eran una abominación a [Su] vista” (José Smith—Historia 1:19).
Mientras yo presidía la misión en Escocia, uno de los ministros más prominentes de la ciudad de Edimburgo vino a mi oficina buscando respuestas sobre el mormonismo. Dijo: “Tengo algunas preguntas difíciles que hacer, y no puedo obtener respuestas directas de sus misioneros.” Le prometí respuestas directas y pasé un par de horas respondiendo sus inquietudes. Luego le dije: “Ahora es mi turno. Tengo algunas preguntas difíciles para usted.” Le pregunté cómo justificaba los credos cristianos. Él hundió su cabeza entre las manos y permaneció en silencio por varios minutos. Luego levantó la cabeza y dijo: “Nuestros credos son responsables de la Edad Oscura.”
Era un hombre bueno, honesto, que siempre trató a nuestros misioneros con respeto. Le expliqué lo que significaba tener profetas vivientes y que uno de ellos era mi bisabuelo, de quien recibí mi nombre. Le dije que mi bisabuelo había recibido revelaciones del Señor. Él dijo que le gustaría verlas. Le leí la Visión de la Redención de los Muertos de principio a fin sin comentarios. Fue como si un viento impetuoso llenara mi oficina. Él lloró mientras leía la revelación, y yo lloré con él. Cuando terminé, dijo que no podía afirmar que lo que había escuchado no fuera una revelación.
Comparto esta historia porque creo que es una respuesta importante al tema de cómo manejar preguntas difíciles. Un poder y fortaleza únicos se hallan en permanecer firmes en nuestro propio terreno. ¿No son los credos mencionados en la Primera Visión simplemente una repetición de la misma receta que mató a la Iglesia en la meridiana de los tiempos? En una gran revelación sobre el sacerdocio, el Señor declara: “Después que ellos [los Apóstoles] hayan caído en el sueño, el gran perseguidor de la iglesia, el apóstata, la ramera, aun Babilonia, que hace que todas las naciones beban de su copa, en cuyos corazones el enemigo, aun Satanás, se sienta para reinar—he aquí, él siembra la cizaña [las filosofías de los hombres]; por tanto, la cizaña ahoga al trigo y hace que la iglesia huya al desierto” (D. y C. 86:3). La experiencia sugiere que la corrupción de las Escrituras al incorporar las filosofías de los hombres es tan peligrosa individualmente como lo es colectivamente. Los frutos de esta unión no generan la fe que conocieron nuestros antepasados y, en palabras del Salvador: “Toda planta que no plantó mi Padre celestial será desarraigada” (Mateo 15:13).
“Sólo dos Iglesias”
Si nos preocupa no ofender al mundo, lo primero que deberíamos hacer es rechazar el Libro de Mormón. Está lleno de doctrina difícil y de declaraciones contundentes, incluyendo la del ángel a Nefi: “no hay sino dos iglesias; la una es la iglesia del Cordero de Dios, y la otra es la iglesia del diablo; por tanto, cualquiera que no pertenezca a la iglesia del Cordero de Dios, pertenece a esa gran iglesia, que es la madre de las abominaciones; y ella es la ramera de toda la tierra” (1 Nefi 14:10).
El Libro de Mormón es inflexible respecto a quebrantar las leyes de Dios. Enseña que los efectos del pecado son eternos y que las leyes de Dios son absolutas. Sus profetas testifican que la Expiación de Cristo extiende la esperanza de salvación respondiendo a las demandas de la ley. Cristo expió para preservar la verdad. Negar estas verdades es negar a Cristo y Su Expiación. Los anticristos en el Libro de Mormón atacaron la ley y, al hacerlo, negaron la necesidad de la Expiación (véase Alma 1:4; 30:16–17). Si las verdades de salvación no fueran absolutas, no habría habido Expiación; no habría bien ni mal, ninguna ley quebrada, ninguna ley que enmendar. No habría Cristo, ni plan de salvación, ni, en realidad, Dios (véase 2 Nefi 2:11–13; Alma 34:15–16; 42:11–25).
¿Es sorpresa que un libro que enseña tales principios, al describir los acontecimientos posteriores a la Restauración, contenga una declaración afirmando que “no hay sino dos iglesias,” una del Cordero y otra del diablo, y que todos pertenecen a una u otra? En su instrucción a Nefi, el ángel emplea el lenguaje más enfático disponible para enseñar el principio fundamental de la fe cristiana: todos estamos sujetos a la Caída, por lo que somos ciudadanos del reino del diablo. La Caída exige que nazcamos de nuevo, que dejemos al hombre natural y nos convirtamos en santos mediante la Expiación de Cristo (Moisés 6:59; Mosíah 3:19). La Caída reclama a todos los nacidos; Cristo reclama a todos los nacidos de nuevo.
Sólo al despojarnos del hombre natural nos convertimos en “santos”, o el “pueblo del convenio del Señor”. Sólo entonces podemos ser contados entre la “iglesia del Cordero” (1 Nefi 14:14). El tema no es juicio, sino ciudadanía. Nadie será juzgado hasta haber tenido la oportunidad de aceptar o rechazar al Cristo verdadero y viviente del cual el Libro de Mormón es testigo.
La gente puede criticar el Libro de Mormón, pero no puede decir que carece de claridad o que es difícil saber dónde se ubica respecto a Cristo y Su evangelio. En tales asuntos es claro, directo y audaz; sus autores no pretendían ser malinterpretados. Algunos intentan suavizar sus afirmaciones, pero no pueden ocultarlas. Es un Everest teológico y una pesadilla de relaciones públicas.
¿Por qué el Señor lo hizo así? No lo sabemos. Pero sí sabemos esto: es filosóficamente imposible rechazar la verdad sin aceptar el error, apagar la luz sin quedar sumido en tinieblas, rechazar a los verdaderos maestros sin aferrarse a maestros falsos, rechazar al Cristo verdadero y a Sus profetas sin “dar lealtad a quienes siguen al otro Maestro.” No podemos marchar con los israelitas y con los filisteos al mismo tiempo. La luz y las tinieblas nunca se encontrarán. Cristo y Satanás nunca se darán la mano. En cuanto a Cristo y Su evangelio, no hay terreno neutral.
El Libro de Mormón fue ordenado en los concilios celestiales para reunir a Israel en los últimos días y devolverlo a Cristo. Por tanto, debe contener una dirección que no deje duda alguna sobre hacia dónde se dirige la gran caravana de Israel. La fe en la Restauración tiene un costo y, como dijo el élder John Taylor, ese costo incluyó “la mejor sangre del siglo XIX” para traerla nuevamente “para la salvación de un mundo arruinado” (D. y C. 135:6). Así como la doctrina y el espíritu del Libro de Mormón son inquebrantables, también deben serlo quienes lo aceptan.
Terreno Común
Como presidente de misión descubrí que la manera en que presentamos nuestro mensaje tiene mucho que ver con quién lo acepta y cuán profundamente sus raíces se afianzan en el suelo del evangelio. En este asunto, algunas cosas son obvias. Por ejemplo, no es sorpresa que misioneros superficiales produzcan conversos superficiales. Del mismo modo, mientras más directos somos, más éxito tenemos. No hay razón para que los misioneros no puedan preguntar a cada persona que encuentran si desean ser bautizados. Sin embargo, lo que sí me sorprendió fue que nada alejaba el espíritu oscuro de contención tan eficazmente como la declaración de aquellos textos que parecían ser los más contenciosos. Permítanme compartir una experiencia.
Durante una ronda de conferencias de zona, desafié a los misioneros a realizar la obra misional durante un mes sin llevar sus Biblias. Eso significaba que tendrían que enseñar únicamente del Libro de Mormón o de Doctrina y Convenios. Les dije que cualquier principio que no pudieran enseñar desde esas fuentes no tenían por qué enseñarlo, porque no formaba parte del mensaje que el Señor nos había comisionado llevar a los confines de la tierra. Parecía razonable asumir que, si el evangelio había sido restaurado y realmente representábamos una nueva dispensación, entonces podíamos enseñar el mensaje tal como el Señor nos lo había dado.
Entre esa conferencia y la siguiente, los informes comenzaron a llegar. Los misioneros hablaban de un espíritu más fuerte en sus reuniones, incluso hasta el punto de ser abrumador. Era evidente que al Espíritu Santo le agradaba participar en lo que estaban haciendo. Su confianza aumentó al saber que estaban firmes en su propio terreno. Naturalmente, encontraron más personas para enseñar que nunca antes. Eso lo esperaba, pero no esperaba el informe de que el espíritu de contención—tan común en los esfuerzos por enseñar—había desaparecido. Después de nuestro experimento de un mes, los misioneros se negaron a volver a sus métodos anteriores. Su fe se centraba ahora en las revelaciones de la Restauración. Les agradaba el espíritu de todo ello.
Los misioneros admitieron que no necesariamente sabían más sobre la Biblia que quienes enseñaban. No había razón para discutir sobre el significado de los pasajes bíblicos, porque ese no era su mensaje. Su mensaje era que Dios había hablado por medio de un profeta viviente, y se aferraron a ese mensaje. Cuando los investigadores entendían esto, comenzaban a preguntar lo que Dios había revelado al Profeta sobre este o aquel asunto, y cada pregunta era una oportunidad para abrir las revelaciones de la Restauración y dejar que su luz brillara. Esa luz lleva su propio espíritu. Uno puede aceptarla o rechazarla, pero no se puede argumentar contra ella. Imagina discutir con Moisés sobre si el Señor le dio los Diez Mandamientos. Sin duda alguien debió decir: “Moisés, creo que no recibiste los mandamientos de Dios; creo que Aarón los escribió.” O que Miriam fue la autora. ¿Y qué diría Moisés? “Los recibí de Dios; si dudas de eso, pregúntale a Él.” Ese es nuestro mensaje: pregúntale a Dios.
La manera en que respondemos preguntas acerca de nuestra fe debe ser encontrar la ruta más rápida y directa hacia la Arboleda Sagrada. Los cielos están abiertos, la clase ha comenzado, y es momento de hacer preguntas. Dios da respuestas, y si no recibimos la respuesta de Él, no nos irá bien en el examen.
La Restauración comenzó con José Smith de rodillas en la Arboleda Sagrada, y así debe empezar el testimonio de todo Santo de los Últimos Días: de rodillas, en un momento sagrado, preguntando a Dios. Todo lo que creemos se basa en la realidad de lo que Dios dijo aquella mañana de primavera a José Smith. La gran ironía es que mientras más duro es el dicho—más ofensivo para el mundo—más paz aporta en realidad. Esa luz es la que disipa la oscuridad de la contención entre todos los que son honestos de corazón.
No Hay Terreno Neutral
Quizá debamos reconsiderar la idea de buscar puntos en común con quienes deseamos enseñar. Cada similitud que resaltamos les da una razón menos para unirse a la Iglesia. Cuando dejamos de ser diferentes, dejamos de ser. El mandamiento de huir de Babilonia no ha sido revocado, ni ha sido enmendado para sugerir que busquemos un matrimonio intelectual con quienes no son de nuestra fe. El fruto de tal unión siempre estará fuera del convenio.
Una de nuestras grandes revelaciones sobre la obra misional dice: “No sois enviados para ser enseñados, sino para enseñar… las cosas que os he puesto en vuestras manos por el poder de mi Espíritu.” (D. y C. 43:15) Cuesta imaginar a un vendedor diciendo: “Esta aspiradora es igual a la que ya tiene, pero si la compra, su familia lo rechazará.” No vendería mucho.
Recuerdo una reunión del sacerdocio en un pequeño barrio en Escocia. Éramos cinco poseedores del sacerdocio, dos misioneros, un investigador católico y yo. A medida que el maestro explicaba cada punto, los presentes intentaban relacionarlo con algo familiar para el visitante. Cuando terminó la reunión, el hombre se volvió hacia los misioneros y dijo que no lo contactaran más. “Veo que son una iglesia joven que aspira a ser lo que la Iglesia Católica ya es. Como yo ya tengo lo que ustedes buscan, no hay razón para cambiar.” Y eso puso fin a nuestra asociación con él.
Conclusión
Como presidente de misión, agradecía profundamente los tres textos que analicé en este discurso. Necesitaba algo—no de mí, sino del Señor—que justificara la fe y el sacrificio que sabía que la membresía en la Iglesia requeriría.
Que tales textos ofendan a algunos es cierto. Sin embargo, la verdad es más importante que la armonía. Si no fuera así, no habría habido guerra en los cielos, ni evangelio de Jesucristo, ni razón para que el Padre y el Hijo aparecieran a José Smith en la Arboleda Sagrada. Si hemos de ser un pueblo semejante a Cristo, debemos valorar la verdad por encima de la vida misma.
Si afirmamos que nuestro Dios habla, que tenemos revelación moderna y profetas vivientes, entonces por necesidad debemos afirmar que somos “la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra”. Las dos doctrinas son inseparables, como el cuerpo y el espíritu en la resurrección. No podemos tener la una sin la otra. Si nuestros profetas son realmente profetas y nuestros apóstoles realmente apóstoles, entonces les corresponde a ellos, y solo a ellos, marcar la senda que todos los que deseen volver a su Padre Celestial deben seguir.
Afirmar tener autoridad para hablar en nombre de Dios y, al mismo tiempo, afirmar que los cielos han estado sellados desde los tiempos del Nuevo Testamento equivale esencialmente a declararse portavoz de Dios mientras se admite que Él no ha hablado en dos mil años. Esa imagen simplemente no se sostiene.
Es cierto que hay quienes consideran poco cristiano que los Santos de los Últimos Días sugieran que otros no pueden salvarse mediante doctrinas erróneas. Y, sin embargo, esos mismos abren las puertas de su cielo para todos los que profesan a Cristo excepto los Santos de los Últimos Días. ¿Por qué, podríamos preguntar, prácticamente todos los testimonios de Cristo son aceptables en su cielo excepto el nuestro? ¿Y por qué se nos tilda de “no cristianos” por no aceptar sus doctrinas, mientras que su rechazo hacia nosotros se considera prueba de que ellos sí lo son? Son sus credos los que les exigen responder de esa manera.
A los primeros misioneros de esta dispensación, el Señor les dijo: “Predicad mi evangelio tal como lo habéis recibido” (D. y C. 49:1)
Aquí no hay ninguna sugerencia de cubrir el mensaje con miel o adornarlo con cintas. Unos meses después el Señor declaró: “Lo que he dicho, lo he dicho, y no me disculpo” (D. y C. 1:38)
El Señor nunca ha comisionado a nadie para que se disculpe por Él; simplemente nos ha pedido que confiemos en Él.
Si el mensaje del evangelio es verdadero, por su propia naturaleza tendrá elementos que requieren fe para aceptarlos. Si vamos a tomarnos en serio el evangelio, no podemos esperar que sus verdades se acomoden a las modas del mundo, ni podemos esperar la aprobación de quienes adoran en el santuario de su propia intelectualidad.
El hecho simple es que no pueden construirse testimonios fuertes sobre doctrina débil. Así como no hay valor sin lucha, tampoco puede haber fortaleza espiritual sin desafío. No podemos reclamar paz ni seguridad si no edificamos sobre un fundamento firme.
Cada vez que declaramos algo como verdadero, desafiamos aquello que es falso. No podemos, como aseguró el presidente Marion G. Romney, hacer la obra del Señor sin ofender al diablo. Tan cierto como que la noche sigue al día, nunca podremos declarar nuestro mensaje sin hallar oposición o sin ofender a algunos.
Moroni prometió a José Smith que su nombre sería conocido “para bien y para mal entre todas las naciones, tribus y lenguas; o que sería tanto para bien como para mal mencionado entre todos los pueblos” (José Smith—Historia 1:33).
También le dijo a José Smith que “los que no estén edificados sobre la Roca buscarán derribar esta iglesia”, y luego prometió al Profeta que la Iglesia “aumentará mientras más se le oponga”.
























