Conferencia Gemeral Abril 1955


El Evangelio de las Buenas Obras

Élder Levi Edgar Young
Del Primer Consejo de los Setenta


Mientras hablo estos pocos minutos, ruego tener el Espíritu del Señor para que me dirija.

Me regocijo con ustedes en los grandes mensajes que hemos escuchado de nuestra Primera Presidencia sobre la importante cuestión de la enseñanza y la adecuada formación de nuestros hijos. Lo primero que debemos enseñar a nuestros hijos es respeto por todos los seres humanos. Todos son hijos de Dios. El hombre está hecho a la imagen de Dios. El respeto por todos los hombres conduce al amor por la ley y el orden. En el hogar se enseña la obediencia a las amorosas indicaciones de nuestro Padre Celestial. Luego viene la autodisciplina, la autodirección. Seamos maestros del evangelio o profesionales, podemos y debemos dedicarnos a ayudar a nuestros hijos a desarrollar sus potencialidades para el bien, para la verdad, para el amor, para la belleza y, por encima de todo, la reverencia hacia Dios.

Nuestros jóvenes deben ser educados para pensar clara y profundamente, y los estudiantes de escuelas y universidades deben ser enseñados que los grandes autores y filósofos del mundo han producido escritos que glorifican a Dios y la divinidad del hombre. Se nos recuerda las palabras de Carl Schurz, cuando dijo: “Los ideales son como estrellas; no podrás alcanzarlos con tus manos. Pero como un navegante en el desierto de aguas, los eliges como tus guías, y siguiéndolos, alcanzarás tu destino.”

Enseñamos el evangelio de las buenas obras. Es excelente; enaltece; pero no es todo. El hombre debe a Dios y a sus semejantes no solo su conducta, sino también sus pensamientos, no solo hacer mucho, sino también pensar correctamente en cuanto al honor, la integridad y la honestidad.

Para comprender el verdadero valor de los ideales del pueblo estadounidense cuando piensa en su gobierno de los Estados Unidos, uno debe recordar el carácter de las personas que colonizaron estas costas en el siglo XVII. “Trajeron en sus pequeños barcos, no dinero, no mercancías, ni ejércitos armados, sino que venían cargados de religión, aprendizaje, leyes y el Espíritu de Dios. Salieron a la orilla, y un desierto salvaje y ceñudo los recibió.” Fuertes en su fe en Dios, comenzaron su lucha contra el peligro y la adversidad. La enfermedad los golpeó, pero no desfallecieron. En ocasiones no tenían nada para comer sino las raíces de las plantas que recogían. Primero construyeron casas para Dios y luego para ellos mismos. Establecieron escuelas y desarrollaron una moralidad fuerte que siempre fue su característica principal. Educaban a sus hijos en una fe elevada en Dios. Los pueblos comenzaron a prosperar; se levantaron iglesias; las industrias se multiplicaron; se fundaron colegios; y cada población tenía un gobierno democrático en el cual todos participaban. Los estados que se formaron crecieron hasta convertirse en una nación con ideas fundamentales nobles de gobierno. Así surgieron nuestros propios Estados Unidos, el gobierno más democrático en la historia del mundo. Qué gloriosa historia tuvo nuestro país en sus comienzos, pues personas religiosas no solo fueron a Nueva Inglaterra, sino también los cuáqueros, los metodistas y otros grupos religiosos se establecieron a lo largo de la costa atlántica.

Por esta razón y otras, creemos que la investigación honesta en cualquier campo del conocimiento debe ser alentada. Pero siempre debe tener como pensamiento guía la necesidad de belleza, de bondad, de amor y de comunión con lo divino. “Para mí,” dice el Dr. Green de la Universidad de Yale, “la verdad, la belleza, la bondad y la Deidad son los objetos últimos de nuestra búsqueda, así como lo es la naturaleza para el científico. Estoy profundamente impresionado por el testimonio de personas sincera e inteligentemente religiosas, los santos y profetas de las grandes religiones, de que el hombre puede encontrar a la Deidad y hallar en ella una fuente de entendimiento y consuelo.”

En una Epístola General del Consejo de los Doce Apóstoles de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, emitida el 23 de diciembre de 1847 en Winter Quarters y firmada por el presidente Brigham Young, leemos estas palabras:

El Reino de Dios consiste en principios correctos; y no importa cuál sea la fe religiosa del hombre: sea presbiteriano, metodista, bautista, santo de los últimos días o “mormón”, campbelista, católico, episcopal, mahometano o aún pagano, o cualquier otra cosa, si él se arrodilla y con su lengua confiesa que Jesús es el Cristo (D. y C. 76:110–111) y apoya leyes buenas y saludables para la regulación de la sociedad, lo saludamos como un hermano, y estaremos a su lado mientras él esté a nuestro lado en estas cosas; porque la fe religiosa de cada hombre es un asunto entre su propia alma y su Dios solamente…

No pedimos preeminencia; no queremos preeminencia; pero donde Dios nos ha colocado, allí permaneceremos; y esto es, estar unidos con nuestros hermanos, y nuestros hermanos son aquellos que guardan los mandamientos de Dios y hacen la voluntad de nuestro Padre que está en el cielo; y con ellos permaneceremos, y con ellos moraremos en el tiempo y en la eternidad. (Journal History, 23 de diciembre de 1847.)

¡Qué noblemente declaró el Profeta José Smith este ideal cuando dijo:

Reclamamos el privilegio de adorar a Dios Todopoderoso conforme a los dictados de nuestra propia conciencia, y concedemos a todos los hombres el mismo privilegio: que adoren cómo, dónde o lo que deseen (Artículos de Fe 1:11).

Debe recordarse que hay hombres que caminan por la tierra y nos invitan a seguirlos hacia el futuro—no a su lado, sino adelante de nosotros. La religión los explica como hombres bendecidos del cielo; hombres tan espiritualmente dotados que pueden responder a la inspiración de lo infinito, la cual saben que proviene de Dios. Son hombres buenos, y admirable es la vitalidad de la bondad. Los hombres están preservando la fe y la virtud y están trabajando por la libertad y la felicidad de la raza humana. Su disciplina es la lealtad del corazón de cada hombre a la voz de Dios. Estos hombres buscan autoridad, principios y gobierno divino. Tienen pensamientos nobles, sentimientos hermosos, aspiraciones dignas y un vivir valiente para una vida más verdadera y feliz. Saben que Dios no se ha separado del mundo ni considera a la ligera las necesidades de nadie. Hay una luz verdadera que “alumbra a todo hombre que viene al mundo” (Juan 1:9), una declaración rica en promesa. Dios revela sus principios de vida eterna a los hombres buenos que tienen visión discerniente y profunda fe. El mundo siempre ha tenido tales hombres; los tiene hoy.

En toda nuestra historia no ha habido persecución por parte de los Santos de los Últimos Días hacia otros pueblos, sino que se nos ha enseñado desde el principio por medio del Profeta José Smith, cuando Dios le habló, que todos son hijos de Dios y que debemos acercarnos a ellos con amor y con el testimonio de que Dios vive y de que Jesús es el Cristo, el Redentor del mundo.

Algún día, Él será hallado nuevamente entre las almas sedientas por quienes vivió y murió. Así como regresó después de su muerte para confirmar la fe de sus discípulos y consolar sus corazones desolados, así vendrá otra vez para establecer su reino en la tierra e inaugurar el reinado de paz. Que seamos bendecidos con un amor por la humanidad, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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